Cherreads

Chapter 13 - capitulo 13

Entré directamente en la habitación.

La bruja estaba de espaldas a mí, completamente concentrada en lo que fuera que estuviera haciendo. Mejor así. Mucho mejor. Porque yo no tenía ninguna intención de presentarme con educación.

Sin palabras. Sin aviso. Sin ceremonia.

Cerré la distancia en una fracción de segundo.

Lo primero que sintió fue mi puño.

Le clavé un gancho de derecha con toda la fuerza que tenía, y el golpe le estalló en la cabeza con un sonido seco y brutal. Apenas alcanzó a soltar un quejido ahogado antes de salir disparada hacia atrás y estrellarse contra la pared.

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El impacto hizo temblar la habitación.

La pared se quebró bajo la fuerza del golpe, abriéndose en grietas que se extendieron como arañas por la superficie. Ni siquiera le di tiempo de acomodarse. Ni tiempo de girarse. Ni tiempo de entender quién la estaba atacando.

Volví a cargar.

Esta vez mi cuerpo estaba fuerte. Sin el cansancio, sin la debilidad, sin esa sensación molesta de estar peleando con una versión incompleta de mí mismo. Podía darlo todo. Y eso hice.

Un golpe.

Dos golpes.

Tres.

Mis puños se movieron sin pausa, uno tras otro, descargando la rabia acumulada en cada impacto. La bruja intentó levantar los brazos para protegerse, pero era tarde. La empujé contra la pared con una seguidilla de golpes tan rápida que apenas se podía distinguir el movimiento de mis brazos.

Uno más.

Otro más.

Hasta que la pared detrás de ella cedió por completo.

El yeso se vino abajo. Fragmentos de madera y polvo cayeron al suelo. Su cuerpo se dobló bajo el castigo, tambaleándose, pero yo no me detuve.

—¡Se acabó, bruja asquerosa! —gruñí, y lancé un uppercut con todo lo que me quedaba.

El golpe fue directo a su barbilla.

Su cuerpo se elevó del piso por el impacto, giró en el aire de forma torpe y cayó con violencia sobre el suelo, arrastrando consigo un poco de escombro y polvo.

Me quedé un segundo inmóvil, respirando fuerte, con el pecho subiendo y bajando mientras la observaba.

No iba a darle espacio.

No iba a dejarle recuperarse.

Apreté los puños otra vez y di un paso al frente, listo para terminarlo.

Alcé la pierna y, sin vacilar, se la estampé contra la cabeza una y otra vez hasta que el piso también se agrietó bajo el impacto. Su cuerpo quedó inerte sobre el suelo, inmóvil, con un charco de ese líquido negro extendiéndose lentamente bajo ella. ¿Sangre? Quizás. Con esta cosa ya no me fiaba de nada.

Aun así… seguía viva.

Escuché su corazón.

Lento, débil, pero todavía latiendo.

—La infeliz sigue viva… —murmuré, mirando mis propias manos manchadas con su sangre.

Su piel era bastante dura, eso sí, pero en comparación con la de un vampiro no era nada. Lo suficiente para resistir un poco. No lo suficiente para aguantarme.

Solté el aire por la nariz y aparté la vista del cuerpo.

—A ver… si mal no recuerdo, en las peli solo hay tres formas de matar a una bruja de este tipo.

Levanté un dedo, como enumerando.

—La primera: arrancarle el corazón. La segunda: cortarle la cabeza. Y la tercera: quemarla.

Volví a mirar el cuerpo de la bruja, inmóvil, deshecha por la paliza.

No.

Olvídalo.

No pensaba tocarla más.

Ya había sido suficiente con darle una paliza. mejor quemo la casa entere con ella adentro y hasat senizas y caso cerrado

Me giré hacia los niños.

Seguían temblando.

Varios se abrazaban entre sí. Uno de ellos apenas levantó la cabeza para mirarme, con los ojos rojos de tanto llorar. Había miedo en sus caras, claro, pero también algo más: confusión, esperanza, desconfianza. Todo revuelto.

Tragué saliva.

Me rascé la cabeza.

—Pensar qué decir…en estas situaciones —murmuré para mí mismo.

Me agaché frente a ellos, despacio, tratando de no parecer más peligroso de lo que ya debía parecer. Gran estrategia, Tiago. Entrar a una casa maldita, romperle la cara a una bruja y luego intentar verte amable con niños traumatizados.

Genial.

—Esto… hola, pequeños —dije al final, con una torpeza evidente.

Gran inicio, genio.

Silencio.

Bien. Empezamos mal.

Los niños siguieron mirándome sin decir nada. Uno de ellos abrazaba a otro con fuerza, como si temiera que todo fuera una trampa y yo terminara siendo peor que la bruja.

No los culpaba.

Claro que no.

Si yo fuera ellos, probablemente también estaría pensando que acababa de aparecer un loco más grande y más raro que la cosa muerta en el suelo.

Me aclaré la garganta.

—Mmm… ya sé que no es la mejor presentación del mundo —agregué, levantando apenas las manos—. Pero tranquilos, ya se acabó. Esa cosa ya no va a molestarlos.

—Miren… —dije más calmado—. Si quisiera hacerles algo, ya lo habría hecho.

No era la mejor frase del mundo.

Pero era honesta.

Uno de los más pequeños alzó la mirada apenas.

—¿…de verdad? —preguntó con voz temblorosa.

Lo miré.

Y por un segundo… suavicé la expresión.

—Sí. De verdad.

Uno de los niños soltó un sollozo más suave. Otro bajó la mirada.

Me quedé quieto, sin saber muy bien qué hacer a continuación. Nunca había sido bueno con niños. Ni con adultos, para ser honesto. Menos aún con niños recién rescatados de una casa llena de símbolos raros y una bruja que parecía sacada de una pesadilla.

Respiré hondo, manteniendo la voz baja.

—Voy a sacarlos de aquí, ¿de acuerdo? —dije, mirando a cada uno por turnos—. No tienen que quedarse más tiempo en este lugar.

Me puse de pie y miré la cerradura improvisada.

Y por primera vez desde que entré, vi que uno de ellos dejaba de temblar un poco.

No mucho.

Pero lo suficiente.

Me incorporé lentamente, echando una última mirada a la bruja, luego a los niños, y después al resto de la habitación.

—Sí… definitivamente hoy no iba a ser una noche normal —murmuré

Los niños seguían mirándome como si no terminaran de decidir si yo era una salvación o un problema nuevo.

Genial.

Esa clase de confianza siempre ayuda.

Me acerqué a la cerradura improvisada y la examiné un segundo. No era nada elegante. Un candado viejo, un par de cadenas y un mecanismo hecho con pura chapuza y mala intención.

—Bueno… eso sí lo puedo arreglar —murmuré.

Agarré las cadenas con una mano y tiré con fuerza. El metal chilló antes de partirse. La puerta de la celda cedió con un golpe seco.

Los niños se estremecieron.

—Ya está —dije, intentando que mi voz sonara tranquila—. Salgan despacio.

Nadie se movió al principio.

Luego, uno de los mayores dio un paso dudoso hacia la salida. Miró el pasillo, miró la bruja tirada en el suelo, me miró a mí… y al final avanzó. Los demás lo siguieron, uno detrás de otro, como si temieran que el mundo se fuera a romper si hacían demasiado ruido.

Uno de los más pequeños se aferró a mi pantalón un segundo, luego me soltó de inmediato, avergonzado o asustado, no supe cuál.

—Tranquilo —murmuré, agachándome un poco—. Ya pasó.

No era una frase perfecta. No era una promesa completa. Pero al menos era verdad en ese instante.

Los guié hacia la salida, manteniéndolos cerca de mí. Ellos caminaban en silencio, todavía temblando, mirando todo como si esperaran ver otra cosa escondida en las sombras.

No los culpaba.

Yo también estaba mirando de reojo por si la bruja decidía levantarse de una vez por todas y arruinarme la noche.

Pero no. Seguía inmóvil.

Aun así, su corazón seguía latiendo.

Débil.

Persistente.

Molesto.

Nos detuvimos cerca de la entrada del pasillo.

—Escuchen —dije, mirándolos a todos—. Van a quedarse juntos. No se separen. ¿Entendido?

Asintieron poco a poco.

Bien.

Eso ya era algo.

Me pasé una mano por el cabello, pensando rápido. Necesitaba sacarlos de ahí, y pronto. No iba a dejarlos en esa casa ni un minuto más.

—¿Pueden correr? —pregunté.

Uno de ellos tragó saliva y asintió.

—Bien. Cuando yo diga, salen por la puerta principal y siguen derecho. Sin mirar atrás.

Nadie protestó.

Bueno. Eso me ahorraba tiempo.

Volví la vista hacia la bruja.

Seguía ahí.

Y el recuerdo de lo que había dicho antes volvió a mi cabeza: corazón, cabeza, fuego. Tres formas. Tres opciones. Todas igual de desagradables.

Me quedé mirando el cuarto destruido, las paredes manchadas, los símbolos torcidos, el aire todavía pesado.

—No pienso tocarte otra vez —le dije a su cuerpo inmóvil, como si pudiera entenderme—. Así que te vas a quedar con la opción menos elegante.

Busqué con la mirada algo útil.

Una lámpara rota. Una cortina vieja. Un estante de madera reseca. Suficiente.

Me acerqué al cuarto contiguo y arranqué una tela larga que colgaba de una ventana. Luego rompí la base de una lámpara y acerqué el cable expuesto a una toma cercana. No hacía falta ser un genio para combinar un par de cosas y crear un incendio.

Volví a mirar a los niños.

—Ahora sí. Váyanse.

Ellos dudaron apenas un segundo más… y luego echaron a correr.

Yo me quedé atrás.

Esperé a que subieran las escaleras, escuchando sus pasos apresurados alejarse por el pasillo. Cuando la casa quedó en silencio otra vez, cerré los ojos por un momento...al parecer la puerta ya de este especie de sotano ya estaba abierta bien

Respira. . mas tranquilo

Uno.

Dos.

Tres.

Volví a abrirlos.

—Bueno… —murmuré, levantando la tela—. A ver si eres tan dura con fuego como con los puños.

La acerqué a la fuente de calor improvisada.

La llama tardó un segundo en agarrar.

Después, el fuego nació pequeño, tímido… y luego empezó a crecer.

Primero lamió la tela. Luego la madera. Luego el aire.

Un resplandor anaranjado comenzó a extenderse por el cuarto, reflejándose en las paredes manchadas de rojo oscuro. El calor subió de golpe. El olor cambió. El ambiente entero empezó a crujir.

Me aparté un paso.

Luego otro.

La bruja seguía sin moverse.

—Eso ya se siente mejor —murmuré.

Las llamas treparon por las esquinas. El estante se prendió enseguida. La madera vieja ayudó más de lo que me hubiera gustado.

Entonces la oí.

Un sonido bajo.

Un gemido ronco.

La bruja se movió apenas...solta un sonido agudo como intentano decir algo

Sonreí de medio lado.

—Ah, mira… sí estabas viva.

No le di tiempo de nada. Empujé un mueble contra la entrada del cuarto para bloquear parte del paso y dejé que el fuego hiciera el resto. El humo empezó a subir. Las sombras bailaban en las paredes como si la casa misma estuviera temblando.

—Listo —murmuré—. Se acabó el show.

Me di la vuelta y salí del cuarto sin mirar atrás.

El pasillo ya estaba llenándose de humo...subi las escales y sali del sotano

Bien.

Demasiado bien.

Seguí el camino de vuelta hacia la salida con pasos rápidos, pero controlados. Ya no había necesidad de pelear. Solo de irme antes de que todo aquello se derrumbara encima de nosotros.

Al llegar a la puerta principal, la abrí de una patada.

El aire nocturno me golpeó la cara como una bendición.

Afuera, los niños ya estaban reunidos a unos metros, algunos llorando, otros abrazándose entre sí. Los miré rápido, contando cabezas. Estaban todos.

—Bien —dije, acercándome—. No se alejen. Vamos a buscar ayuda.

Uno de los más grandes me miró con ojos aún asustados.

—¿Y ella?

Miré la casa.

El fuego empezaba a asomar por una ventana del primer pisp.

—No va a salir de ahí.

Y en el fondo, eso era lo único que importaba.

La primera gran respiración me supo a humo, tierra y noche abierta. Pero también a alivio.

Porque los niños estaban fuera.

El fuego ya empezaba a morder las ventanas.

Las llamas bailaban detrás de los vidrios sucios, creciendo con una rapidez casi obscena, como si la casa hubiera estado esperando una excusa para arder desde hace años.

Los niños estaban afuera, apiñados entre sí, temblando todavía, con la cara manchada de lágrimas, polvo y terror.

Me acerqué a ellos un poco más y bajé la voz.

—Escúchenme bien. No vuelvan a entrar. No importan los gritos, no importa nada. ¿Entendido?

Asintieron todos, algunos con la cabeza, otros con una obediencia más frágil que real. El más pequeño seguía mirando la casa como si en cualquier momento algo fuera a salir arrastrándose por la puerta principal.

No lo culpaba.

Yo también estaba pendiente de eso.

Detrás de nosotros, la casa soltó un crujido seco. La madera vieja empezó a ceder. Se escuchó un golpe dentro, como si algo pesado hubiera caído.

Uno de los niños soltó un jadeo ahogado.

Yo alcé la vista.

—No miren —ordené con firmeza, sin levantar demasiado la voz.

Me quedé mirando las ventanas por un segundo más....Nada....Solo humo,Solo rojo y naranja devorando todo lo que había adentro....Eso debería haber sido suficiente.

Pero no.

Mi oído seguía afilado. Mis sentidos seguían atentos. Y por un instante, casi imperceptible, creí escuchar algo más.

Un sonido bajo....Un gruñido....Me tensé.

La bruja.

—Tch… —chisté entre dientes.Ese latido seguía ahí.

Más débil.

Pero persistente.....Apreté la mandíbula.

—Quédense aquí —dije con voz firme.

—¿Qué? —preguntó uno de los mayores—. ¡Pero dijiste que…!

—Quédense. Aquí.

No grité. No hizo falta.....El tono fue suficiente.-Me di la vuelta sin esperar respuesta.

—Genial… —murmuré mientras caminaba de regreso—. Por una vez en mi vida intento hacer algo limpio y sencillo…

Activé la intangibilidad justo antes de entrar y atravesé la pared envuelta en llamas.

El calor me rodeó de inmediato.

El interior era un caos. El techo empezaba a ceder en algunas partes. Las escaleras crujían. El aire estaba espeso, cargado de humo.

Pero yo no estaba respirando por eso.

Estaba escuchando.

Siguiendo ese maldito latido.

Bajé las escaleras otra vez, más rápido, ignorando el fuego que ya comenzaba a devorar todo a su paso.

El cuarto.....Ahí.

Entré.

La escena era peor que antes. El fuego había alcanzado las paredes, los símbolos ardían, distorsionándose entre las llamas.

Y en el suelo…Ella.....La bruja.

Su cuerpo estaba parcialmente cubierto por fuego, su piel agrietada abriéndose más, como si el calor la estuviera rompiendo desde dentro....Pero no estaba muerta.Sus ojos…Se abrieron de golpe...Negros....Vacíos.

Directamente hacia mí.

Una sonrisa torcida apareció en su rostro.

—…tarde… —susurró con una voz que no parecía humana—. ya… probaron…

El latido se aceleró....Un segundo....Solo un segundo.....Eso fue todo lo que necesitaba.

—No —dije, avanzando sin dudar—. Se acabó.

Esta vez no me detuve.

La sujeté con fuerza del cuello , ignorando el asco, ignorando el calor, ignorando todo....Mis manos se tensaron.----Y con un movimiento seco—

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El sonido fue claro.

Definitivo.

Su cuerpo se tensó un instante… y luego quedó completamente inerte.....El latido…Desapareció.....El silencio volvió.

La solté de inmediato, apartándome con una mueca.

—Ahora sí —gruñí—. Muerta.

El fuego siguió creciendo.....No había más que hacer ahí.

Sin perder tiempo, activé la teletransportación.....El cuarto desapareció....El calor se fue.

Y reaparecí afuera, junto a los niños.

El aire frío de la noche volvió a llenar mis pulmones.

Uno de ellos dio un paso atrás al verme aparecer de la nada.

—Tranquilos —dije, levantando una mano—. Ya terminó.

Miré la casa una última vez.

Las llamas ahora dominaban por completo la estructura. El techo empezaba a colapsar.

No quedaba nada que salvar ahí dentro.

Volví la vista a los niños.

Entonces la parte superior de la casa explotó en una nube de madera, polvo y fuego. No una explosión fuerte, pero sí lo bastante violenta como para hacer que retrocediera un paso.

Los niños chillaron.

Me interpuse de inmediato entre ellos y la casa.

—Tranquilos. Nadie se acerca.

El techo comenzó a hundirse....Ya estaba hecho....Y aun así, no me moví de inmediato.

Esperé.Esperé a escuchar algo más.

Un latido....Cualquier cosa.

Nada.

Solo el crepitar del fuego.....Solo el crujido de las vigas muriendo.

Solté el aire por la nariz y me giré hacia los niños.

—Bien. Ahora sí, vamos a buscar ayuda.

Uno de ellos me miró con una mezcla rara de miedo y alivio.

—¿Quién eres…? —preguntó en voz baja.

Me quedé callado un instante.

Buena pregunta.

No una que tuviera respuesta sencilla.

—Alguien que pasó por aquí en el peor momento posible —dije al final.

No sonó muy heroico, pero era verdad...adecir verda estos pequeños tubieron mucha suerte no quiero ni imagianr lo que es bruja queria hacerles ...menos mal llegue 

Los reuní a todos con un gesto.

—Caminen juntos. No se separen. Si alguien se cansa, lo dicen. Si alguien se lastimó, también.

Ellos empezaron a moverse lentamente, todavía desorientados.

Yo eché una última mirada a la casa.

Las llamas ya salían por la ventana del segundo piso con toda libertad, como si la estructura entera fuera una caja de fósforos olvidada.

—Adiós, bruja —murmuré.

Luego me di la vuelta y caminé con ellos.

El trayecto hasta las calles principales fue silencioso al principio.

Solo se escuchaban los pasos pequeños, el llanto leve de uno de los más chicos y el ruido distante de la ciudad en la noche. Yo iba al frente, pero cada tanto volteaba para contarles las cabezas.

Uno.Dos.Tres.Cuatro.

Bien.

Seguían todos ahí.

La más pequeña de las niñas caminaba muy pegada a mi lado. No me agarraba la mano, pero casi. Cada vez que el viento soplaba o algún ruido aparecía en la distancia, se acercaba un poco más. No dije nada. No iba a asustarla con un comentario idiota.

Aunque tenía varias ganas de hacerlo.

Llegamos a una avenida donde ya había algo más de luz. Un par de autos pasaron sin detenerse. Una pareja caminó del otro lado de la calle sin mirar mucho. La ciudad seguía su vida normal, completamente ajena a que, a unas pocas cuadras, una casa entera estaba ardiendo con una bruja dentro.

La ironía me dio ganas de reír.

No lo hice.

Todavía no.

Busqué con la vista una cabina, un local abierto, cualquier cosa. Finalmente vi un pequeño restaurante de esquina con una persona dentro.

—Ahí —dije.

Los guié hasta la entrada.

Toqué la puerta con firmeza. Al instante, una mujer de mediana edad abrió apenas, mirando a los niños y luego a mí.

Su expresión cambió en un segundo.

Primero confusión.

Luego alarma.

Luego pánico.

Perfecto.

Eso facilitaba todo.

—Llama a la policía y a emergencias —dije de inmediato—. Hay niños. Estaban encerrados en una casa al final de la calle. Está ardiendo ahora mismo.

La mujer abrió la boca para preguntar algo, pero bastó con una mirada a los niños para que reaccionara.

—¡Sí, sí, claro! —dijo, apartándose de inmediato.

Eso era todo lo que necesitábamos.

Los niños empezaron a entrar poco a poco, todavía inseguros. La mujer les habló con suavidad, sacándoles mantas, guiándolos hacia el interior.

Uno de los pequeños se volvió hacia mí antes de cruzar completamente el umbral.

—¿Tú no vienes?

Lo miré un segundo.

—los vere al rato .

No parecía una respuesta, pero el niño asintió como si le bastara.

Entró.

Y entonces por fin quedé solo en la acera.

Me quedé quieto, mirando mis manos.

Todavía manchadas. Todavía con polvo seco y resto de sangre oscura. Solté una exhalación lenta.

—Qué noche…

Miré hacia arriba.

El cielo estaba oscuro, con ese tono profundo de ciudad dormida que no se siente dormida del todo. Las luces amarillas de los postes parecían más frías de lo normal.

Y por un segundo…

Solo por un segundo…

Sentí cansancio.

No físico.

Algo más raro.

Como si el cuerpo me dijera que había terminado lo urgente, y ahora me dejaba de golpe con todo lo demás.

Con el olor...Con los niños...Con la bruja.

Con la decisión de haber hecho lo correcto sin poder darle demasiadas vueltas.

Me pasé una mano por el cabello.

—No estuvo mal para una caminata nocturna —murmuré.

A lo lejos, ya empezaban a escucharse sirenas.

Al principio débiles.

Después más cerca.

Bien.

Ya venía la parte humana del problema.

Yo solo tenía que desaparecer antes de que empezaran a hacer preguntas incómodas.

Di medio paso atrás, luego otro.

Antes de irme, miré una vez más hacia el interior del restaurante.

Los niños estaban sentados, envueltos en mantas, con una taza de algo caliente en las manos. El más pequeño había dejado de llorar, aunque seguía con la cara perdida.

Estaban a salvo.

Eso bastaba.

Asentí apenas para mí mismo.

—Listo.

Y desaparecí de allí antes de que alguien me pidiera nombre, apellido o una explicación que no pensaba dar.

Aparecí de nuevo lejos, en un callejón silencioso.

La noche estaba igual de fría, pero aquí al menos no había gritos ni humo ni niños llorando.

Me apoyé un momento contra la pared, cerrando los ojos...baje mi mano lenta mente y me quite mi anillo y lo volvi aguardar en mi bolsillo

—Bueno… si sera util —susurré—. Eso definitivamente no salió como una noche normal.

Abrí los ojos despacio.

Había hecho una cosa útil.

Rara....Peligrosa.

Pero útil.

Y en el fondo, eso me dejó una sensación incómoda… parecida al alivio.

Me separé de la pared y eché a andar hacia casa.

—Primero dormir —murmuré—. Luego pensar. O al revés. Da igual.

Y mientras me alejaba, la imagen de la casa ardiendo quedó atrás, tragada por la oscuridad de la ciudad.

CONTINUARA

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