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Chapter 34 - capítulo 34

Capítulo 34

La casa olía a madera recién pulida y a pan caliente. Aelinne, con un delantal que parecía prestado a la fuerza, supervisaba cómo Mela colocaba las guirnaldas con una precisión casi militar. No había flores, ni lazos dorados, ni nada que pudiera confundirse con un baile de gala. Todo era simple: un mantel limpio, velas de cera blanca y un centro de mesa con ramas de abeto.

—Fiesta pequeña, controlada y sin incidentes —dictaminó Aelinne, mirando a Mela como si la consigna pudiera fallar solo por no repetirla.

—Eso depende de quién entre por esa puerta —respondió Mela, sin apartar la vista del nudo que estaba ajustando.

El plan original era invitar solo a amigos, subordinados y familia cercana. Pero a los diez minutos de abrir las puertas, ya se había colado Roderick, señor de la ciudad, con la misma sonrisa diplomática que usa para firmar impuestos y declarar guerras comerciales.

—Feliz cumpleaños por adelantado, joven Alerion —dijo con un leve gesto de cabeza. Su mirada recorrió la sala, midiendo espacios, personas… y probablemente los cuchillos en la mesa.

Detrás de él llegaron tres figuras que parecían sacadas de una taberna de leyendas y amenazas:

Thrain Martilloperdido, un enano de barba trenzada que olía a hierro y cerveza, y que tenía la manía de examinar todas las cerraduras que veía. Luego asentía con la cabeza y decía: Esta es una buena cerradura que pocos pueden abrir. Algo en su tono me decían que el no estaba incluido en esos "pocos".

Rauven, un hombre bestia de pelaje oscuro y ojos ámbar, cuya sonrisa descubría colmillos afilados pero cuyo apretón de manos era cálido.

Syrrash, un demonio alto con piel gris y cuernos cortos, vestido de negro como si siempre estuviera listo para un funeral o una fiesta, según el caso.

Todos ellos eran viejos conocidos de Zakhal. “Poco confiables” para cualquiera que los viera entrar, pero con un respeto firme hacia él.

En la mesa, Max y Pelusa habían sido oficialmente asignados como “vigilantes de la comida”. En la práctica, Max estaba tomando notas mentales de qué platos tenían más cobertura de servilletas y menos vigilancia humana. Pelusa, enorme y enroscada como una alfombra viva, parecía dormitar… hasta que un pastel de carne desapareció misteriosamente de una bandeja cercana.

—Eso no fue el viento —murmuró Thrain, con una media sonrisa.

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La puerta volvió a abrirse con un golpe.

—¡Misión especial de resistencia al pastel, en marcha! —anunció Eris, entrando como si la sala fuera un campo de entrenamiento.

Philip llegó justo detrás, intentando recuperar algo de formalidad en medio del huracán pelirrojo. Saludó a Aelinne y Zakhal con la cortesía justa, pero en su apretón de manos con Zakhal hubo un segundo de rigidez que no pasó desapercibido.

Ghislaine, alta y seria como siempre, entró última. El vestido formal que llevaba parecía una armadura que no terminaba de encajarle.

—Feliz cumpleaños —dijo con su voz grave, y acto seguido añadió—. Tengo un regalo.

Alerion, curioso, ladeó la cabeza.

—Cuando tenías dos años, no podías dejar de tocar mis músculos, orejas y cola. Así que… puedes volver a hacerlo.

La sala quedó en un silencio raro, el tipo de silencio que ocurre cuando la gente no está segura de si ha oído bien.

—¿En serio? —pregunté, sorprendido pero sin pensar mucho en las miradas ajenas.

—En serio.

No iba a desperdiciar la oportunidad, así que me acerqué y, con respeto pero sin timidez, toqué la musculatura firme de su brazo, la suavidad extraña de sus orejas y la cola que se movía lentamente.

—¡No es justo, yo también quiero! —saltó Eris, cruzando la distancia antes de que alguien pudiera detenerla.

—Está bien —aceptó Ghislaine, sin notar el leve carraspeo incómodo de uno de los invitados humanos ni la sonrisa apenas contenida de Thrain.

Philip se frotó el puente de la nariz. Aelinne apartó la mirada con una mezcla de paciencia y resignación. Roderick, en cambio, observó la escena con una ceja arqueada y un brillo divertido que no ayudaba a mejorar la incomodidad general.

En la mesa, Max aprovechó el momento para avanzar tres centímetros hacia una bandeja de empanadas, pero Pelusa, quizá celosa de su versatilidad, lo detuvo con un zarpazo suave pero firme.

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Los regalos empezaron con el ímpetu de Eris, como siempre.

—¡Toma! —me plantó en las manos una piedra irregular, negra con vetas rojo oscuro—. Núcleo de un Rugidor de Obsidiana, rango A. Lo cazamos en el cañón del sur. Sirve para… cosas chulas.

Philip, con esa voz de “corrijo antes de que arda algo”, aclaró la garganta.

—Para encantamientos —añadió—. Y como corazón de un bastón mágico de alta calidad. Si lo pulen y lo asientan bien, conducirá el maná como un río.

La sostuve un momento. Pesaba más de lo que parecía, y sentí un calor latente, como si tuviera un corazón dormido en su interior.

—Perfecta —dije, y la sonrisa de Eris fue la de alguien que cree haber ganado una batalla.

Luego vinieron los amigos de mi padre. Thrain, el enano, dejó un rollo de cuero atado con bramante sobre la mesa.

—Mapa incompleto —me dijo, como si fuera un tesoro—. Falta media costa y la otra media está mal, pero la X está puesta. Si tienes suerte, la X no miente.

Rauven, un hombre bestia de mirada afilada, me entregó una daga envainada en cuero oscuro.

—Brilla solo cuando hay luna. No corta mejor… pero te recuerda que la noche también te mira.

Syrrash, el demonio, me ofreció una botellita con un líquido que cambiaba lentamente de azul pálido a verde musgo.

—No la bebas —me advirtió—. Huele. Según el olor, sabrás si hay veneno cerca… o mentiras.

—¿Las mentiras huelen? —pregunté.

—Siempre —me respondió, con esa seguridad inquietante que tienen algunos.

Entonces mis padres intercambiaron una mirada y mi padre sacó un estuche de madera barnizada. Lo sujetaron entre ambos, y mi madre dijo, seria:

—Ábrelo.

Dentro había un libro forrado en cuero rojo oscuro, protegido con papel aceitado. El título, grabado con letras angulosas: “Fuego Santo: Teorías de Confluencia y Aplicaciones de Alto Riesgo”. Abajo, en letra pequeña: Copia de subasta. Ars.

Sentí un cosquilleo en el estómago.

—Lo aprendemos juntos —dijo Eris, adelantando la mano como si el libro fuera suyo.

La reacción fue inmediata: media sala se movió al mismo tiempo. Mela se tensó, Thrain tosió, Rauven mostró los colmillos, Syrrash ladeó la cabeza, Ghislaine giró una oreja… y Philip se lanzó hacia nosotros.

—¡No, no, no! ¡Eso se estudia con supervisión y al aire libre! —gritó, intentando cerrarme el libro.

Mi madre no se movió, pero su mirada fue suficiente para que Philip se congelara con las manos en el aire.

—Se estudiará —dijo—. Cuando yo diga y donde yo diga.

Yo asentí, reprimiendo la risa. Eris cruzó los brazos, con su coleta vibrando como si fuera a prenderse fuego en cualquier momento.

Roderick observaba desde la baranda, con esa sonrisa que parece de cortesía… pero que yo sé que mide y calcula cada gesto.

Para aliviar la tensión, Eris propuso lo obvio:

—¡Carrera en el patio! ¡O competencia de puntería con frutas! ¡O las dos!

Ghislaine asintió como si le hubieran propuesto beber agua. Salimos al jardín y Mela ya tenía una cesta con manzanas y peras lista (no pregunté cómo ni cuándo). Eris marcó la línea de lanzamiento con el talón.

Thrain lanzó primero; acertó tres de cinco. Rauven dio en cuatro, riéndose. Syrrash golpeó todas, pero ninguna cayó: pura provocación.

Eris destruyó las cinco botellas, y a la última le dio dos veces. Se giró esperando ovación.

—Bien —dijo Ghislaine.

—“Bien” —repitió Eris, fingiendo indignación.

Entonces Ghislaine lanzó una fruta al aire y la partió en dos sin mirar; encadenó cuatro más en un movimiento perfecto. Silencio absoluto… y luego un aplauso solitario de Thrain.

—Victoria compartida —dije—. Eris por entusiasmo, Ghislaine por humillación pública.

Ambas aceptaron sin protestar.

Mientras tanto, Max estaba en modo misión. Se arrastraba bajo la mesa con sigilo cuestionable, apuntando a una bandeja de empanadas. Syrrash le “cubrió” dejando caer una servilleta como distracción. Pelusa, que debería vigilar, fingía dormir. La primera empanada desapareció… luego la segunda… pero a la tercera Mela apareció detrás de Max. Él giró la cabeza muy despacio y le ofreció la empanada como tributo.

—Una —dictó Mela.

Max aceptó el trato. Pelusa abrió un ojo como si firmara el acuerdo.

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Tras la puntería, pasamos a la carrera. Eris ya estaba en la línea de salida, rebotando como si hubiera bebido tres cafés.

—¡Vamos! —me gritó.

Ghislaine se quedó atrás, con los brazos cruzados, en plan árbitro silenciosa. Thrain hizo de juez de salida; Rauven apostó media moneda a que Eris saldría antes de tiempo, y Syrrash apostó a que yo me distraería viendo si Max robaba otra empanada. Mela no apostó… pero sí apuntó quién iba a limpiar el desastre.

—¡Tres… dos… uno! —gritó Thrain.

Eris salió un paso antes de tiempo, pero nadie dijo nada. Yo la seguí, con media risa en la cara y el corazón bombeando rápido. Llegamos al final casi juntos… aunque ella dice que ganó. Yo digo que fue empate. Ghislaine dictó que fue “aceptable” para ambos.

Al caer la tarde, todos regresamos a la mesa. Los regalos estaban ahí, cada uno con su rareza: el núcleo ardiente de Eris, el mapa dudoso, la daga lunar, la botella que olía las mentiras, y el libro que amenazaba con incendiar medio barrio si lo abríamos sin cuidado.

Eris y yo terminamos apartándonos un poco del resto. Se tiró en una silla y me sonrió.

—Ha sido la mejor fiesta.

—No estuvo mal.

—¿Qué fue eso de Rudy y Sylphy que mencionaste en la última carta? —preguntó, con un tono demasiado casual.

—Dos personas talentosas que conocí. —Se quedó mirándome—. Pero tú eres mi mejor amiga… y más fuerte.

Se le iluminó la cara. No tenía por qué saber que eso último era una pequeña mentira.

Antes de que pudiera decir algo más, Max y Pelusa pasaron por delante rodando panza arriba, completamente rendidos después de haber saqueado medio banquete. Ghislaine, de pie con una copa en la mano, los observaba como si custodiara un tesoro.

Me recosté en la silla y respiré hondo. Entre nobles desconfiados, amigos extraños y mascotas ladronas… esta era mi gente. Mi caótica, impredecible y leal gente.

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