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Chapter 57 - capítulo 57

Capítulo 57

La luz de la mañana entraba por los ventanales del taller de Hespar, las mesas cubiertas de herramientas, frascos y fragmentos de minerales. El aroma metálico de la plata refinada y el sutil olor a madera aceitada se mezclaban con el murmullo de limas y cinceles.

Hespar estaba inclinado sobre un proyecto propio, pero sus ojos no dejaban de seguir mis manos.

—Si sigues así, en un mes tendré que pedirte que me enseñes a mí —bromeó, sin apartar la vista del cristal que estaba puliendo.

—Si eso pasa, voy a cobrarte por hora —le respondí mientras ajustaba una runa de fijación en una varilla de cobre.

No había tensión en el aire. El trabajo fluía, cada pieza encajaba sin esfuerzo. Había pasado de preguntar constantemente a Hespar a resolver la mayoría de los problemas sobre la marcha. Ahora, lo que me corregía eran detalles finos, más de estilo que de técnica.

Poco antes de la segunda campana, dejé listo el último encargo de la mañana: una cerradura encantada para un mercader que insistía en proteger sus mercancías “hasta de las ratas más listas”. Hespar revisó la pieza y asintió, dándome una palmada en el hombro.

—Vete al gremio, muchacho. Cuanto antes metas esos papeles en las manos correctas, antes te darán lo que buscas.

No hizo falta repetírmelo. Guardé mis cosas, me lavé las manos en el pequeño lavabo del taller y salí a la calle. Ars estaba viva; el barrio de los gremios hervía con vendedores ambulantes, aprendices corriendo con carpetas bajo el brazo, y magos de túnicas coloridas discutiendo en voz baja en las esquinas.

Entré al gremio de magos y el sonido cambió: el bullicio de la calle quedó atrás, reemplazado por el susurro constante de plumas sobre pergamino y el paso medido de botas en corredores alfombrados.

Fui directo a la sección de administración, donde el bibliotecario de túnica gris —el mismo que me había explicado sobre los requisitos — acomodaba una pila de libros en un carrito.

—Ah, joven Alerion. ¿Viene a entregar algo?

Saqué dos carpetas de cuero, cada una atada con cordón.

—Mis investigaciones. Una sobre magia de rayo avanzada, otra sobre magia peso.

Alzó una ceja al escuchar los títulos, como si dudara si lo decía en serio.

—Son… campos poco comunes.

—Lo sé. Por eso creo que pasarán la revisión.

El hombre tomó las carpetas con cuidado y las dejó sobre una mesa detrás del mostrador.

—El proceso es sencillo, pero no rápido. Pasarán por tres revisores distintos, de diferentes regiones, para evitar sesgos. Si todos coinciden en que son originales, prácticas y reproducibles… —hizo una pausa para ajustar sus gafas— …su ascenso será automático.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—Entre una y tres semanas. Depende de la carga de trabajo y de si alguno de los revisores es demasiado meticuloso.

Asentí. No era inmediato, pero era lo más rápido que podía conseguir.

Mientras hablábamos, un joven mago de cabello rizado se acercó y echó un vistazo rápido a las carpetas.

—¿Esos diagramas son suyos? —preguntó con curiosidad.

—Sí.

—Tienen un orden poco común… casi como si fueran mapas más que fórmulas.

—Es mi forma de pensar —respondí, sin añadir más.

No insistió, pero lo vi seguir mirándome de reojo mientras se alejaba con un libro bajo el brazo.

Antes de salir, me acerqué al tablón de investigaciones y solicitudes. Había de todo: desde estudios sobre nuevas combinaciones de hierbas mágicas hasta búsquedas de voluntarios para expediciones peligrosas en el norte. Nada que me interesara de momento, pero memoricé un par de nombres. Nunca se sabía cuándo una conexión podía ser útil.

Con el trámite hecho, salí de nuevo a la calle, el aire fresco golpeándome la cara. Tenía el resto de la mañana libre antes de ir al dojo, y una parte de mí quería desviarse y explorar más de Ars.

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El sol estaba en su punto más alto cuando crucé el portón del dojo. Algunos aprendices interrumpieron sus ejercicios para saludarme con una inclinación breve; otros solo me miraron con esa mezcla de respeto y curiosidad que nace cuando alguien nuevo destaca demasiado pronto.

—Llegas tarde—comentó uno de los jóvenes, un chico moreno con una cicatriz en la ceja—. La señora Reida dijo que hoy te probaría de verdad.

No supe si lo dijo como advertencia o como motivación. Me limité a sonreír.

En el tatami central, Reida estaba sentada con las piernas cruzadas, observando un combate entre dos practicantes de rango santo. Cuando me vio, hizo un gesto para que me acercara.

—Alerion. Hoy no hay ejercicios de base para ti. —Se giró hacia uno de los luchadores, un hombre alto, de hombros anchos y mirada tranquila—. Rygar, tendrás un nuevo compañero.

El hombre me midió de arriba abajo, sin arrogancia pero con esa seguridad que tienen los que saben lo que hacen. Tomamos nuestras posiciones.

—Listos —dijo Reida.

Rygar abrió con una guardia sólida, casi impenetrable, propia del estilo del Dios del agua. Yo avancé con pasos medidos, probando su defensa con cortes controlados. Bloqueaba todo, como si adivinara cada movimiento. Intenté cambiar el ritmo, deslizarme hacia su flanco, pero él ajustaba su postura sin dejar huecos.

Entonces recurrí a lo que había practicado en secreto: intercalar bloqueos y desvíos propios del estilo del Dios del norte. Cuando su espada descendió en un corte diagonal, no retrocedí; intercepté con un bloqueo rígido, desvié su filo y giré en un contraataque rápido. No era un movimiento típico del Dios del agua, y eso lo tomó por sorpresa.

El choque duró varios intercambios más, pero finalmente logré llevarlo contra la pared del tatami. No lo derroté de forma aplastante, pero fue suficiente para que Reida levantara una ceja.

—A un paso del Flow, ¿eh? —comentó, como si estuviera pensando en voz alta—. No es algo que diga a menudo.

Me limité a asentir, controlando la respiración. El Flow… la esencia misma del estilo. Que ella lo mencionara no era poca cosa.

—Oye, ¿siempre peleas así? —preguntó una voz femenina a mi izquierda.

Era Isolte, de pie junto a un grupo de aprendices. Tenía una expresión curiosa, aunque en sus ojos había un brillo competitivo.

—Solo cuando me pagan por ello —respondí, con media sonrisa.

Ella alzó una ceja, como evaluando si estaba bromeando.

—Mañana entrenemos juntos. Quiero ver si esa mezcla rara de estilos funciona contra mí.

Antes de que pudiera responder, Reida intervino con un tono juguetón:

—Me parece una gran idea. Así ninguno se aburre… y además, Alerion tiene tu tipo, Isolte.

La reacción fue inmediata. Isolte se irguió un poco, intentando mantener la compostura, pero el leve rubor en sus mejillas la delataba. Yo, por mi parte, solté una leve risa.

—Eso explica muchas cosas —dije, sin especificar qué cosas.

El murmullo entre los aprendices aumentó, y Reida parecía disfrutarlo. Finalmente, hizo un gesto para que retomáramos el entrenamiento. El resto de la tarde pasó en una mezcla de ejercicios técnicos y combates cortos, pero mi atención ya estaba puesta en el encuentro de mañana.

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Despuésde cenar en la posada retomé mi ahora paseo rutinario. El aire fresco del anochecer y el zumbido lejano de las calles principales invitaban a caminar sin rumbo fijo. Dejé atrás las avenidas iluminadas y me interné en un barrio menos transitado, donde los faroles eran más escasos y las sombras parecían ganar terreno.

Era una zona de pequeños talleres: alquimistas, herbolarios y artesanos que trabajaban hasta tarde. El olor a hierbas secas y resinas calientes se mezclaba con el humo de hornos de piedra. Me detuve frente a un puesto improvisado, apenas una mesa cubierta con paños azules y un surtido de amuletos, fragmentos de cristal y saquitos con polvo aromático.

—Tú eres el joven que trabaja con Hespar, ¿no? —preguntó el hombre detrás de la mesa. Tenía el cabello blanco, recogido en una coleta, y unos ojos azules que parecían ver más allá de lo obvio.

—Supongo que sí —respondí, examinando un amuleto tallado con runas simples.

—Te he visto por aquí, y me contaron que eres rápido para aprender. —Su tono no era adulador, más bien el de alguien que toma nota de un dato útil—. A veces preparo pedidos para el dojo del Dios del agua. Si necesitas algo especial, pasa por aquí antes de ir al mercado central. Sale más barato… y mejor hecho.

Le agradecí, memorizando la ubicación del taller. No todos los contactos valen oro, pero algunos ahorran mucho tiempo.

Seguí mi camino, cruzando una callejuela donde un grupo de niños jugaba con una pelota hecha de trapos. Me sorprendió reconocer entre ellos al mismo chico que había robado fruta el días atrás. Estaba más limpio, aunque igual de delgado. Cuando me vio, se quedó quieto un instante, como si no supiera si saludar o echar a correr.

Me limité a hacerle un gesto con la cabeza y seguir andando. A mi espalda, escuché el murmullo de los otros niños preguntándole quién era yo. No me interesaba la respuesta.

El resto del paseo fue tranquilo. Pasé por un callejón donde un aprendiz de alquimista cerraba las ventanas para que el olor a azufre no invadiera toda la manzana. Un perro callejero me siguió un tramo, hasta que encontró algo más interesante en un montón de basura.

Cuando regresé a la posada, las luces del comedor ya estaban apagadas. Subí a mi habitación y dejé la capa sobre la silla. Desde la ventana, veo que me depara el futuro.

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