[Luneth]
Con el té ya servido y las risas disipándose poco a poco, el ambiente volvió a una calma más íntima. Demasiadas emociones para una sola tarde… y aún así, nadie parecía tener prisa.
—Vayan al jardín —les dije a los niños, suavizando la voz—. Miya, Mariela, acompáñenlos, por favor.
Isen y Niva no esperaron una segunda orden. Salieron casi corriendo, seguidos de Miriel y Alenya, mientras el lobo-dragón se levantaba con pereza y los siguió, moviendo la cola como si entendiera perfectamente que ese era su turno de vigilancia… o de juego.
Liana se puso de pie poco después, limpiándose las manos en el delantal.
—Yo… volveré a la cocina —dijo con una sonrisa algo incómoda—. Es donde más a gusto estoy.
Nareth la miró de inmediato.
—Liana…
—No voy a hacer nada indebido —se apresuró a decir—. Solo… estar ahí.
La miré unos segundos y suspiré.
—Está bien —cedí—. Pero no cargues nada pesado, no limpies, no...
—No haré nada —respondió ella, resignada.
Roderic se levantó con ella y Joren los siguió, inclinándose con respeto antes de salir.
Cuando la puerta se cerró, la sala quedó mucho más silenciosa.
Solo nosotros.
Nareth y yo.
Sivelle, de pie junto a una columna.
Neyreth, sentado, con varias tazas aún frente a él.
Notch y Seraphine, uno a cada lado de la mesa.
Y Rhaella, apoyada en el respaldo de su silla, observándolo todo con atención.
—Bien —dije finalmente—. Ahora sí.
Seraphine cruzó las manos sobre la mesa.
—Supongo que este es el momento en que dejamos de fingir calma.
Notch asintió.
—Exactamente.
Miré a Neyreth. Estaba escuchando, pero también se le notaba cansado, los hombros un poco caídos, la mirada más apagada de lo que él mismo intentaba aparentar.
—No vamos a interrogarte —le dije antes de que pudiera tensarse—. Ya has pasado por suficiente.
Neyreth relajó apenas la mandíbula.
—Gracias.
Rhaella fue la primera en romper el silencio.
—Aun así —dijo—, hay algo que no me cuadra.
—Siempre hay algo que no te cuadra —murmuró Sivelle.
Rhaella le lanzó una mirada, pero siguió.
—Si Neyreth está así de inestable… —miró las tazas—, y si ese método de nodos lo deja al borde del colapso… ¿por qué seguir usándolo?
Neyreth bajó la vista.
—Porque fue lo único que tuve durante años.
Notch frunció el ceño.
—Eso ya no es cierto.
—Lo sé —respondió Neyreth—. Por eso estoy aquí.
Me apoyé en el respaldo de la silla.
—Y por eso vamos a cambiar las cosas —dije con firmeza—. Neyreth no volverá a entrenar solo, ni a experimentar sin supervisión.
—¿Supervisión? —repitió él, con una mueca divertida—. Suena restrictivo.
—Suena a que sigas vivo —respondió Nareth con voz seca.
Sivelle asintió lentamente.
—Tiene razón. Lo que hiciste hasta ahora fue sobrevivir, no entrenar.
Seraphine observó a su sobrino con una mezcla de orgullo y preocupación.
—Eres fuerte —dijo—. Nadie aquí lo duda. Pero no tienes que demostrarlo cargando con todo tú solo.
Rhaella se inclinó un poco hacia adelante.
—Además —añadió—, si vas a romper las reglas de la magia… al menos hazlo con testigos.
Neyreth soltó una pequeña risa.
—Eso suena peligrosamente a una invitación.
—Es una advertencia —respondió ella, sonriendo.
Lo miré fijamente.
—Neyreth —dije—, ya no estás solo. No como antes. No como cuando caíste.
Sus ojos se alzaron hacia mí, y por un segundo vi algo temblar detrás de esa fachada tranquila.
—Lo sé —respondió en voz baja—. Y… aún me cuesta creerlo.
Notch fue quien rompió el silencio esta vez, apoyando el codo en la mesa y entrelazando los dedos.
—Por cierto —dijo, mirando a Neyreth con atención—. ¿Dónde están los Vion y los Shtile?
Neyreth negó con la cabeza con calma.
—El marqués Shtile tiene una residencia aquí, en la capital. Está alojando a los Vion por ahora. —Hizo una pequeña pausa—. Probablemente estén resolviendo asuntos propios… y recuperándose.
Seraphine arqueó una ceja.
—Eso suena a que hay una historia detrás.
—La hay —admitió Neyreth—. Es un poco sangrienta… pero al final fue bastante divertida.
Rhaella se inclinó hacia adelante, interesada.
—Ahora tienes que contarla.
Neyreth suspiró, resignado.
—Todo empezó después de salvar a los Shtile. Para entonces, el conde Vion ya me había propuesto formalmente el patrocinio, así que iba rumbo al Este para aceptarlo. Pero en el camino me topé con un ataque.
—¿Un ataque dirigido? —preguntó Nareth, serio.
—No a mí —respondió Neyreth—. A ellos.
Notch frunció el ceño.
—¿A los Shtile?
—Sí. —Asintió—. El marqués estaba viajando con sus hijas y algunos soldados. El problema es que él desarrolló hace años una enfermedad que le impide usar magia. No podía defenderse… y los atacantes eran muchos.
Seraphine apretó los labios.
—Eso no estaba en los informes.
—Porque no hubo sobrevivientes del lado atacante —dijo Neyreth sin dramatismo—. Pero antes de que llegara, ya habían matado a dos de sus soldados.
El ambiente se volvió un poco más tenso.
—Yo pasaba por ahí —continuó—. Intervine. Nada heroico, solo… necesario.
—¿Y los salvaste tú solo? —preguntó Rhaella, con una sonrisa que mezclaba orgullo y curiosidad.
—Con ayuda del terreno —respondió él—. Y de que no esperaban resistencia.
Notch soltó una risa breve.
—Eso explica muchas cosas.
Neyreth siguió:
—Después de eso, el marqués quiso recompensarme. Me ofreció oro, armas, tierras… lo rechacé todo.
—Por supuesto que lo hiciste —murmuró Sivelle.
—Entonces —añadió Neyreth—, su hija mayor dijo que me daría su mano en matrimonio como recompensa.
El silencio fue absoluto durante medio segundo.
—…¿Qué? —dijo Rhaella.
Seraphine abrió los ojos con sorpresa.
—¿Así, sin más?
—Tal cual —respondió Neyreth, encogiéndose de hombros—. Me pareció tan inesperado que me reí. Pensé que era una broma.
—Me negué, claro —continuó Neyreth—. No estaba interesado. Pero le dije algo a cambio.
—¿Qué? —pregunté, aunque ya intuía que no sería algo simple.
—Que entrenara. Que entrara a la academia. Que aprendiera a defenderse para que no tuviera que ofrecer su mano cada vez que alguien la salvara.
Rhaella soltó una carcajada.
—Eso es cruel… pero justo.
—El marqués se quedó pensativo —prosiguió—. Luego dijo que hablaría con el conde Vion. Al final llegaron a un acuerdo: el patrocinio existiría, pero oficialmente sería bajo el nombre del conde Vion.
Notch asintió.
—Tiene sentido. Evitar conflictos de lealtad.
—Exacto. El marqués no me reclamaría, no trabajaría para dos casas. Legalmente sería "del conde", por decirlo de algún modo.
—Pero… —Seraphine ladeó la cabeza—. Eso ya no aplica, ¿o sí?
Neyreth negó.
—No. Cuando desperté del coma, el marqués me explicó que el patrocinio se canceló.
—¿Cancelado? —repitió Rhaella—. ¿Por qué?
—Porque ustedes —dijo Neyreth, mirándonos—, mis padres… y el marqués… y Kyle…
Notch se quedó quieto.
—¿Kyle? ¿El heredero Vion?
—El mismo. —Neyreth sonrió levemente—. Resultó que, en lugar de un patrocinio individual, decidieron formar una alianza. Más limpia. Más conveniente para todos.
Nareth exhaló despacio.
—Así que ahora están ocupados con política.
—Exacto. —Neyreth asintió—. Por eso no los verán en unos días.
Seraphine se recargó en la silla, procesando todo.
—De verdad… —murmuró—. Te las arreglas para provocar alianzas incluso cuando intentas evitarlas.
Neyreth sonrió, cansado pero sincero.
—Nunca fue mi intención.
Me acerqué a él sin pensarlo demasiado. Alargué la mano y le acomodé un mechón plateado que le caía sobre los ojos, húmedo todavía por el baño. Estaba pálido, agotado, sosteniéndose más por terquedad que por fuerza.
—Ya fue suficiente por hoy —le dije con suavidad—. Entrenaste, hablaste, te emocionaste más de lo que deberías en tu estado… ¿no quieres dormir un poco?
Neyreth dudó apenas un segundo.
—Si no es molestia… —respondió en voz baja.
Notch soltó una risa corta.
—¿Molestia? —negó con la cabeza—. Muchacho, siéntete afortunado de que no te obliguemos.
—Ve a descansar —añadió Nareth—. Tu cuerpo lo necesita.
Seraphine asintió de inmediato.
—Dormir ahora mismo es una orden médica no oficial.
Sivelle dio un paso al frente.
—Yo lo acompaño.
—Yo también —dijo Rhaella de inmediato, levantando la mano—. Por si se cae en el camino.
Neyreth esbozó una pequeña sonrisa cansada.
—Gracias…
Se levantó con cuidado, apoyándose apenas en Sivelle. Antes de cruzar la puerta, se volvió hacia nosotros.
—Buenas noches… —dijo, todavía con esa forma contenida de hablar, como si temiera decir algo de más.
—Descansa —le respondí—. Aquí estaremos.
La puerta se cerró tras ellos, dejando la sala en un silencio extraño. Un silencio pesado, denso, como si todo lo que se había dicho y todo lo que aún faltaba por decir se hubiera quedado suspendido en el aire.
Durante varios segundos, nadie habló.
Fue Seraphine quien rompió el silencio.
—Luneth… —su voz tembló apenas—. ¿Cómo te sientes?
Levanté la vista hacia ella.
—¿Cómo…? —repetí, como si la palabra no tuviera forma.
Seraphine apretó los labios, los ojos brillándole.
—De un día a otro —continuó—. Pasar de creer que tu hijo estaba muerto… a saber que estuvo vivo todo este tiempo. Buscarlo durante meses. Encontrarlo… y no poder siquiera hablarle porque estaba en coma.
Tragué saliva.
—Y cuando por fin despierta —añadió—, enterarte de todo lo que vivió. Que fue cazado dos veces. Que intentaron asesinarlo familias nobles enteras. Que fue traicionado por la orden a la que pertenecía. Que casi muere… otra vez. —Hizo una pausa—. Y ahora esto de los nodos, su salud, sus recaídas…
Mi pecho se apretó.
—¿Cómo se supone que una madre… —su voz se quebró— … procesa algo así?
No pude responder de inmediato.
Sentí el ardor en los ojos antes de darme cuenta de que estaba llorando.
—No lo sé —dije al fin, con la voz rota—. De verdad no lo sé.
Me llevé una mano al rostro, respirando hondo, pero las lágrimas no se detenían.
—Durante diez años —continué—, todos decían que estaba muerto. Que tenía que aceptarlo. Que mis presentimientos eran delirios, episodios… trauma.
Notch bajó la mirada, serio.
—Yo lo sentía —susurré—. Cada vez que sufría… cada vez que estaba al borde de morir… lo sentía aquí. —Me presioné el pecho—. Y aun así, no podía hacer nada.
Nareth se acercó y puso una mano firme sobre mi hombro.
—Cuando salí del Norte —dije—, no sabía si estaba siguiendo pistas reales o fantasmas. Caminé pueblos enteros persiguiendo rumores de hace una década. Me aferré a migajas… porque si soltaba eso, lo perdía de verdad.
Seraphine se levantó y se arrodilló frente a mí, tomándome las manos.
—Y ahora lo tienes —dijo con suavidad—. Está vivo.
—Sí… —asentí, pero mi voz temblaba—. Pero verlo así… frágil, cansado, enfermo… sabiendo todo lo que cargó solo… —negué—. No puedo dejar de pensar que fallé.
—No fallaste —dijo Nareth con firmeza—. Sobrevivió. Eso no es un error.
—Pero fue cazado —insistí—. Traicionado. Usado. Sellado. Roto. Y aun así tuvo que aprender solo a sobrevivir.
Las lágrimas cayeron con más fuerza.
—Y ahora —añadí—, incluso con nosotros… sigue en peligro. Su magia, su sangre, esos nodos… todo lo que es lo hace un objetivo.
Seraphine apretó mis manos.
—Eso es cierto —admitió—. Pero esta vez no está solo.
Notch asintió.
—Ni lo estará nunca más.
Respiré hondo, intentando calmarme.
—Tengo miedo —confesé al fin—. No de perderlo otra vez… sino de no ser capaz de protegerlo ahora que lo tengo frente a mí.
Nareth se inclinó y apoyó su frente contra la mía.
—Entonces lo haremos juntos —dijo—. Como siempre debió ser.
Cerré los ojos.
***
[Eiren]
Ha pasado una semana desde que desperté.
Una semana entera… y, aun así, siento que el tiempo se me ha escurrido entre los dedos como arena húmeda.
O al menos eso me dicen.
Porque, para mí, esa semana ha sido poco más que dormir.
Dormir quince horas al día.
A veces más. A veces "solo" doce, si el cuerpo decidía ser misericordioso.
—Quince horas —me dijo uno de los médicos con tono clínico—. No es malo, es necesario.
Necesario… tal vez.
Frustrante, sin duda.
Cada vez que pasaban nueve horas sin que despertara, venían a revisarme. Si llegaba a diez, ya entraban dos. Pulsos, pupilas, flujo de maná, respiración. Siempre las mismas manos, las mismas expresiones tensas que intentaban disimular cuando yo abría los ojos.
—Todo está estable —decían.
—Su cuerpo se está recuperando.
—No fuerce nada.
Lo decían como si yo pudiera forzar algo.
La verdad es que, en esos días, apenas avancé. Dormir tanto no me ayudaba a mejorar más rápido; al contrario, sentía que me estancaba. Pero tampoco podía evitarlo. El cuerpo simplemente… se apagaba.
Y aun así, estar acostado todo el día era agotador.
Una ironía cruel.
Despertar.
Beber una infusión amarga.
Comer un poco, apenas lo suficiente para no marearme.
Meditar.
Eso era todo.
Cuatro horas, con suerte.
Cuatro horas en las que intentaba hacer algo útil: respirar con intención, ordenar el flujo de maná, escuchar mi propio cuerpo, sentir dónde dolía menos y dónde dolía más.
Después de eso… el cansancio caía como una losa.
No un sueño suave, no.
Era como si alguien apagara una vela desde dentro.
Volvía a dormir.
A veces me despertaba con la sensación de que no había pasado ni un minuto. Otras, con la garganta seca y el cuerpo pesado, como si hubiera corrido kilómetros sin moverme de la cama.
Hoy fue distinto.
Hoy, cuando abrí los ojos, la luz no me cegó.
—Ocho horas —me dijo Mariela, sonriendo con cuidado—. Esta vez dormiste ocho.
Ocho horas.
Para cualquiera, algo normal.
Para mí… fue un milagro.
Me quedé mirando el techo un buen rato, procesándolo, como si temiera que fuera un error.
Ocho horas significaba que el cuerpo ya no estaba colapsando.
Que, al menos por hoy, había decidido cooperar.
Respiré hondo. No dolió tanto.
Me senté despacio, esperando el mareo… pero no llegó con la violencia habitual. Solo una presión leve, manejable.
—No te emociones —me advertí a mí mismo.
Después de la infusión y un par de bocados de pan, pedí estar solo un momento. Nadie protestó. Ya sabían que, cuando lo pedía, no era por terquedad… era porque necesitaba escucharme.
Cerré los ojos.
Llevé la atención hacia adentro, hacia ese lugar donde el frío solía responder antes que cualquier otra cosa.
Primera variación.
Movilicé el flujo con cuidado, sin empujarlo, sin exigirle nada. Solo… dejándolo avanzar.
El frío apareció. Débil, contenido.
Esperé el dolor.
No llegó.
O, al menos, no como antes.
Hubo una punzada breve, soportable, como el recuerdo de una herida vieja en lugar de una herida abierta.
Abrí los ojos, sorprendido.
—…Bien —murmuré.
No era poder.
No era fuerza.
Pero era control.
—¿Quieres descansar otro poco? —preguntó Mariela con su voz suave, acomodando la bandeja vacía—. Aún estás despertando del todo. O… ¿quieres algo más?
La miré un segundo. Sabía que lo decía con cuidado, como si temiera que un paso mal dado me hiciera volver a caer en ese sueño interminable.
Negué despacio con la cabeza.
—No —respondí—. Si vuelvo a acostarme ahora, no me levanto en todo el día.
Mariela frunció ligeramente el ceño.
—Tu cuerpo todavía…
—Lo sé —la interrumpí, sin dureza—. Pero hoy desperté bien. Ocho horas. Eso no pasa todos los días.
Guardó silencio unos segundos, evaluándome con esa mirada que no era de sirvienta, sino de alguien que ya me conocía demasiado bien.
—¿Y qué piensas hacer?
Me incorporé del todo, apoyando los pies en el suelo. El frío de la piedra me recorrió las plantas, pero no me hizo temblar.
—Voy a meditar. Ahora mismo.
—¿Ahora? —repitió—. Acabas de despertar.
—Precisamente por eso —dije, mientras me levantaba con cuidado—. Tengo que aprovecharlo. Meditar todo el tiempo que mi cuerpo aguante.
Mariela suspiró.
—Joven maestro…
La miré, y por un momento no dije nada. Luego hablé más bajo.
—Si espero, se me va a ir. Y no sé cuándo volveré a sentirme así.
Ella me observó de arriba abajo, buscando señales de mareo, de debilidad, de algo que la obligara a detenerme.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó al final.
—Hasta que el cuerpo diga basta —respondí—. No más.
—Eso no me tranquiliza en absoluto.
Sonreí un poco.
—A mí tampoco. Pero es mejor que quedarme acostado esperando a cansarme de dormir.
Se acercó y me acomodó la bata sobre los hombros.
—Si te mareas, vuelves de inmediato.
—Lo haré.
—Si sientes dolor, paras.
—Sí.
—Si pierdes la noción del tiempo…
—Mariela —la interrumpí, divertido—. No voy a invocar nada raro. Solo meditar.
Ella alzó una ceja.
—Contigo, eso nunca es "solo".
No pude evitar reírme bajo.
—Tienes razón —admití—. Pero aun así.
Se quedó callada un momento y luego asintió.
—Está bien. Pero haré que nadie te moleste.
—Eso es justo lo que necesito.
—¿Quieres que te acompañe?
Negué.
—No. Prefiero ir solo.
Di un paso hacia la puerta y ella habló de nuevo.
—Joven maestro.
Me detuve y miré atrás.
—Si no regresas en un tiempo razonable, iré a buscarte.
—Eso también es razonable —dije.
Abrí la puerta y salí al pasillo. El aire era fresco, tranquilo, distinto al de la habitación cerrada. Cada paso se sentía… real.
Caminé despacio, sin prisa, escuchando el eco suave de mis propios pasos. El ala de entrenamiento estaba silenciosa a esa hora. El lugar donde estuve ayer aún conservaba esa calma pesada, casi expectante.
Empujé la puerta.
El espacio me recibió con el olor familiar de piedra fría y magia latente.
—Bien —murmuré para mí mismo, cerrando la puerta tras de mí—. Vamos a ver cuánto aguantas hoy.
Me senté en el mismo sitio, crucé las piernas y cerré los ojos.
Esta vez, no iba a desperdiciar ni un solo minuto.
Estaba a punto de comenzar.
Justo cuando iba a mover el maná por primera vez, algo me golpeó la cabeza.
—¡Au! —solté, llevándome la mano al lugar—. ¿Qué…?
No fue una mano.
Fue algo más… redondo.
Más duro.
Antes de que pudiera girarme del todo, sentí otro golpe.
Y luego un tercero.
—Oye, espera— empecé a decir, ya girándome.
Ahí estaba.
El dragón-lobo.
Detrás de mí, enorme, silencioso, con esa mirada imposible de leer. Su pata delantera aún estaba levantada, como si acabara de decidir que yo era un objeto apropiado para golpear.
—¿En serio? —murmuré—. ¿Eso era necesario?
Levantó la pata otra vez.
—No, no, ya entendí— dije rápido—. Mensaje recibido.
Bajó la pata, dio un paso al frente y luego se acomodó frente a mí. Se sentó con calma, erguido sobre sus dos patas traseras, la cola rodeándole el cuerpo. Quedó justo frente a mí, a una distancia incómodamente cercana.
Me miraba fijo.
—¿Qué quieres? —pregunté en voz baja.
No respondió.
En cambio, cerró los ojos.
Y entonces lo sentí.
El maná del dragón comenzó a moverse.
No fue brusco ni violento; fue profundo, antiguo, como si el aire mismo hubiera decidido fluir en otra dirección. Un instante después, un punto brillante apareció en su pecho.
Un nodo.
Grande.
Perfecto.
—…otra vez —susurré, reconociéndolo al instante.
El nodo comenzó a pulsar, y de él surgieron hilos de maná, como hebras de luz que se extendían alrededor de su cuerpo. Se desplazaban con precisión, rodeándolo, pasando por sus costados, envolviéndolo desde distintos ángulos hasta reunirse en su espalda.
Exactamente igual.
Lo mismo que vi la primera vez.
—Así que… era esto —murmuré.
Tragué saliva y cerré los ojos.
—Está bien… intentaré.
Comencé a mover mis nodos.
No fue sencillo. El movimiento del dragón era natural, fluido, como respirar. En cambio, yo tenía que pensarlo, sentir cada conexión, cada corte, cada reconexión.
La última vez que lo intenté en la cueva… dolió.
Mucho.
—Despacio —me dije—. Como entonces.
Y entonces lo recordé.
No el movimiento.
Sino la sensación.
El eco.
Aquella vez, su maná y el mío no se enfrentaron. Se sincronizaron. Como dos voces distintas cantando la misma melodía, separadas pero en armonía.
Me aferré a eso.
Dejé de forzar.
Escuché.
Y repetí el movimiento.
El escalofrío me recorrió de golpe.
—Ah… —exhalé.
Mis nodos reaccionaron.
Uno en cada brazo.
Uno en el pecho.
Otro en el abdomen.
Y uno más en la cabeza.
Los sentí encenderse al mismo tiempo, como si alguien hubiera tocado una cuerda invisible dentro de mí. El maná se movió distinto, más limpio, menos torpe.
Abrí un ojo.
Algunos de los hilos del maná del dragón se habían desviado.
No se alejaron.
Se unieron a los míos.
—…igual que aquella vez —susurré.
El dragón-lobo abrió un ojo lentamente y me miró.
Por alguna razón, no sentí miedo.
—Así que… ¿me estás ayudando? —pregunté.
No respondió.
Pero el maná siguió fluyendo.
****
[Nareth]
Caminaba más rápido de lo que debía.
Notch iba a mi lado, las manos a la espalda, escuchando con atención, aunque su expresión dejaba claro que compartía mi inquietud.
—Los médicos fueron claros —dijo—. Su condición es estable, sí… pero sensible.
—Exacto —exhalé con molestia contenida—. Y aun así…
No terminé la frase.
Un cambio en el aire me hizo detenerme en seco.
El maná.
Se movía.
No de forma violenta, ni caótica, pero… diferente. Como una corriente que no seguía las reglas habituales.
Notch también lo sintió. Lo vi tensarse apenas un poco.
—Esto… —dijo despacio—. Se siente extraño.
Cerré los ojos un instante.
No era extraño para mí.
—No —respondí, con la voz más baja—. Es familiar.
Aceleramos el paso.
El pasillo hacia el salón de entrenamiento parecía más largo de lo normal, como si cada paso confirmara una sospecha que no quería aceptar del todo. El flujo de maná se hacía más denso cuanto más nos acercábamos.
—Nareth… —murmuró Notch—. ¿Eso es…?
—Sí —dije, sin mirarlo—. Es él.
Llegamos frente a la puerta.
Extendí la mano y la abrí.
Y me detuve.
Por un momento, ninguno de los dos habló.
Neyreth estaba en el centro del salón, sentado en posición de meditación. Su respiración era lenta, profunda. Frente a él, a apenas unos pasos, estaba el lobo.
No.
El dragón-lobo.
Sentado de la misma manera, erguido, solemne, como si aquel lugar fuera un altar y no un salón de entrenamiento.
El maná… no fluía como de costumbre.
No eran corrientes dispersas ni acumulaciones irregulares. Eran hilos. Hilos visibles, entrelazándose.
El dragón-lobo tenía un punto brillante en el pecho.
Un nodo.
Pero Neyreth…
—…cinco —susurró Notch, casi sin darse cuenta.
Asentí lentamente.
—Cinco —confirmé—. Uno en cada brazo, uno en el pecho, uno en el abdomen… y uno en la cabeza.
El dragón-lobo estaba actuando de una forma que ya había visto antes.
Y ese recuerdo me golpeó con fuerza.
—Cuando Neyreth llegó en la camilla… estaba en coma. Los médicos lo rodearon —continué—. Usaron hechizos curativos, demasiados. No se dieron cuenta de que lo estaban sobrecargando.
Notch frunció el ceño.
Lo vi tragar saliva.
—El lobo, absorbió el maná de los hechizos directamente del cuerpo de Neyreth. No lo anuló… lo redirigió. Hizo exactamente eso.
Señalé con la mirada los hilos de maná que ahora conectaban al dragón con mi hijo.
—Se convirtió en un catalizador —dije—. Tomó el exceso, lo estabilizó… y luego unió los hilos de maná de vuelta al cuerpo inconsciente de Neyreth, pero de una forma que su cuerpo podía soportar.
Notch abrió los ojos un poco más.
—Eso no es… una técnica común.
—No lo es —respondí—. Y ahora no solo lo está haciendo él.
Observamos en silencio.
El maná fluía en ambas direcciones.
No había dominación.
No había imposición.
—Ambos están sincronizados —murmuré.
Notch asintió lentamente.
—Así que… a esto se refería Neyreth cuando hablaba de resonancia.
—Sí —dije, sintiendo un nudo en el pecho—. Esa sensación que describió… no era metáfora.
El dragón-lobo no estaba ayudándolo a pesar de él.
Lo estaba haciendo con él.
—Deberíamos detenerlos —dijo Notch, aunque su voz carecía de convicción.
Negué despacio.
—No ahora —respondí—. Si los interrumpimos, podríamos romper el flujo o lo que sea que llegue a suceder. Y eso sí sería peligroso.
Nos quedamos allí, en silencio, observando.
Como padres.
Como testigos.
