Alice.
Recuerdo el frío antes que el dolor.
Siempre empezaba igual.
El piso de concreto helado atravesando la ropa delgada, el aire demasiado limpio, demasiado controlado. No olía a hospital ni a gimnasio. Olía a metal, a desinfectante y a algo más… algo estéril y cruel.
—De pie.
La voz no gritaba. Nunca gritaban. No lo necesitaban.
Me levanté antes de que terminaran la frase.
Las piernas me temblaban. No por miedo. Por agotamiento.
Había corrido.
Había caído.
Había vuelto a levantarme.
Otra vez.
Éramos seis en la sala esa mañana. Todos niños. Todos con el mismo uniforme gris, la misma expresión dura aprendida demasiado pronto.
—Línea A —dijo uno de los instructores, caminando frente a nosotros—. Hoy resistencia y toma de decisiones bajo estrés.
Sabía lo que significaba.
Brutal no era un adjetivo en Helix.
Era un método.
Nos condujeron al módulo de entrenamiento físico. Una sala enorme, paredes móviles, luces que podían apagarse en segundos. El piso cambió de textura bajo mis pies: goma, arena, metal.
—Regla uno —continuó el instructor—: el cuerpo falla antes que la mente. Nosotros entrenamos la mente.
Las luces se apagaron.
Sirenas.
El piso vibró.
—¡Muévanse!
Corrí.
No porque me lo dijeran. Porque quedarse quieta significaba caer.
El suelo se inclinó de pronto y rodé varios metros, golpeándome el hombro. El dolor explotó, pero no grité. Nunca grité. Gritar era perder aire. Perder aire era perder segundos. Perder segundos… era castigo.
Me levanté cojeando.
Delante de mí, un muro subió desde el piso.
Detrás, escuché el golpe seco de alguien cayendo.
No miré atrás.
Aprendí eso temprano: mirar atrás no ayudaba a nadie.
—Decisión —anunció otra voz, amplificada—. Dos rutas. Elijan.
Luces rojas y azules marcaron dos pasillos.
Sabía el truco.
Uno siempre era peor que el otro.
Pero el "mejor" cambiaba cada vez.
Elegí el izquierdo.
Mal.
El piso se volvió irregular, lleno de obstáculos. Tropecé, caí de rodillas. El impacto me sacó el aire y sentí algo caliente recorrerme la espinilla.
No importaba.
Seguí.
Un pitido agudo indicó error.
—Penalización —dijo la voz.
El suelo liberó una descarga eléctrica breve, controlada, pero suficiente para hacerme morderme la lengua.
No lloré.
Apreté los dientes y avancé.
—Más rápido, Línea A —ordenó el instructor—. En el campo real no hay segundas oportunidades.
¿Campo real de qué?
Nunca nos lo dijeron.
Solo que había un "afuera".
Y que no todos llegaríamos a verlo.
Al final del pasillo había una puerta. No se abrió.
—Piensa —dijo la voz—. Piensa o cae.
Miré alrededor. Respiré. Ignoré el temblor en mis manos.
La pared.
Golpeé el panel oculto con la palma. La puerta se abrió de golpe y salí rodando al siguiente módulo.
Allí no había piso.
Había una plataforma estrecha suspendida sobre vacío simulado. Abajo, pantallas proyectaban profundidad infinita.
—Equilibrio —anunciaron.
Caminé.
Cada paso dolía. Las piernas ardían. El cuerpo pedía parar.
La mente no.
A medio camino, la plataforma se sacudió.
Uno de los otros niños cayó. Su grito se cortó cuando las luces se apagaron bajo él.
Sabía que no había caído de verdad.
Pero el cuerpo no distinguía.
Llegué al otro lado y apenas tuve tiempo de respirar antes de que me empujaran al siguiente ejercicio.
Combate.
Un adulto.
Protecciones mínimas. Ventaja total para él.
—Defiéndete —dijo el instructor—. No ganes. Sobrevive.
El primer golpe me tiró al suelo.
El segundo me dejó sin aire.
El tercero lo esquivé.
Aprendí rápido.
Rodé, me levanté, ataqué puntos blandos, usé el peso del otro contra él. No para vencerlo. Para hacerlo dudar.
Eso bastaba.
Cuando el silbato sonó, estaba sangrando por la nariz, los brazos me temblaban y apenas podía mantenerme de pie.
—Resultado aceptable —dijo alguien—. Línea A mejora.
Aceptable.
Nunca excelente.
Nunca suficiente.
Nos alinearon de nuevo.
—Recuerden —dijo el instructor, caminando frente a nosotros—: no entrenamos cuerpos. Creamos herramientas.
Herramientas.
Nos guiaron en silencio por los pasillos.
Siempre en fila.
Siempre separados.
Siempre vigilados.
Las luces blancas no parpadeaban nunca, como si incluso el edificio tuviera prohibido pestañear. Cada paso resonaba hueco, metálico. Mi cuerpo seguía en modo automático; caminaba aunque las piernas ardieran, aunque el hombro me quemara con cada movimiento.
Habitación 17-A.
La puerta se cerró detrás de mí con el mismo sonido seco de siempre.
Clac.
Sola.
La habitación era pequeña, idéntica a todas: cama empotrada, escritorio metálico, lavabo, y la rejilla de ventilación en el techo, ligeramente suelta. Siempre suelta. Como si alguien supiera que la iba a usar… o como si a nadie le importara lo suficiente para arreglarla.
Esperé.
Conté mi respiración.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuando estuve segura de que las rondas habían pasado, subí a la cama y empujé la rejilla.
Cedió sin resistencia.
Me impulsé y me metí en el conducto, conteniendo el jadeo. El metal estaba frío contra la piel, pero ya no me importaba. Me moví como siempre: despacio, midiendo cada apoyo, evitando vibraciones.
Derecha.
Izquierda.
Dos giros.
Descenso.
El aire cambió.
Menos filtrado.
Menos limpio.
Menos… Helix.
Sonreí apenas.
Solté la tapa de otra rejilla y me dejé caer, amortiguando el golpe con las manos y las rodillas. No hizo ruido. Nunca hacía ruido.
La habitación de tuberías.
Nadie venía aquí.
Nadie revisaba nada.
Era perfecta.
Me apoyé de espaldas contra la pared y me dejé caer hasta quedar sentada en el suelo. En cuanto mi cuerpo tocó el frío del concreto, todo se desmoronó.
El control.
La rigidez.
La máscara.
Solté un sollozo ahogado.
Me abracé el abdomen, luego el hombro, luego la pierna. Cada punto dolía distinto, profundo, como si el entrenamiento aún estuviera ocurriendo dentro de mí.
—Duele… —susurré, más para mí que para alguien más.
Había aprendido a soportarlo.
A ignorarlo.
A convertirlo en ruido de fondo.
Pero hoy había sido demasiado.
Las lágrimas me cayeron sin permiso. No hacía ruido, no hipaba, pero el pecho me temblaba. En ese lugar, en ese único espacio donde nadie miraba… me permití ser una niña.
Entonces lo sentí.
Esa presión en la nuca.
Esa certeza absurda y aterradora.
No estaba sola.
Me quedé quieta.
El llanto se me cortó en seco.
Levanté la cabeza despacio, los ojos aún borrosos, y me puse de pie con cuidado. Cada músculo protestó. Caminé lentamente hacia el otro extremo de la habitación, donde las sombras eran más densas.
Doblé la esquina.
Y ahí estaba.
Un niño.
Un poco más alto que yo.
Apoyado contra una tubería gruesa, con vendas en el brazo y moretones visibles incluso en la poca luz.
Nos miramos.
Durante un segundo eterno, ninguno habló.
Lo reconocí antes de pensar su nombre.
Línea B.
El mejor, según los rumores.
El que nunca perdía.
El que no lloraba.
—¿Qué haces aquí? —pregunté al fin, con la voz aún rota.
Él ladeó la cabeza, evaluándome.
—Podría preguntarte lo mismo.
Tragué saliva.
—Este lugar es mío —dije, aunque sabía que no era verdad—. No viene nadie.
Una comisura de su boca se levantó apenas.
No era una sonrisa. Era algo más cansado.
—Ya lo sé —respondió—. Por eso estoy aquí.
Di un paso atrás, instintivamente.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que llegaras —dijo sin moverse—. Solo que hoy… llegaste tú.
Lo observé mejor.
Tenía el labio partido.
Las manos vendadas.
La postura rígida de alguien que también estaba sosteniéndose a pura fuerza de voluntad.
—No me importa lo que hagas —solté—. Solo… no me delates.
Él soltó una breve risa sin humor.
—¿Delatarte? —repitió—. ¿Para que nos castiguen a los dos?
Lo miré, desconfiada.
—No sé qué quieres.
—Nada —respondió—. Y eso es lo que quiero que tú también quieras.
Silencio.
—Si sales de aquí y hablas —continuó—, ellos sabrán que alguien más usa este lugar. Lo cerrarán. Y entonces tú y yo… perderemos esto.
Señaló la habitación con un gesto mínimo.
—Así que no te conviene decir nada.
Apreté los puños.
—¿Y a ti por qué te importa?
Sus ojos se clavaron en mí, oscuros, atentos.
—Porque aquí —dijo— puedo respirar.
Eso me golpeó más fuerte que cualquier entrenamiento.
—¿Quién eres? —pregunté en voz baja.
Dudó un segundo.
—B —respondió—. Línea B.
Asentí lentamente.
—Yo soy… —me detuve—. No importa.
—No —dijo él—. No importa.
Nos quedamos ahí, dos niños rotos en un cuarto olvidado, compartiendo un silencio extraño pero seguro.
Finalmente, él habló de nuevo.
—No llores aquí —dijo, sin dureza—. No porque esté mal… sino porque si te acostumbras, luego duele más cuando no puedes.
Me limpié las mejillas con el dorso de la mano.
—¿Siempre hablas así?
—Solo cuando no hay cámaras.
Lo miré.
Y por primera vez desde que tenía memoria… No me sentí sola.
****
???
Siento que me mueven.
No de golpe.
No con violencia.
Con esa precisión exacta que usan cuando no quieren dejar marcas.
Gruño apenas y levanto el brazo que tenía sobre el rostro. La luz me cae directo en los ojos, blanca, clínica, despiadada. Parpadeo dos veces hasta que el mundo deja de girar.
—Te están esperando.
La voz no necesita decir quién.
Asiento sin hablar.
Me incorporo despacio, estirando el cuello, los hombros. El cuerpo responde como siempre: obediente, funcional. Me acomodo la ropa con movimientos automáticos, aliso la tela, reviso que no haya arrugas innecesarias.
Todo debe verse correcto.
Salgo.
Los pasillos se suceden uno tras otro, idénticos entre sí. Puertas que se abren antes de que las toque. Otras que se cierran detrás de mí con un susurro hidráulico.
Camino.
Doblo.
Camino.
Bajo.
Vuelvo a caminar.
Finalmente, la puerta correcta.
Entro.
El despacho es amplio, silencioso, demasiado limpio. El escritorio al fondo, pulido, impecable. La silla detrás de él está girada, dándome la espalda.
No me muevo más de lo necesario.
Entonces la voz llega, suave, conocida, envolvente.
—Entonces, hijo mío… ¿cómo salió todo?
La silla gira lentamente.
No necesito verla para saber que me observa.
—Todo salió bien, madre —respondo con calma—. Las pruebas del hospital fueron borradas. No queda nada utilizable.
—¿Nada?
—Casi nada —corrijo—. Al revisar los registros, detectamos que alguien entró al sistema antes que nosotros. Intentaron borrar el rastro de una persona… y lo lograron.
La mujer entrelaza los dedos sobre el escritorio.
—Interesante.
—No pudimos ver imágenes ni datos —continúo—. Solo quedó constancia de la intrusión. También identificamos a tres hombres infiltrados como técnicos. Se dirigieron a la oficina de la doctora que trabajaba con O'Connor.
Un suspiro leve.
—Qué lástima —dice ella—. O'Connor fue uno de los que más niños nos proporcionó. Eficiente, constante… y tan estúpido al final.
Aprieto los dientes, pero no digo nada.
—Revelar su método fue imperdonable —prosigue—. El gobierno metió las manos donde no debía. Y eso les costó la vida a tres de sus hombres.
Levanta la mirada hacia mí.
—Hiciste bien en colocar el explosivo antes de que extrajeran información.
Asiento.
—Era necesario.
—Siempre lo es —afirma—. Ahora…
Se reclina en la silla, evaluándome con esos ojos que nunca parpadean.
—Dejando de lado el trabajo —dice—, ¿cómo te sientes?
—Bien —respondo sin dudar—. Nada fuera de lo normal.
Una sonrisa casi maternal se dibuja en su rostro.
—Me alegra oírlo.
Pausa.
—¿La has encontrado?
Mis manos se tensan detrás de la espalda. Los puños se cierran antes de que pueda evitarlo.
—No.
La palabra sale limpia, seca.
—De los ocho niños que escaparon hace ocho años, cuatro fueron localizados y traídos de vuelta. Otros fueron eliminados en el acto —enumero—. Aún buscamos a los cuatro restantes.
Levanto la mirada.
—Y a ella.
Silencio.
—Es la única de la que no tenemos rastro real —añado—. Solo pistas falsas. Señuelos. Nada sólido.
Ella asiente despacio, como si ya lo supiera.
—Es normal —dice—. Ha sabido esconderse durante ocho años. La entrenamos bien.
Sus labios se curvan.
—No por nada era una de las mejores fabricaciones de Helix.
Me mira.
—Como tú.
No respondo.
—Dime —continúa, inclinándose un poco hacia adelante—, ¿has pensado en ella?
—¿Por qué debería? —pregunto.
Ella ladea la cabeza.
—Porque te abandonó —responde—. Te traicionó cuando intentaron huir juntos.
Trago saliva.
—Eso ya pasó —digo—. Aprendí a dejarlo ir.
Sus ojos se afilan.
—¿De verdad?
No contesto.
—Si llegara el momento —dice con suavidad venenosa—, ¿estarías dispuesto a matarla?
El aire se vuelve más pesado.
Pienso.
No mucho.
Pero lo suficiente.
—Tendría que verlo —respondo al fin—. Ver si merece la pena vivir… o morir.
La mujer sonríe, satisfecha.
—Muy bien, hijo mío.
La silla gira de nuevo, dándome la espalda.
—Puedes retirarte.
Me doy la vuelta sin hacer ruido y salgo del despacho.
Los pasillos me reciben otra vez.
Camino.
Y mientras avanzo, una imagen —que no debería existir— se abre paso en mi mente.
Una habitación olvidada.
Una niña temblando.
Un llanto contenido.
Aprieto los puños.
La dejo ir.
Como aprendí a hacer.
****
Alice.
Un sonido.
No, dos.
Primero un zumbido bajo, como si algo vibrara muy lejos… y luego la luz, directa, brutal, atravesándome los párpados cerrados.
Gimo apenas.
—…mierda…
Abro los ojos con esfuerzo y el mundo me devuelve el golpe.
Arden
Arden como si alguien me hubiera echado arena caliente dentro. Parpadeo varias veces, pero no mejora. El techo se mueve. O tal vez soy yo.
Intento incorporarme.
Grave error.
—Ah… —se me escapa el aire cuando el dolor en el abdomen despierta conmigo, punzante, vivo—. No, no, no…
Vuelvo a caer sobre la cama, respirando corto, con una mano presionando instintivamente la venda. El brazo izquierdo protesta, el raspón de la mejilla tira, y la cabeza… la cabeza late como si alguien estuviera tocando desde dentro.
El zumbido vuelve.
Más fuerte.
—¿Qué…? —murmuro.
Vibra otra vez.
Giro la cabeza despacio, como si fuera de cristal, y lo veo sobre la mesita: mi celular. La pantalla sigue quebrada, una telaraña de líneas, pero encendido. Vivo.
Vibrando.
—Claro… —suspiro—. Porque morir en paz sería pedir demasiado.
Estiro el brazo con cuidado, los dedos torpes, y lo tomo. Me cuesta enfocar, pero logro leer el nombre
Directora.
—Perfecto —mascullo.
Respiro hondo, carraspeo, intento que mi voz no suene como si acabara de salir de una guerra… aunque básicamente sí.
Contesto.
—¿B-bueno?
—Buenas tardes, Alice —dice su voz, firme pero amable—. Lamento llamar tan tarde.
Miro la pantalla, entrecierro los ojos.
—No… no se preocupe.
—Sé que ha sido una semana complicada —continúa—, pero algunos padres de familia me están escribiendo. Están esperando las actividades que mencionó para trabajar con los niños durante la suspensión.
Trago saliva.
Mi pulgar se mueve solo.
Miro la hora.
3:07 p. m.
—…¿Tres? —susurro, más para mí que para ella.
—¿Perdón?
—No, nada —me apresuro—. Yo… lo siento muchísimo. De verdad. Me… me desvelé haciendo las actividades y…
Me quedo en silencio un segundo, porque mi cerebro va más lento que mi boca.
—…me quedé dormida —termino
Del otro lado hay una breve pausa.
—¿Se encuentra bien, Alice? —pregunta la directora—. Su voz suena… cansada.
Suelto una risa baja, sin humor.
—Un poco —admito—. Nada grave. Solo… agotamiento.
Presiono la venda otra vez, conteniendo el gesto.
—Las actividades ya están listas —digo—. Estoy revisándolas ahora mismo y se las envío en cuanto cuelgue. No tardan más de… diez minutos.
—Se lo agradecería mucho —responde ella—. Los padres están inquietos, pero han sido bastante comprensivos dadas las circunstancias.
—Lo entiendo —asiento, aunque ella no puede verme—. Y de nuevo, disculpe la demora.
—No se preocupe —dice—. Solo cuídese, por favor.
—Lo haré.
Cuelgo.
El celular cae suave sobre la cama cuando lo suelto.
Exhalo.
—Diez minutos… —murmuro—. Claro. Diez minutos.
Cierro los ojos un instante.
El cuerpo pesa. La cama me llama. El dolor pulsa con paciencia, esperando que me rinda.
—No —me digo en voz baja—. No ahora.
Abro los ojos otra vez, aunque quemen.
Me incorporo con cuidado, agarrándome del borde de la cama.
—Vamos, Alice… —susurro—. Sobreviviste a Helix. Esto es solo… papeleo escolar.
Y aun así, me tiemblan las manos cuando desbloqueo el celular.
Parpadeo varias veces hasta que la vista coopera lo suficiente.
Desbloqueo el celular otra vez.
Una notificación nueva.
Santiago.
—Claro… —murmuro—. Tú sí cumples.
Abro el mensaje y aparece el archivo adjunto. El título me arranca una risa breve, dolorida.
"Actividades_semana_emergencia_v1_FINAL_FINAL_DE_VERDAD"
—Idiot… —susurro, con una media sonrisa.
Lo abro.
Deslizo el dedo con lentitud, leyendo por encima, rápido pero con ojo crítico.
—Lengua… comprensión lectora… bien.
—Inglés… vocabulario contextual… correcto.
—Matemáticas… problemas prácticos, nada traumático… gracias.
—Ciencias… observación del entorno… seguro.
—Historia… reflexión, no memorización… te amo.
—Geografía… mapas simples… perfecto.
Me recuesto un poco contra la cabecera, soltando el aire.
—Está todo —digo en voz baja—. Todo, todo…
Paso a la última página.
Notas para padres. Actividades opcionales.
Ritmo flexible.
—Siempre tan exagerado —añado—. Pero eficiente.
Cierro el archivo un segundo y abro la aplicación del grupo de padres.
El chat está vivo.
Mensajes superpuestos.
"Espero que todos estén bien."
"Qué horror lo del hospital."
"Cuídense mucho."
"¿Alguien sabe algo nuevo?"
Trago saliva.
Empiezo a escribir.
—A ver… —murmuro—. No suenes moribunda.
Tecleo despacio.
Buenas tardes, padres de familia.
Primero que nada, les ofrezco una disculpa por la demora.
Borrr… escribo otra vez.
Les ofrezco una disculpa por no haber enviado antes las actividades. Ha sido un día complicado para todos.
Asiento para mí misma.
—Eso.
Sigo.
Tal como comentó la directora, las clases estarán suspendidas esta semana. Sin embargo, para no perder el ritmo, les comparto algunas actividades sencillas y flexibles que los alumnos pueden realizar desde casa.
Adjunto el archivo.
El celular vibra al confirmar el envío.
—Uno menos —suspiro.
Sigo escribiendo, porque sé que lo necesitan.
Las actividades no son obligatorias ni tienen carácter evaluativo estricto. La prioridad es la seguridad y el bienestar de los alumnos y de ustedes.
Pausa.
Respiro.
Si tienen alguna duda o necesitan ajustes, pueden escribirme por este medio.
Por favor, cuídense mucho.
Dudo un segundo… y agrego:
Un abrazo.
Envío.
Dejo caer el celular sobre la cama otra vez, cerrando los ojos apenas unos segundos.
No pasan ni diez.
El celular vibra.
Uno.
Dos.
Tres.
Abro un ojo.
—Ya… —murmuro—. Ya los vi.
Lo tomo.
Respuestas.
"Gracias, miss Alice."
"No se preocupe, entendemos la situación."
"Cuídese usted también."
"Gracias por pensar en los niños."
Trago saliva otra vez, pero esta vez no es por dolor.
—Idiotas… —susurro, con la voz apenas rota—. No saben nada y aun así…
Más mensajes aparecen.
"Todo bien, miss."
"Aquí estaremos atentos."
Apoyo la cabeza contra la pared.
—Listo —digo en voz baja—. Cumplido.
Miro el techo.
Las noticias siguen murmurando desde la sala, palabras sueltas colándose hasta la habitación: explosión, investigación, hospital, sin responsables.
Cierro los ojos.
—Ahora… —susurro—. Ahora sí puedo caerme un minuto.
*****
Lily.
Mamá dejó el celular sobre la mesa y suspiró.
—La miss Alice ya envió las actividades —dijo, como si intentara devolverle normalidad al aire—. Todo está ahí.
Asentí sin pensarlo demasiado.
—Está bien.
Mi voz sonó… plana. No mal. Solo cansada.
Fue entonces cuando miré bien la sala.
Los sillones estaban ocupados. Demasiado ocupados.
Mis abuelos paternos estaban sentados juntos, cerca de la ventana. Mi abuela materna estaba en el sillón individual, con las manos entrelazadas sobre el regazo. Mi abuelo materno estaba de pie, apoyado en el respaldo de una silla, como si no supiera dónde ponerse.
Mamá y papá estaban en el centro, uno al lado del otro. Papá con los brazos cruzados, mamá con las manos apretadas una contra otra.
Luke estaba recargado en el brazo del sillón, mirando al piso.
Nadie hablaba.
Hasta que mi abuelo —el papá de papá— carraspeó.
—Bueno… —dijo con cuidado—. Quería saber cómo se sienten ustedes dos.
Levantó la mirada hacia mí y luego hacia Luke.
—Después de lo que sus padres les contaron.
Sentí el nudo en el estómago apretarse.
Luke fue el primero en hablar.
—No lo sé —dijo—. De verdad no lo sé.
Alzó la vista, pasándose una mano por el cabello.
—Es… raro. Es como si me hubieran contado la historia de otra familia. —Miró a papá y a mamá—. Veinticinco años sin saberlo… y de pronto…
Negó con la cabeza.
—De pronto existe una hermana mayor de la que nunca supimos nada.
Mi abuela paterna apretó los labios.
—Lo siento mucho, hijo…
Luke suspiró.
—Y luego está todo lo demás —continuó—. El doctor. Las noticias. El hospital explotando. Y saber que… —tragó saliva— que ese mismo doctor estuvo ahí cuando nació ella.
El silencio cayó pesado.
—No es solo la idea de que haya muerto —dijo—. Es no saber si realmente murió.
Mi pecho se apretó.
Mi abuelo materno habló entonces, con voz baja.
—Eso es lo más duro. La incertidumbre.
Mamá asintió despacio.
—Es algo que llevamos cargando desde hace años —dijo—. Solo que ahora…
—Ahora también es de ustedes —terminó papá, con voz grave.
Me removí en mi asiento.
—Yo… —dije, sin estar segura de por qué hablaba—. Yo no estoy enojada.
Todos me miraron.
—Estoy confundida —seguí—. Mucho. Pero no enojada.
Mi abuela materna inclinó la cabeza.
—¿Y qué es lo que te confunde, cariño?
Jugueteé con la manga de mi suéter.
—Todo —admití—. Tener una hermana de la que nadie habló nunca. Pensar en cómo sería. Si se parecería a mamá… o a papá… o a Luke.
Miré a mi hermano de reojo.
—Y pensar que tal vez estuvo viva todo este tiempo.
Mamá inhaló con fuerza.
—Lily…
—No digo que sea así —me apresuré—. Solo… no puedo evitar pensarlo.
Mi abuelo paterno apoyó los codos en las rodillas.
—Eso es normal. Cualquiera lo pensaría.
Papá habló, con la voz tensa.
—Por eso quisimos contarles ahora. Antes de que las noticias siguieran empeorándolo todo.
Luke soltó una risa seca.
—Un poco tarde para eso.
—Lo sé —respondió papá—. Y lo siento.
Volvió el silencio.
Mi abuela paterna me miró con dulzura.
—¿Tienes miedo, Lily?
Pensé un segundo.
—No —dije al final—. Bueno… sí, pero no por mí.
Todos se quedaron atentos.
—Por ustedes —añadí—. Porque llevan veinticinco años pensando que perdieron a una hija. Y ahora… no saben si la perdieron o si alguien se la llevó.
Mamá bajó la cabeza.
—Eso es exactamente lo que sentimos.
Luke cerró los ojos un momento.
—Es demasiado para un solo día.
—Para una sola vida —corrigió mi abuelo materno.
Nadie lo contradijo.
Me acomodé en el sillón, abrazando mis rodillas.
—Solo… —murmuré—. Ojalá, donde sea que esté… haya estado bien.
Nadie habló después de eso.
Pero sentí algo raro.
Como si, por primera vez, no estuviéramos evitando el dolor.
Solo compartiéndolo.
