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Chapter 78 - Capítulo 76

LUCIA.

Después del largo día, uno lleno de pintura, tierra, risas y planes, todos se dispersaron como pudieron por la villa. Las duchas estaban en uso constante, como si fuéramos una familia de diez en un campamento de verano. Los baños, las habitaciones, incluso las regaderas exteriores, sí, teníamos eso gracias a mi madre, estaban ocupadas.

Yo, por supuesto, no estaba para regaderas rápidas.

No cuando mis piernas gritaban, mis pies pulsaban y mi espalda parecía haber llevado a cuestas la casa entera.

Así que Evan, mi dulce, increíble, y muy oportuno dios del alivio muscular, preparó la bañera para mí. Agua tibia, casi rozando lo caliente, y sales de baño que olían a lavanda y menta. La perfección.

—Vamos, frijolita… —murmuró con esa voz grave que usa cuando está concentrado en hacerme sentir bien—. Relájate y déjame encargarme.

Me ayudó a meterme con cuidado, y apenas el agua me envolvió sentí el alivio inmediato correr desde mis hombros hasta los dedos de los pies. Cerré los ojos y suspiré.

Pero claro… él no podía quedarse en modo zen por mucho tiempo.

Sus manos empezaron suaves, en mis pantorrillas, luego subieron a mis muslos, firmes, sabiendo exactamente qué presión aplicar. Yo, medio derretida en la bañera, solo podía soltar pequeños suspiros de alivio.

—Esto es mejor que terapia física —murmuré, con los ojos entrecerrados.

—Obvio —respondió con un tono engreído que no le queda nada mal—. ¿Quién necesita terapeutas cuando tienes a Evan Callahan?

Me reí, pero entonces…

Sus manos, las muy traicioneras, se desviaron ligeramente. Un roce, un toque que no era accidental, en lo absoluto. Mis piernas reaccionaron con un leve temblor y mi espalda se arqueó involuntariamente en el agua.

—Evan…

—¿Sí?

—Te dije que tengo zonas ultrasensibles en esta etapa…

—¿Y?

—Y sabes perfectamente dónde están.

Se hizo el inocente. Un clásico de él.

—Estoy ayudando a relajar tus músculos —dijo mientras sus dedos recorrían el borde de mi cadera con descaro.

—Eso no es un músculo, es una trampa emocional.

Él rió. Esa risa que hace que todo mi cuerpo lo reconozca. Ese bastardo encantador sabía que, aunque me quejara, mi cuerpo estaba más que agradecido.

—No te quejes —susurró cerca de mi oído—. Estás sonrojada hasta el cuello. A frijolito le gusta ver a su mamá feliz.

Me tapé la cara con las manos, sonriendo y gruñendo al mismo tiempo.

—Eres incorregible —le dije, sintiendo cómo mi piel reaccionaba a su cercanía, al agua, al calor, a él.

—Y tú estás condenadamente hermosa.

Me besó la frente, luego se inclinó para besarme el hombro y simplemente se quedó ahí, abrazándome con cuidado desde atrás, dentro del agua.

Nos quedamos así, por largos minutos. En silencio, con la única compañía del agua y nuestras respiraciones entrelazadas.

Era nuestro momento. Privado, íntimo, lleno de esa paz que solo se encuentra después de haber trabajado juntos por algo real.

Esa noche, no necesitábamos nada más.

Solo eso. Nosotros dos… y frijolito.

Casi una hora después, con los dedos arrugados como pasas y la piel oliendo a menta y lavanda, salimos de la bañera. Bueno, yo salí con ayuda. Evan prácticamente me cargó con una toalla envuelta como burrito y me sentó en la cama.

Estaba rendida. Mis piernas no querían ni existir. Mi espalda tampoco.

Pero él, como siempre, paciente, atento, detallista… mi Evan.

Me ayudó a secarme el cabello con calma, luego buscó mi pijama más cómodo, ese que parece hecho de nubes y me lo puso con ese cuidado que solo él tiene, como si fuera frágil… aunque sabe que no lo soy. Después sacó el frasco de la crema para la panza, la que usamos para prevenir estrías y aliviar el ardor de la piel estirada.

—No hagas cara —me dijo en voz baja cuando vio que puse los ojos en blanco al ver la crema.

—Me hace cosquillas —me quejé, riendo.

—Ya sabes que es parte del paquete, frijolita —dijo, usando ese apodo con el que se refiere a mí ahora más que al bebé.

Sus manos cálidas se movieron por mi vientre con lentitud, mientras hablaba bajito, como si sus palabras pudieran atravesar la piel y llegarle al bebé directamente. Después aplicó otra crema en mis piernas, en mis brazos, y hasta en mis manos.

Y ahí estaba yo. Viéndolo.

Con el corazón estrujado de tanto amor.

Este maldito hombre me trata como una reina, como si todo lo que yo soy mereciera cuidado y devoción. Y lo peor ¿o lo mejor? es que no lo hace para impresionarme. Lo hace porque quiere. Porque así es él conmigo.

Y yo…

Yo estoy planeando cómo proponerle matrimonio antes de que él lo haga.

Porque sí. Sé que muchos dicen que eso lo hace el hombre, pero ¿por qué esperar? ¿Por qué no hacerlo yo?

Él ya me dio todo.

Un hogar. Un amor que no me exige cambiar. Un futuro.

Quiero darle también un "sí". Uno primero.

Pero el muy desgraciado no da pistas. No insinúa nada. No deja caer ni un solo comentario sobre anillos, sobre fechas, sobre propuestas. Nada.

Lo único que sé es que mientras yo le contaba mi plan a Sofía y Ana hace unos días —pensando en cómo hincarme sin parecer torpe con esta panza de medio melón—, él estaba, aparentemente, demasiado ocupado en seguir siendo perfecto.

Y yo… frustrada.

Lo peor es que, con lo observador que es, seguramente ya sospecha. Pero si no lo hace, entonces tengo que empezar a pensar en serio cómo hacerlo. Porque lo haré. Lo juro que lo haré.

Me recosté en la cama, y él se acomodó a mi lado, en silencio, rodeándome con un brazo, sus dedos acariciando mi brazo de forma distraída. Respirábamos al mismo ritmo. La habitación estaba en penumbra, y el aire olía a madera, crema y un poquito a pintura vieja.

—¿Ya no te duele nada? —susurró.

—Solo el corazón.

Él se incorporó un poco, alarmado.

—¿Qué pasó?

—De tanto amor que te tengo, estúpido.

Se rio bajito, besando mi hombro, y me abrazó más fuerte.

—No me asustes así.

—Entonces no me dejes nunca.

—Nunca lo haré.

Cerré los ojos y me prometí que lo haría. Encontraría la forma.

Puede que no hoy. Puede que no mañana. Pero pronto.

Yo me voy a arrodillar. Así tenga que usar una rodilla prestada.

Y él dirá que sí. Porque lo sé. Porque nos merecemos escribir nuestra historia como se nos dé la gana.

Y lo mejor… apenas estamos empezando.

****

EVAN.

Lucía tardó diez minutos exactos en caer rendida.

Diez.

Apenas cerró los ojos y ya estaba respirando hondo, con ese pequeño ronquido que no es de camionero… pero lo intenta. A veces suena como gatito con gripe y otras como si alguien pusiera a hervir agua en una olla tapada.

Me dio risa. No por burla, sino porque era tan ella.

Tan agotada, tan hermosa… tan mía.

Yo también estaba cansado. Pero nada comparado a los verdaderos niveles de agotamiento que he conocido en mi vida. Cuando estás huyendo. Cuando pasas días sin dormir, sin saber si vas a despertar o si despertarte será lo peor que te pueda pasar. Cuando no tienes ni nombre.

Esto, esto de hoy… pintar, cargar cosas, organizar una casa con la mujer que amo y rodeado de gente que me quiere… esto no es cansancio. Esto es privilegio.

Me giré hacia ella, sus dedos se movían levemente, como si soñara algo que no entendía del todo. La cobijé mejor. Acomodé la almohada. Me aseguré de que su botella de agua estuviera cerca por si despertaba.

Y entonces, volví a pelearme mentalmente con la maldita propuesta.

El anillo sigue resguardado en las cosas de Isabel. Sé que Lucía no sospecha. O si lo hace, lo oculta mejor que yo mismo planeando misiones encubiertas.

Pero está en mí. Ya no puedo seguir retrasándolo. Ya no hay motivos. Ya no hay miedos. Ya no hay pasado que me detenga.

Mañana sería perfecto.

O pasado mañana, cuando la habitación de frijolito ya esté terminada… cuando Isabel y Armando todavía estén aquí antes de irse. Sería bonito que ellos lo vieran. Que nuestra familia lo presencie.

Sé que Lucía se merece algo especial. Algo hecho con corazón. No me interesa que sea perfecto, me interesa que sea real.

Y quiero hacerlo en casa. Nuestra casa.

Porque ahí empezó todo.

Porque ahí está la cuna. Ahí estarán nuestras risas. Nuestras peleas. Las primeras palabras de frijolito. Sus dibujos torcidos pegados en la nevera. Las huellas embarradas de lodo en el pasillo. Los abrazos de regreso, las despedidas.

Porque esa casa no es solo ladrillos ni pintura ni cuartos decorados.

Es nuestro nuevo inicio.

Y quiero que ahí me diga que sí.

Así que mañana… o pasado. Pero ya.

Es tiempo.

Volteé a verla de nuevo.

Mi Lucía.

Mi hogar.

Mi todo.

Y en voz bajita, aunque dormida, le dije:

—Prepárate, frijolita… porque te voy a pedir que te cases conmigo. Y no vas a tener escapatoria.

Ella se movió un poco, hizo un sonido raro, como si mascullara algo… y volvió a quedarse quieta.

Sonreí.

Y cerré los ojos con el corazón liviano, lleno de calma.

El tipo que fui se perdió hace años.

El que soy ahora… tiene una vida que vale la pena defender.

***

Lucía no iba a despertar pronto. Lo supe en cuanto me giré a verla y seguía hecha ovillo, respirando lento, como si el mundo no tuviera prisa y ella pudiera quedarse ahí por horas. Y honestamente, eso estaría mejor. Se merece ese descanso.

Con todo el cuidado del mundo, le quité su libreta de apuntes de la mesita. La abrió anoche antes de quedarse dormida, revisando una y otra vez las medidas, tachando cosas, organizando ideas. La tiene tan ordenada que si algún día deja de ser enfermera, puede ser arquitecta sin problema.

Le di un beso suave en los labios, uno de esos que se dan con cariño y una promesa callada, y salí de la habitación en silencio.

Al bajar las escaleras, el olor a café me golpeó como un abrazo mañanero. En la cocina estaban mis suegros, mis padres, Emma, Thomas, sus parejas... todos con cara de "recién humanos". Aún en pijama, con tazas en mano, algunos sentados, otros recargados en la barra.

Me acerqué con calma. Mi padre fue el primero en notarme.

—¿Ya listo para el día? —dijo con voz ronca, alzando su taza.

—Sí, pero no solo para comprar —respondí con una sonrisa que no pude ocultar del todo—. Es hora.

Mi madre giró a verme.

—¿Hora de qué?

—Hora para la propuesta.

Se hizo un silencio breve, como cuando la primera piedra cae en el agua y sabes que vienen más olas después. Todos me miraron con una mezcla de sorpresa y emoción contenida.

—Hoy tiene que quedar lista la habitación de frijolito —continué, con un nudo leve en la garganta—. Mañana vamos a hacer como que vamos por más cosas… pero realmente lo que haremos será ganar tiempo. Ustedes se encargarán de decorar la habitación. Todo tiene que quedar perfecto para mañana.

Isabel fue la primera en reaccionar, dándome una sonrisa de esas que son medio madre, medio cómplice.

—Así que al fin lo vas a hacer, ¿eh?

—Ya no hay más excusas. —Reí con algo de nervios—. Y necesito su ayuda.

—¿Y Lucía? —preguntó Emma.

—Sigue dormida. Y por mí, que se quede así todo el tiempo que quiera. Yo iré solo al centro comercial, ya fuimos antes, ya tengo visto lo que vamos a comprar. Con la libreta de ella basta.

—¿Y cómo planeas mover todo eso? —preguntó mi padre—. Las camas, muebles... no caben en el coche.

—Ya hablé con el lugar. Dependiendo de la cantidad de cosas que termine comprando hoy, rentaré un camión. Lo tienen disponible. Me lo entregan en el mismo centro.

—¿Vas a llamar después? —preguntó Armando.

—Sí. Apenas tenga todo comprado y cargado, los llamo. Vamos a necesitar manos para montar, mover y dejarlo todo listo. Pero solo quiero que Lucía descanse hoy. Cuando se despierte, voy a estar ocupado, así que le dejaré una nota para que no se alarme.

—Entonces mañana es el gran día —murmuró mi madre, sonriendo—. Evan, estoy tan orgullosa de ti.

Isabel alzó su taza de café.

—Por el hijo que elegimos y la hija que se lo ganó.

Todos rieron bajo, y yo solo asentí, sintiendo cómo la emoción me apretaba el pecho. No de nervios, sino de gratitud.

Mañana es el día.

Y hoy… hoy empieza el verdadero plan.

El desayuno había sido rápido, casi una formalidad antes de salir. El aire fresco de la mañana me acompañaba mientras avanzábamos por calles vacías, la ciudad aún sin despertar del todo. Eso hacía el viaje al centro comercial más cómodo, menos caótico.

Al llegar, estacioné el auto con cuidado y salí, estirando un poco los brazos. La emoción se mezclaba con la concentración. Tenía la libreta de Lucía bien guardada en la mochila, y cada detalle era importante.

Caminé hacia la tienda de muebles, respirando profundo antes de entrar. El olor a madera y barniz me dio la bienvenida. Me acerqué al mostrador donde un vendedor ya me esperaba con una sonrisa profesional.

—Buenos días, señor. ¿En qué puedo ayudarle hoy?

—Buenos días. Estoy buscando muebles para una casa que estamos amueblando. Principalmente roperos con gavetas y ganchos, bases y camas, tocadores, mesitas de noche con gavetas y algunas lámparas —dije, sacando la libreta y mostrando las medidas—. Estos son los espacios que tengo y los gustos de mi esposa. ¿Podría ayudarme a encontrar algo que encaje?

El vendedor tomó la libreta con interés y comenzó a leer las anotaciones.

—Claro, señor. Veo que tiene medidas bastante específicas. ¿Prefiere algún tipo de material? ¿Madera, MDF, metal?

—Madera para casi todo. Pero que sea resistente, que aguante el uso diario. La mesita de noche puede ser un poco más ligera. Y las lámparas, algo sencillo pero elegante, que combine con la decoración que quieren hacer.

—Perfecto. ¿Y colores?

—Ella tiene anotado aquí "tonos neutros, preferiblemente madera natural o blanco roto". También algo en tonos olivo para algunos detalles, especialmente en la habitación del bebé.

—Muy bien, tengo algunas opciones que pueden interesarle.

Nos encaminamos por el pasillo, mostrando distintos modelos. Medí varias piezas con la libreta, confirmando las medidas y preguntando:

—¿Cuál es la profundidad del ropero ideal para que las gavetas entren sin problema? Porque aquí tengo 60 centímetros, pero si es un poco más, podríamos ajustar.

—Para gavetas y espacio de colgar ropa, 65 centímetros es lo estándar, pero 60 puede funcionar si la gaveta es más pequeña —respondió el vendedor—. ¿Cuántas gavetas desea?

—Cuatro en el ropero principal, dos en los más pequeños —le respondí, leyendo las notas.

Continuamos así, revisando cada pieza con paciencia. Pregunté precios y detalles de materiales.

—¿Esta base de cama es sólida? —pregunté, tocando un marco de madera oscura—. No quiero que crujan ni se dañen con facilidad.

—Sí, está reforzada con soportes metálicos debajo. Muy recomendada para familias con niños.

—Perfecto, esta me gusta.

Luego pasé a las lámparas, señalando una que parecía adecuada.

—¿Esta tiene luz cálida? Mi esposa prefiere que no sean luces blancas muy fuertes.

—Así es, señor. Luz cálida para un ambiente más acogedor.

Mientras caminábamos, saqué el celular para enviar fotos a Lucía, que ya empezaba a despertar.

—¿Quieres que te mande opciones para que elijas desde allá? —le escribí.

Respondió rápido: "Sí, porfa. Confío en ti, pero quiero opinar".

Reí para mí mismo y continué midiendo y anotando.

Al terminar con roperos, bases y camas, nos dirigimos a los tocadores.

—¿Estos vienen con espejo incluido? —pregunté señalando uno con un diseño sencillo y elegante.

—Sí, señor. Todos tienen espejos de buen tamaño. Algunos con luces integradas, si gusta.

—Ese no. Mejor algo sin luces, para poder poner nuestras propias lámparas.

—Perfecto.

Casi al final, revisamos mesitas de noche.

—Queremos que tengan gavetas —dije—. Y que no sean muy altas, para que no tapen mucho la luz de la lámpara.

—Aquí tenemos estas dos opciones —dijo el vendedor, mostrándome dos modelos—. La de madera clara y la blanca con detalles en olivo.

—La segunda parece perfecta. La tomaremos.

Antes de cerrar, pregunté por las garantías y la entrega.

—Tenemos entrega a domicilio y armado por un costo adicional. ¿Le gustaría?

—Sí, por favor. Lo agradeceremos mucho.

—Muy bien, señor. ¿Algo más que necesite?

—No, por ahora eso es todo. Gracias por la ayuda.

Salí de la tienda con la libreta un poco más llena, la lista creciendo. El plan estaba avanzando y no podía evitar imaginar la sonrisa de Lucía cuando vea todo esto listo.

La siguiente parada era la tienda de bebés.

Ya había pasado más de una hora desde que entré al centro comercial y todavía me sentía fresco, emocionado, alerta. Supongo que eso pasa cuando estás comprando cosas no solo para ti, sino para alguien a quien aún no conoces… pero que ya amas profundamente.

Entré al local, y apenas lo hice, el aroma a talco y algodón me golpeó con fuerza. Era un ambiente extraño, suave, cálido. Todo estaba en tonos pasteles, con lucecitas suaves que hacían que hasta yo, un tipo que pasó años viviendo como una sombra, se sintiera… tranquilo.

Una vendedora de cabello rizado se me acercó de inmediato con una sonrisa.

—¡Buenos días! ¿Puedo ayudarte en algo?

—Sí —dije mientras le mostraba de nuevo la libreta de Lucía—. Estamos esperando a nuestro primer bebé, y ya pintamos su habitación. Hoy toca elegir los muebles, todo lo necesario. Así que sí… voy a necesitar mucha ayuda.

—¡Ay, felicidades! —dijo ella, tocándose el corazón—. ¿Ya saben si es niño o niña?

—No, no lo sabremos hasta que nazca. Así que estamos eligiendo cosas neutras, aunque con un pequeño enfoque en verdes, tonos olivo, madera clara…

—Perfecto, acompáñame.

Caminamos por los pasillos donde todo parecía suave y delicado, como si el mundo entero estuviera envuelto en algodón.

—Primero lo esencial —dijo ella—. ¿Qué tipo de cuna buscan? ¿Fija, mecedora, convertibles?

Me incliné sobre una cuna de madera clara con barrotes firmes.

—¿Esta se convierte en cama después?

—Sí, puede usarse hasta los cinco o seis años. Muy buena inversión a largo plazo. Además, es fácil de montar y desmontar para cuando limpien o reacomoden.

—Perfecto. Esta.

—¿Colchón ortopédico para recién nacido?

—Sí, por favor. No quiero jugármela con algo barato —dije, apuntando en la libreta mientras leía una nota que Lucía escribió al lado del dibujo: "El mejor colchón, no importa cuánto cueste. Nada de cosas recicladas ni usadas. No negociable."

—¡Me gusta tu esposa! —dijo la vendedora riéndose—. Tiene toda la razón.

Seguimos a las repisas.

—¿Qué opinas de esta? —me preguntó ella—. De madera natural, con bordes redondeados para evitar accidentes.

—Bien. Necesito al menos dos, una para libros y la otra para cosas pequeñas como pañales, cremas, cosas de baño.

—Perfecto, te apunto dos.

—¿Tienes protectores de cuna con diseño de bosque o árboles?

—Sí, justo por acá.

Los diseños me sacaron una sonrisa. Uno tenía pequeños zorros, otro ciervos, pero el que me gustó tenía árboles, hojas y algunos pajaritos en verde olivo y beige.

—Este. Este combina perfecto con lo que pintamos ayer.

Luego pasamos a las alfombras.

—Algo lavable, por favor. Que no acumule polvo.

—Esta es hipoalergénica y puedes meterla a la lavadora.

—Ideal. Me la llevo.

Después, sillones.

—Necesito uno cómodo, donde Lucía pueda amamantar o dormir con el bebé si es necesario. No importa el tamaño.

—¿Qué tal este mecedora reclinable con apoyo lumbar?

Me senté. Sentí que me iba a quedar dormido en ese mismo instante.

—Sí. Este. Pero en gris claro o beige. No ese azul chillón.

—Claro, lo tenemos en beige.

Lámparas, pequeñas mesas, organizadores, cortinas con blackout, humidificador para el cuarto… la lista no paraba. Y yo no me quejaba.

Mientras miraba una cómoda con cambiador integrado, sentí una punzada en el pecho. No de dolor. Era algo distinto.

Orgullo.

Ese cuarto que antes era solo una habitación vacía, ahora tendría vida. La de nuestro hijo. O hija. Frijolito.

Y yo estaba aquí. Comprando cada detalle. Siendo parte de esto. Siendo un futuro padre.

—¿Se encuentra bien? —me preguntó la vendedora al verme callado.

—Sí… solo… estoy feliz —respondí sonriendo un poco.

—Se le nota. Es de esos papás que ya están enamorados de su bebé aunque ni ha nacido, ¿verdad?

—Más de lo que imaginé posible.

Ya tenía casi todo lo que necesitábamos para la habitación de Frijolito. Los muebles, la cuna, el colchón, las alfombras, el sillón para amamantar, lámparas, protectores… todo estaba apuntado y escogido cuidadosamente.

Me acerqué a la caja para dar los detalles sobre el camión que había rentado para cargar todo.

—El camión llegará en aproximadamente una hora —les dije a las vendedoras mientras les mostraba el contrato de renta y la dirección de la villa—. No creo que sea problema para ustedes cargarlo rápido, porque no son cosas muy pesadas, pero me gustaría que tengan todo listo para cuando llegue.

Ellas se miraron entre sí y una sonrió.

—No se preocupe —me dijo una de ellas—. Estas cosas son ligeras y delicadas, pero sabemos cómo manejarlas. En menos de una hora todo estará listo para cargar.

Le agradecí con una sonrisa.

—Muchas gracias. Esto significa mucho para nosotros.

—¡Felicidades por el bebé! —dijo la otra vendedora con entusiasmo—. Esperamos que todo salga perfecto, y ojalá podamos ver al bebé algún día.

—Claro que sí —respondí con una sonrisa amplia—. Cuando llegue la hora de comprar la ropa, porque, como dije, aún no sabemos si será niño o niña, pero seguro que vendremos con la lista en mano.

Nos reímos juntas.

Con todo arreglado, salí de la tienda con la libreta y las facturas en mano, sintiendo esa mezcla de responsabilidad y emoción que te da saber que cada paso que das es para construir un futuro.

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