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Chapter 113 - Reencuentro con Lione

Los rayos del sol entraron sin permiso por las cortinas, golpeando el rostro de un joven de no más de dieciséis años que dormía plácidamente. Arthur no poseía una belleza exorbitante, pero su rostro reflejaba una firmeza y una madurez inusuales para su edad, rasgos que resultaban extrañamente atractivos. Afuera, el mundo despertaba con el canto de los pájaros mientras la nieve se derretía lentamente bajo el sol matutino, creando pequeños ríos brillantes y charcos de barro que ensuciaban las calles de Trimbel.

Era una escena de armonía casi perfecta, de no ser por la macabra figura sentada en una esquina de la habitación. Cubierto por una pesada capucha negra que parecía absorber la luz, el Lich movía sus dedos huesudos con una agilidad antinatural, trazando figuras rúnicas que brillaban con un tono violáceo sobre la piel seca de una bestia. Su aura de maldad era tan intensa y gélida que erizaba los vellos de la nuca de cualquiera que se acercara.

El Lich seguía absorto en sus rituales oscuros mientras Arthur roncaba, sumergido en sueños tranquilos que contrastaban con la presencia de su acompañante. Tras unos momentos, al ver que el joven no daba señales de despertar, el no-muerto bufó con un sonido seco y lanzó una hebra de energía oscura desde la punta de su dedo. La sombra serpenteó por el aire y se introdujo en la mente de Arthur; segundos después, la paz se rompió. El joven empezó a retorcerse en la cama, atrapado en una pesadilla súbita, hasta que se levantó con un grito ahogado, empapado en un sudor frío que le pegaba la ropa al cuerpo.

—Apresúrate, mocoso —la voz del Lich resonó en la habitación como lamentos escapando de un cementerio antiguo—. Desperdicias la luz del sol durmiendo a estas horas cuando el tiempo se te agota.

Arthur miró el sol que ya brillaba con fuerza afuera y, aún con el corazón latiendo a mil, se apresuró a vestirse. Debía recoger su equipo en la herrería de Clarin y luego dirigirse a la academia. Ya había tomado una decisión definitiva: aceptaría cualquier condición, por dura que fuera, con tal de obtener conocimiento. El "Colmillo Azul" le pisaba los talones y sabía que no podía permitirse el lujo de ser débil ni un segundo más.

Corrió por las calles, sintiendo el aire fresco del deshielo, hasta llegar a la herrería. Al entrar, el calor del horno lo golpeó de frente. Clarin estaba ocupada hablando con un grupo de aventureros de aspecto rudo; la charla parecía acalorada y llena de reclamos. Arthur esperó a un lado, tratando de pasar desapercibido, hasta que el grupo finalmente se retiró refunfuñando.

—Buenos días, señorita Clarin —saludó Arthur cuando el ruido de las botas de los aventureros se alejó.

La herrera lo miró con una sonrisa cansada, secándose el sudor de la frente con el antebrazo.

—Hola. Veo que aún respiras. Consideré seriamente la posibilidad de que te hubieran atrapado ya para diseccionarte en algún sótano. Es bueno verte de nuevo.

Arthur forzó una sonrisa y se rascó la nuca con torpeza, sintiendo el peso de la broma.

—¿Ya está lista mi armadura?

El brillo profesional volvió a los ojos de Clarin, reemplazando el cansancio.

—Sígueme.

Caminaron por un pasillo flanqueado por puertas donde se vislumbraban equipos de alta calidad: espadas rúnicas y corazas reforzadas. Al final, entraron en un gran salón que olía a metal quemado y aceite, repleto de minerales extraños y herramientas pesadas. Clarin se acercó a una mesa y tomó un par de guantes de un color azul oscuro profundo, casi negro, y se los entregó con solemnidad.

—Esto es lo que me pediste —dijo ella, observando su reacción.

Arthur los examinó con cuidado, pero su rostro mostró desconcierto.

—Pero esto solo cubre mis manos, señorita Clarin. Mis antebrazos seguirán expuestos... y no puedo andar así por la academia.

Clarin soltó una carcajada breve.

—Falta la explicación, muchacho. Estos guantes no son solo cuero; son una herramienta mágica de alto nivel. Debes vincularlos con tu huella de maná para que despierten. Inténtalo ahora mismo.

Arthur se puso los guantes, sintiendo el frío material contra su piel, y dejó fluir una hebra de su energía interna. Al instante, los guantes brillaron con un fulgor argénteo y un líquido plateado emergió del interior del tejido. La sustancia subió por sus brazos con una voluntad propia, como si fuera una criatura viva. Cuando el líquido llegó a los hombros, la temperatura aumentó drásticamente. El calor fue tan intenso que quemó las vendas viejas y sucias que Arthur usaba para ocultarse, reduciéndolas a cenizas. Una luz cegadora llenó la sala por un instante y, cuando Arthur finalmente pudo abrir los ojos, se quedó mudo de la impresión.

Ya no había huesos a la vista. Sus brazos lucían una piel pálida, firme y de aspecto saludable; no había diferencia visual alguna entre sus brazos humanos y este nuevo camuflaje mágico.

—Con esto estarás a salvo por ahora —explicó Clarin, satisfecha con su obra—. Ese líquido es cristal de cuarzo fundido con metales raros. Cumple una función doble: protección física contra cortes y un camuflaje visual perfecto. Puedes hacer fluir tu maná a través de ellos para tus técnicas, aunque te advierto que no será tan eficiente como tus canales naturales.

Clarin se puso seria de repente, bajando el tono de voz.

—Escucha bien. Consume maná constantemente para mantener el hechizo de apariencia. Debes recargarlos a diario insertando un mineral de maná en esta pequeña ranura oculta del guante. Y ten cuidado: si recibes un impacto demasiado fuerte, la estabilidad de la energía se reducirá drásticamente y podrías quedar expuesto. Si te descubren las sectas prohibidas que usan rituales de muerte, serás un objetivo prioritario para sus experimentos. No te verán como un joven, sino como material de estudio.

Arthur tragó saliva, sintiendo un peso real —físico y mental— sobre sus hombros.

—¿Cuánto le debo por el trabajo? —preguntó, sabiendo que una pieza así no era barata.

—Ya me has pagado —sonrió ella de forma genuina—. Me quedé con la mitad de tus escamas de cuarzo de la cueva. Para mí es más que suficiente para cubrir el costo y mi tiempo.

Arthur asintió, profundamente agradecido. Al salir de la herrería, confirmó que la advertencia del Lich no era exagerada: la ciudad estaba abarrotada como nunca antes. Guerreros curtidos con cicatrices de mil batallas, nobles con túnicas ostentosas que brillaban al sol y bestias voladoras que oscurecían las calles al pasar, llenaban el paisaje de Trimbel. El aire vibraba con una tensión eléctrica; el tesoro de la cueva había atraído a los tiburones.

Al llegar a la oficina del Director, el anciano lo recibió con una mirada escrutadora, notando el cambio en sus brazos pero sin decir nada al respecto.

Al llegar a la oficina del Director, el anciano lo recibió con una mirada escrutadora, notando el cambio en sus brazos pero sin decir nada al respecto.

—Supongo que has decidido aceptar mi sugerencia, joven Arthur.

Tras diez minutos de caminata por pasillos silenciosos donde el eco de sus pasos parecía perseguirlos, llegaron a una pequeña puerta de madera con una placa de latón: *Profesor Lione*.

—¿Quién? —respondió la voz familiar desde adentro ante el toque firme del Director.

—Soy yo, Lione. Abre —ordenó el anciano.

La puerta se abrió y el hombre de semblante académico se quedó paralizado, con los ojos muy abiertos, al ver quién acompañaba a la máxima autoridad de la academia.

—¡Tú! ¡El joven Arthur de la mina lunar! —exclamó Lione con una alegría genuina—. ¡Pensé que habías huido de la ciudad después de aquel lío! ¡Qué gusto me da verte con vida!

Lione lo saludó con un fervor que casi hace que Arthur retroceda, pero luego miró al Director con una confusión evidente.

—Pero... ¿Por qué viene contigo, Director? ¿Qué está pasando?

—Sentémonos —dijo el anciano con una gravedad que enfrió el ánimo de la habitación—. Hay mucho que discutir sobre el destino de este joven y el papel que tú jugarás en él.

Frente a una taza de té cuyo vapor subía en el aire tenso, la charla que decidiría si Arthur sería un alumno o un secreto de estado estaba por comenzar.

**Fin del Capítulo**

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