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Chapter 49 - capítulo 49

Capítulo 49

La vida en Roa había adquirido un ritmo casi predecible. Lo cual, para mí, era un arma de doble filo: por un lado, la rutina permitía avanzar en mis estudios sin interrupciones bruscas; por el otro, me recordaba constantemente que llevaba dos meses más de lo planeado aquí, atrapado entre el confort y una esfera negra en el cielo que parecía querer ser mi nuevo pasatiempo obsesivo.

Esa mañana, mientras el sol apenas comenzaba a asomarse sobre los techos de pizarra, me encontraba en la biblioteca personal de la mansión Boreas, sentado frente a una pila de pergaminos que más parecía la muralla defensiva de una fortaleza que un simple escritorio. No eran libros cualquiera: eran copias y notas acumuladas del gremio de magos local, informes antiguos y alguna que otra tesis polvorienta que logré rescatar de un archivador olvidado.

—Estás otra vez con esos papeles… —murmuró Rudy desde la entrada, con una taza de té humeante en la mano.

—¿Y tú otra vez husmeando en mi horario de estudio? —repliqué sin levantar la vista.

—Curiosidad profesional —respondió, encogiéndose de hombros antes de acercarse—. No es como si el gremio de magos tuviera tantos usuarios de magia silenciosa para presumir… y tú te volviste famoso en apenas unas semanas.

Sonreí de medio lado. Famoso no era exactamente la palabra que yo usaría, pero era cierto que mi habilidad para conjurar sin abrir la boca había llamado la atención. Aquí, en la sucursal de Roa, no abundaban los magos de alto nivel; la mayoría llegaba hasta el intermedio, y eso con algo de esfuerzo. Mis demostraciones y, más importante, la tesis que entregué sobre magia de rayo intermedia me habían hecho subir de rango más rápido de lo habitual.

En el gremio de magos, los rangos no se medían solo por potencia mágica, sino por la combinación de logros: investigaciones, contribuciones a la comunidad y la complejidad de los conjuros dominados. Empezabas como Miembro Aprendiz, luego pasabas a Investigador Auxiliar, y a partir de ahí podías avanzar hacia categorías como Investigador, Experto Asociado, Maestro Asociado y, con suerte, Maestro. Yo había saltado de Aprendiz a Investigador en cuestión de semanas. No porque fuera un genio reconocido —aunque Rudy lo insinuaba cada vez que podía—, sino porque la mayoría de los miembros no se preocupaban por publicar trabajos teóricos originales y funcionales.

Mientras pensaba en eso, recordé otra faceta de mis últimos días: el gremio de artesanos y encantadores. La sede de Roa no era precisamente un paraíso de innovación, pero tenía acceso a materiales que en Delarus eran difíciles de conseguir. Tras cumplir con varios encargos simples —reparaciones, grabados mágicos menores, y un bastón decorativo que un noble quería “encantado” solo para impresionar a sus visitas— había reunido suficientes puntos para acceder a información de encantamiento avanzado. Me costó una suma dolorosa de monedas, pero valió la pena: por primera vez tenía en mis manos diagramas y fórmulas que podían mejorar seriamente mi trabajo de campo.

—¿Y bien? —preguntó Rudy, interrumpiendo mis pensamientos—. ¿Cuándo piensas dejar de acaparar toda la información y compartir algo útil?

—Cuando sepas cómo usarla sin volar la mansión —repliqué, plegando un pergamino con cuidado.

—Tch…

La conversación quedó ahí, pero no supe si fue porque Rudy prefirió no discutir o porque escuchó pasos acercándose. Ghislaine entró, cruzada de brazos, con esa mirada que podía congelar el entusiasmo de cualquiera.

—Práctica en el patio. Media hora. —Y se fue tan rápido como llegó.

Suspiré. Si había una constante en mi vida aquí, era que Ghislaine siempre encontraba la manera de sacarme de la biblioteca justo cuando estaba en medio de algo importante.

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El entrenamiento matutino fue como siempre: Eris intentando golpearme cada vez que me distraía, Rudy lanzando hechizos de apoyo, y Ghislaine observando con la misma expresión que uno tendría al evaluar una espada recién forjada. Lo único diferente fue la tensión que sentí en el aire cuando, durante la pausa para beber agua, Philip se unió a nosotros.

—Alerion, Sauros quiere verte esta noche en la sala principal. —Su tono era serio, lo cual no era común en él.

Asentí, sin hacer preguntas. Sospechaba de qué quería hablar. Desde hace semanas, cada vez que miraba al cielo, veía cómo la esfera negra parecía apenas más grande, más… presente. No se movía ni mostraba actividad evidente, pero sus fluctuaciones de maná me resultaban imposibles de ignorar.

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Más tarde, durante la cena, el ambiente era una mezcla extraña de formalidad y curiosidad. Eris devoraba su comida con entusiasmo, Rudy trataba de mantener la compostura, y Sauros estaba inusualmente callado.

—He estado observando un fenómeno en el cielo —comencé, dejando los cubiertos sobre el plato—. Una esfera negra, alta, casi imperceptible si no sabes dónde buscar.

Los murmullos en la mesa cesaron. Philip se inclinó hacia adelante.

—¿Es peligrosa?

—No lo sé. —No mentí—. Su flujo de maná es inestable, pero hay algo conteniéndolo, como una barrera o un sello. Por su patrón, no creo que ocurra nada de inmediato, pero… —Hice una pausa, mirando a Rudy y Ghislaine—. Diría que dentro de los próximos diez años algo va a pasar.

No entré en detalles sobre las similitudes con mi magia de salto; no quería provocar una discusión técnica en plena cena.

Philip frunció el ceño, Sauros golpeó la mesa suavemente con el puño.

—Informaremos a la capital. Que envíen a alguien a investigar. —Su voz no admitía réplicas.

Asentí, aunque sabía que cualquier enviado tardaría meses en llegar, y probablemente no tendría mejores herramientas que yo para analizarla.

—Por cierto —añadí, con un tono más ligero—, me iré mañana.

El silencio fue instantáneo. Eris dejó caer el tenedor, Rudy me miró como si hubiera dicho que pensaba unirme a una banda de bandidos.

—¿Tan pronto? —preguntó Philip.

—Planeaba regresar a Delarus hace semanas, pero la investigación me retuvo. Ahora debo prepararme para otro viaje… a la Cordillera del Wyrm Rojo. —Noté cómo los ojos de Sauros se iluminaron con interés—. Quiero observar un dragón adulto, aunque sea desde lejos.

Las reacciones fueron variadas: Philip parecía preocupado, Sauros parecía listo para acompañarme él mismo, Eris me miraba con una mezcla de fascinación y frustración, y Rudy simplemente negó con la cabeza, como si ya estuviera calculando las probabilidades de que yo volviera vivo.

No era la conversación más tranquila para una última cena en Roa. Pero al menos había puesto todo sobre la mesa… o casi todo.

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La noche estaba fresca, con un viento suave que recorría los pasillos de la mansión Boreas. Después de la cena, me escabullí al tejado, buscando un momento de silencio antes de empacar mis cosas. No pasó mucho tiempo antes de escuchar pasos apresurados detrás de mí.

—¡Ah, aquí estabas! —Eris irrumpió, con Rudy siguiéndola a un ritmo más calmado—. ¿Piensas irte sin despedirte?

—Pensaba hacerlo mañana temprano… —admití, apoyando los codos en la baranda del tejado—. Las despedidas largas no son lo mío.

—Pues mala suerte, porque tendrás que aguantarte. —Eris se sentó a mi lado, cruzando los brazos. Rudy se acomodó del otro lado, con esa postura suya que intentaba parecer relajada, pero que siempre delataba que estaba escuchando cada palabra.

Durante un rato hablamos de cosas sin importancia: de cómo Rudy había logrado enseñar a Eris a leer frases completas sin gritar, de la vez que Ghislaine había vencido a tres espadachines en menos de un minuto durante una exhibición, o de cómo Philip había casi caído de un caballo la semana pasada y culpado al animal.

Pero eventualmente, la conversación tomó un tono más serio.

—Quiero salir de aventuras contigo —dijo Eris de repente, mirándome de reojo—. Ya se lo he dicho a mis padres, pero siempre cambian de tema. Nunca responden directamente.

La frustración en su voz era palpable.

—Eres la heredera de una familia importante —respondí, intentando mantener un tono neutral—. No es tan fácil como decidirlo y ya.

—Pues entonces… —giró hacia mí y me señaló con un dedo firme—. Prométeme que si cuando tenga 14 años no me han dado una respuesta, tú me ayudarás a escapar para irnos de aventuras.

Me quedé en silencio un momento. Sabía que no estaba bromeando.

—Está bien. —Asentí—. Pero tendrás que ser mucho más fuerte para entonces. Si no, solo serías una carga.

Ella sonrió de una manera que solo podía significar “acepto el reto”.

Rudy soltó un suspiro, como si estuviera resignado a la locura de la conversación.

—Yo no planeo quedarme aquí para siempre —dijo—. Cuando Eris ya no tenga nada más que aprender de mí, me iré a Sharia. Quiero estudiar más magia, y… reencontrarme con Sylphy.

—Sharia, ¿eh? —comenté—. Quizás pase por allí algún día. Podríamos viajar juntos.

—¡Oigan! —Eris se interpuso, visiblemente molesta—. ¿Y yo qué? ¿Planean dejarme atrás?

—Solo si no mejoras tu resistencia —repliqué con una media sonrisa.

Ella gruñó, pero no insistió más. En su lugar, nos quedamos observando las estrellas en silencio. Era una de esas noches en que el cielo estaba tan claro que parecía que uno podía extender la mano y arrancar un pedazo de luz.

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Pasada la medianoche, decidí bajar y descansar. A la mañana siguiente, como había planeado, me levanté antes del amanecer. Empaqué lo esencial: grimorios, pergaminos, componentes mágicos y algunas herramientas de encantamiento. Todo lo demás podía esperar en Delarus.

Mientras caminaba hacia la salida, el eco de mis pasos en el pasillo vacío se sentía más fuerte de lo normal. Justo antes de abrir la puerta principal, una voz me detuvo.

—¿Ya te vas? —Ghislaine estaba apoyada contra la pared, con los brazos cruzados y esa mirada que no dejaba claro si estaba molesta o simplemente evaluándome.

—Sí. No quería levantar a todos.

Ella se acercó y me dio una palmada en el hombro, lo suficientemente fuerte como para recordarme que su fuerza no tenía comparación.

—Has hecho un buen trabajo aquí. Eris y Rudy aprendieron más contigo de lo que crees.

No supe qué responder. Ghislaine no era de dar cumplidos a la ligera.

—Cuídate allá afuera —añadió, y luego, como si fuera lo más natural del mundo—. Si te encuntras con algo difícil de cortar, puedes decirme… pero preferiría no tener que hacerlo.

Asentí, y sin más palabras, abrí la puerta. El aire frío de la mañana me recibió, y mientras me alejaba de la mansión, dejé un par de sobres bien visibles en la mesa del comedor: uno para Rudy, aconsejándole unirse al gremio de magos para ganar dinero sin arriesgar la vida; y otro para Eris, recordándole que debía entrenar el doble si quería cumplir nuestra promesa.

No miré atrás.

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El camino de vuelta a Delarus huele a polvo viejo y a decisiones pospuestas. No viajé con otras personas; preferí el silencio, el compás regular de mis pasos y el zumbido tenue del maná cuando practicaba saltos cortos entre riscos para ahorrar tiempo. Los avances recientes ayudaron: con la “capa de contención” improvisada —mi copia barata del sello que rodea a la esfera—, los objetos de prueba ya no se desarmaban en el trayecto… y yo tampoco sentía ese tirón desagradable en el estómago después de cada salto al principio. Aun así, me limité a tramos de cinco o seis metros. Nada de heroísmos. Todavía no.

Cada atajo traía un eco de Roa: la risa tosca de Sauros, la voz didáctica de Rudy, el crujido de la guardia de Eris cuando decide que la delicadeza es un rumor. Y, detrás de todo, la esfera. La revisé una vez más desde una colina despejada. Alta, silenciosa, inmóvil a simple vista. En mi visión, el núcleo hervía, y el halo —ese patrón externo— seguía firme, como un candado que espera una llave. Diez años es un margen amplio; demasiado cómodo para bajar la guardia.

—Te veré mañana, o en cuatro inviernos —murmuré, sin saber si le hablaba a la esfera o a mí mismo.

A media tarde, los primeros puestos que anuncian Delarus desplegaron su rutina de cantos y regateos. La ciudad me recibió igual que la dejé: portón con muescas de viejas reparaciones, guardias que reconocen la capa antes que el rostro, y ese olor a especias baratas mezcladas con madera mojada que se queda pegado en las manos. Presenté credencial, saludé por apellido y avancé.

Mela me abrió la puerta con los brazos cruzados y la ceja arqueada de la ley. No preguntó: hizo inventario. Polvo en la capa, nicks en las botas, el gesto de quien durmió poco y pensó demasiado.

—Llegas a tiempo para la cena —dictaminó, lo que en su idioma significa “bienvenido y lava esas manos antes de tocar mi mesa”.

Dejé la mochila en el estudio. El cuarto olía a tinta seca y a metal. Mis herramientas de encantamiento básico seguían donde las había dejado, menos un martillo que juraría no presté. Max asomó la cabeza desde lo alto de una estantería, parpadeó con seis ojos, y saltó a mi hombro como si hubieran pasado horas, no meses. Pelusa abrió un ojo desde su rincón y decidió que mi regreso no ameritaba mover más de una oreja.

—Estoy en casa —dije, y la palabra “casa” no sonó a punto final, sino a respiro.

En la mesa, Mela sirvió sin ceremonia. Hizo dos preguntas seguidas que en realidad eran una: «¿Comiste? ¿Te metiste en líos?». Respondí “sí” y “no” en un orden que la dejó relativamente satisfecha. Le hablé poco: del gremio de magos, de los encargos de encantamiento, de un dragón lejano en una cordillera más lejana. No mencioné la esfera; eso será conversación para Zakhal y Aelinne.

Subí al estudio cuando la casa quedó quieta. Abrí un cuaderno nuevo y escribí tres líneas:

1. Esfera: halo de contención estable. Crecimiento lento + absorción acelerada = evento < 10 años.

2. Salto: contención previa reduce fallos ~80%. Limitar distancia. Probar con masa mayor (inertes).

3. Próximo objetivo: Cordillera del Wyrm Rojo. Logística. Guías. Viento dominante. No morir.

Cerré el cuaderno. Afuera, Delarus respiraba con su ruido amable. Mañana tocará informar a mis padres, visitar el gremio local y empezar a convertir la idea del Wyrm Rojo en un itinerario decente. Esta noche, en cambio, dejo que el cuerpo recuerde dónde están las sábanas viejas y el cuello de la almohada.

No dije “fin”. Solo apagué la lámpara. Y en la oscuridad, por un segundo, creí sentir el zarpazo minúsculo de la ansiedad. Lo nombre “tiempo” y lo dejé ir.

Mañana empezamos de nuevo. Aquí. En Delarus.

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