Becky miraba a todos lados con impaciencia.
—Cálmate, Becky. Tu amiga ya aparecerá —dijo su madre con una sonrisa tranquila.
—Sí, dijo que no demoraría —añadió su padre, cruzado de brazos.
Becky había escuchado de Anya tantas veces lo "genial" que era su padre. Becky en su imaginación había construido una imagen alguien sonriente, carismático… quizá incluso divertido.
Pero, cuando vio a su amiga tirar del brazo de un hombre alto, vestido de negro, de expresión severa y mirada penetrante, parpadeó varias veces.
¿Eso es GENIAL? —se quejó mentalmente.
Anya, completamente ajena al conflicto interno de su amiga, sonrió con orgullo.
—¡Señor y señora Backbell! Les presento a mi padre, Severus Snape.
Severus inclinó apenas la cabeza, con formalidad impecable.
—Buenas tardes.
Su voz era baja, pausada y perfectamente educada, aunque distante.
Los padres de Becky intercambiaron una breve mirada antes de responder.
—Mucho gusto, señor Snape, me llamo Lucas Bacbell y esta es mi esposa Miranda Backbell—dijo el señor Backbell, extendiendo la mano.
Snape la estrechó con firmeza.
—El gusto es mío.
La señora Backbell sonrió con amabilidad.
—Becky nos ha hablado mucho de Anya. Dice que la defendió hoy.
Snape dirigió una breve mirada a su hija.
—¿Ah, sí?
Anya infló ligeramente el pecho.
—Solo defendi a mi amiga, papá.
Becky asintió con energía.
—Unos chicos estaban burlándose… y Anya los derribo.
Los ojos oscuros de Severus se afilaron apenas un segundo, pero su tono permaneció calmado.
—Entiendo.
Luego miró directamente a Becky.
—Me alegra saber que mi hija ha elegido bien a sus amistades.
—Me gustaría invitarles a cenar dijo el Sr. Blackbell
Severus rechazó la invitación de los Blackbell con una excusa breve: ya tenían planes.
Sin añadir nada más, tomó la mano de Anya y abandonaron el colegio. Caminaron en silencio hasta un callejón apartado, fuera de la vista de cualquiera.
—Resiste —murmuró Snape con voz baja—. Vamos a aparecer.
—¡Genial, papá! ¿Vas a usar teletransportación? —respondió Anya, entusiasmada.
Snape estuvo a punto de corregirla. Aparición, no teletransportación. Pero decidió dejarlo pasar.
Se concentró.
El mundo se comprimió en un instante incómodo, como si el aire mismo los apretara, y al siguiente ya no estaban allí.
Aparecieron en el Callejón Diagon.
Anya miró alrededor, confundida.
—Papá… pensé que iríamos directo a casa.
—Necesitamos comprar algo que te será útil —respondió él, sin detenerse, guiándola con firmeza.
La mente de Anya comenzó a correr a toda velocidad. ¿Qué podría ser?
¿Un gas para dormir? ¿Un bolígrafo de tinta invisible? ¿Una llave mágica capaz de abrir cualquier cerradura? ¿Una escoba voladora? ¿Una moto?
Pero todas sus ideas se detuvieron en seco cuando llegaron a su destino.
Una tienda de animales.
Al entrar, el lugar estaba lleno de criaturas: algunas comunes, otras claramente mágicas. El encargado se acercó… y se tensó al instante.
—P-profesor Snape… buenas tardes.
Había sido su alumno. Y, evidentemente, aún le temía.
—Quiero ver las lechuzas jóvenes que tienes —dijo Snape, seco.
Anya bajó la mirada.
—Papá… en el internado no nos permiten tener mascotas…
—No es una mascota —respondió él—. Es una lechuza para que puedas escribirnos, a León o a mí. Podrás mantenerla en el bosque del internado y llamarla cuando la necesites. Además, sabrá cazar.
El encargado parpadeó, sorprendido.
¿Esa niña… era hija de Snape?
Una mirada fría del profesor bastó para que reaccionara. Desapareció rápidamente por un pasillo y regresó con tres jaulas.
—Aquí están…
Una lechuza blanca.
Una gris.
Una marrón.
—Escoge —ordenó Snape.
Anya se llevó la mano al mentón, pensativa… hasta que sonrió.
—La blanca.
Snape pagó sin discutir y salieron de la tienda.
Minutos después, volvieron a aparecer.
El tirón fue incómodo, pero Anya resistió. El mundo se desdibujó y, en un instante, estaban en casa.
Apenas cruzaron la puerta, Loky corrió a recibirlos.
—¡Loky! —exclamó Anya, abrazándolo—. ¡Yo también te extrañé!
—Ve a cambiarte —indicó Snape—. Y lleva tu lechuza a tu cuarto.
Con un leve movimiento de varita, las maletas comenzaron a flotar hacia las escaleras.
—Papá —dijo Anya, ya subiendo—. No le digas "lechuza". Ya tiene nombre.
Snape alzó una ceja.
—Se llamará Bond.
La niña desapareció escaleras arriba.
Snape se dejó caer en el sillón, en silencio.
Su mente regresó al encuentro con Petunia… y a lo que Anya le había contado.
Había defendido a su amiga. Derribado a otros niños usando movimientos que León le enseñó en el orfanato.
No había usado magia.
"Papá, la estaban lastimando y humillando…"
Cerró los ojos un instante.
Tal vez… había hecho bien.
Mientras tanto en Hogwarts
En la sala común de Slytherin, Gemma Farley observaba el lugar con atención. Sabía que la ausencia del profesor Severus Snape era una oportunidad única para organizar una fiesta… pero había un problema: León.
Si quería que todo saliera bien, necesitaba su silencio.
León estaba conversando tranquilamente con Astoria Greengrass cuando Gemma se acercó.
—León, quiero hablar contigo. Sígueme —dijo con firmeza.
Los murmullos llenaron la sala común mientras ambos salían. Astoria sintió una incomodidad difícil de ignorar, y casi sin pensarlo, fue tras ellos.
—Astoria —la llamó Daphne Greengrass, alcanzándola—. ¿Vas a espiarlos?
—¿Qué? No… solo voy a la biblioteca —respondió, claramente nerviosa.
Daphne sonrió con picardía.
—Vamos juntas. Yo también tengo curiosidad.
Las dos hermanas salieron en silencio y pronto divisaron a Gemma y León conversando. Se escondieron rápidamente para escuchar.
—Bien, León, ¿qué opinas? —preguntó Gemma.
—Estoy de acuerdo —respondió él sin dudar.
Ambas hermanas intercambiaron miradas confundidas. Cada una interpretó esas palabras a su manera.
Astoria sintió un nudo en el pecho.
Daphne, en cambio, apenas pudo contener una sonrisa divertida.
Tan absortas estaban en sus pensamientos que no notaron que Gemma y León ya se habían acercado.
—Miren lo que tenemos aquí —dijo León con tono burlón.
Las hermanas se sobresaltaron, intentando excusarse torpemente. León las ignoró.
—Como decía, Gemma, estoy de acuerdo… pero con una condición —añadió—. Quiero participar en la fiesta. Y Astoria vendrá conmigo.
Gemma lo pensó por un momento. Su idea inicial era limitar la fiesta a estudiantes de quinto año en adelante.
Astoria sintió un inmediato alivio.
Daphne, en cambio, sintió una punzada de envidia.
—Casi lo olvido —continuó León con una leve risa—. También debemos incluir a Daphne.
Había sido una broma… pero efectiva.
—Está bien. Pero nadie más —aceptó finalmente Gemma.
—Trato hecho —respondió León.
Gemma regresó a la sala común, donde tres estudiantes la esperaban.
—¿Cómo te fue? —preguntó Mulciber.
—¿Aceptó? —añadió Rosier.
—Sí. Ahora debemos empezar con los preparativos —dijo Gemma con decisión—. Travis, busca a los Weasley, pideles la hidromiel y cerveza de mantequilla 2 barriles de cada uno.
—Voy ahora mismo —respondió Travis.
—Mira, acompáñame a la cocina. Necesitamos bocadillos.
—Claro —dijo ella.
—Frank, encárgate de la decoración y la música. Pide ayuda a Marcus y Melissa.
—Todo estará listo —aseguró Frank.
Sala comun de Slytherin
La sala común de Slytherin brillaba con una energía inusual. Las luces estaban atenuadas, la música encantada fluía entre las paredes de piedra, y grupos de estudiantes reían en voz baja mientras compartían bebidas.
Todo estaba bajo control.
Todo… excepto una persona.
—¿Cómo que no estoy en invitada? —la voz de Pansy Parkinson cortó el ambiente como un cuchillo.
Frente a ella, León ni siquiera se molestó en suavizar la respuesta.
—Exactamente así —dijo con calma—. No estás en invitada.
Pansy lo miró incrédula.
—Eso es ridículo. Soy parte de este grupo.
León ladeó ligeramente la cabeza, observándola como si evaluara algo trivial.
—Ese es el problema —respondió—. Creías que eras más importante de lo que realmente eres.
El golpe fue directo.
Cerca de ellos, Astoria Greengrass contuvo la respiración. Daphne Greengrass, en cambio, observaba con interés.
—Podría decirle todo a los profesores —espetó Pansy, con el rostro tenso—. Exponerlos a todos.
León sonrió apenas.
—Hazlo.
Pansy dudó.
—Y serás la paria de Slytherin —continuó él, acercándose un poco—. Sabes quiénes están aquí… y, más importante, sabes quiénes son sus familias.
El silencio se volvió pesado.
León bajó la voz, casi en un susurro:
—Pero si logras convencer a Draco Malfoy de venir contigo… podrías entrar.
Pansy no dijo nada más. Dio media vuelta y salió apresuradamente.
Astoria miró a León.
—¿De verdad crees que Draco vendra?
León soltó una pequeña risa.
—Claro que no. A Draco no le interesan estas cosas.
Hizo una pausa, con un brillo irónico en los ojos.
—Debe de estar ocupado persiguiendo a Harry Potter… y ahora Pansy estará persiguiéndolo a él.
Daphne dejó escapar una carcajada.
—Eso fue cruel.
Más tarde…
La fiesta continuó sin interrupciones.
La música subió ligeramente, y el ambiente se volvió más relajado. Las tensiones iniciales se disiparon poco a poco.
Astoria terminó en la pista improvisada cuando León le ofreció la mano.
—¿Bailas?
Ella dudó apenas un segundo… y aceptó.
El contraste era curioso: él, preciso y controlado; ella, más ligera, dejándose llevar. Aun así, se complementaban.
Después, fue el turno de Daphne, que no perdió la oportunidad.
—Espero que bailes mejor de lo que amenazas —dijo con una sonrisa desafiante.
—Siempre supero las expectativas —respondió León.
El tiempo pasó rápido.
Demasiado rápido.
Tras casi una hora, León observó alrededor y luego miró a las hermanas Greengrass.
—¿me siento mal por Pansy y Tracey?.
Astoria frunció el ceño.
—¿Pansy?
—Y Tracey Davis —añadió Daphne.
León asintió.
—Vamos por ellas.
🚪 En el dormitorio de las chicas
El ambiente era completamente distinto.
Silencio. Oscuridad. Frustración.
Pansy estaba sentada, claramente molesta. Tracey, a su lado, parecía más decepcionada que enfadada.
La puerta se abrió.
Las tres levantaron la vista.
—¿Van a quedarse aquí toda la noche? —preguntó Daphne, apoyada en el marco.
Pansy entrecerró los ojos.
—¿Vienes a burlarte de mi?
—No —respondió ella—. Vengo a invitarlas.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué? —dijo Tracey, sorprendida.
—La fiesta sigue. Y ahora pueden venir.
Pansy dudó.
—¿Por qué?
-Somos amigas respondio Daphne
—Vamos. Está siendo divertida.
Daphne añadió:
—Y sería una pena que se la pierdan.
La resistencia de Pansy se rompió primero en orgullo… y luego en curiosidad.
—Bien —dijo finalmente.
🎉 De vuelta en la fiesta
Esta vez, la integración fue distinta.
Tracey se unió con facilidad, riendo y moviéndose entre los grupos.
Pansy tardó un poco más… pero cuando León la sacó a bailar, no se negó.
No era una reconciliación.
Pero tampoco era una derrota.
La fiesta continuó sin incidentes.
🌅 A la mañana siguiente
La sala común estaba impecable.
Ni una sola evidencia.
Cuando Severus Snape entró, su mirada recorrió cada rincón con precisión.
Todo en orden.
El regreso de Severus Snape a Hogwarts no pasó desapercibido por los estudiantes.
A su vuelta, esperaba lo de siempre: silencio, temor, miradas esquivas.
Pero no fue así.
Mientras caminaba por los corredores del castillo, algo era… distinto.
Los estudiantes lo miraban. No con miedo. No con respeto.
Había algo más.
Diversión.
Algunos murmuraban entre ellos. Otros bajaban la cabeza… demasiado tarde.
Incluso creyó escuchar una risa.
Snape se detuvo un instante, su capa negra agitándose levemente.
Eso no era normal.
No dijo nada. No hizo nada. Pero sus ojos se entrecerraron con desconfianza.
Algo había pasado.
Ya en su oficina, intentó ignorarlo.
Colocó varios ingredientes sobre la mesa: raíz de asfódelo, acónito, frascos cuidadosamente etiquetados. La enfermería necesitaba reposición, y trabajar siempre le resultaba más sencillo que pensar.
Sin embargo, su mirada se desviaba constantemente hacia el reloj.
El tiempo.
Anya estaba sola.
Había prometido no tardar.
Su mandíbula se tensó.
Un leve susurro en el aire interrumpió sus pensamientos.
Un pergamino doblado en forma de ave cruzó el aula y aterrizó frente a él.
Snape lo tomó con desconfianza y lo desplegó.
Albus Dumbledore.
Por supuesto.
Minutos después, Snape atravesaba la puerta de la oficina del director.
—¿Qué sucede, director? —preguntó sin rodeos.
Dumbledore lo observaba con esa calma irritante.
—Severus… ¿has reconsiderado tu postura respecto a la poción matalobos?
Snape ni siquiera dudó.
—Mi trabajo es enseñar. Si algún miembro del personal necesita esa poción, puede comprarla… o encargarla.
—Damocles Belby está ocupado —respondió Dumbledore con suavidad—. Y Remus no puede conseguirla por su cuenta.
—No es mi problema.
Hubo un breve silencio.
—Deberían dejar esas rivalidades —continuó Dumbledore—. Después de todo, solo fueron… pequeñas bromas. Como lo ocurrido en Defensa Contra las Artes Oscuras.
Snape frunció el ceño.
—¿Qué ocurrió en Defensa Contra las Artes Oscuras?
Dumbledore dudó apenas un segundo.
—¿No lo sabías?
El silencio de Snape fue suficiente respuesta.
Entonces, Dumbledore le explicó.
El boggart.
La forma que había tomado.
La risa de los estudiantes.
La reacción fue inmediata.
Ira.
Fría. Precisa.
Peligrosa.
Snape sintió cómo la rabia le subía por la garganta.
No sabía a quién quería castigar primero: a Neville Longbottom… o a Remus Lupin.
—Ya, Severus —intervino Dumbledore con calma—. Fue una broma inofensiva. No te desquites con Neville. El chico ya ha sufrido bastante.
Snape chasqueó la lengua, conteniéndose con evidente esfuerzo.
—En cuanto a la poción… —retomó Dumbledore.
—No lo haré —cortó Snape.
—Severus —dijo el director con paciencia—, él necesita tu ayuda. Y no espero que lo hagas sin obtener nada a cambio.
Snape no respondió.
—Podría levantar ciertas restricciones… —añadió Dumbledore—. Permitir acceso a la red Flu a tu oficina, por ejemplo.
Eso lo hizo dudar.
Solo un instante.
Pero fue suficiente.
En su mente apareció una imagen clara:
Anya.
Sola en casa.
Sentada a la mesa del desayuno.
"¿A qué hora volverás?"
Snape apretó los puños.
Cerró los ojos un segundo.
Y decidió.
—Acepto —dijo finalmente, con voz seca—. Prepararé la poción.
Dumbledore sonrió levemente.
—Gracias, Severus. Estoy seguro de que Remus lo apreciará.
Snape no respondió.
