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Un Hombre Detrás Del Árbol...

Alejo_Perez_5043
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Chapter 1 - UN DIA CUALQUIERA...

Vaya día perfecto.

Una mañana muy cálida, con un sol tan bello que parecía que, con solo tocarlo, se sentiría suave y tibio. El canto de las aves se mezclaba con las risas de los niños jugando en la calle, como si el mundo anunciara el inicio de un nuevo día en el pequeño pueblo llamado Musis.

En un día como cualquier otro, sonó una alarma… de esas que, con solo escucharla, te levantan de golpe.

Se despertó un anciano de edad algo avanzada, aproximadamente entre los cincuenta y ocho y sesenta y dos años. No destacaba por su riqueza ni por grandes títulos. Era conocido simplemente por contar cuentos a los niños y jóvenes en el parque.

Todo el mundo lo quería.

Era amistoso con todos.

Lo que más lo hacía reconocible era su estatura, de aproximadamente 1.65, un poco encorvado por el paso del tiempo, y una sonrisa acompañada de una actitud que reflejaba la más pura energía y carisma.

Un día especial el anciano, llamado Hank, se levantó, organizó su cama y abrió las cortinas, confirmando que sería un buen día. Bajó las escaleras y puso su música favorita en una bocina mientras preparaba el desayuno.

Todo iba normal…

Hasta que una brisa extraña movió las cortinas con una fuerza inusual.

Hank, sin darle demasiada importancia, las acomodó nuevamente. Desayunó con tranquilidad, se alistó y salió rumbo al parque.

En el camino saludaba con sonrisas y apretones de mano.

—¿Qué tal?

—¿Cómo va todo?

—Que te vaya de maravilla.

Su voz era siempre amable, siempre cercana.

Al llegar al parque, se sentó sobre una roca donde ya lo esperaban varios jóvenes, niños y niñas de distintas edades que, con ansias, amaban escuchar sus historias.

El señor Hank llegó y el los saludó con una sonrisa y se dirigió hacia la roca. Mientras se acomodaba, algunos de los que esperaban con ansias sus historias comenzaron a preguntarle:

—Señor Hank, ¿qué nos contará hoy?

—¿Qué tiene en mente, don Hank?

Él se sentó y, con una voz cálida y pegajosa, respondió:

—Jejeje… no se preocupen, amiguitos. Hoy les traigo imaginación.

Todos se acomodaron rápidamente a su alrededor.

Y el señor Hank comenzó.

Sus historias eran graciosas y muy extrañas, pero increíblemente divertidas. Las risas llenaban el parque mientras el tiempo pasaba sin que nadie lo notara.

Después de casi tres o cuatro horas de cuentos y juegos, el día comenzaba a despedirse. Los niños y jóvenes se acercaban para agradecerle: algunos le ofrecían un poco de comida, otros unas monedas y otros pequeños detalles.

El señor Hank siempre decía que no era necesario darle nada.

Pero todos lo hacían, porque querían que él se sintiera mejor…

y para que cada día regresara con más historias que alegraran sus vidas.

El señor Hank se quedó un poco más, contemplando el bello atardecer. El cielo estaba pintado de tonos anaranjados y dorados, como si el día no quisiera irse todavía.

De la nada, sintió una pequeña brisa.

Era fría.

Demasiado fría para una tarde tan cálida.

Hank pensó para sí mismo:

—Creo que ya es hora de irme… jeje.

Se levantó con una sonrisa leve y cálida.

Y entonces, una voz grave lo llamó.

—Señor Hank… ¿qué tal el día?

El señor Hank respondió con naturalidad:

—Jeje, muy bi—…

Pero no terminó la oración.

Miró a todos lados.

No había nadie a la vista.

Un poco desconcertado, observó a su alrededor y dijo con una voz ligeramente nerviosa:

—¿He… hola?

Silencio.

Pensó que tal vez había sido su imaginación. Dio un paso para marcharse, pero la misma voz volvió a escucharse:

—Eh, señor Hank… acá. Detrás del árbol.

Hank giró la mirada.

Allí, detrás de un árbol, se encontraba un chico muy joven, de aproximadamente entre diecisiete y diecinueve años.

El señor Hank soltó una pequeña risa y dijo:

—Jejeje… ¿qué pasó, amiguito? ¿En qué puedo ayudarte?

El chico salió de donde estaba y caminó lentamente hacia el señor Hank.