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Chapter 2 - Ojos azules en el bosque de la magia

El príncipe Alonso no consiguió sacar de su mente a la joven de la capa roja.

Había regresado al castillo aquella tarde, pero durante la cena apenas escuchó las conversaciones de la corte. Tampoco prestó atención a los asuntos que su padre discutía con sus consejeros.

Solo podía pensar en ella.

En sus ojos azules.

En aquella puerta cubierta de espinas.

Y, sobre todo, en la forma imposible en que las ramas habían obedecido a su voz.

Al día siguiente encontró cualquier excusa para abandonar el castillo y dirigirse al pueblo.

Se dijo a sí mismo que solamente tenía curiosidad.

Nada más.

Pero llevaba casi una hora recorriendo las calles cuando finalmente la vio.

Rosa estaba junto a la fuente principal llenando una pequeña vasija de agua.

La capa roja cubría nuevamente su cabeza y parte de su rostro. Caminaba rápido, con la mirada clavada en el suelo, intentando pasar desapercibida entre comerciantes, campesinos y niños que corrían alrededor de la plaza.

Sin embargo, para Alonso era imposible no verla.

Sonrió.

Había tenido suerte.

Se acercó antes de que pudiera escapar.

—Hola.

Rosa reconoció aquella voz inmediatamente.

Cerró los ojos.

Por supuesto.

Tenía que ser él.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Alonso.

Ella tomó la vasija.

—Perdón, pero no hablo con extraños.

El príncipe soltó una pequeña risa.

—Entonces tengo una solución para eso. Soy Alonso.

Rosa intentó alejarse.

—El príncipe Alonso —agregó él orgullosamente.

—Sé quién eres.

Aquella respuesta borró parte de su sonrisa.

Rosa dio unos pasos, pero Alonso sujetó suavemente su codo para detenerla.

—Espera.

Rosa volteó de inmediato.

Sus ojos se encontraron.

Alonso volvió a quedarse cautivado por aquel azul intenso.

Pero Rosa apartó la mirada rápidamente.

A su alrededor comenzaron los murmullos.

La gente observaba.

Demasiados ojos.

Demasiadas bestias.

Rosa sintió cómo su corazón comenzaba a acelerarse.

Algunas mujeres cuchicheaban entre ellas. Un comerciante dejó incluso de acomodar sus productos para observarla.

Por un instante tuvo miedo.

No debía perder el control.

No ahí.

No frente a todos.

Respiró profundamente.

La magia permaneció dormida.

Al menos por ahora.

—Suéltame —murmuró.

Alonso obedeció inmediatamente.

—Solo quiero saber tu nombre.

Ella dudó.

Quizá decirlo conseguiría que la dejara tranquila.

—Rosa.

—Rosa —repitió él lentamente.

Ella finalmente lo miró.

—Me llamo Rosa.

Alonso sonrió.

—Es un nombre hermoso.

Rosa rodó los ojos.

—Tengo que irme.

Tomó nuevamente la vasija y comenzó a caminar.

—¿Volveré a verte?

Rosa se detuvo.

No giró hacia él.

—No.

—Eso sonó bastante definitivo.

—Porque lo es.

Continuó caminando, pero antes de perderse entre las personas añadió:

—Y no se te ocurra seguirme otra vez.

Alonso arqueó una ceja.

Así que sabía que la había seguido.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Ocultas algo?

Rosa se quedó inmóvil.

Por primera vez desde que había comenzado aquella conversación, su expresión cambió.

Ya no parecía molesta.

Parecía asustada.

—No quiero lastimarte.

Y se marchó.

Alonso permaneció junto a la fuente mientras aquellas palabras daban vueltas una y otra vez en su cabeza.

No quiero lastimarte.

¿Por qué iba a lastimarlo?

¿Quién era realmente aquella muchacha?

Había conocido incontables jóvenes durante su vida. Doncellas, campesinas, hijas de nobles e incluso princesas de otros reinos que habían viajado hasta el castillo con la esperanza de llamar su atención.

Ninguna había conseguido intrigarle de aquella manera.

Rosa huía de él.

Le prohibía seguirla.

Se ocultaba.

Y ahora afirmaba que podía hacerle daño.

Para cualquier hombre sensato, aquello habría sido suficiente para mantenerse alejado.

Alonso nunca había destacado precisamente por su sensatez.

Aquella misma noche entró en el salón privado del rey.

Su padre estaba sentado frente a una larga mesa cubierta de documentos.

—Padre.

—Alonso.

El rey continuó leyendo.

—Quiero preguntarte algo.

—Eso normalmente significa problemas.

Alonso ignoró el comentario.

—¿Conoces a una joven llamada Rosa?

La mano del rey se detuvo.

Fue apenas un segundo.

Pero Alonso lo notó.

Su padre dejó lentamente el documento sobre la mesa.

—¿Rosa?

—Sí.

—¿Dónde la viste?

Aquella pregunta confirmó inmediatamente sus sospechas.

El rey la conocía.

—En el pueblo.

—Alonso…

—Entonces sí sabes quién es.

El rey se levantó.

—Mantente lejos de ella.

Alonso frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque te lo ordeno.

—Eso no responde mi pregunta.

—No necesito responderla.

Alonso cruzó los brazos.

—Me gusta.

El rostro de su padre cambió.

—¿Qué dijiste?

—Que me gusta.

—No.

La respuesta fue tan rápida que Alonso casi rio.

—Ni siquiera he terminado.

—No necesitas hacerlo.

—Padre…

—No volverás a verla.

Alonso dejó de sonreír.

—¿Por qué?

El rey caminó hacia él.

—Porque esa muchacha no pertenece a nuestro mundo.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Tiene más sentido del que imaginas.

—Entonces explícamelo.

El rey guardó silencio.

Alonso esperó.

Nada.

—¿Qué sabes de ella?

—Lo suficiente.

—¿Quién es?

—Alonso.

La voz del rey se volvió severa.

—Te estoy advirtiendo. Mantente lejos de Rosa y mantente lejos de ese bosque.

El príncipe entrecerró los ojos.

—¿Qué bosque?

El rey comprendió demasiado tarde su error.

—¿Cómo sabes que vive en un bosque?

Silencio.

El rostro de su padre palideció.

Alonso dio un paso hacia él.

—¿Qué hay detrás de ese portón?

—Nada que te concierna.

—Entonces sí sabes de qué portón hablo.

—¡Basta!

La voz del rey resonó por toda la habitación.

Alonso nunca lo había visto reaccionar así.

—No volverás a acercarte a ella. ¿Entendido?

Alonso apretó la mandíbula.

—Sí, padre.

Se inclinó respetuosamente y salió del salón.

Pero obedecer nunca había sido precisamente una de sus virtudes.

A la mañana siguiente regresó al bosque.

Encontró fácilmente el camino que había recorrido siguiendo a Rosa y, después de varios minutos entre árboles y raíces, volvió a encontrarse frente al enorme muro de ramas y espinas.

El portón seguía ahí.

Silencioso.

Alonso se acercó.

—La belleza no vive afuera… —intentó recordar—. La belleza…

Nada ocurrió.

—Vamos.

Empujó algunas ramas.

Las espinas parecieron cerrarse aún más.

Alonso retrocedió.

—Perfecto. Una puerta con mal carácter. Igual que su dueña.

Intentó rodearla.

Nada.

Buscó una entrada diferente.

Nada.

Golpeó las ramas con la empuñadura de su espada.

Nada.

Después de casi una hora de intentarlo, perdió la paciencia.

—Si no quieres abrirte…

Sujetó una de las ramas.

—Entraré de otra manera.

Comenzó a retirarlas una por una.

Las espinas rasgaron sus manos y varias quedaron atrapadas en su ropa, pero Alonso continuó.

Hasta que vio algo.

Detrás de las raíces había una pequeña placa cubierta de tierra.

El príncipe apartó las hojas y pasó la mano sobre ella.

Las letras eran antiguas.

Algunas apenas podían distinguirse.

Alonso limpió un poco más la superficie.

Entonces pudo leerlas.

Su expresión cambió.

BIENVENIDOS AL BOSQUE DE LA MAGIA.

Alonso se quedó inmóvil.

Recordó inmediatamente las palabras de Rosa.

No quiero lastimarte.

Recordó también el rostro de su padre.

El miedo en sus ojos cuando mencionó aquel bosque.

Y por primera vez comprendió que quizá no estaba persiguiendo simplemente a una muchacha misteriosa.

Quizá estaba entrando en una historia que había comenzado mucho antes de que él naciera.

Detrás del portón, algo se movió.

Una rama crujió.

Alonso levantó rápidamente la mirada.

—¿Rosa?

No recibió respuesta.

Pero entre las espinas aparecieron dos ojos.

No eran azules.

Eran amarillos.

Y lo estaban observando.

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