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Chapter 2 - capitulo 2:Llegada de merakep

El viaje fue largo.

Cuando finalmente las murallas del palacio imperial otomano aparecieron ante sus ojos, Meraquep no mostró miedo. Desde su litera, observó en silencio las torres altas, las cúpulas brillantes y los muros imponentes que parecían tocar el cielo. Aquel lugar no se parecía a Egipto. No había Nilo, ni templos abiertos al sol, sino piedra, sombra y vigilancia.

Así que este es el imperio que pretende someterme, pensó.

El portón principal se abrió lentamente. Guardias armados hasta los dientes flanqueaban el camino, observándola como si ya le perteneciera. Meraquep alzó el mentón. No bajó la mirada. No lo haría nunca.

Al entrar, quedó rodeada por patios inmensos, fuentes de mármol y jardines perfectamente ordenados. Todo era riqueza… pero una riqueza fría, calculada. Nada estaba allí por belleza, sino por control.

—Aquí nada es libre —pensó—. Ni siquiera las flores.

Mientras avanzaba, sintió decenas de miradas invisibles clavarse en ella. Mujeres detrás de velos, eunucos silenciosos, sirvientes atentos a cada gesto. Todos evaluaban. Todos juzgaban.

Miren bien, se dijo. Porque no han traído a una esclava. Han traído a su futura amenaza.

Recordó las palabras de su padre: inteligencia ante todo.

Recordó Egipto, su hogar, su sangre.

—No he venido a sobrevivir —pensó con firmeza—. He venido a gobernar.

Cuando cruzó el último umbral, supo que ya no había marcha atrás. El palacio cerró sus puertas tras ella con un sonido seco, definitivo. Para el Imperio Otomano, Meraquep era solo un regalo.

Para Meraquep, aquel palacio era el comienzo de su conquista.

Mientras avanzaba por el patio principal, el sonido firme de unas botas detuvo el murmullo del palacio.

—¡Atención! —anunció un guardia con voz potente—. El sultán Murad ha llegado.

Meraquep alzó la vista.

El sultán apareció rodeado de escoltas. Era un hombre joven, de porte imponente. Tenía ojos color café, profundos y atentos; cejas gruesas, una mandíbula marcada y una altura que imponía respeto. Caminaba con seguridad, como quien sabe que todo a su alrededor le pertenece.

A su lado lo acompañaban dos mujeres.

No eran las más bellas que Meraquep había visto, pero ambas destacaban por su actitud. Caminaban erguidas, con la cabeza en alto, conscientes de su posición.

La primera tenía ojos marrones, cabello negro y el rostro suavemente ovalado. La segunda poseía cabello castaño muy claro, ojos grandes de un verde intenso y una mandíbula definida que le daba un aire severo.

Mujeres que han aprendido a sobrevivir aquí, pensó Meraquep.

Cuando el sultán estuvo frente a ella, Meraquep se inclinó. No demasiado. Lo justo.

No como una esclava… sino como una princesa.

Murad la observó con interés.

—Tú debes ser la princesa Meraquep —dijo.

Ella alzó el rostro.

En cuanto sus miradas se cruzaron, el sultán quedó en silencio por un instante, como si el mundo a su alrededor se hubiera detenido. Sus ojos recorrieron cada rasgo de ella sin disimulo.

—Yo soy el sultán Murad —continuó—. Y las mujeres a mi lado son mis favoritas: Aysel y Zeynep.

Meraquep las miró con calma. Ambas le devolvieron la mirada con un desprecio mal disimulado, evaluándola como una rival inesperada.

Ella, en cambio, sonrió.

—Es un honor estar aquí, mi sultán —dijo con voz serena—. Esperaba con ansias su llegada.

Murad sonrió, claramente complacido.

—Me alegra escucharlo. Yo también esperaba tu llegada.

Hizo un leve gesto con la mano.

—Por favor, una sierva te acompañará a tus aposentos. Debes estar cansada por el viaje.

Meraquep inclinó levemente la cabeza.

—Claro. Muchas gracias, mi sultán.

Mientras se alejaba, sentía aún la mirada de Murad sobre ella…

y la de Aysel y Zeynep, afiladas como dagas.

Mírenme bien, pensó.

Porque este palacio aún no sabe quién acaba de cruzar sus puertas.

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