Capítulo 20
La mansión Boreas se alzaba iluminada contra el cielo nocturno, como si quisiera dejar claro que este era su territorio. Antorchas de aceite ardían en cada columna, y candelabros de bronce brillaban tras los ventanales. El suelo del patio estaba tan pulido que las ruedas de las carrozas reflejaban su luz en las piedras.
El carruaje en el que viajábamos se detuvo frente a la escalinata principal, donde una fila de guardias con armaduras impecables flanqueaba la entrada. Uno de ellos anunció nuestra llegada con una voz firme.
—Aelinne Zakhal Dragonroad, capitana de la guardia de Delarus.
Hubo un ligero cambio en el aire. No era sorpresa, sino reconocimiento. En este continente, todo combatiente a partir del nivel Santo era una figura a la que se trataba con cuidado… y mamá, además, era comandante de la seguridad de una ciudad clave.
Bajó del carruaje con un porte impecable, su vestido adaptado para combate resaltando la figura atlética sin dejar de ser elegante. Yo la seguí, con Max en mi hombro, procurando imitar su postura recta y segura.
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Dentro, el salón principal era un despliegue de poder: tapices con la historia de la familia Boreas, mesas cubiertas con manteles de seda y copas de cristal. Un pequeño conjunto de músicos llenaba el aire con melodías formales, lo bastante discretas para no entorpecer las conversaciones.
Mamá se movía con naturalidad entre la multitud, como si hubiera nacido allí. Saludaba con inclinaciones precisas, intercambiaba apretones de manos medidos, y cada palabra parecía calibrada para dejar una impresión favorable sin comprometer nada.
La primera en acercarse fue una mujer de mediana edad con un vestido carmesí y un broche de oro.
—Capitana Aelinne, un placer verla. He oído que sus patrullas han reducido los asaltos en las rutas del norte.
—Solo cumplo con mi deber —respondió mamá con una sonrisa cortés—. Aunque la cooperación de los comerciantes ha sido vital.
La conversación giró hacia rutas comerciales y acuerdos de seguridad. Yo, en silencio, analizaba su ritmo: escuchaba más de lo que hablaba, sonreía cuando quería suavizar una respuesta, y nunca ofrecía más información de la necesaria.
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Un hombre alto, de cabello gris y uniforme militar, se acercó después. Llevaba medallas en el pecho y la postura de quien ha pasado la vida en el campo de batalla.
—Aelinne, ¿aún entrenas con espada?
—Todos los días, general —respondió ella con un leve asentimiento—. No pienso perder el filo.
Se saludaron con un apretón de manos firme, y luego hablaron sobre el estado de las guarniciones. El intercambio era directo, pero con un respeto mutuo evidente.
Yo me mantuve a un lado, observando, y pensé: Negociar aquí es como un duelo, solo que las armas son palabras y gestos.
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En un momento, un noble anciano de barba blanca se acercó con paso lento pero mirada aguda.
—¿Este es su hijo? —preguntó, mirándome de arriba abajo.
—Sí —respondió mamá.
—Tiene la mirada de un adulto —comentó el anciano—. Eso no se ve mucho en alguien tan joven.
Mamá sonrió levemente.
—Ha aprendido a observar antes de hablar.
—Buen hábito —dijo el hombre, antes de retirarse.
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Decidí probar lo que había aprendido.
Cuando un comerciante corpulento me abordó con una sonrisa interesada y me preguntó si era verdad que podía usar magia, mantuve la postura recta, miré a los ojos y respondí con voz calmada:
—Sí. Todavía estoy aprendiendo.
No di más detalles. La sorpresa en su expresión me confirmó que el silencio, a veces, decía más que cualquier explicación.
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Mamá me observó de reojo mientras nos movíamos por el salón. Creo que notó que estaba copiando sus gestos, porque en un momento, mientras saludaba a un magistrado, me lanzó una ligera sonrisa de aprobación.
La política interna de la nobleza era un campo minado, pero no era tan distinto a una partida de ajedrez: cada movimiento debía servir un propósito, y cualquier palabra podía convertirse en un arma… o un escudo.
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Luego de un rato me aparté de la multitud y crucé hacia un rincón del salón donde, de pie como una estatua de acero, estaba Ghislaine. Su sola presencia imponía respeto: el vestido formal de protección resaltaba cada fibra de músculo, y sus orejas felinas se movían sutilmente al ritmo de la música y las conversaciones, como si rastreara todo lo que pasaba.
Cuando me vio acercarme, ladeó la cabeza y sonrió de lado.
—¿Todavía piensas que soy “bonita”? —preguntó directamente con un tono burlón, pero con ese leve brillo en los ojos.
Aunque no me lo esperaba. No dudé ni un segundo.
—Eres perfecta.
Sus orejas se movieron hacia adelante, sorprendidas.
—¿Perfecta? —repitió, como probando la palabra.
—Sí. Tus músculos tienen la densidad exacta para equilibrar fuerza y velocidad. La proporción es perfecta, sin sacrificar agilidad ni potencia. Tus orejas y tu cola no solo son únicas, sino que armonizan con tu postura y tu mirada, creando una presencia imposible de ignorar. Es… ingeniería divina.
Ghislaine me miró en silencio, como si no supiera si reír o agradecer. Su boca se abrió para decir algo, pero nada salió.
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—¡Estoy totalmente de acuerdo! —gritó una voz juvenil y firme a mi espalda.
Me giré y vi a Eris Boreas, con su cabello rojo fuego y los ojos brillando. Caminó hacia nosotros con paso decidido y se plantó frente a mí. Me estrechó la mano con fuerza, sonrojada, con la respiración agitada de la emoción, pero con una sonrisa enorme (como si hubiese encontrado a su mejor amigo perdido hacía años).
—¡Te reconozco, tiene permitido ser mi amigo!
Su declaración fue tan intensa que casi parecía que acabábamos de sellar un pacto de sangre, una hermandad o un culto extraño en el peor de los casos.
—Ghislaine es asombrosa, y genial, y fuerte —añadió, alzando la voz con orgullo, mientras sus mejillas se sonrojaban y su respiración se agitaba aún más, como si estuviera declarando lo mas obvio del mundo.
Me quedé observándola unos segundos y luego sonreí.
—Así que… tú también, ¿eh?
—¿Qué? —preguntó, parpadeando.
—Compartimos el mismo gusto —dije con total seriedad, inclinando la cabeza hacia Ghislaine.
Eris me miró un segundo, y luego su expresión se iluminó como si acabara de encontrar un tesoro escondido.
—¡Exacto! —asintió con energía—. Ghislaine es la mejor.
Ghislaine, que hasta entonces había estado callada, nos observaba como si no supiera en qué momento dos niños de 7 y 5 años habían decidido formar un frente unido de admiración hacia ella. Sus orejas se movieron hacia atrás con una mezcla de vergüenza y desconcierto.
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En ese instante, una voz potente rompió la escena:
—¡Es hora de recibir los regalos! —Sauros Boreas, el abuelo de Eris, hablaba con tal fuerza que la música se detuvo un momento.
La multitud se reunió alrededor de Eris, que se colocó al frente del salón con la cabeza erguida. Yo, ahora oficialmente en el papel de “amigo reconocido”, me quedé cerca de su lado.
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Uno a uno, los invitados fueron entregando regalos. Joyas, libros, armas ornamentales… hasta que un niño noble, de unos nueve años, se adelantó con una sonrisa altiva. En sus manos, un abanico de dama con bordados dorados.
—Escuché rumores de que eres una marimacho —dijo con falsa amabilidad—. Quizá con esto aprendas a comportarte más como una dama.
El murmullo fue inmediato. Yo vi cómo el cuello de Eris se tensaba… y entonces, ¡paf!
Le dio un golpe directo en la cara.
El niño se tambaleó, sorprendido, pero rápidamente levantó el puño para devolver el golpe. No me dio tiempo de pensar: el aire a mi alrededor se enfrió, y una pared de hielo apareció entre ambos con un crack seco. El puño del niño chocó contra la barrera, dejando un eco en todo el salón.
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Silencio. Luego, murmullos más intensos: “¿Magia en la recepción?”, “¿Ese niño conjuró hielo sin cantos?”, “¿Qué…?”.
El padre de Eris, al otro lado del salón, me observaba con una mirada fría, evaluando cada detalle. No parecía sorprendido, sino calculador.
Mamá cruzó la sala con pasos firmes, colocándose a mi lado. Su expresión era tranquila, pero en sus ojos había una advertencia silenciosa para cualquiera que intentara decir algo fuera de lugar.
Sauros, en cambio, rompió la tensión con una carcajada que resonó por todo el salón.
—¡Eso sí que es espíritu! —tronó, dándole una palmada a Eris en la espalda—. Y tú, muchacho… buen reflejo.
La tensión disminuyó, pero yo sabía que aquello no iba a olvidarse pronto. En la nobleza, incluso una barrera de hielo podía convertirse en tema de conversación durante meses.
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El murmullo del salón todavía resonaba cuando el padre del niño que se había burlado de Eris se abrió paso entre los invitados. Tenía el rostro serio, pero su postura era controlada. Llegó hasta Sauros, se inclinó ligeramente y dijo en voz clara:
—Lamento lo ocurrido, señor. Hablaré con mi hijo y nos retiraremos del centro de atención.
Sauros, con ese aire de señor que no se deja impresionar por disculpas vacías, asintió una sola vez.
—Hazlo.
El hombre tomó a su hijo del brazo y lo apartó entre la multitud, sin más palabras. La tensión en el aire empezó a disiparse, pero no desapareció del todo.
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Sauros se giró hacia mí, y su sonrisa ancha contrastó con el tono autoritario de antes.
—Muchacho, tienes reflejos y agallas. No cualquiera conjura así de rápido… y menos sin cantos.
Eris, que todavía estaba a mi lado, me miraba con los ojos muy abiertos.
—¿Tú sabes usar magia? —preguntó, casi acusatoria, pero con un brillo de emoción en la voz.
—Sí —respondí con naturalidad.
—¿Y magia de hielo? —insistió, como si fuera la mejor cosa que hubiera escuchado en toda la noche.
Antes de que pudiera decir más, Ghislaine, que se había acercado discretamente, habló por primera vez desde el incidente:
—No cualquiera lanza un hechizo así sin previo aviso… al menos nunca he visto algo igual.
Eris parecía lista para bombardearme con más preguntas, pero Sauros levantó la mano.
—Podrán seguir hablando luego. La fiesta debe continuar. —Su voz resonó lo suficiente para que todos retomaran la música y las conversaciones.
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Más tarde, mamá me apartó del bullicio, su tono bajo pero firme.
—Fue imprudente, Alerion. —Me miró fijo—. Pero tarde o temprano todos se enterarían de lo que puedes hacer. Mejor que haya sido en un momento en el que fue para ayudar a alguien. Es una manera de presentarse con buena reputación.
—Entonces… ¿no estás molesta? —pregunté, tanteando el terreno.
—Estoy diciendo que ahora tienes que aprovecharlo —dijo con una sonrisa leve—. Haz algunas buenas relaciones.
No hizo falta que me lo repitiera.
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Durante la siguiente hora, varios nobles y figuras importantes se acercaron con sonrisas medidas y frases cuidadosamente elegidas.
Uno, con voz baja y un tono casi conspirador, dijo:
—Si alguna vez quiere ver una verdadera biblioteca de grimorios antiguos, mi familia estaría encantada de recibirlo.
Otro, más directo:
—En mi hacienda tenemos un campo de entrenamiento que podría interesarle. Puede visitarnos cuando quiera.
Incluso un comerciante de gran estatus sugirió que podríamos “intercambiar conocimientos” si algún día viajaba a su territorio. Las invitaciones eran sutiles, pero entendía el mensaje: todos querían tener un pie en mi futuro.
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Cuando la música empezó a bajar y los invitados comenzaron a despedirse, Sauros apareció junto a Eris. Ella parecía algo más calmada… pero me miraba con esa mezcla de orgullo y entusiasmo que solo había visto en personas que habían encontrado un nuevo aliado.
—Ghislaine me mencionó que ustedes se conocieron hace años —dijo Sauros, cruzando los brazos—. Y Eris me ha dicho que eres su primer amigo de su edad.
Eris infló el pecho y asintió como si acabara de anunciar una victoria militar.
—Por eso —continuó Sauros—, quiero invitarte a ti, a tu madre y al jefe de tu madre, Roderick Greyrat, a quedarse unos días más después de la fiesta.
Miré a mamá, que intercambió una breve mirada con Roderick, quien había estado conversando con un grupo de oficiales. Él sonrió y asintió.
—Aceptamos —dijo mamá.
Sauros sonrió de forma amplia y sincera.
—Perfecto. Entonces, muchacho… prepárate. Aquí siempre hay algo que hacer.
Y así finalizó la fiesta del 5to cumpleaños de Eris.
