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One Piece: The King

Oikawa_Fanfic
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Synopsis
Yul-Cheon nació en la isla de Muteki, en el North Blue. La isla había recibido ese nombre debido a la extraordinaria fuerza de sus habitantes, pues el poder era la única ley que gobernaba aquellas tierras. Quien demostrara ser más fuerte que los demás obtenía el derecho de liderar. Sin embargo, durante generaciones nadie se atrevió a desafiar a la familia Moyong. Su abrumador poder y el misterioso origen de su linaje habían convertido su dominio en algo prácticamente incuestionable. Entre los habitantes de Muteki circulaban innumerables rumores sobre ellos: algunos afirmaban que descendían de antiguos guerreros legendarios, mientras que otros aseguraban que su sangre ocultaba secretos ancestrales capaces de sacudir al mundo entero. Pero había un secreto aún mayor que nadie conocía. Yul-Cheon era un reencarnado. Desde el momento en que abrió los ojos en su nueva vida, conservó los recuerdos de su existencia pasada. Como heredero de la familia Moyong, pronto descubrió que poseía un talento monstruoso incluso para los estándares de su clan. Mientras otros niños jugaban, él entrenaba; mientras otros soñaban con gobernar una isla, él observaba el inmenso océano y comprendía la verdadera magnitud del mundo. El North Blue era solo el comienzo. ¿Podrá Yul-Cheon heredar el legado de la familia Moyong y superar a todos los grandes poderes de su era? ¿Podrá alcanzar la cima de un mundo gobernado por la fuerza? Luffy: "Yo seré quien se convierta en el Rey de los Piratas" Law: "Te debo mi vida, Yul" King: "No puede ser... Pensaba que solo eran leyendas" Kaido: "No me importa que no seas Joy Boy. Te reconozco como uno de los pocos capaces de desafiarme" Yul-Cheon: "No me conformaré con una corona. Me apoderaré de todo lo que existe en estos mares y me convertiré en el rey indiscutible del mundo"
Table of contents
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Chapter 1 - Prólogo

Ubicación: North Blue, isla Muteki

La noche se extendía sobre Muteki como una manta helada. En el interior del bosque, las bestias rugían sin descanso, marcando su territorio con cada sonido. Allí, la fuerza no era un ideal: era ley. Y quien no la tenía… desaparecía.

Aun así, incluso aquellas criaturas salvajes evitaban la zona urbana. Sabían que, al cruzar esa frontera, dejaban de ser depredadores para convertirse en presas. Como peces atrapados en una pecera, incapaces de entender qué había más allá.

Los pocos que ignoraron ese instinto terminaron convertidos en carne para los humanos.

Zona alta de la isla Muteki — Hospital residencial

Casi todas las luces del hospital estaban apagadas, excepto una habitación. En ella, una mujer luchaba por mantenerse con vida mientras daba a luz.

El aire estaba cargado de sangre y sudor. La mujer, pálida como un cadáver, respiraba con dificultad, aferrándose a la cama con uñas temblorosas.

—Señora Moyong, empuje un poco más. El bebé ya está por salir —dijo el doctor, intentando sonar firme.

La mujer soltó un grito que hizo vibrar la habitación.

—¿¡Crees que no estoy empujando, maldito…?!

El ayudante retrocedió un paso, tembloroso. Todos sabían quién era su marido. En Muteki, enfadar a una esposa del jefe Moyong era básicamente cavar tu propia tumba.

El doctor, en cambio, ni parpadeó.

Morirá. Y el bebé también. Igual que siempre.

La energía vital de la familia Moyong era tan monstruosa que casi ningún recién nacido la soportaba. Y las madres… tampoco.

Diez minutos más de sufrimiento.

Gritos. Temblor. Sangre.

Y finalmente, el bebé salió.

Pero su cuerpo estaba frío, marchito, vacío.

—Está muerto —dijo el doctor sin sorpresa—. Es como si le hubieran drenado todo desde dentro… incluso el alma.

El ayudante tragó saliva, petrificado.

El doctor dejó el pequeño cuerpo a un lado sin ningún cuidado.

No vale ni un entierro.

Se iba a quitar los guantes cuando escuchó el grito de la mujer nuevamente.

El doctor giró la cabeza, desconcertado.

¿Imposible…?

La mujer volvió a empujar. Su grito resonó como un rugido desesperado.

—¡Otro… viene otro! —jadeó.

—¿¡Otro!? —repitieron el doctor y el ayudante al mismo tiempo.

No tuvieron tiempo de procesarlo. Solo actuaron.

Y entonces, el segundo bebé salió.

Un llanto estalló en la sala.

Fuerte. Cortante. Como si la habitación entera resonara con esa voz pequeña pero imponente.

El doctor sintió la piel erizarse.

Este… está vivo. Y tiene poder.

La madre estaba ya al borde del final. Sus ojos apenas podían mantenerse abiertos.

El doctor tomó al bebé con cuidado y lo colocó sobre sus brazos.

Es lo mínimo que puedo hacer por quien acaba de traer al próximo heredero.

El llanto del bebé cesó de inmediato. Abrió los ojos…

Negros por fuera. Amarillentos por dentro. La pupila, un punto oscuro que parecía observar con una profundidad antinatural.

El bebé fijó la mirada en su madre.

La mujer sonrió apenas.

—Eres… hermoso… —susurró con una voz que ya casi no existía.

El niño tenía el pelo negro como el carbón, los ojos idénticos a los de su padre, y un pequeño lunar en el centro de la frente. Para la mayoría, sería una visión inquietante. Para ella, era perfecto.

La poca vida que le quedaba se consumía a cada segundo. Pero antes de irse, quería hacer una última cosa.

Reunió todo lo que quedaba de su fuerza.

—Yul-Cheon… —murmuró—. Moyong Yul-Cheon…

Sus dedos se aflojaron.

Su respiración se apagó.

Y la mujer murió abrazando al bebé que, algún día, haría temblar al mundo entero.