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Chapter 6 - Capítulo 5: Cicatrices que no enseñan

El dolor tiene un propósito evolutivo. 

Es el maestro más severo de la naturaleza.

Si un niño toca el fuego, se quema. 

El dolor se graba en su memoria, creando una advertencia permanente: 

No lo hagas de nuevo. 

El miedo al dolor es lo que mantiene vivos a los humanos, lo que les enseña prudencia, límites y fragilidad.

Pero a los tres años, Naruto Uzumaki estaba empezando a reprobar esa lección.

No por falta de dolor. 

Sino por falta de consecuencias.

Sucedió primero con algo trivial.

En el rincón de la sala común del orfanato, Naruto intentaba doblar una hoja de papel rígido para hacer un avión, imitando a unos niños mayores que jugaban fuera. 

Su motricidad fina aún era torpe. 

En un movimiento rápido, el borde del papel le rebanó la yema del dedo índice.

Fue un corte limpio, profundo, de esos que arden más que una herida grave.

Naruto siseó, soltó el papel y se llevó el dedo a la boca por instinto. 

El sabor metálico inundó su lengua.

Dentro de él, Kurama abrió un ojo perezoso.

—Otra vez —notó el Kyūbi.

Naruto sacó el dedo de la boca para ver la herida. 

La sangre brotó, formando una perla roja perfecta sobre la huella dactilar. 

El niño frunció el ceño, esperando el goteo, esperando la mancha.

Pero la gota no cayó.

Naruto inclinó el dedo. 

La gota se inclinó con él, desafiando la gravedad, aferrándose a la piel como si tuviera garras microscópicas.

Luego, ante los ojos fascinados y horrorizados del niño, la sangre retrocedió.

No se secó. 

Se retrujo. 

El líquido rojo se hundió de nuevo en la fisura del corte como una cinta de video rebobinándose. 

Los bordes de la piel, separados por el papel, fueron jalados violentamente uno contra otro por la propia sangre, que actuó como un pegamento vivo y contráctil.

En tres segundos, solo quedaba una línea blanca muy fina. 

En diez segundos, la línea desapareció.

Naruto apretó el dedo. 

No dolía.

Miró el papel manchado con una sola gota minúscula. 

Luego miró su dedo intacto.

El niño no entendió la biología, pero entendió la lógica inmediata: 

El daño no se queda.

Kurama, observando desde la oscuridad húmeda del sello, llegó a una conclusión inquietante.

—No es regeneración —murmuró la bestia, analizando el flujo de chakra—. La regeneración requiere energía, crea tejido nuevo, deja cicatrices queloides. Esto es diferente.

Lo que hacía la sangre de Naruto no era curar. 

Era corregir.

La sangre Uzumaki, contaminada por la radiación del Kyūbi y potenciada por el defecto genético, tenía memoria. 

Recordaba dónde debían estar las venas, dónde debía terminar la piel. 

Cuando esa estructura se rompía, la sangre no aceptaba la nueva realidad de la "herida". 

Simplemente forzaba a la materia a volver a su posición original.

Era una negativa celular a aceptar el cambio.

Y lo peor, notó Kurama, era que aprendía.

La primera vez que Naruto se había raspado la rodilla (meses atrás), el proceso había tardado minutos. 

Esta vez, con el dedo, había tardado segundos.

—Eficiencia por repetición —gruñó Kurama—. La sangre está memorizando el mapa del cuerpo. Cuantas más veces se rompa, más rápido sabrá cómo rearmarse.

Era un sistema de defensa perfecto. 

Y una maldición educativa terrible.

Unas semanas después, la teoría de Kurama se confirmó en el patio.

Naruto corría cerca de una cerca de alambre oxidado. 

Un niño normal habría tenido cuidado, temiendo los bordes afilados.

Naruto, inconscientemente envalentonado por la falta de dolor duradero de sus accidentes anteriores, pasó demasiado cerca.

Un alambre suelto le rasgó el antebrazo.

Fue una herida fea. 

Un tajo de cinco centímetros que, en cualquier otro niño, habría requerido puntos y dejado una cicatriz de por vida.

Naruto se detuvo en seco. 

Miró su brazo.

La sangre salió disparada, caliente y abundante. 

El dolor fue un latigazo blanco que le recorrió el hombro.

—¡Ah! —gritó, más por sorpresa que por sufrimiento.

Se agarró el brazo con la otra mano. 

Sintió la humedad tibia y pegajosa.

Pero entonces, sintió el movimiento.

Bajo su palma, la herida bullía. 

Sentía un cosquilleo frenético, como si hormigas caminaran debajo de su piel. 

Era la sangre tejiendo puentes, las plaquetas anómalas enlazándose como cadenas y tirando de la carne abierta para cerrarla a la fuerza.

Era una sensación desagradable, invasiva.

Naruto retiró la mano.

El tajo ya no sangraba. 

Era una línea roja furiosa que se desvanecía a rosa pálido mientras él la miraba. 

El dolor agudo se había transformado en un picor sordo y lejano.

Naruto miró a su alrededor. 

Los otros niños jugaban lejos. 

Nadie lo había visto.

Bajó la manga de su camiseta.

No lloró. 

No buscó a una cuidadora. 

No pidió una venda.

¿Para qué?

Si enseñaba la herida, le gritarían por romper su ropa. 

Y cuando miraran su brazo, no habría nada que curar. 

Lo llamarían mentiroso.

Kurama sintió el cambio en la psique del niño ese día.

Hasta entonces, el sello secundario de Minato había amortiguado las emociones extremas. 

Pero ahora, Naruto estaba haciendo algo por su propia voluntad.

Estaba racionalizando el ocultamiento.

Si me lastimo, espero. Si espero, desaparece. Si desaparece, nunca pasó.

Naruto estaba aprendiendo que su dolor era un evento privado, transitorio y, en última instancia, irreal. 

Estaba empezando a disociarse de su propio cuerpo. 

Su carne no era algo que debía protegerse con cuidado; era algo que se arreglaba solo si le daba un momento.

—Estás creando un monstruo, Minato —pensó Kurama, viendo cómo Naruto volvía a jugar, ignorando la mancha de sangre seca en su manga—. Un niño que no teme a las heridas es un niño que no entenderá el peligro. Y un niño que no entiende su propio dolor... jamás podrá entender el de los demás.

Naruto tropezó de nuevo esa tarde. 

Se levantó sin sacudirse la tierra.

Sus cicatrices no estaban en su piel. 

Estaban en su capacidad de sentir empatía por sí mismo.

Y la sangre, satisfecha con su trabajo, siguió fluyendo en silencio, esperando la próxima ruptura para demostrar lo rápida que podía ser.

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