Cherreads

Chapter 41 - capítulo 41

Capítulo 41

Las semanas fueron pasando, y poco a poco la ciudad recuperó su ritmo normal.

Bueno… tan “normal” como podía ser con mamá controlando la guardia como si fuera la mismísima reina del lugar. Las patrullas eran más frecuentes, los registros más estrictos, y algunos comerciantes empezaban a llamarla “la muralla con faldas” a sus espaldas. Yo no me atrevía a preguntar si ella lo sabía, porque si lo hacía probablemente me pondría a limpiar calabozos por un mes.

La desaparición de Roderick ya se había convertido en un hecho consumado.

Su esposa —una mujer de sonrisa perfecta pero ojos de “soy mejor que tú ”— anunció públicamente que su hijo mayor heredaría el título de Señor de la ciudad. La gente lo recibió con mezcla de alivio y morbo; alivio, porque la incertidumbre había terminado, y morbo, porque siempre hay quien se frota las manos cuando huele drama en una familia noble.

Yo, por mi parte, me limité a seguir con mi vida de aventurero y guardia a medio tiempo. Durante las mañanas cumplía mis misiones para el gremio, y por las tardes alternaba entre entrenamientos con papá, ejercicios de magia y… bueno… lidiar con los líos que Max o Pelusa encontraban. Max había desarrollado la costumbre de traerme “regalos” que encontraba por ahí: monedas viejas, trozos de tela, un zapato que todavía no sé de quién es… y Pelusa… Pelusa simplemente engordaba más y más. La mitad de las veces se negaba a salir a pasear dejándose caer en medio del salón, ocupando toda la alfombra como si fuera decoración oficial.

El trabajo en el gremio empezó a dar frutos. Subí al rango D más rápido de lo que esperaba. Me entregaron una placa nueva, brillante, y el recepcionista —un hombre con bigote al que le encantaba escuchar sus propias historias— me dio un sermón sobre “responsabilidades y expectativas”. Lo escuché con cara de atención absoluta, mientras mentalmente contaba cuánto tiempo tardaría en ir a contarle a Mela la “gran noticia” para que ella pudiera fingir interés.

Esa misma noche, después de cenar, escribí una carta a Eris. Nada demasiado elaborado, solo contándole mi ascenso de rango, algunas anécdotas divertidas y una broma sobre lo mucho que me debía por haberle enseñado magia de fuego sin cantos. No esperaba una respuesta inmediata… pero llegó antes de que terminara la semana.

Y, como era de esperarse, la carta de Eris era puro drama. Estaba escrita con una caligrafía… bueno… llamémosle “entusiasta”.

Las letras parecían pelear entre sí por espacio, algunas palabras estaban tan torcidas que tuve que adivinarlas por contexto, y en varios puntos había manchas de tinta, como si hubiera apuñalado la pluma contra el papel. Al menos ya puede escribir ella misma.

La abrí en mi habitación, sentado en mi escritorio, con Max mirándome desde la esquina como si supiera que estaba a punto de leer algo explosivo.

> Alerion:

¡Quiero ser aventurera! ¡Y no me importa lo que digan mis padres!

Mamá dice que las chicas de familia noble no deben “andar por ahí con monstruos y hombres sudorosos”. Papá solo dice “ya hablaremos” y después se encierra en su despacho.

¡Es ridículo! Si tú puedes salir, yo también. No soy más débil que tú. Además, quiero aprender magia de fuego hasta el rango santo, como me prometiste.

Por cierto, me han puesto otro profesor. Y adivina quién es. Ese Rudy del que me hablaste. Dice que es tu amigo, pero todavía no sé si creerle. Le dije que si es tu amigo, entonces le daré una oportunidad… pero si me hace perder el tiempo, le voy a pegar.

También me dijo que no puedo gritarle en clase. ¡Qué tontería!

PD: Max es feo.

Cerré los ojos un segundo, apretando los labios para no reírme demasiado fuerte. Max, que seguía observándome, ladeó la cabeza como si entendiera que lo habían insultado.

Pero antes de que pudiera guardar la carta, vi que detrás había otro papel, doblado con más cuidado. Lo reconocí al instante: letra ordenada, trazos medidos, y una firma que parecía salida de un manual.

> Alerion:

Me alegra saber que estás bien. Eris me ha confirmado que te eres su amigo, y eso explica muchas cosas… como por qué es capaz de usar magia de fuego sin cantos hasta nivel avanzado.

Debo decir que estoy impresionado. He estado intentando que practique escritura y lectura con disciplina, pero… bueno… ya sabes cómo es. A veces siento que cada lección es una batalla.

Por cierto, ¿algún consejo para que no me grite cuando le pido que repita un ejercicio? No estoy seguro de si debo regañarla o simplemente esquivar.

Acepté este trabajo porque necesito reunir dinero para pagar la matrícula en la Universidad Mágica de Sharia. Sylphy también quiere ir, y no puedo costearlo solo. Este empleo paga bien y, en teoría, es seguro… aunque empiezo a pensar que me mintieron sobre la parte “tranquila”.

PD: Creo que tu enseñanza la ha dejado con expectativas muy altas. Cuando le dije que todavía estoy en rango avanzado en magia de fuego, me miró como si no tuviera nada de valor.

Apoyé los codos sobre el escritorio y me quedé mirando ambas cartas. Eris seguía siendo exactamente como la recordaba: impulsiva, directa y convencida de que podía morderle la cabeza al mundo si se lo proponía. Y Rudy… bueno, Rudy estaba a punto de aprender por las malas que enseñar a Eris no era un trabajo, era un deporte extremo.

No pude evitar sonreír. Me daban ganas de responderles al instante, pero me contuve. Pensé en lo que podría decirle a Rudy… y en si debía advertirle de que Eris solía golpear primero y disculparse nunca.

---

—¿Y bien? —preguntó papá, recargado contra el marco de la puerta de mi habitación—. ¿Buenas noticias o malas?

Me giré con las cartas en la mano.

—Depende de cómo lo veas… Eris quiere ser aventurera. Sus padres dicen que no, y ahora Rudy es su nuevo maestro.

Papá arqueó una ceja.

—¿El niño genio?

—Ese mismo —asentí—. Según él, me culpa de la actitud de Eris.

Zakhal soltó una risa grave.

—Bueno, al menos hiciste que ella aprendiera algo. Aunque imagino que para ese chico, enseñar a esa mocosa es como entrenar a un gato salvaje para que se dócil.

—Más o menos —dije, guardando las cartas—. Rudy me pidió consejos para que no le grite cuando repite ejercicios.

—Fácil —respondió papá—: que aprenda a esquivar.

No pude evitar reír.

—Eso mismo pensé yo.

—Vamos —dijo, dándose la vuelta—. Toca práctica. Y hoy voy a ser menos amable que de costumbre.

Lo seguí hasta el patio trasero, donde ya estaban listas dos espadas de entrenamiento. El aire olía a madera y sudor; mi padre no entrenaba para “mantenerse en forma”, entrenaba como si fuera a pelear por su vida cada día.

—Antes de empezar —dijo, girando la espada con una mano—, voy a enseñarte algo nuevo. Son técnicas avanzadas del Estilo del Dios del Norte. No basta con moverte rápido: tienes que pensar como si el combate fuera una negociación… donde la otra persona no tiene por qué salir viva.

Me enseñó el Desvío Roto, una técnica que parecía un simple bloqueo, pero que en realidad usaba el peso del enemigo para abrirle el flanco. Luego el Paso Sombrío, una forma de desaparecer de la línea de visión del rival justo antes de atacar. Y finalmente, un truco que me hizo sonreír: el Engaño de Guardia Baja, donde aparentabas estar fatigado para atraer un golpe predecible.

El entrenamiento duró horas. Entre golpes y resbalones en la tierra, fui encajando cada movimiento. Papá no dejaba de corregirme con palmadas en el hombro o golpes suaves en la muñeca.

—Otra vez.

—Más rápido.

—No le des tiempo a pensar.

En un momento hicimos una pausa y me dejó beber agua.

—Alerion —dijo, serio—. Con lo que sabes ahora, y usando algo de magia, puedes considerarte un practicante avanzado del Estilo del Dios del Norte. Pero para llegar al rango de Santo, no basta con técnica… tu cuerpo todavía necesita crecer.

—Lo sé —respondí, limpiándome el sudor de la frente—. Pero llegará el momento.

Papá sonrió apenas, como si esa respuesta fuera suficiente.

—Y cuando llegue, te enseñaré algo que no le muestro a nadie más.

Max, que había estado observando desde una roca, lanzó un chillido como si quisiera participar. Pelusa, en cambio, estaba tumbada boca arriba cerca de la puerta, panza al aire, ignorando por completo el ambiente de combate.

Ese contraste… bueno, así era mi vida ahora: entrenamiento mortal, cartas de amigos lejanos, y mascotas con prioridades muy cuestionables.

More Chapters