Capítulo 105 – Eve Roger
Me llamo Eve Rogers, aunque prefiero que me digan simplemente Eve. Mi nombre completo suena demasiado formal, como si perteneciera a alguien que nunca cometió errores, alguien que siempre supo quién era y hacia dónde iba. Yo no soy esa persona. Soy una chica común, con cicatrices invisibles y visibles, que intenta encontrar su lugar en un mundo que a veces parece demasiado grande y otras veces demasiado pequeño.
La pregunta de quién soy me ha acompañado desde que tengo memoria, pero se volvió más fuerte en la adolescencia. Todos nos preguntamos lo mismo en algún momento: ¿qué nos definen?, ¿nuestras acciones, nuestros recuerdos, nuestras pérdidas? Yo no tengo todas las respuestas, pero sí sé algunas cosas.
Soy una chica que llegó a este pueblo hace unos años, junto con mi hermana Grace. Originalmente vivíamos con nuestros padres en una ciudad más grande, llena de ruido, luces y rutinas que parecían eternas. Teníamos una vida normal, con discusiones familiares, cenas rápidas y planes para el futuro. Todo eso cambió en un instante.
Un accidente automovilístico destruyó mi vida. No me gusta recordar los detalles, pero es imposible borrar la imagen de las luces rojas, el sonido metálico del impacto y el silencio que vino después. Mis padres murieron esa noche, y mi hermana y yo sobrevivimos con heridas físicas y emocionales que nunca terminaron de sanar.
Ese accidente me dejó perdida, con un futuro incierto y unas marcas que parecían jamás borrarse. No hablo solo de las cicatrices en mi piel, sino de las que se quedaron en mi mente. La sensación de vacío, de haber perdido el suelo bajo mis pies, me acompañó durante meses. Grace y yo decidimos mudarnos a este pueblo para alejarnos de los recuerdos dolorosos, para intentar empezar de nuevo.
Llegar aquí fue como entrar en un mundo paralelo. Las calles eran más tranquilas, la gente parecía conocerse entre sí, y todo tenía un ritmo más lento. Al principio me sentí como una intrusa, alguien que no pertenece. Caminaba por los pasillos de la preparatoria con la sensación de que todos me miraban, aunque en realidad nadie lo hacía.
Grace siempre fue más fuerte que yo. Ella se encontraba la manera de adaptarse, de sonreír incluso cuando yo apenas podía levantarme de la cama. Me repetía que teníamos que seguir adelante, que nuestros padres habrían querido eso. Yo asentía, pero por dentro me sentía atrapada en un laberinto de recuerdos.
Entrar a la preparatoria fue un reto. Los primeros días fueron un torbellino de nervios, presentaciones y miradas curiosas. Algunos compañeros me preguntaban de dónde venía, otros simplemente me ignoraban. Yo prefería pasar desapercibida, esconderme detrás de mis libros y mis pensamientos.
Pero la preparatoria también fue el lugar donde conocí a un chico interesante. No lo digo en el sentido romántico inmediato, sino en el sentido de que su presencia cambió algo en mí.
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Mi vida siempre había girado en torno a lo que me apasionaba: dibujar, pintar, perderme en el arte y en esas pequeñas cosas que me hacían sentir libre. Pero después del accidente y de todo lo que cambió, esa realidad me fue alejando de los demás. Mis sentimientos y emociones pesaban demasiado, y yo no quería ser una carga para mi familia, que ahora se reducía únicamente a mi hermana Grace.
Nos mudamos a una nueva casa, más pequeña, más silenciosa, y con un aire de empezar de cero. Grace, decidió abrir un negocio para mantenernos: un estudio de tatuajes. No era fácil, apenas alcanzaba para sobrevivir, pero era su manera de luchar contra la adversidad. Yo la admiraba por eso, aunque muchas veces me sentía inútil, atrapada en mis propios pensamientos.
De no ser porque Odette, la mejor amiga de mi hermana, se mudó con nosotras, probablemente no habríamos podido pagar la renta de nuestra nueva vivienda. Odette era distinta, tenía una energía que llenaba los espacios vacíos, y aunque a veces me costaba seguirle el ritmo, su presencia ayudaba a que la casa no se sintiera tan fría.
Las cosas funcionaban medianamente. No era la vida que habíamos imaginado, pero era suficiente para seguir adelante. Entre el negocio de tatuajes, las cuentas que apenas cuadraban y los silencios que todavía nos perseguían, encontrábamos la manera de mantenernos a flote.
Y en medio de todo eso, apareció él. El chico interesante que conocí en la preparatoria: Cody Anderson.
Cody era un tipo curioso, un geek flacucho que parecía vivir en su propio mundo de videojuegos, tecnología y bromas. Tenía una forma de hablar que a veces resultaba demasiado interesada en ligar, lo cual me incomodaba un poco. No era el tipo de chico que yo habría imaginado como alguien cercano, pero había algo en él que me hacía mirarlo dos veces.
Era un buen chico, eso lo entendí rápido. Detrás de sus intentos torpes de llamar la atención y de su humor nervioso, había alguien que realmente quería conectar con los demás. Y aunque yo no estaba buscando nada, ni amistad ni romance, su presencia empezó a colarse en mi vida de una manera inesperada.
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Todo cambió cuando llegaron las vacaciones de primavera. Sentía que necesitaba mostrar al mundo lo que llevaba dentro, esa mezcla de dolor, rebeldía y búsqueda de un nuevo comienzo. No bastaba con seguir siendo la misma chica que se escondía detrás de los recuerdos; quería que mi exterior reflejara lo que estaba pasando en mi interior.
Decidí darme un cambio de look. No era solo una cuestión de moda, era una manera de gritar sin palabras: "Así me siento, así soy ahora."
Me miré al espejo y vi a una adolescente delgada, de ojos azules que parecían más intensos bajo la sombra oscura que empecé a usar. Teñí parte de mi cabello de azul, y hasta mis cejas, como si necesitara que ese color se convirtiera en una marca de mi nueva identidad. El delineador azul y la sombra oscura alrededor de mis ojos me daban un aire misterioso, casi desafiante.
Elegí una camiseta sin mangas azul medianoche, que quedó oculta bajo una chaqueta negra con capucha. La capucha tenía orejas puntiagudas, un detalle que me encantaba porque me hacía sentir distinta, como si llevara conmigo un secreto felino. Combiné todo con unos pantalones grises, sencillos pero cómodos, y un cinturón holgado con tachuelas cuya hebilla tenía la forma de una huella de pata. Ese pequeño símbolo me hacía sentir conectado con algo más instintivo, más animal.
Alrededor de mi cuello llevaba un collar ajustado, casi como una declaración silenciosa de fuerza. Mis uñas, pintadas de negro, completaban el conjunto. Cada detalle era intencional, cada elección era un reflejo de cómo me sentía: marcado por el pasado, pero buscando una manera de expresarlo sin tener que explicarlo.
En muchos aspectos, de mí emanaba una individualidad felina. Me movía con cierta cautela, como si siempre estuviera midiendo el terreno, pero también con la independencia de alguien que no necesitaba seguir las reglas de los demás. Era mi manera de recuperar el control, de decir que aunque la vida me había golpeado, yo podía decidir cómo mostrarme al mundo.
Ese look no era solo ropa ni maquillaje. Era mi armadura, mi forma de afrontar los días que venían, y de recordarme que todavía podía reinventarme.
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Cuando volvimos a clases después de las vacaciones de primavera, entré al salón de francés y me quedé helada.
Ese no podía ser Cody Anderson. El chico flacucho, nervioso y siempre con alguna broma torpe... ahora parecía otra persona. Más alto, con los hombros más firmes, y una seguridad que nunca le había visto.
Me estaba quedando mirándolo demasiado, hasta que él me atrapó con la mirada y me saludó con una sonrisa confiada.
"Eva, ¿qué tal?"
Parpadeé, todavía procesando.
"Cody... ¿eres tú? Te ves... diferente."
Él se rió, acomodándose en la silla como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
"Supongo que las vacaciones hicieron su magia. Y tú también cambiaste, ¿no? Ese azul te queda genial."
Me llevé la mano al cabello, un poco incómoda.
"Digamos que necesitaba un cambio. Algo que dijera cómo me siento."
Cody me miró con una gravedad inesperada.
"Pues lo lograste. Ahora sí muestras lo que llevas dentro."
Sentí un cosquilleo extraño en el pecho. El nuevo Cody no era solo distinto por fuera, también parecía hablar de otra manera, más directa, más segura.
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El salón de clases estaba lleno de murmullos, risas y el sonido de hojas que se movían sin orden. Era viernes, y aunque la profesora intentaba mantener la atención de todos, la realidad era que nadie parecía tener ganas de concentración. Yo estaba sentada en mi lugar, con la mirada fija en mis apuntes, aunque en realidad no estaba leyendo nada. Mis pensamientos iban y venían, como siempre, entre recuerdos que me pesaban y la sensación de que el mundo seguía avanzando sin mí.
De pronto, escuche su voz. Cody.
¿Quieres ir a comer?"
Levanté la vista y lo vi mirándome con esa seguridad nueva que todavía me desconcertaba. No era el mismo chico torpe que recordaba de antes de las vacaciones. Había algo distinto en su postura, en su mirada, en la forma en que me hablaba. Asentí sin pensarlo demasiado, y juntos salimos del salón.
La cafetería estaba llena, como siempre a esa hora. El olor a pizza recalentada se mezclaba con el aroma fuerte del café barato, y el murmullo de las conversaciones creaba un ambiente caótico pero familiar. Nos sentamos en una mesa al fondo, un lugar donde podía sentirme un poco más tranquilo, lejos de las miradas curiosas.
La plática comenzó sin esfuerzo. Hablamos de cosas triviales, casi absurdas, como si necesitáramos llenar el espacio con palabras que no pesaran demasiado. Cody mencionó un videojuego que estaba de moda en 2007, y yo recordé haber visto a algunos compañeros hablar de lo mismo. Luego pasé a canciones, a películas que se habían repetido mil veces en la televisión. Era extraño, pero reconfortante. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía reír sin pensar demasiado en mis cicatrices, sin sentir que cada gesto mío estaba siendo juzgado.
Cody hacía bromas, algunas tontas, otras ingeniosas, y yo me sorprendí respondiendo con una sonrisa que no tenía que forzar. Había algo en su manera de hablar que me hacía olvidar, aunque fuera por un rato, el peso que siempre cargaba.
Mientras lo escuchaba, pensé en mi lugar especial. El parque. Ese rincón tranquilo donde podía dibujar, respirar y sentir que el mundo se detenía. No solía compartirlo con nadie. Era mío, un refugio que me ayudaba a mantenerme en pie cuando todo parecía derrumbarse. Pero esa tarde, con Cody frente a mí, me atreví.
"¿Quieres ir al parque esta noche?" Pregunté, tratando de sonar casual, aunque por dentro de mi corazón latía más rápido.
Él levantó la mirada, sorprendido, y luego sonriendo.
"Claro."
En ese instante supe que la noche sería distinta. El parque dejaría de ser solo mío. Y, por primera vez, no me molestaba.
***
El parque siempre había sido mi refugio. Desde que llegamos a este pueblo, se convirtió en el único lugar donde podía sentirme en paz, lejos del ruido de la escuela, de las miradas que me juzgaban y de los recuerdos que me perseguían. Era un espacio sencillo, con senderos iluminados por faroles viejos, árboles altos que parecían custodiarlo todo y bancas desgastadas por el tiempo. Para mí, era más que un parque: era un rincón donde podía respirar sin miedo, donde podía dibujar sin sentir que alguien estaba mirando demasiado de cerca.
Aquella noche llegué temprano. El cielo estaba tratado de un azul profundo, y las primeras estrellas comenzaban a aparecer tímidamente. Caminé por el sendero hasta llegar a la banca que siempre elegía, la que estaba junto al lago artificial. Me senté con mi mochila en el regazo, y saqué mi cuaderno de dibujos. No sabía si tendría el valor de mostrarle algo a Cody, pero quería tenerlo conmigo.
El aire estaba fresco, y el silencio del parque me envolvía. Solo se escuchaba el crujir de las hojas bajo mis pies cuando me movía y el murmullo lejano de la ciudad. Miraba el reloj cada pocos minutos, nervioso, preguntándome si realmente vendría. Había aceptado mi invitación con una sonrisa, pero parte de mí temía que se arrepintiera, que pensara que era una pérdida de tiempo.
Finalmente lo vi. Cody apareció caminando con paso seguro, sus manos en los bolsillos y esa expresión tranquila que parecía no encajar con el recuerdo que yo tenía de él antes de las vacaciones. Se acercó y me saludó con una sonrisa.
"Bonito lugar", dijo, mirando a su alrededor.
"Es especial para mí" respondió, bajando la mirada.
Se sentó a mi lado, y por un momento no dijimos nada. El silencio no era incómodo, al contrario, era como si el parque nos diera permiso de estar ahí sin necesidad de llenar el aire con palabras.
Después comenzamos a hablar. La conversación era íntima, diferente a la que habíamos tenido en la cafetería. No eran bromas ni comentarios triviales. Hablamos de lo que nos gustaba, de lo que nos hacía sentir vivos. Yo le conté que solía venir al parque para dibujar, que era mi manera de escapar del mundo. Él me escuchaba con atención, sin interrumpir, como si cada palabra mía tuviera un peso que él no quería perder.
"¿Me mostrarías tus dibujos?" preguntó después de un rato.
Sentí un nudo en el estómago. Mostrar mis dibujos era como mostrar mi alma, mis pensamientos más íntimos. Dudé, pero finalmente abrí mi cuaderno y se lo entregué.
Cody lo tomó con cuidado, pasando cada página lentamente. Sus ojos recorrían cada trazo, cada sombra, cada detalle. No hacía comentarios superficiales ni bromas. Solo observaba, como si realmente quisiera entender lo que había plasmado.
"Son increíbles" dijo al final, levantando la mirada hacia mí. "Es como si pudieras mostrar lo que sientes sin decir nada. Tienes mucho talento".
Sentí un cosquilleo extraño en el pecho. No estaba acostumbrada a que alguien valorara mi arte de esa manera.
En una de las páginas, Cody se detuvo. Era un dibujo de Grace. La había dibujado en su moto, con esa expresión de fuerza y determinación que siempre me inspiraba.
"¿Quién es?" preguntó, aunque parecía intuir la respuesta.
"Es Grace, mi hermana", respondió. "Ella... ha sido todo para mí desde que perdimos a nuestros padres. Es fuerte, mucho más de lo que yo podría ser. Siempre me ha cuidado, incluso cuando siento que soy una carga. La valoro más de lo que puedo decir. Dibujarla es mi manera de recordarme que no estoy sola, que tengo a alguien que me sostiene."
Cody ascendió, y por un momento guardó silencio. Luego sonó.
"Se nota cuánto la admiras. Ese dibujo... tiene algo especial. No es solo técnica, es sentimiento."
Sus palabras me hicieron sentir expuesta, pero también comprendida. Era como si hubiera visto más allá del papel, más allá de los trazos, y hubiera entendido lo que realmente significaba para mí.
Mientras estábamos hablando, un grupo de chicos apareció en el sendero. Sus risas eran ruidosas, y el olor a marihuana era tan fuerte que me hizo fruncir el ceño. Caminaban de manera errática, y uno de ellos nos miró con una sonrisa burlona.
"¿Qué tienen ahí?" dijo, señalando mi mochila.
Me tensé, abrazando mi mochila contra el pecho. No respondí.
"Vamos, muéstranos" insistió otro, acercándose demasiado.
El miedo me paralizó. No sabía qué hacer. Antes de que pudiera reaccionar, Cody se levantó.
"No es su problema", dijo con firmeza.
Los chicos se rieron, y uno de ellos dio un paso adelante con la intención clara de arrebatarme la mochila. Apenas pude reaccionar cuando sentí el tirón, pero antes de que mis manos soltaran el cuaderno, Cody ya se había movido. Lo empujó con tal fuerza que el chico retrocedió varios pasos, tambaleándose hasta chocar contra otro de sus amigos. Fue como si de pronto el aire se hubiera cargado de electricidad.
Todo pasó rápido, pero en mi mente cada segundo se alargaba. Cody se colocó frente a mí, con los hombros firmes y la mirada fija en ellos. No había titubeo, no había duda. Su cuerpo parecía preparado, como si hubiera entrenado para ese momento. El primero intentó lanzarse sobre él, pero Cody giró con precisión, esquivando el golpe y respondiendo con un puñetazo directo al abdomen. El sonido seco del impacto me hizo estremecer. El chico se dobló, jadeando y cayó de rodillas.
El segundo vino por detrás, intentando sorprenderlo. Cody giró sobre su eje, levantando la pierna en un movimiento rápido y certero. La patada impactó en el pecho del atacante, que salió disparado hacia atrás, cayendo sobre el césped con un gemido. Era como ver una coreografía perfecta, cada movimiento calculado, cada reacción inmediata.
El tercero, más alto y con una sonrisa burlona, intentó rodearlo. Cody lo dejó acercarse, y en el último instante lo tomó del brazo, girando su cuerpo con una llave que lo hizo perder el equilibrio. El chico cayó de espaldas, golpeando el suelo con un ruido sordo.
El caos era absoluto: gritos, insultos, el sonido de los golpes resonando en la noche. Yo estaba paralizada, con el corazón latiendo tan fuerte que querer parecía escapar de mi pecho. Mis ojos no podían apartarse de él. Cody se movía con una seguridad que me dejaba sin aliento. No era el chico torpe que recordaba. Era alguien más, alguien que parecía sacado de una película de artes marciales, con cada gesto cargado de fuerza y precisión.
Uno de los chicos intentó levantarse y volver a atacar, pero Cody lo recibió con un rodillazo que lo dejó sin aire. Otro tratado de tomarlo por sorpresa desde un costado, pero Cody lo esquivó con un giro ágil y lo derribó con un golpe en la mandíbula. Era como si supiera exactamente qué hacer en cada momento, como si su cuerpo respondiera instintivamente a cada amenaza.
El césped se llenó de cuerpos derrotados, jadeando, que apenas podían levantarse. Finalmente, los chicos se alejaron, murmurando insultos y promesas vacías de venganza. Se perdió entre las sombras del parque, dejando tras de sí el olor a humo y marihuana mezclado con la tensión de la pelea.
Cody respiraba agitado, su pecho subía y bajaba con fuerza, pero en su rostro no había rabia ni miedo. Solo calma. Se giró hacia mí, y al ver mi expresión, me regaló una sonrisa tranquila, como si todo lo que acababa de pasar no hubiera sido más que un simple obstáculo.
"¿Estás bien?" preguntó, y su voz sonó firme, pero suave, como si quisiera devolverme la paz que me había arrebatado el miedo.
Yo asentí, todavía sin poder creer lo que había visto. Nunca había imaginado que Cody pudiera moverse así, con esa fuerza, con esa seguridad. No era el chico torpe que recordaba. Era alguien capaz de defenderme, alguien que no dudaba en proteger lo que era mío.
"Vamos, te acompaño a casa."
Caminamos juntos en silencio. Yo no sabía qué decir. Una parte de mí estaba asustada por lo que había pasado, pero otra parte estaba impresionada por él. No era solo su fuerza física, era la manera en que había reaccionado, sin pensarlo, sin dudar.
Al llegar a mi casa, nos detuvimos en la entrada.
"Gracias" dije en voz baja.
Él sonrió.
"Siempre."
Se despidió y se alejó, y yo me quedé mirando su figura hasta que desapareció en la distancia.
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Esa noche, mientras me acostaba en mi cama, no podía dejar de pensar en lo que había sucedido. El parque ya no era solo mío. Ahora estaba marcado por su presencia, de la manera en que había defendido mi mundo. Y aunque parte de mí temía lo que eso significaba, otra parte se sentía más viva que nunca.
Por primera vez en mucho tiempo, no me sentí sola.
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