Cherreads

Chapter 55 - Capitulo 53

EVAN.

Ha sido… demasiado.

Demasiado para dos días. Demasiado para una vida entera.

No sé cómo sigo respirando. No sé cómo no me deshice cuando escuché esas voces al otro lado de la pantalla, cuando vi los rostros deformados por lágrimas que decían conocerme, quererme, extrañarme... recordarme.

Yo apenas puedo recordarme a mí mismo.

Estoy sentado en el sofá, con la espalda hundida, sintiendo cómo todo me rebasa, como si el corazón no pudiera seguir el ritmo de lo que la vida me está arrojando de golpe. Mamá está a mi lado, no me suelta la mano, no ha dejado de acariciarla con el pulgar desde hace rato.

—¿Estás bien? —me pregunta con voz suave, como si no quisiera perturbar el frágil equilibrio que me sostiene.

No quiero mentirle. Pero tampoco quiero asustarla.

—Sí… —respondo, bajito, mirando mis propias manos—. Abrumado… pero sí. Estoy bien.

Ella me sonríe con ternura, aunque sé que detrás de esa expresión hay una tormenta de miedo, alivio y preocupación.

Papá está de pie, mirando por la ventana como si esperara que el mundo explotara ahí afuera.

Y entonces lo dice:

—Prepárate. Aún no acaba.

Antes de que pueda preguntar a qué se refiere, ya va camino a la puerta. La abre.

Y el mundo, literalmente, entra.

—¡¡EVAN!!

—¿¡Dónde está!?

—¡¿Déjenme verlo, por favor!?

—¡Evan, mi niño, mi cielo, estás vivo!

Al menos diez personas irrumpen en la casa como una ola desbordada. Algunos se empujan entre ellos, otros lloran mientras caminan, unos gritan mi nombre una y otra vez, como si al repetirlo lo hicieran más real.

—¡Evan! ¡¡Dios mío, míralo, es él!!

—¡Déjenme verlo, por favor!

—¡Lo tengo enfrente! ¡Es él, es él!

No sé quién es quién.

Algunos se lanzan hacia mí con los ojos inundados, otros me abrazan como si fueran a perderme otra vez. Nombres, voces, olores, frases atropelladas. Gritos. Llantos. Suspiros. Risas nerviosas.

Unos me tocan la cara, otros el cabello. Uno me abraza y me llama "mi niño bonito", y otro detrás de él está llorando tanto que apenas puede hablar.

Y yo…

Yo no puedo moverme.

Estoy ahí, como una estatua atrapada en la corriente, permitiendo que todo ocurra, que me abracen, que me toquen, que me digan que me aman, que no lo creen, que soñaron con esto.

Lucía me rodea por detrás, intentando protegerme sin interferir. Mamá se levanta, intentando tranquilizar a todos, y papá simplemente cruza los brazos y observa. Está llorando, pero en silencio. Como alguien que sabe que ya no tiene que fingir ser fuerte.

—¡Míralo, míralo! ¡Es igualito a como era de niño!

—¡Creció tanto!

—¡No puedo creer que lo tenga enfrente!

—¡Eres un milagro, Evan!

Quiero decir algo.

Quiero decirles que lo siento. Que no me acuerdo de ellos. Que no sé quiénes son. Que los abrazaría si pudiera recordar sus nombres.

Pero no puedo. No me salen las palabras. Solo puedo mirar. Respirar. Aguantar.

Porque si abro la boca… tal vez también me rompo.

Y sé que si me rompo ahora… no voy a poder recomponerme tan fácil.

—¡Por favor…!

Mi voz se pierde entre la marea. Nadie me escucha.

Así que cierro los ojos. Inspiro. Exhalo. Y esta vez, con un poco más de fuerza:

—¡¡Por favor!!

El silencio no llega del todo, pero al menos disminuye. La marea baja, los gritos se convierten en murmullos y las manos que me tocaban retroceden con culpa. Todos me miran. Esperando.

—Gracias —digo bajito—. Gracias por venir, por… por tanto. Pero, por favor… ¿pueden calmarse un poco? Solo un poco, al menos.

Levanto las manos, buscando paz.

—Uno a uno… por favor.

Se miran entre ellos. Algunos asienten, otros simplemente lloran en silencio. Hay mucho amor en esta sala. Pero también demasiado peso.

Demasiado pasado.

—Yo… —trago saliva—. Yo no sé quiénes son ustedes. O… casi no.

Varias expresiones se quiebran. No de dolor hacia mí, sino por lo que mi voz revela.

—No es que no quiera recordarlos —aclaro, con la garganta hecha un nudo—. Es que no puedo. No me acuerdo de casi nada antes de los diez años. Lo que sé, lo que escuché, me lo contaron ayer. Apenas estoy… procesándolo.

Hay un murmullo entre ellos. Alguien —una mujer de cabello rizado, ojos hinchados por el llanto— se lleva la mano a la boca. Otra persona, un hombre alto, de barba canosa, cierra los ojos con pesar. Nadie me culpa. Pero eso no hace que duela menos.

—No quiero que piensen que no me importan —continúo—. Solo… necesito tiempo. Espacio. Ayuda. Si ustedes me conocían, si de verdad me conocían… ayúdenme a recordar. Poco a poco. No quiero fingir que sé quiénes son, porque eso sería… eso sería mentirles.

Un silencio profundo se extiende.

Entonces, una mujer joven —una de las últimas en entrar, con ojos color miel y voz suave— da un paso al frente.

—Soy tu prima, Vanessa —dice, temblando—. Me enseñaste a jugar ajedrez cuando tenía seis años. Perdiste a propósito y me dejaste presumirlo frente a todos.

Una sonrisa nerviosa se me escapa.

—Gracias, Vanessa.

Otro da un paso. Un joven de cabello oscuro, unos años mayor que yo.

—Yo soy Joseph. Tu primo también. Jugábamos con espadas de plástico y decías que cuando crecieras serías un caballero. Dijiste que me protegerías si alguien me molestaba.

—¿Lo hice?

—Sí. Me defendiste de un matón una vez. Con palabras, no con golpes.

—Vaya…

Vanessa ríe entre lágrimas. Otros empiezan a avanzar, con pasos inseguros, queriendo compartir un pedazo de historia que me pertenece, aunque aún no la recuerde. Yo escucho. Trato. Atesoro. No quiero que se borre esto también.

Y mientras uno a uno hablan, Lucía se sienta a mi lado, y toma mi mano sin decir nada.

Porque ella entiende.

Porque ella sabe.

—¿Dónde estuviste todo este tiempo?

Esa pregunta… esa maldita pregunta. No hay malicia en la voz de mi tía, solo el grito ahogado de ocho años de incertidumbre y dolor. Su rostro, lleno de líneas que no recuerdo, espera una respuesta que quizá nunca sea suficiente.

—Regresé hace tres meses —respondo con honestidad, sintiendo cómo todos me miran—. Fue complicado… muy complicado volver. Quería, de verdad que quería, pero también… no quería. Es difícil de explicar. Tenía mis razones, muchas. Algunas… aún me pesan.

Mi voz se quiebra un poco, pero continúo.

—Estuve en muchos lugares. Lejos. A veces demasiado lejos, incluso de mí mismo.

—¿Y estos últimos meses? —pregunta un tío desde el fondo. Su voz es menos emocional, más analítica. Como si necesitara entender antes de sentir.

—Nueva York —respondo, con un suspiro—. Estos tres meses viví allá.

Algunos asienten, otros solo guardan silencio. Sé que todos quieren saber más, que hay mil preguntas retenidas tras los labios, pero no me presionan. Agradezco eso.

Miro entonces hacia un costado. Lucía está ahí, con la espalda recta, el rostro sereno y las manos entrelazadas sobre su regazo. Me sonríe, tranquila, dándome ese impulso que no sabía que necesitaba.

Doy un paso al frente.

—Y bueno… —aclaro la garganta—. Ya que estamos aquí todos reunidos, quiero aprovechar para presentarles a alguien. Alguien… muy importante.

Tomo su mano, y ella se levanta con gracia, aún nerviosa, pero decidida.

—Ella es Lucía.

Puedo sentir el cambio en el ambiente. La atención se vuelve hacia ella. Sus rostros, sus ojos, sus pensamientos.

—Mi novia —digo primero, luego me corrijo con una sonrisa—. O mejor dicho, mi pareja. Bueno, más formalmente… la mujer de mi vida. Y…

Me detengo un segundo. Noto cómo algunos se inclinan un poco hacia adelante, atentos.

—…y la futura madre de nuestro bebé.

El silencio se puede cortar con un cuchillo.

Mi tía se cubre la boca. Un primo suelta un "¿qué?". Una de mis primas apenas logra articular un "¿bebé?". El asombro es unánime. Las miradas vuelan de mí a Lucía, de Lucía a mí, y después a mis padres, buscando alguna confirmación.

Pero mis padres solo sonríen. Y eso parece ser todo lo que necesitan.

—¿Vas a ser papá? —pregunta alguien, con una mezcla entre incredulidad y ternura.

—Sí. —Y entonces, como si recién lo asimilara yo mismo, añado—. Sí. Voy a ser papá.

Lucía aprieta mi mano.

Y de pronto, entre la sorpresa, empiezan a surgir las emociones. Algunas lágrimas. Algunas risas nerviosas. Incluso una prima suelta un chillido y dice que quiere ver la pancita, aunque aún no se note.

—¡Vanessa! —gritó alguien.

El cuerpo de mi prima se fue de lado como una hoja sin viento. Apenas y le dio tiempo a Joseph de atraparla antes de que se estrellara contra la alfombra. Todos soltaron un suspiro colectivo, entre asombro y pánico, mientras él intentaba reanimarla con suaves palmadas en las mejillas.

—¿Se desmayó? —pregunté, estupefacto, sin saber si reír o preocuparme.

—¡Se desmayó! —confirmó alguien más.

—¡Agua! ¡Traigan agua! —dijo una tía desde el fondo.

—¡O ventilador! ¡No, no! ¡Un dulce! ¡Azúcar! —gritó otro primo, corriendo como si fuera parte de un operativo de rescate.

Joseph la acomodó con cuidado en el sofá, y ella poco a poco fue abriendo los ojos, murmurando algo entre "bebé" y "apenas dieciocho". Su expresión, entre conmoción y escándalo, me arrancó una sonrisa incómoda. Lucía me miró de reojo, apretando los labios para no reírse.

—¿Estás bien, Vane? —le pregunté.

Ella solo alzó una mano, en señal de que necesitaba un momento.

Una de mis tías —no recuerdo cuál, creo que era Lorena, la de las preguntas explosivas— me miró con el ceño fruncido, claramente armando la línea de tiempo en su cabeza.

—¿Desde cuándo están juntos? ¿Cómo pasó todo esto? ¡Evan, esto es mucho! —dijo, señalando mi vientre inexistente como si ya debiera estar cargando pañales y biberones.

Suspiré y asentí, sabiendo que debía poner en orden todo esto.

—Nos conocimos hace tres meses —empecé, mirando brevemente a Lucía, que asentía con delicadeza—. Y… bueno, gracias a ella fue que pude regresar a Estados Unidos. Su familia me ayudó. Me cuidaron.

Varias cejas se alzaron, y pude ver la mezcla de intriga, admiración y sorpresa pintada en todos los rostros.

—En esos tres meses… pasaron cosas —continué, buscando las palabras correctas—. Al principio fue todo un caos, la verdad, pero también fue cuando empecé a encontrarme a mí mismo otra vez. Lucía fue parte clave de eso. Muy clave.

Tomé aire.

—Nuestra relación… como tal, lleva apenas un mes.

Silencio absoluto.

—¿Un mes? —repitió alguien, incrédulo.

—Sí —respondí, encogiéndome de hombros—. Pero… no perdimos mucho el tiempo.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó otra voz, esta vez más suspicaz.

—Llevamos cinco semanas de embarazo.

Otra oleada de reacciones. Exclamaciones. Palmas cubriendo bocas. Risitas nerviosas. Vanessa volvió a apoyar la cabeza en el respaldo como si se fuera a desmayar otra vez. Joseph la sostuvo más fuerte.

—Dios mío… —murmuró alguien—. ¡Cinco semanas!

—Ya hay bebé. ¡Literalmente ya hay bebé! —dijo un primo, entre risas y horror.

—Bueno… aún no hay pañales ni nombre —dije, alzando las manos en tono defensivo—. Pero sí, hay bebé. Y estamos… felices. Sorprendidos. Agotados. Pero felices.

Antes de que alguien pudiera lanzar otra pregunta, Lucía alzó la mano con una sonrisa suave, un poco tímida, pero llena de ese brillo que tanto me gustaba cuando estaba orgullosa de algo.

—Y… por si tienen curiosidad —dijo, mirando al grupo que aún intentaba procesar todo—, el nombre de trabajo del bebé es "Frijolito".

Un par de cabezas se giraron hacia ella.

—¿Frijolito? —repitió una de mis tías, entre divertida y desconcertada.

Lucía soltó una pequeña risa, bajando la mirada un segundo antes de señalarme con el pulgar.

—Idea de Evan. Cuando hablabamos, Evan se refirio al bebe como frijolito. Era… así, del tamaño de un frijol, literal. Y él, sin pensarlo, lo llamó "Frijolito". Y bueno… se quedó.

No pude evitar reír por lo bajo, recordando ese momento. Fue uno de esos instantes que se clavan en la memoria. Me había sentido torpe, nervioso, pero también extrañamente completo.

—No sé, sonaba tonto —admití—, pero cuando lo dije… lo sentí tan real. Como si ya fuera parte de nosotros.

—Frijolito —repitió Vanessa desde el sofá, con la voz aún algo perdida, como si el mundo no tuviera sentido todavía para ella—. Claro. Frijolito.

—¿Eso es oficial? —preguntó uno de mis primos mayores, bromeando—. ¿Ya lo van a registrar así?

—¡Claro que no! —respondimos Lucía y yo al mismo tiempo, y todos soltaron una carcajada.

—Es solo un apodo por ahora —añadió ella, acariciando suavemente su vientre aún plano—. El nombre real lo elegiremos con calma. Juntos.

Algunos "awww" suaves surgieron por aquí y allá. Y aunque el ambiente seguía cargado de emociones, preguntas y murmullos bajos, sentí que algo empezaba a calmarse.

El alboroto comenzaba a calmarse un poco, aunque seguía sintiéndose como si todos hablaran con la misma urgencia y emoción contenida. Yo me apoyé levemente en el respaldo del sofá, intentando regular mi respiración. Lucía, atenta como siempre, se acercó un poco más, rozando mis dedos con los suyos sin decir nada. Solo ese gesto bastó para ayudarme a centrarme.

Pero el respiro duró poco.

El timbre volvió a sonar, esta vez más prolongado, y mis padres intercambiaron una mirada significativa. Papá fue quien se levantó para abrir. Cuando lo hizo, se escucharon voces, pasos apresurados, y luego los vi… los padres de papá y la madre de mamá.

Mi abuela paterna fue la primera en entrar. Tenía el cabello gris perfectamente peinado, pero sus ojos estaban enrojecidos, como si hubiera llorado todo el camino. Detrás de ella venía el abuelo, más lento, apoyado en su bastón, pero con la misma expresión tensa. La abuela materna llegó un paso después, sujetando su bolso con fuerza, pero con los labios temblorosos.

—¿Evan…? —fue lo único que susurró la abuela de mamá, Teresa, y mi pecho se apretó.

Me puse de pie con torpeza. Las piernas no me respondieron bien al inicio, pero logré dar un par de pasos hacia ellos. No supe qué decir, ni cómo actuar. No los recordaba. O no del todo. Había rostros que parecían conocidos en lo profundo de mi mente, como sombras que alguna vez fueron claras, pero ya no podía tocarlas del todo.

—Soy yo —dije, sintiendo la garganta cerrarse—. Lamento no recordar muchas cosas, pero… estoy aquí.

La abuela materna fue la primera en acercarse. Me abrazó sin pedir permiso. Sus manos eran huesudas, firmes, pero temblaban. No dijo nada más. Solo se quedó ahí, llorando en silencio, sosteniéndome como si aún fuera un niño.

—Pensé que nunca viviría para verte regresar —murmuró al fin, en voz tan baja que casi no la oí.

Cuando se separó, la abuela paterna, Catalina, ya estaba a mi lado. Me tocó el rostro, como si necesitara comprobar que era real. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Eres más alto… y más delgado —dijo, y luego sonrió débilmente—, pero esos ojos son los de mi nieto.

El abuelo Santiago solo asintió, y se limitó a decir:

—Te fallamos, Evan. Pero no importa cómo, ni cuándo… estás de vuelta.

No supe qué decir. Quería decir que no fue culpa de ellos. Que nadie pudo haberlo evitado. Que ni yo entendía por completo todo lo que había vivido. Pero las palabras no salieron. En su lugar, asentí lentamente, sintiendo cómo me tragaba las emociones.

Lucía se acercó un poco más, y yo la tomé de la mano, buscando apoyo. Luego, con voz temblorosa, les dije:

—Gracias por venir… de verdad.

Fue entonces cuando la abuela paterna notó a Lucía.

—¿Y ella es…?

—Lucía —respondí—. Ella es mi pareja… y la futura madre de nuestro bebé.

Los tres abuelos se miraron entre sí, procesando la información. Pero esta vez no hubo shock, solo una pausa larga… y luego una especie de alivio en los ojos de mi abuela materna.

—Entonces… no solo volviste, Evan. También estás empezando algo nuevo.

Asentí, apretando suavemente la mano de Lucía.

—Sí. Gracias a ella… sigo vivo.

Había pasado poco más de una hora desde que todo explotó. La casa entera se sentía saturada de voces, emociones, memorias… y expectativas. Pero con el tiempo, todos se fueron calmando, como si hubieran aceptado que esto no era un sueño, que yo de verdad estaba ahí, sentado en medio de esa sala llena de caras que no recordaba.

Algunos se sentaron en el suelo, otros se acomodaron en sillas improvisadas, y algunos simplemente se quedaron recargados en paredes, atentos. Yo… estaba en el centro. Literal. Rodeado. Observado. Escuchado.

Lucía se sentó cerca de mí, en silencio, como si supiera que esto era algo que debía enfrentar por mí mismo, pero aún así no se atrevía a soltarme. Su mano seguía aferrada a la mía. Era mi único ancla.

—¿Entonces… te rescataron? —preguntó Joseph, con la ceja fruncida.

—Sí… —dije bajando la mirada—. No sé quiénes eran, no lo recuerdo bien. Estaba... muy mal cuando me sacaron. Físicamente, mentalmente… Perdí casi todo. No tenía idea de mi nombre, de mi edad, de quién era. Nada.

—¿Y qué pasó después? —preguntó una de mis tías. Creo que era la hermana de mamá, pero no podía estar seguro.

Tragué saliva. No sabía cómo contar todo sin decir lo que no debía. Había cosas… muchas cosas… que no podían saberse. Ni siquiera por ellos.

—Fui entrenado… —murmuré—. Básicamente me educaron de nuevo. Superficialmente. Lo básico. Me enseñaron a pelear, a moverme, a sobrevivir. Pasé por varios lugares… mucha gente distinta, mucha basura en el camino.

—¿Por qué no intentaste buscarnos? —dijo Vanessa, ya más recuperada del desmayo. Tenía los ojos rojos y húmedos.

Miré al suelo.

—Porque… no sabía si ustedes me buscaron.

—¡¿Cómo puedes decir eso?! —interrumpió la abuela—. ¡Jamás dejamos de buscarte!

—Lo sé… lo sé ahora. Pero en ese momento… —respiré hondo, mordiéndome el labio—. No sabía quién era. Mi mente bloqueó todo. No solo lo olvidé, lo reprimí. Fue… como si todo lo de antes hubiese dejado de existir. Como si nunca hubiera tenido una familia.

Hice una pausa.

—Y luego… empecé a vivir. Bueno, si a eso se le puede llamar vivir. Lugares horribles. Gente horrible. Trabajos sucios. Cosas que no debería haber hecho. Cosas que… ni siquiera quiero mencionar.

—¿Pero por qué no intentaste recordar? —preguntó Joseph—. ¿Por qué no te importó?

—Porque no creí tener a nadie esperándome —respondí con frialdad—. Porque me sentía... solo. Roto. ¿Para qué buscar un pasado que quizá no existía? ¿Y si mis padres me habían olvidado? ¿Y si me habían abandonado? ¿Y si estaba solo desde el inicio?

Silencio.

—¿Y si… —continué— no merecía regresar? ¿Y si… el tipo en el que me convertí no tenía cabida en ninguna familia?

—Evan… —susurró mamá, con los ojos cristalinos.

—He hecho cosas horribles —solté, más bajo—. No porque quisiera… al principio. Luego… ni siquiera estoy seguro. Aprendí a vivir con eso. A matar si hacía falta. A mentir. A desaparecer. Y por un largo tiempo, eso fue todo lo que conocía. ¿Quién iba a querer de vuelta a un monstruo como yo?

Los rostros que me rodeaban… no sabían cómo responder. Algunos estaban en shock. Otros con lágrimas. Algunos dolidos, otros rabiosos.

Pero Lucía… ella no soltó mi mano. Su pulgar acariciaba el dorso de la mía. Como diciéndome—:Sigue.

—Y luego apareció ella —dije, mirándola de reojo—. Y… me recordó que aún quedaba algo dentro de mí que valía la pena. Algo más que solo… oscuridad.

—¡Claro que valías la pena! —dijo la abuela, de pie de golpe.

—Tal vez… —dije con una débil sonrisa—. Pero en esos años… no lo creía. Ni un poco.

Y el silencio se volvió a hacer.

La verdad… jamás quise volver. No porque los odiara. No. Era porque… no sabía cómo volver a ser parte de algo así. De esto. Una familia. Una casa. Amor.

No sabía si podría.

Pero ahora estaba aquí.

Y aunque dolía… al menos… ya no estaba solo.

—¿Y si… nos cuentas más de esos trabajos? —preguntó Vanessa con cautela, sentada en el brazo del sillón frente a mí—. A veces… hablar ayuda. Compartir lo que uno vivió. Sanar.

Sanar.

Esa palabra.

Solté una carcajada amarga, seca, vacía.

—¿Sanar? —negué lentamente, bajando la mirada—. Eso funciona con otros, Vanessa. Con gente normal. Gente que vivió cosas duras, sí, pero… humanas. Lo mío no tiene redención. No tiene vuelta atrás. No hay cicatriz que pueda cerrarse cuando el alma entera está hecha pedazos.

Ella apretó los labios, pero no dijo nada.

—¿Cuántos trabajos? —musité, mirando el suelo, perdido en otra época—. ¿Cuántos cuerpos? ¿Cuánta sangre? He matado más personas de las que un asesino en serie soñaría. Más que muchos dictadores. Más que los que aparecen en las noticias.

La sala entera contuvo el aliento.

—He vivido el infierno que cientos de condenados jamás imaginaron. Y tenía diez años cuando todo empezó —mi voz tembló, pero me obligué a seguir—. Diez años. ¿Puedes imaginar eso? Una infancia perdida entre gritos, torturas, órdenes y armas. Una adolescencia donde el primer beso fue reemplazado por una ejecución. Donde los juegos se cambiaron por estrategias de infiltración. Donde los castigos no eran gritos… eran balas.

Mamá sollozó. Papá cerró los ojos, como si cada palabra lo golpeara directo en el corazón.

—Ocho años así —susurré—. Ocho años viviendo bajo sombras. Ocho años sin tener nombre, sin tener patria, sin tener una maldita identidad. Solo era una herramienta, un perro, un número.

Y entonces me reí. Pero no de felicidad. No de alivio. Fue una risa amarga. Fría.

—¿Lo peor? —dije, alzando la vista y mirando directo a Vanessa—. Que aún extraño esa vida. A veces, en las noches, cierro los ojos y me imagino con un arma en la mano. Me imagino cortando una yugular con precisión quirúrgica. Me imagino el sonido de los disparos, el olor de la pólvora, de la sangre caliente salpicándome la cara…

Algunos se estremecieron. Otros bajaron la mirada. Lucía… solo me apretó más fuerte la mano.

—Y eso me da miedo —confesé, por fin—. Me da un miedo que me rompe el alma. Porque… ¿cómo voy a proteger a Lucía? ¿Cómo voy a ser un buen padre… si todavía hay una parte de mí que extraña la violencia?

Mi voz se quebró por primera vez. No pude evitarlo.

—¿Y si la lastimo? ¿Y si un día mi cabeza vuelve a ese lugar y soy incapaz de controlar lo que aprendí? ¿Y si todo esto… —hice un gesto hacia la sala— esta paz, esta felicidad, esta familia, este amor… ¿y si todo eso no me pertenece? ¿Y si no soy suficiente?

—Evan… —susurró mi madre, con la voz quebrada.

—Tengo miedo de no poder darle estabilidad —seguí, ignorando las lágrimas que amenazaban con salir—. De no poder enseñarle a mi hijo cómo vivir, porque yo no sé vivir. No sé lo que es tener una vida normal. No sé qué se hace en un domingo familiar. No sé cómo se abraza sin sentir miedo. No sé cómo se ama sin sentirse culpable.

Tomé aire, temblando.

—No sé si merezco esto. Esta… "felicidad". Esta gente. Esta normalidad. Porque para mí, esto es un campo desconocido. Esto… me asusta más que la guerra.

Y entonces miré a Lucía. Y el miedo se hizo más real.

—No quiero perderlos. No quiero arruinarlo todo.

Silencio. Un silencio espeso, cargado, brutal. Una verdad tan cruda que dolía respirar.

Esperé. Esperé que alguien dijera algo. Algo que me rescatara.

Lucía me apretó la mano con fuerza, como si en ese gesto pudiera absorber todo el dolor que me brotaba. Se acercó un poco más, y su voz, cálida y firme, rompió el silencio.

—Lo mismo de siempre —murmuró, sin apartar su mirada de la mía—. Lo mismo que me dices desde hace tres meses. Que no mereces esto. Que no mereces a nadie. Que no mereces una familia, ni amor, ni un hijo.

Sus ojos estaban brillosos, pero no lloraba. Estaba segura. Estaba entera.

—Y yo te repito lo mismo cada vez, Evan —añadió, con la voz un poco más fuerte, como para que todos la escucharan—. No tienes que merecerme. No tienes que merecer nada de esto. Solo tienes que permitirte vivirlo.

Me miraba como si yo fuera el único en el mundo, como si mis heridas no la espantaran, como si la oscuridad en mí no le doliera lo suficiente como para huir. Al contrario… como si se sintiera aún más comprometida a quedarse.

—Te eligieron para sobrevivir. Para convertirte en algo que no eras. Te moldearon con violencia, te rompieron de mil formas. Pero eso no significa que estás condenado para siempre. Estás aquí. Volviste. Y me elegiste. Confiaste en mí, cuando no confiabas ni en ti mismo. ¿Recuerdas lo que me dijiste cuando cruzaste la frontera?

Yo asentí débilmente. Cómo olvidarlo. El frío de esa noche. El temblor en mi cuerpo. Las manos cubiertas de polvo. El miedo… y la decisión.

—"Si hay alguien en este mundo con quien pueda dejar de ser un monstruo… es contigo" —dijo ella en voz baja, repitiendo mis palabras—. Y aquí estamos, Evan. Porque tú sí quieres vivir. Sí quieres intentar ser algo más. Lo llevas intentando desde hace tres meses. No me digas que no lo haces.

Sus ojos recorrieron la sala, luego volvieron a mí.

—Ellos —dijo, señalando a mi familia—, tal vez hoy te miren con mil preguntas, con miedo, con dudas. Pero también están aquí. No te soltaron. Y tú… me elegiste. No por debilidad. Sino porque sabías que yo iba a aguantar. Porque desde el primer día… yo no te vi como un monstruo. Te vi como un niño perdido, herido, desesperado por aferrarse a algo. Y me tuviste a mí.

Varios en la sala miraron a Lucía como si de pronto entendieran.

—Claro —susurró una de mis tías—. Por eso ella.

—No fue solo amor —añadió otro primo—. Fue salvación.

—Ella fue tu red —agregó papá, sin despegar la vista de mí—. La única que no te dejó caer.

Y entonces me rompí. No por debilidad… sino porque por fin, después de tantos años, me sentí comprendido. No del todo… pero al menos un poco.

Lucía me abrazó, y esta vez no me contuve. Me aferré a ella como un náufrago que por fin ve tierra firme. Porque eso era ella para mí.

Mi tierra firme.

El silencio que quedó tras mis lágrimas fue pesado, pero no incómodo. Era como si todos lo estuvieran procesando, digiriendo capa por capa lo que acababan de escuchar. Nadie se movía. Solo Lucía me acariciaba la espalda con suavidad.

Entonces, se escucharon pasos lentos.

—Evan —dijo una voz envejecida, pero firme.

Era mi abuelo paterno, Santiago. Su figura era más delgada que en las fotos viejas que había en casa. El cabello blanco peinado hacia atrás, la camisa con las mangas dobladas hasta los codos, la mirada intensa.

Se acercó hasta quedar frente a mí.

—Cuando te perdimos, parte de esta familia murió contigo —dijo, sin rodeos—. Y cuando nos dijeron que podrías estar muerto, muchos… muchos lo aceptaron. Pero yo no. Tu abuela tampoco.

Le tembló la mandíbula al decirlo, pero no se quebró. Solo respiró hondo y se arrodilló, con dificultad, frente a mí.

—No me importa si has hecho cosas malas. No me importa si no te sientes digno. Yo te veo aquí, y lo único que quiero es abrazarte, muchacho.

Y lo hizo. Con fuerza. Con la fuerza que solo un abuelo puede tener cuando vuelve a tocar a un nieto al que creyó perdido para siempre. Y yo me dejé abrazar. Por él, por la culpa, por la nostalgia… por todo.

Detrás de él, la abuela Catalina se limpió una lágrima.

—Te ves igualito a tu papá cuando era joven —dijo con ternura—. Pero tienes la mirada… mucho más vieja. Como si hubieras vivido más que todos nosotros juntos.

Mi madre lloraba en silencio. Mi padre se sentó al fin. Y mi hermana… solo me miraba, con esa mezcla de orgullo y dolor.

Después fue el turno de mi abuela Teresa. Caminó lento hasta mí y colocó una mano sobre mi cabeza.

—No llegaste tarde, mi niño. Llegaste cuando tu alma por fin pudo volver —susurró—. Te esperé. Todos estos años, te esperé. Hasta recé por ti, aunque no sabía si seguías con vida. Pero lo sentía.

Entonces se inclinó, me besó la frente y murmuró:

—Gracias por regresar.

Y luego, como si ella pudiera ver más allá de mis ojos, me dijo:

—Muéstranos tu dolor, Evan. Enséñanos tu sufrimiento. Permítenos ver con nuestros propios ojos la vida que viviste… para que podamos, aunque sea por un momento, compartir esa carga contigo.

No entendí al principio. Nadie lo hizo. Pero Lucía sí.

Me miró con esos ojos que podían leerme hasta cuando yo no sabía cómo decir las cosas. Se levantó sin decir palabra. Tomó mis manos con suavidad, y luego, sin hablar, las soltó. Se paró frente a mí, respiró profundo, y puso sus manos sobre la sudadera que yo aún llevaba puesta. Me miró, buscando mi permiso. Yo no dije nada. Solo asentí.

Entonces empezó.

Primero me quitó la sudadera. Luego, con la misma lentitud, la primera camiseta. Después la segunda. Cada prenda que caía al suelo parecía quitarme una capa de mi armadura invisible. Y cuando el último pedazo de tela desapareció, el silencio fue absoluto.

Ahí estaba yo.

Mi torso al descubierto. Mi piel, un lienzo de cicatrices. Mis brazos, mi pecho, mi abdomen, mi espalda… Cada centímetro, cubierto por los rastros del infierno que había vivido. Algunas eran delgadas, otras profundas. Algunas recientes, aún rojizas. Otras antiguas, marcadas como líneas de tiempo. Y estaban las más nuevas, de hace apenas tres meses. Tres impactos de bala. Dos aún visibles en mi costado izquierdo, uno en el hombro.

Mi abuela dejó escapar un sollozo. Varias manos cubrieron bocas. Una de mis tías lloró en silencio. Mi abuelo se quedó de pie, los ojos llenos de algo entre furia y tristeza, como si quisiera arrebatarme el pasado con tal de no haber permitido que viviera eso.

—Dios mío… —susurró alguien.

Mi primo Joseph se pasó la mano por la cara. Mi hermana… no dejaba de mirarme. Como si de pronto entendiera el peso que yo cargaba.

Y yo… yo no me sentía avergonzado. Por primera vez, no.

Lucía se giró hacia todos, todavía a mi lado, y dijo con firmeza:

—Esto es lo que ha cargado durante ocho años. Esto es lo que ha sobrevivido. Esto… es la prueba de que sigue aquí, de que sigue luchando. Y de que lo hará, por mí… por nuestro hijo. Por ustedes. Pero sobre todo, por él mismo.

Me sentí desnudo, sí. Pero no por la piel. Me sentí expuesto… emocionalmente. Como si al fin todos pudieran ver que no solo había desaparecido. Me habían arrancado de este mundo. Y yo… regresé. Aun sin saber cómo.

—No quería que lo supieran —susurré—. No por vergüenza, sino porque no creí que nadie quisiera ver esto. No quise que mi pasado ensuciara su presente. Pero… si de verdad quieren conocerme, esta es mi historia. Este cuerpo. Esta alma. Esta… colección de heridas.

Lucía tomó mi mano, me la apretó.

—Y esta es su fortaleza —agregó ella.

Nadie dijo nada por unos segundos… hasta que mi abuela, con voz temblorosa pero firme, murmuró:

—Gracias… por permitirnos verte de verdad.

Mi abuela se acercó, paso a paso. Era tan pequeña, frágil y a la vez tan… grande. Se detuvo frente a mí, alzó su mano temblorosa y la posó sobre mi pecho, justo en una de las cicatrices más visibles. No dijo nada. Solo cerró los ojos… y dejó que sus dedos sintieran cada marca como si leyera un idioma que solo ella podía entender.

—Gracias por permitirnos verte de verdad —repitió, con la voz hecha un suspiro.

Y entonces, como si ella hubiera dado permiso, los demás empezaron a acercarse.

Mi madre se arrodilló frente a mí. Mi padre se sentó a mi lado y puso una mano sobre mi hombro. Mis hermanos me miraban con una mezcla de orgullo y tristeza. Mis tíos, mis tías, mis primos… uno por uno se acercaron, me tocaron el brazo, el hombro, algunos simplemente se sentaron cerca, en silencio, dejando que el peso de lo no dicho hablara por ellos.

Vanessa, aún algo pálida, se acercó con los ojos hinchados por las lágrimas.

—Perdóname por desmayarme… es que… no sabía. No podía imaginar… tú… eras solo mi primo loco con el que hacíamos guerras de globos. No sabía que habías vivido… esto.

Le sonreí un poco. Triste. Pero fue una sonrisa.

—Yo tampoco sabía que había vivido esto, Vane… no hasta que ya lo estaba haciendo.

Lucía se quedó a mi lado todo el tiempo, fuerte, serena, como un ancla. Su mano no soltaba la mía. Y yo no quería soltarla nunca más.

Uno de mis tíos, el más serio, fue quien rompió el nuevo silencio.

—Evan… ¿cómo se hace para volver después de eso? ¿Cómo se empieza a vivir otra vez?

Lo miré. Tragué saliva. Respiré.

—No se empieza. Se sobrevive. Y luego… un día, alguien te dice "ven". Y tú no sabes por qué, pero vas. Y de pronto… hay pan caliente, una cama limpia, y una mujer que no te mira con miedo… sino con amor. Y aunque no crees merecerlo, aunque cada parte de ti dice que no eres digno… te quedas. Porque si no te quedas, mueres por dentro.

Mi madre se llevó una mano a la boca, conteniendo un llanto. Mi padre se limpió una lágrima que se le escapó sin permiso.

—Lucía me enseñó a quedarme. No por deber. No por lástima. Sino porque… lo valía. Porque, por primera vez, alguien vio algo en mí más allá de las cicatrices.

Lucía apretó mi mano. Y luego, miró al resto y dijo:

—Y yo también le dije que no puede proteger a su hijo si no empieza a vivir con él. No desde el miedo. Sino desde el amor.

Hubo un silencio largo. De esos que no incomodan. De esos que sanan.

Mi abuelo, con voz ronca, se levantó.

—Hijo… si el infierno no te mató, entonces eso solo puede significar que aún tienes cosas grandes que hacer aquí. Y esta familia… va a caminar contigo en cada paso.

Y ahí fue. Ahí fue donde no aguanté más.

Las lágrimas se me salieron. Calladas, firmes. No lloré como un niño.

Lloré como un hombre que por fin pudo dejar de fingir que todo estaba bien. Como alguien que al fin… se sintió parte de algo.

Mi familia me abrazó. Uno a uno. Todos. Un caos de brazos, de cuerpos, de calor humano.

Y yo… yo me dejé abrazar.

Después de ocho años, por fin, me dejé abrazar.

More Chapters