Al principio pensé que aguantaría un poco más; la barrera siempre lo había hecho.
Pero al mirar a mi alrededor, algo no encajó.
Uno de los magos respiró hondo, demasiado hondo. Otro apoyó la rodilla en el suelo sin darse cuenta. Nadie dio palabras de aliento, porque todos habíamos depositado nuestra confianza en ellos.
La luz seguía allí, temblando bajo los golpes. No se apagaba. No se rompía.
Solo… vacilaba. Como un músculo siendo forzado a seguir cuando ya no le queda fuerza.
Lo comprendí tarde, tal vez demasiado tarde.
Forzar a dos magos a sostener una barrera a gran escala… era pedir a sus cuerpos más de lo que podían dar.
No era miedo a morir.
Ni siquiera a ser alcanzada por la bestia.
Lo que me helaba la sangre era otra cosa.
Detrás de mí estaban los niños que se aferraban a la vida.
La luz de la barrera empezó a fallar.
No de golpe.
Algunas runas murieron primero. Las demás titilaron como estrellas en un cielo que estaba muriendo.
El primer golpe la hizo temblar.
El segundo dejo una grieta.
Con el tercero, la barrera emitió un sonido que me hizo apretar los dientes.
A mi espalda, los niños se movieron con desesperación.
No hablaron.
No preguntaron nada.
Solo se limitaron a aferrar sus pequeñas manos a mi cintura, a mi ropa, a cualquier cosa que no temblara tanto como ellos.
Cada vez que intentaba alejarlos para centrarme en la defensa, sentí el tirón leve de sus dedos buscando protección, como si mi sombra pudiera detener lo que venía.
La barrera se hundió alrededor de su boca, envolviendo sus grandes dientes como agua que se niega a romperse.
La bestia ya estaba dentro, arrastrando consigo fragmentos de luz que se disiparon en el aire.
La maga de retaguardia dio un paso al costado.
No esperó órdenes.
Alzó ambas manos y levantó una nueva barrera, lo suficiente para proteger a los niños.
Durante unos segundos, su mundo se redujo a eso, a una cúpula frágil y varias respiraciones demasiado rápidas.
La maga no miró al frente.
Tenía las manos alzadas y los dedos tensos, como si sostuviera el peso de su cansado cuerpo.
En el proceso, veía huecos abrirse, y tan rápido como los cerraba, la sangre le subía a la garganta por el sobreesfuerzo. El aire se le atoraba en el pecho, y los brazos le pesaban como si no fueran suyos.
Al abrirse paso sobre nosotros, el suelo vibró bajo el peso de la bestia. Cada paso hundía la tierra y sacudía el aire, volviendo difícil mantenerse en pie.
Dos de los guerreros asignados a proteger a los niños retrocedieron casi al mismo tiempo. Los demás se quedaron inmóviles, con las armas a medio camino, atrapados en ese instante de vida o muerte.
La barrera volvió a agrietarse.
La bestia embistió sin desviarse, ignorándonos y centrando su atención en los niños.
Pero la barrera no cayó.
Se reparaba una y otra vez.
Entonces se detuvo.
No retrocedió. No rugió. Inclinó apenas la cabeza, como si algo hubiera llamado su atención.
Entonces la bestia lo percibió: aquello no se sostenía solo. Había una voluntad manteniéndola, una presencia agotándose para que esa ilusión de protección siguiera en pie.
Sin rugir ni mostrar amenaza, giró apenas la cabeza, siguiendo ese rastro invisible que la magia dejaba en el aire.
A un costado, la maga permanecía arrodillada, aferrada a la barrera con lo poco que le quedaba, sin alzar la vista, como si mientras no mirara, el mundo aún pudiera tardar un instante más en alcanzarla.
Una de las colas se movió, no con furia, sino con la simple molestia de quien aparta algo.
El aire se dobló en su paso. La fuerza la arrancó del suelo y la lanzó hacia atrás, ligera por un instante, como si el mundo la hubiera soltado antes de recordarla.
El árbol la recibió con un sonido seco. Algo en ese choque cedió —algo que no estaba hecho para romperse— y su cuerpo quedó torcido.
La barrera no desapareció.
Siguió ahí, temblando.
Como si fuera lo único que quedaba de ella en el mundo.
El rango de capitana se suponía que era para mantenerlos con vida.
No para ser valiente.
No para ser recordada.
Solo para que siguieran respirando un día más.
Pero el miedo ya estaba ahí, acomodado en el pecho como si siempre me hubiera pertenecido. Ellos aún confiaban en mí. En mis órdenes. En mis decisiones.
Tal vez ya era tarde para salvarlos a todos.
Pero no para ganarles unos minutos de vida.
—Cuando dé la señal, corran —dije—. Lleven a los niños y no se detengan.
Di un paso al frente antes de que la duda me alcanzara.
Si este poder era una maldición, entonces yo sería quien la aceptara.
Algo se movió bajo mi piel.
No dolía.
Era como si algo estuviera creciendo donde no debería, empujando desde adentro, buscando salida. La energía de la heredera apareció con su luz conocida.
Escuché a mi escuadrón correr detrás de mí.
No miré.
Si lo hacía, no iba a poder quedarme.
La bestia ni siquiera se giró hacia mí.
Eso me enfureció más de lo que esperaba.
Clavé las manos en el suelo.
Recordé la sensación. Esa idea absurda de que la naturaleza podía responder si la llamaba con suficiente fuerza.
Y lo hizo.
Las enredaderas salieron como un tirón brusco, como si el suelo escupiera algo que llevaba demasiado tiempo guardando. Se alzaron, se enroscaron y lo alcanzaron.
Cuando lo sujetaron, mi cuerpo dejó de sentirse mío.
Cada sacudida de la criatura viajaba por las enredaderas, y terminaba dentro de mí. En los hombros. En la espalda. Como si dependiera de mi voluntad.
Quise avanzar.
Quise levantar la espada.
Quise terminar con esto de una vez.
Pero mis pies no respondieron.
Era como si me hubieran plantado en el suelo junto a las raíces. Como si ya no fuera una persona, sino parte de lo que lo sujetaba.
Cerré los ojos.
Solo un momento.
Para no pensar en el dolor.
Para no pensar en el cansancio.
Para no pensar en lo fácil que sería soltarlo.
Pensé en los pasos que se alejaban.
En los niños que todavía corrían sin saber lo cerca que estaban del final.
El temblor me obligó a abrir los ojos.
Sin embargo… la bestia ya no estaba frente a mí.
Estaba lejos.
Siguiendo el rastro de los míos.
Mi mundo se me quedó suspendido. Como si alguien hubiera saltado una página sin avisar.
Intenté correr. Pero me desplomé.
Mis manos se arrastraron por la tierra, como si todavía aun no perdiera la esperanza. Sentí la humedad en la cara antes de darme cuenta de que estaba llorando.
No por mí.
Sino porque ya sabía lo que iba a pasar.
Mi sacrificio no había sido suficiente.
Y eso fue lo que más miedo me dio.
—Por favor… —me salió sin fuerza—. Que alguien lo detenga…
No supe si lo dije en voz alta o si solo lo pensé.
Sin embargo, el cielo respondió.
No con palabras, sino con un rugido que me atravesó el pecho antes de que pudiera entenderlo.
Un rayo cayó sin aviso y golpeó a la bestia de lleno, tan cerca que sentí el calor en la cara, en los párpados, en la piel que ya no sabía si estaba temblando o ardiendo de impotencia.
El polvo se alzó como una cortina.
Pensé que eso había sido todo.
Pero me equivoqué.
Otro rayo descendió.
Y otro más.
El mundo se volvió blanco por instantes, como si alguien estuviera arrancándole páginas a la realidad y dejándome ver solo fragmentos.
Entre la tormenta, algo descendió.
Al principio creí que era una alucinación, o una sombra mal formada por la luz. Pero la vi tocar el suelo.
La figura con capa oscura aterrizó levantando polvo a su alrededor. En una mano sostenía algo que no alcancé a reconocer. En la otra, una espada.
No me miró.
Solo a la bestia.
El aire vibró antes que la hoja. La electricidad recorrió el metal, y por un momento tuve la absurda impresión de que la espada estaba respirando.
No hubo grito.
No hubo batalla.
Solo un movimiento limpio.
La cabeza del lobo cayó al suelo con un sonido seco, demasiado pequeño para algo tan grande.
…
La mujer se giró hacia Eolka, como si el campo de batalla ya hubiera dejado de existir.
Sus pasos no levantaron polvo.
No apresuraron a nadie.
Aun así, algo en el aire se retorció con cada avance.
Se detuvo frente al cuerpo desplomado de su compañera y la miró de arriba abajo.
No con curiosidad.
No con lástima.
Sino con la calma de quien ya ha terminado de decidir lo que ve.
—¿Eso fue todo?
Eolka alzó la cabeza con esfuerzo. La garganta le ardía más que las heridas; aun así, empujó la voz hacia afuera.
—Perdí… a mi equipo…
La mujer no reaccionó.
Ni un parpadeo.
—Jugaste a ser líder —dijo—. Los llevaste directo a la muerte.
Eolka apretó los dientes. El sabor metálico llegó antes de que entendiera que se había mordido el labio.
—Hice lo que pude…
—Y decidiste que eso bastaba.
No hubo desprecio en su tono.
Tampoco enojo.
Solo una calma que no necesitaba alzar la voz para cortar.
—Ni siquiera supiste leer el momento. Ni a los que te seguían.
El silencio se asentó entre ambas, pesado, como si el aire hubiera olvidado cómo moverse.
Entonces Eolka la reconoció.
No por el rostro.
Por la forma en que el espacio parecía ceder cada vez que hablaba.
—Tú… —murmuró.
La mujer inclinó apenas la cabeza.
—No digas mi nombre —respondió—. No después de esto.
Eolka bajó la mirada. No encontró nada que pudiera usar como respuesta.
—Ya es suficiente.
Una voz cansada llegó desde atrás.
—Déjala en paz, Martha.
El comandante de la resistencia se acercó con el polvo aún sujeto a la capa y la guerra sin terminar de irse de sus ojos. Se colocó junto a Eolka sin tocarla, como si temiera que cualquier contacto pudiera desarmarla.
—Hizo lo que pudo para mantenerlos con vida.
Martha lo miró solo un instante.
Fue suficiente para que ella entendiera que Eolka estaba siendo protegida.
…
Un cuerpo pequeño salió disparado desde detrás de la capa de Martha, levantando una nube de polvo antes de rodar por el suelo y detenerse a pocos pasos de Eolka.
—¡Oye! —protestó una voz aguda—. ¡Te dije que me soltaras, vieja bruja!
El niño se incorporó como pudo, sacudiéndose la tierra del cabello y de la ropa. Tenía los ojos encendidos y los puños cerrados, pero eran demasiado pequeños para pelear.
Por un instante, nadie habló.
—¡Devuélveme mi espada! —insistió—. Ya te dije que no quiero unirme a su estúpida causa.
Eolka alzó la vista.
—¿Quién es? —preguntó el comandante.
Martha lo atrapó por el cuello de la ropa y lo alzó sin esfuerzo, como si sujetara algo que no había decidido soltar todavía.
—Alguien que encontré antes de llegar aquí —dijo—. Estaba a punto de ser devorado.
Miró al niño. Luego a Eolka.
—¿Te preguntaste por qué las bestias de categoría uno y dos estaban desapareciendo sin que nadie lo notara?
El niño frunció el ceño, incómodo bajo esa atención.
—Él es la respuesta.
El silencio volvió a caer, más esta vez fue distinto.
Martha dio un paso hacia Eolka.
—Es hábil —continuó—. Y carga con una historia que todavía no quiere contar.
Eolka no respondió. Sentía la garganta demasiado estrecha para confiarle una palabra.
—Así que alégrate —dijo Martha—. Quieras o no, este será tu castigo.
Lo soltó.
—Nunca elegiste a un discípulo. Ahora tendrás uno.
El niño dio un paso torpe hacia adelante. Miró a Eolka con desconfianza. Luego al campo oscuro, como si midiera una ruta de escape que no existía.
Eolka cerró los ojos un segundo.
No para descansar.
Para aceptar que, incluso en su derrota, el mundo ya había decidido que no le permitiría detenerse.
