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Kingdom con Sistema

Fabricio_Escobar
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Chapter 1 - Capítulo 1: Despertar en el Barro

 262 a.C. - Frontera Qin-Zhao

El primer pensamiento coherente que tuvo fue sobre el olor.

No era el olor antiséptico de un hospital, ni el aroma artificial del ambientador de su apartamento. Era algo primitivo, visceral, que se clavaba en las fosas nasales como un clavo oxidado: tierra mojada, sudor rancio, y algo metálico que su mente moderna tardó un momento en identificar.

Sangre.

Sus ojos se abrieron de golpe, pero el mundo seguía siendo una mancha borrosa de grises y marrones. Parpadeó varias veces, sintiendo cómo algo pegajoso —barro, esperaba que fuera barro— se desprendía de sus pestañas. El cielo sobre él era de un gris plomizo que amenazaba lluvia, atravesado por ramas desnudas que se mecían con el viento.

¿Dónde...?

Intentó incorporarse y su cuerpo entero protestó. No era el dolor agudo de una lesión específica, sino un malestar generalizado, como si cada músculo hubiera sido estirado más allá de su límite. Sus manos —pequeñas, demasiado pequeñas— se hundieron en el lodo mientras se impulsaba hacia arriba.

Pequeñas.

Manos de niño.

El pánico llegó entonces, frío y súbito como agua helada. Levantó ambas manos frente a su rostro, estudiándolas con una mezcla de horror y fascinación. Eran las manos de un niño de quizás diez años, sucias, con las uñas rotas y sangre seca bajo ellas. Cicatrices pequeñas marcaban los nudillos y las palmas. Manos que habían trabajado, que habían sufrido.

Pero no eran sus manos.

No, espera. Sí lo son. ¿O no?

Dos conjuntos de memorias chocaban en su mente como olas en una tormenta. Por un lado, recordaba claramente su vida: veintiocho años, ingeniero civil, apartamento de un dormitorio en la ciudad, la última cosa que recordaba era... ¿qué? ¿Un camión? ¿Una luz cegadora? Los detalles se desdibujaban como tinta en agua.

Por otro lado, había recuerdos más recientes, más viscerales: hambre constante, golpes, el sabor del mijo aguado, el peso de los baldes de agua, el miedo. Miedo a los recaudadores de impuestos, miedo a los soldados, miedo al frío del invierno.

Miedo a morir.

Se llevó las manos a la cabeza, presionando contra sus sienes como si pudiera forzar a ambos conjuntos de recuerdos a alinearse correctamente. El dolor pulsante detrás de sus ojos no ayudaba.

Cálmate. Piensa. Analiza.

Era lo que hacía mejor en su vida anterior. Problemas de ingeniería, cálculos estructurales, análisis de riesgo. Todo tenía lógica, todo tenía solución si lo descomponías en partes manejables.

Bien. Hechos comprobables:

Estaba en el cuerpo de un niño. No estaba en su mundo original. Las memorias del niño eran... reales. Demasiado detalladas para ser invención de su mente. Esto era imposible.

Se rio. Fue una risa corta, medio histérica, que murió rápidamente en su garganta cuando el sabor a tierra y sangre volvió a invadirle la boca.

Bien, reformulación: esto ES imposible, pero está pasando. Isekai. Reencarnación. Transmigración. Como en esas novelas web que leía durante el almuerzo.

La idea debería haberle parecido ridícula. Hace un momento —¿o hace diez años?— se habría burlado de cualquiera que sugiriera algo así. Pero ahora, sentado en el barro con el cuerpo de un niño campesino, la evidencia era innegable.

Se puso de pie con dificultad, tambaleándose levemente. Era bajo. Muy bajo. El mundo se veía diferente desde esta perspectiva, más grande, más amenazante. Miró a su alrededor, tratando de ubicarse.

Estaba en el borde de lo que parecía ser un campo abandonado. A lo lejos, tal vez a un kilómetro, podía ver las formas angulares de edificaciones de madera. ¿Una aldea? Los recuerdos del niño —sus recuerdos ahora, supuso— le confirmaron que sí. La aldea de Yanmen, provincia fronteriza del estado de Qin.

Qin.

El nombre resonó en su mente con un peso histórico que no podía ignorar. Había estudiado historia china en la universidad, fascinado por la época de los Reinos Combatientes. Qin, el estado que eventualmente unificaría China bajo el Primer Emperador. Qin, conocido por su brutalidad, su sistema de méritos basado en cabezas enemigas, sus tácticas militares despiadadas.

Mierda.

Si esto era realmente el estado de Qin durante los Reinos Combatientes, entonces no había reencarnado en un mundo de fantasía con magia y aventuras. Había reencarnado en uno de los períodos más violentos y brutales de la historia humana. Un tiempo donde la vida valía menos que el barro bajo sus pies, donde ciudades enteras eran masacradas, donde los campesinos eran carne de cañón para las ambiciones de reyes y generales.

Un mundo donde un niño como él podía morir de hambre, enfermedad, o simplemente ser reclutado forzosamente y enviado a morir en una batalla cuyo propósito nunca entendería.

El estómago se le revolvió. No por hambre —aunque los recuerdos del niño le confirmaban que el hambre era un compañero constante— sino por el miedo puro y duro que comenzaba a asentarse en sus huesos.

Tengo que sobrevivir.

Era un pensamiento simple, primitivo, pero se aferró a él como un náufrago a un pedazo de madera flotante. No importaba cómo había llegado aquí, no importaba por qué. Lo único que importaba era sobrevivir.

Pero, ¿cómo?

Era un niño de diez años en un mundo que masticaba y escupía a los débiles sin pensarlo dos veces. No tenía familia —los recuerdos del niño eran vagos al respecto, pero parecía que sus padres habían muerto años atrás, posiblemente en alguna campaña militar o epidemia— no tenía dinero, no tenía habilidades más allá de cargar agua y trabajar los campos.

Pero tengo algo que nadie más tiene aquí.

Conocimiento.

Conocimiento de ingeniería moderna, matemáticas, estrategia militar básica, historia. Sabía que Qin eventualmente ganaría, que la unificación era inevitable. Sabía sobre tácticas, sobre logística, sobre principios que estos generales antiguos tal vez intuían pero no habían formalizado.

Pero, ¿cómo demonios uso eso siendo un niño campesino de diez años?

No podía simplemente acercarse a un general y decir "Oye, sé cómo ganar batallas, confía en mí." Lo ejecutarían por loco, o peor, por espía. Necesitaba credibilidad, necesitaba experiencia, necesitaba... tiempo.

Un sonido lo sacó de sus pensamientos. Voces. Venían de la dirección de la aldea, y no sonaban amigables.

Los recuerdos del niño se activaron, instintivos: los recaudadores. Venían regularmente, tomando grano, animales, hombres. Los aldeanos los odiaban pero no se atrevían a resistir. El castigo por desafiar al estado de Qin era swift y brutal: ejecución pública, esclavitud, destrucción total de la familia.

Su primer instinto fue correr, esconderse. Pero se obligó a quedarse quieto, pensando.

Si corro, me encontrarán eventualmente. Si me escondo, parezco sospechoso. Si voy...

Si iba, era sólo otro niño campesino más. Invisible. Intrascendente.

Invisible es bueno. Invisible sobrevive.

Comenzó a caminar hacia la aldea, forzando sus piernas a moverse a un ritmo normal a pesar del miedo que le apretaba el pecho. El barro succionaba sus pies descalzos —aparentemente ni siquiera tenía zapatos— haciendo cada paso un esfuerzo.

Mientras caminaba, trató de organizar sus pensamientos. Las memorias del niño eran fragmentadas pero útiles. Sabía hablar el idioma —o más bien, su cerebro sabía cómo hacerlo, lo cual era otro milagro imposible que decidió no cuestionar por ahora. Sabía las costumbres básicas, las jerarquías sociales, cómo comportarse para no llamar la atención.

Han Xun.

Ese era su nombre ahora. O el nombre del niño cuyo cuerpo habitaba. La distinción se volvía cada vez más borrosa. ¿Dónde terminaba el ingeniero de veintiocho años y comenzaba el huérfano de diez? ¿Importaba siquiera?

Soy Han Xun ahora. Tengo que pensar como Han Xun, actuar como Han Xun, pero usar lo que sé de... antes.

La aldea se materializó ante él gradualmente. No era más que una colección de chozas de madera y barro, techadas con paja, agrupadas sin orden aparente alrededor de un pozo central. El humo se elevaba de algunas, señal de que al menos tenían fuego para cocinar. Los campos circundantes estaban mayormente vacíos, la tierra oscura y húmeda esperando la siembra de primavera.

Pero lo que captó su atención fueron las figuras en el centro de la aldea.

Cinco hombres a caballo, vestidos con armaduras de cuero y metal que brillaban opacamente bajo el cielo gris. Soldados de Qin, reconocibles por los estandartes que portaban. Los aldeanos —quizás treinta o cuarenta en total— estaban reunidos frente a ellos, algunos arrodillados, todos con las cabezas gachas en sumisión.

El soldado al frente, un hombre corpulento con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda, estaba hablando. Su voz era fuerte, autoritaria, el tipo de voz acostumbrada a ser obedecida sin cuestionamientos.

"...el Rey Zheng Xiangwang ha decretado que cada aldea debe proporcionar hombres para las próximas campañas. Zhao se ha vuelto arrogante, creen que pueden desafiar a Qin. Les enseñaremos lo contrario."

Han Xun se deslizó entre la multitud, manteniéndose en la periferia, observando. Nadie le prestó atención. Solo otro niño sucio más.

"Cada familia debe proporcionar un hombre en edad de luchar," continuó el soldado. "Aquellos que se presenten voluntariamente recibirán dos sacos de mijo. Aquellos que deban ser reclutados por la fuerza... no recibirán nada."

Un murmullo recorrió la multitud. Han Xun podía sentir la tensión, el miedo, la desesperación. Miró alrededor y vio rostros demacrados, cuerpos flacos. Estos no eran soldados, eran campesinos al borde de la inanición. Dos sacos de mijo podían significar la diferencia entre sobrevivir el invierno o no.

Pero también significaba ir a la guerra. Y la guerra, Han Xun sabía por sus estudios históricos, tenía una tasa de mortalidad brutal en esta época.

"Además," el soldado sonrió, y no era una sonrisa agradable, "necesitamos porteadores. Niños de diez años o más. Serán alimentados y alojados mientras sirvan al ejército. Una oportunidad para servir a Qin y aprender el camino del guerrero."

Mierda.

Los ojos de Han Xun se encontraron accidentalmente con los del soldado. Fue solo un segundo, un momento fugaz, pero fue suficiente. El soldado lo señaló con un dedo grueso.

"Tú. Niño. Ven aquí."

El mundo pareció ralentizarse. Han Xun sintió todas las miradas volverse hacia él. Su corazón golpeaba contra sus costillas como si quisiera escapar. Cada instinto le gritaba que corriera, que se perdiera entre los campos, que...

No. Correr es morir. Correr significa que te persiguen, y los soldados a caballo son más rápidos.

Invisible sobrevive. Obediente sobrevive.

Forzó sus piernas a moverse, caminando hacia adelante con pasos pequeños, mantuviendo la cabeza gacha. Sumiso. Inofensivo. Un niño asustado, que era exactamente lo que parecía ser.

Se detuvo frente al caballo del soldado, lo suficientemente cerca para ver las manchas de barro en los cascos del animal, lo suficientemente lejos para poder retroceder si era necesario. No levantó la mirada.

"¿Cómo te llamas?" preguntó el soldado.

"Han Xun, señor." Su voz salió más pequeña de lo que esperaba, pero eso probablemente era bueno.

"¿Familia?"

"Muerta, señor."

Un gruñido. "Huérfano. Mejor. Significa que no dejarás a nadie llorando." El soldado se rio de su propio chiste. Los otros soldados se unieron, aunque sonó forzado. "Eres pequeño, pero pareces fuerte. ¿Puedes cargar peso?"

Han Xun asintió. Los recuerdos del niño le confirmaban que había pasado años cargando baldes de agua, sacos de grano, cualquier cosa que los aldeanos necesitaran mover.

"Bien. Te vienes con nosotros. Servirás como porteador del ejército. Serás alimentado, se te dará ropa, y si sobrevives lo suficiente, tal vez incluso te conviertas en soldado." El soldado se inclinó desde su caballo, su aliento apestaba a vino agrio. "¿Entiendes el honor que se te está otorgando, niño?"

Honor. Claro. El honor de ser carne de cañón.

Pero Han Xun asintió obedientemente. "Sí, señor. Gracias, señor."

"Bien. Reúnete con los otros." Señaló hacia un lado donde otros cinco niños de edades similares estaban agrupados, todos luciendo tan aterrorizados como Han Xun se sentía.

Caminó hacia ellos con piernas temblorosas, su mente trabajando a toda velocidad. Esto era malo. Muy malo. Pero también... también podía ser una oportunidad. Estar cerca del ejército significaba aprender, observar, entender cómo funcionaba la maquinaria militar de Qin desde dentro.

Además, qué opción tengo? Si me quedaba aquí, eventualmente me habrían reclutado de todas formas. Al menos así tengo algo de tiempo para prepararme.

Se unió a los otros niños. Ninguno habló. Uno de ellos, un niño ligeramente mayor con ojos hundidos, temblaba visiblemente. Otro lloraba en silencio, lágrimas dejando rastros limpios en sus mejillas sucias.

Han Xun miró hacia adelante, hacia los soldados que continuaban su reclutamiento, y luego hacia el horizonte gris donde sabía que aguardaba un futuro incierto.

Sobrevive. Solo sobrevive. Un día a la vez. Un paso a la vez.

Aprende. Observa. Espera tu momento.

Y si no hay sistema, si no hay poder mágico, si no hay trampa secreta... entonces usa tu cerebro. Es lo único que tienes.

El viento sopló más fuerte, trayendo consigo el olor a lluvia y algo más distante, algo que su mente moderna no reconocía pero que los recuerdos del niño identificaban instintivamente:

El olor de los campos de batalla lejanos.

El olor de la guerra que se acercaba.

Y Han Xun, de pie en el barro con el cuerpo de un niño de diez años, sintió el peso del destino asentarse sobre sus hombros como una armadura demasiado pesada.

La vida que conocía había terminado.

Esta nueva vida acababa de comenzar.

Y no tenía ni idea de cuánto tiempo duraría.

Continuará...