Cherreads

Chapter 24 - Capitulo 23

MATÍAS

Nadie hablaba.

Todos seguían mirándolo a él, como si Réen fuera una bomba a punto de estallar o desaparecer, no sabía cuál de las dos cosas temían más.

Yo sentía ese silencio en los huesos. Ese mismo silencio que precede a las malas decisiones en una trinchera, cuando nadie quiere ser el primero en decir lo inevitable.

Me aclaré la garganta.

No fue fuerte. No fue teatral.

Pero bastó.

—Réen —dije, con la voz grave, cansada, pero firme—. Ven. Hablemos tú y yo. En privado.

Todas las miradas se movieron al mismo tiempo.

Miranda dejó de llorar. Guillermo frunció el ceño. Agnes me miró con atención. Sara abrió la boca, como si fuera a protestar.

Réen alzó la vista hacia mí, desconfiado, tenso.

—¿Para qué? —preguntó.

No levanté la voz. No discutí. No expliqué.

—Para hablar —respondí simplemente.

Nada más.

El silencio volvió a caer, pero ahora era distinto. Más contenido. Más expectante.

Todos se miraron entre ellos, buscando permiso, objeción, apoyo. Nadie lo dio.

Réen dudó unos segundos. Lo vi en sus hombros, en la forma en que apretó la mandíbula. Finalmente asintió, casi imperceptible.

—Está bien.

No esperé más.

—Vamos a tu habitación —dije.

Me di la vuelta y empecé a caminar hacia las escaleras. No miré atrás. Conozco ese truco: si miras atrás, el otro siente que puede retroceder.

Subí los escalones despacio, con el ritmo de alguien que no huye ni arrastra a nadie.

Escuché sus pasos detrás de mí. Más ligeros. Más inseguros.

Llegamos al pasillo del segundo piso. El aire ahí estaba más quieto, más cerrado. Caminé unos metros hasta la puerta de su cuarto.

Abrí.

—Pasa.

Réen entró primero. Yo entré después y cerré la puerta con cuidado, sin hacer ruido. No quise que sonara a encierro.

Me giré hacia él.

—Siéntate.

No fue una orden, pero tampoco una sugerencia.

Réen obedeció. Se sentó en el borde de la cama, con la espalda recta, las manos apoyadas en los muslos, como alguien que espera un interrogatorio… o un golpe.

Yo no me senté.

Me quedé mirándolo unos segundos antes de hablar. No porque no supiera qué decir, sino porque sabía que lo que venía no tenía vuelta atrás.

—Voy a decirte algo primero —empecé, con la voz baja—. Algo que quizá nadie más aquí se atreverá a decirte nunca.

Réen no respondió. Levantó apenas la mirada, atento, tenso.

—Sé —continué— que nunca vas a contar todo. No lo que pasó realmente en ese lugar donde estuviste cautivo… ni lo que viviste antes, en ese pueblo, ni en el orfanato en Noruega.

Frunció el ceño.

—No porque seas cruel —aclaré—. Ni egoísta. Sino porque hay cosas que no se pueden poner en palabras sin que vuelvan a abrirte por dentro.

Respiré hondo.

—Tus padres, tus abuelos, tus hermanas… todos están preocupados por ti. Mucho más de lo que sabes. Y te voy a decir algo que no les dije a ellos.

Réen apretó las manos sobre sus muslos.

—Cuando entré a tu habitación esta noche para hablar contigo… —mi voz se quebró apenas, pero seguí— y no estabas… y vi la ventana abierta…

Levantó la cabeza de golpe.

—En mi mente pasaron muchas cosas —admití—. Demasiadas. Escenarios que no quiero volver a imaginar. Lugares, sirenas, cuerpos, llamadas que nunca debieron hacerse.

Tragué saliva.

—Y agradezco, con todo lo que me queda de fe, que todo eso haya sido solo mi imaginación. Que no fuera la realidad. Porque no sé si esta familia sobreviviría a perderte otra vez.

El silencio entre nosotros era espeso. Réen respiraba despacio, pero sus ojos brillaban.

—Ellos dicen que te entienden —seguí—. Dicen que quieren darte espacio. Pero no saben cómo hacerlo. No de verdad.

Él bajó la mirada.

—Y no los culpo —añadí—. Porque yo estuve ahí. Del otro lado.

Réen volvió a mirarme.

—Yo también vi morir gente —dije, sin rodeos—. Mucha. Hombres con los que compartí pan, frío, miedo. Vi caer a jóvenes que no deberían haber estado nunca en una guerra. Vi sobrevivir a los menos preparados… y morir a los mejores.

Mi voz se endureció.

—Y sobreviví yo.

Dejé que esa frase se quedara flotando.

—"¿Sabes lo que es despertarte todas las noches pensando que no deberías estar vivo?" —dije como si el fuera quien me hiciera esa pregunta —. "¿Que el que cayó a tu lado lo merecía más que tú?"

Réen tragó saliva.

—Claro que lo se, eso no se va —continué—. Nunca. Se aprende a cargarlo. Mal. A trompicones. Pero no desaparece.

Me crucé de brazos, como si necesitara sostenerme.

—Yo sé lo que es no dormir. Sé lo que son las pesadillas que no se sienten como sueños, sino como recuerdos mal archivados. Sé lo que es despertarte sudando, con el corazón a punto de salirse del pecho, buscando un arma que ya no está ahí.

Réen susurró:

—Entonces… sí entiendes.

Asentí despacio.

—Sé lo que es la depresión que no te tira a la cama… sino que te vuelve funcional y vacío. Los pensamientos intrusivos. La paranoia. La desconfianza incluso de quienes amas.

Me acerqué un paso.

—Yo también aprendí a leer habitaciones. A ubicar salidas. A no darle la espalda a nadie. A no confiar en el silencio.

Réen cerró los ojos un segundo.

—Pero no viviste lo que yo —dijo en voz baja—. No te hicieron… no te obligaron a…

—No —lo interrumpí con firmeza—. No viví tus torturas. No fui obligado a matar niños para seguir respirando.

Bajé la voz.

—Pero sí fui obligado a matar personas que tenían miedo. Personas jóvenes. Chicos que temblaban igual que yo. Que no querían estar ahí.

Lo miré directo a los ojos.

—Y eso también te rompe algo adentro.

Réen respiraba con dificultad ahora.

—La diferencia —continué— es que tú eras un niño cuando empezó. Y nadie debería pedirle a un niño que sobreviva a eso.

Sus labios temblaron.

—Por eso —dije—, aunque ellos te digan "te entendemos", yo soy el único en esta casa que puede decirte esto sin mentir:

Me incliné apenas hacia adelante.

—Te creo. Te creo cuando dices que el frío te calma. Te creo cuando dices que salir es la única forma de no explotar. Te creo cuando dices que no estás listo para ser hijo, hermano o nieto.

El silencio era total.

—Y aun así —añadí, más suave—, también sé que aislarte no te va a salvar.

Réen apretó los puños.

—No quiero que me miren romperme —murmuró—. No quiero que me vean… así.

—Lo sé —respondí—. Yo tampoco quería.

Me enderecé.

—Pero te voy a decir algo que nadie más se atreverá: no te están vigilando porque desconfíen de ti. Te están vigilando porque no sobrevivirían a perderte otra vez.

Réen levantó la vista, con los ojos húmedos.

—Yo no quiero desaparecer —dijo—. Solo… quiero silencio.

Asentí.

—Entonces hagamos esto bien —le dije—. No te voy a prometer que no me preocuparé. Mentiría. Pero sí puedo prometerte que, cuando salgas, no te seguiré como un carcelero.

Frunció el ceño.

—¿En serio?

—En serio —confirmé—. Pero necesito algo a cambio.

—¿Qué?

—Que cuando el ruido sea demasiado… —me toqué el pecho— no te vayas solo siempre. Que, a veces, vengas a buscarme a mí.

Me miró, sorprendido.

—No para hablar —aclaré—. No para explicar. Solo para sentarte en silencio. Como dos soldados que no necesitan palabras para entenderse.

Réen respiró hondo. Una lágrima le cayó por la mejilla sin que la limpiara.

—No sé si puedo —susurró.

—Yo tampoco sabía —le respondí—. Y aun así, aquí estoy.

Réen no me miró cuando habló.

Miró su mano.

La izquierda.

La cicatriz le cruzaba el dorso y desaparecía en la palma, vieja, mal cerrada, demasiado recta para ser un accidente.

—Estoy cansado —dijo.

Su voz no tembló al principio. Eso fue lo que más me alarmó.

—Tan… tan… tan cansado —repitió, como si cada "tan" pesara más que el anterior—. Cansado de sentir esto.

Levantó la mano frente a sus ojos.

—No duele —añadió—. No de verdad. No ahora. Pero está ahí. Siempre. Como si todavía lo tuviera atravesado.

Mi estómago se contrajo.

—Yo tenía… diez. Tal vez once —continuó— cuando pasó.

Levanté la vista de golpe.

—Réen…

—Tú crees que esta cicatriz fue una máquina —me interrumpió sin mirarme—. Que estaba reparando algo en el pueblo. Que me atravesé la mano por torpe.

Se rio. Un sonido seco, sin humor.

—Eso es lo que dije. Porque era más fácil.

Tragué saliva.

—Estábamos entrenando —siguió—. El suelo estaba helado. Sucio. Rasposo. Había caído tantas veces que ya no sentía las rodillas. No respondí lo suficientemente rápido.

Apretó los dedos.

—Me empujó al suelo. Me sostuvo la mano. Y el cuchillo… —su respiración se cortó— no fue rápido.

Cerré los puños sin darme cuenta.

—La dejó ahí —susurró—. Clavada contra el suelo. Como si fuera parte de él. Y se rió. Dijo que era una "lección". Que así aprendería a no dudar.

Mi garganta ardía.

—Yo gritaba —admitió—. No de dolor al principio. De sorpresa. Después… ya no gritaba. Porque entendí que no importaba.

Se quedó en silencio unos segundos.

—Y aún así —añadió—, cada vez que cierro la mano… siento que sigue ahí.

No dije nada. No podía.

Entonces siguió.

—Estoy cansado de soñar con el campo de tiro.

Se me heló la sangre.

—No eran blancos —dijo—. Eran personas. Atadas. De pie. Como si fueran cosas. Nos decían que no pensáramos. Que apuntáramos. Que disparáramos.

Se llevó ambas manos al rostro.

—Yo tenía un arma apuntándome a la cabeza —su voz se quebró—. Siempre. Si no disparaba… no sobrevivía.

Respiró hondo, pero el aire parecía no llegarle.

—Todavía veo sus caras —dijo—. El terror. La forma en que me miraban como si yo pudiera salvarlos. Su cuerpo empezó a encogerse sobre sí mismo.

—Gritaban —susurró—. Algunos rezaban. Otros lloraban. Otros solo me miraban… como si ya supieran.

Apreté los dientes.

—Cuando disparaba… —se detuvo— no quiero decirlo.

—Réen —murmuré—, no tienes que—

—Sí tengo —me cortó—. Porque está aquí todo el tiempo.

Se encorvó más.

—Los oía caer. O no caer. A veces solo… quedarse ahí. Y después ya no gritaban.

Se quedó mirando el suelo.

—El olor no se va —dijo—. Aunque me lave. Aunque me bañe. Lo huelo en las manos. En la ropa. En la piel.

Mi respiración era pesada.

—A veces —continuó— todavía siento el sabor. Como si no se hubiera ido nunca.

Se llevó una mano a la boca, apretándola.

—Y estoy cansado, Matías —dijo por primera vez mi nombre—. Cansado de recordar. Cansado de despertar empapado. Cansado de no poder cerrar los ojos sin volver ahí.

Su voz empezó a romperse.

—Cansado de fingir que soy normal. Cansado de mentirles. Cansado de que me miren esperando que esté bien.

Se cubrió completamente el rostro con las manos.

—Yo era un niño —sollozó—. Yo era solo un niño…

El llanto lo golpeó de golpe. No fue contenido. No fue digno.

Fue crudo. Desesperado. De esos que nacen desde el fondo del pecho.

Su cuerpo se sacudía.

—No quiero recordar más —lloró—. No quiero… no quiero seguir cargando esto…

Me acerqué sin pensar y me arrodillé frente a él.

—Réen —dije con la voz rota—. Escúchame.

No levantó la cabeza.

—Mírame —le pedí.

Tardó unos segundos, pero lo hizo. Sus ojos estaban rojos, inundados.

—Tú no eras el monstruo —le dije con firmeza—. El monstruo era el sistema que te puso ahí. El adulto que te hizo eso. El mundo que permitió que un niño sobreviviera a costa de romperse.

Negó con la cabeza.

—No —sollozó—. Yo disparé.

—Sobreviviste —respondí—. Y sobrevivir no te hace culpable.

Lo abracé.

No como un abuelo.

No como una autoridad.

Como alguien que sabía exactamente lo que era romperse por dentro.

Y lo dejé llorar.

No lo solté.

No cuando sus hombros empezaron a sacudirse más fuerte.

No cuando el llanto dejó de ser sonido y se volvió respiración rota, espasmos que parecían arrancarle el aire.

No cuando enterró la cara contra mi pecho como si tuviera ocho años otra vez.

Lo sostuve como no pude sostener a muchos otros.

—Respira —le dije despacio, grave, marcando el ritmo con mi propia respiración—. No rápido. Conmigo.

No me hizo caso al principio. No podía.

Así que me quedé ahí, siendo ancla, siendo suelo firme.

—Escúchame, muchacho —murmuré, apoyando una mano en la parte de atrás de su cabeza—. Escúchame aunque no puedas creerme todavía.

Sus dedos se aferraban a mi camisa como si soltarme fuera caer.

—Tú no fallaste —le dije—. Te pusieron una pistola en la cabeza y te dijeron que eligieras quién moría. Eso no es elección. Eso es coerción. Eso es guerra sucia.

Levantó apenas la cabeza, los ojos hinchados, vidriosos.

—Yo los vi morir —susurró—. Yo apreté el gatillo.

—Y yo también —respondí sin esquivarlo—. Yo también apreté el gatillo.

Y todavía sueño con caras que no recuerdo haber visto de día.

Se quedó quieto. Eso lo detuvo.

—Yo tenía veinte —seguí—. Creía que era un hombre. Creía que entendía el mundo.

Y aun así… —tragué saliva— aun así me rompí igual.

Apoyé la frente contra la suya un segundo.

—No te voy a mentir, Réen. Esto no se va del todo. Nunca.

Pero se puede aprender a cargarlo sin que te aplaste.

Se apartó apenas, lo justo para mirarme.

—¿Cómo? —preguntó con voz rota—. ¿Cómo se vive con esto sin… querer desaparecer?

Suspiré.

—Primero —dije—, dejando de mentirte a ti mismo.

Tú no sales al frío solo por calma. Sales porque ahí no te miran. Porque nadie te exige que estés bien.

Asintió, derrotado.

—Segundo —continué—, entendiendo que los que te aman no te persiguen para controlarte. Te persiguen porque ya te perdieron una vez… y no sobrevivieron bien a eso.

Sus labios temblaron.

—Yo sé que duele que te miren como si fueras frágil —añadí—. A mí me dolía. Me hacía sentir inútil.

Pero no es fragilidad lo que ven. Es valor… mezclado con miedo.

Se quedó en silencio.

—Y tercero —dije con firmeza—, necesitas al menos una persona que sepa la verdad.

No todo. No los detalles si no puedes.

Pero alguien que no se asuste cuando digas "sangre".

Alguien que no se vaya cuando digas "maté".

—¿Y quién? —susurró—. ¿Tú?

Lo miré directo a los ojos.

—Si me lo permites —respondí—. Sí.

Un sollozo nuevo le cruzó el pecho.

—No quiero hacerles daño —dijo—. No quiero que me vean así.

—Ya te vieron —le dije con suavidad—. Y aun así te están esperando abajo.

Se dejó caer hacia atrás, sentado en la cama, exhausto. Yo me enderecé despacio, pero no me alejé.

—No te voy a pedir que prometas no salir —continué—. Eso sería mentirte. Pero sí te voy a pedir algo.

Me miró, cansado hasta el hueso.

—Cuando salgas… deja una luz encendida. Una nota. Una señal de que vas a volver.

Sus ojos se cerraron.

—Y si una noche no puedes —añadí—, vienes a buscarme. No a tu madre. No a tus hermanas. Cómo te dije antes. Vienes a mí.

Abrió los ojos.

—¿Y si no puedo hablar?

—Entonces no hablas —respondí—. Te sientas. Respiras.

Yo me quedo.

El silencio entre nosotros ya no era un muro.

Era descanso.

—No estás roto sin arreglo, Réen —le dije al final—. Estás herido. Y las heridas no se curan solas… pero tampoco se curan escondiéndolas en el frío.

Y aunque seguía llorando, ya no lo hacía solo.

Lo vi agotarse frente a mí.

No fue de golpe.

Fue como ver apagarse una llama que llevaba demasiado tiempo luchando contra el viento.

Sus párpados estaban hinchados, rojos. La respiración aún le temblaba, pero ya no era pánico; era cansancio puro, hondo, de ese que se mete en los huesos y te roba la voluntad.

Me acerqué un poco más.

—Réen… —dije en voz baja—. Ya basta por hoy.

Él negó apenas con la cabeza, como si dormir fuera rendirse.

—No —murmuró—. Si duermo… vuelven.

Asentí despacio.

—Sí —admití—. A veces vuelven.

Se tensó.

—Pero esta noche no vas a estar solo —añadí enseguida—. Y eso cambia las cosas más de lo que crees.

Me senté al borde de la cama, sin invadirlo, dejando espacio.

—Escúchame bien —continué—. El cuerpo también tiene memoria. Y ahora mismo el tuyo está gritando que ya no puede más.

Miró sus manos, esas manos que habían sostenido armas, cuchillos, sangre… y que ahora temblaban como las de un niño exhausto.

—Dormir no es perder el control —le dije—. Es sobrevivir un día más.

Tragó saliva.

—No quiero soñar —susurró.

—Entonces no te voy a pedir que sueñes —respondí—. Te voy a pedir que descanses. Aunque sea a ratos. Aunque sea superficial.

Tomé la manta que estaba doblada a los pies de la cama y se la pasé con cuidado.

—Acuéstate.

Dudó unos segundos… y finalmente obedeció. Se recostó de lado, encogido, como si el mundo aún pudiera atacarlo incluso ahí.

Apagué la luz principal y dejé encendida solo la lámpara pequeña del buró.

—No cierres los ojos aún si no quieres —le dije—. Solo respira.

Me quedé sentado ahí.

—Voy a quedarme —añadí, antes de que preguntara—. No toda la noche, pero el tiempo suficiente.

Sus labios temblaron otra vez.

—¿Y si…? —empezó.

—Si te despiertas —lo interrumpí—, voy a estar cerca. Y si no estoy, sabrás dónde encontrarme.

Sus ojos se cerraron lentamente, no del todo confiados, pero vencidos por el cansancio.

—Duerme, muchacho —murmuré—. Mañana… mañana vemos cómo se sigue viviendo.

Y mientras su respiración empezaba, por fin, a hacerse más lenta, me quedé ahí, en silencio, velando un sueño que había tardado trece años en atreverse a llegar.

More Chapters