Ese día, Kira decidió cumplir su nueva misión. Buscó a una de las criadas de confianza y, con la naturalidad de una niña curiosa, le pidió que la llevara a la biblioteca de la mansión Tokugawa. La mujer no dudó en aceptar. Lo que Kira desconocía era que sus padres le habían dado órdenes específicas: cualquier petición que hiciera debía ser atendida, siempre y cuando no pusiera en riesgo su seguridad.
Kenzo, su padre, había sido particularmente estricto en ese punto. A los guardias que vigilaban las entradas y salidas de la propiedad, les había dado una instrucción clara y definitiva:
"Mi hija no puede marcharse por ningún motivo. Si algún día desea hacerlo, deberá ir acompañada de su madre, Nanami, y protegida por al menos cuatro hombres de confianza, mientras que otros diez se mantendrán a distancia para cubrir el perímetro."
No era paranoia, sino precaución heredada de la sangre de los Tokugawa y los Kure. Kenzo sabía mejor que nadie que en ese mundo existían seres sobrehumanos, personas cuyo poder y ambición podían alterar destinos enteros. Su hija, nacida bajo dos linajes peligrosamente influyentes, debía ser protegida a toda costa.
Kira, ajena a estas medidas, caminaba tranquilamente junto a la criada por los iluminados pasillos de la mansión. Sus pasos resonaban suavemente en el pulido suelo de madera, y con cada cuadro, con cada lámpara dorada, sentía el peso de la historia familiar que la envolvía. Pronto, las altas y ornamentadas puertas de la biblioteca se abrieron ante ella, revelando el corazón del saber de los Tokugawa.
El aire del interior olía a papel viejo y tinta seca. Interminables filas de estanterías se elevaban casi hasta el techo, repletas de libros encuadernados en cuero, pergaminos enrollados y documentos cuidadosamente sellados. Kira respiró hondo. Sabía que aquel lugar era mucho más que una simple sala de lectura: era el legado oculto de su familia... y el escenario donde su nueva misión estaba a punto de comenzar.
En el centro de la habitación, una mesa baja de estilo japonés ocupaba el espacio. Kira tomó una pila de libros de los estantes y los colocó con cuidado sobre ella. Eran textos antiguos, la mayoría más ligeros que los pergaminos. Decidió empezar con los libros.
Abrió con cuidado el primero y leyó el título: "Estrategia militar – Oda Nobunaga".
Con solo leer ese nombre, sus ojos se iluminaron. —Este libro… ya es casi un documento histórico —susurró emocionada.
En su vida anterior, Kira siempre se había sentido fascinada por la historia y los registros bélicos. Se sumergió en la lectura con un entusiasmo que no recordaba haber sentido en mucho tiempo. Pasaron los minutos, luego las horas, y permaneció absorta entre estrategias, tácticas y relatos del pasado.
Unos leves golpes en la puerta interrumpieron su concentración. Era una de las criadas. —Señorita Kira, es hora de comer.
Kira levantó la vista, sin muchas ganas de cerrar el libro. —Dile a mamá que comeré aquí. Por favor, trae la comida.
La criada obedeció. Cuando llegó con la bandeja, Kira esperó pacientemente a que se marchara antes de continuar leyendo. Comía con una mano mientras con la otra pasaba rápidamente las páginas.
El tiempo se desvaneció sin que ella se diera cuenta. Cuando la criada regresó a buscar los platos, el cielo ya se había teñido de naranja. Afuera, el sol se ponía, pero para Kira las horas habían sido segundos.
La puerta se abrió lentamente. Una figura apareció en la penumbra dorada del crepúsculo: Nanami, su madre. La señora Kure se detuvo en el umbral, observando a su hija con una mezcla de ternura y melancolía. Verla tan concentrada le dibujó una leve sonrisa en el rostro; casi no quería interrumpirla. Pero la noche caía, así que habló con un tono afectuoso: —Hija, ya es tarde. ¿Por qué no vienes a tomar un té con algo de picar?
Kira levantó la vista y preguntó inocentemente: —¿Puedo traer mi libro, mamá?
Nanami sonrió. —¿De verdad te gusta tanto leer?
—Sí, mamá… pero hay palabras en kanji que no entiendo.
La mujer se acercó y le acarició el cabello. —Entonces tráelo. Te enseñaré los kanji que no entiendes. Es bueno que quieras aprender por tu cuenta.
Nanami sintió un nudo en el pecho. Aunque mantuvo la compostura, la tristeza la invadió en silencio. El médico de cabecera le había dejado claro que su hija no podía vivir como una niña normal. Cualquier enfermedad, incluso un simple resfriado, podía poner en peligro su vida.
Aun así, verla tan concentrada, tan feliz dentro de los muros de la mansión, le brindaba un extraño consuelo. No quería que Kira creciera sintiéndose prisionera. Siempre había deseado que su hija pudiera salir, tener amigos, vivir lo que ella misma no había podido.
Nanami era la hija menor del líder del clan Kure, y aunque su padre, Erioh, la amaba profundamente, también había sentido su furia cuando decidió casarse con Kenzo Tokugawa. Para él, su hija solo podía unirse a un hombre capaz de derrotarlo, algo que pocos —quizás nadie— podían lograr.
Kenzo no era un artista marcial, y para Nanami eso era perfecto. Siempre se había sentido diferente dentro del clan. A pesar del cariño de su familia, su entorno estaba marcado por la frialdad de los asesinos profesionales.
Por eso, el día que huyó de casa para casarse con Kenzo, sintió miedo y libertad al mismo tiempo.
"Yo, Nanami Kure, huí de mi hogar y me casé con Kenzo Tokugawa. Desde entonces no he regresado al clan, por vergüenza… pero también por amor."
Mientras observaba a Kira leer bajo la luz del atardecer, comprendió algo que no había comprendido antes:
"Mi padre me quiere como yo ahora quiero a mi hija."
Los días transcurrían con una rutina casi ritual. Desde muy temprano, Kira iba a la biblioteca: allí desayunaba, almorzaba e incluso merendar entre montones de libros. Al atardecer, tomaba el té con su madre, quien también aprovechaba para enseñarle japonés.
Poco a poco, el número de libros leídos fue aumentando. De diez pasaron a veinte, y luego a muchos más. Un día, cuando Kira levantó la vista, toda la biblioteca estaba rodeada de torres de libros apilados, como muros de conocimiento.
Entonces decidió comenzar con los pergaminos. Tomó con cuidado el primero; sus pequeñas manos temblaron ligeramente al desenrollarlo. El título, escrito con caligrafía firme, decía:
"La esencia de la energía vital — Miyamoto Musashi."
Kira sintió curiosidad de inmediato. Comenzó a leer en silencio:
"La victoria depende más del espíritu que de la técnica. Un guerrero con una poderosa energía interior —un chi intenso— puede vencer incluso con un arma inferior. El chi no es misticismo, sino voluntad dirigida: una energía que nace del control mental y emocional."
Kira cerró los ojos por un momento. —Chi… energía vital —susurró pensativa.
Ella ya lo sospechaba. En el mundo de Baki, los personajes alcanzaban una fuerza sobrehumana, y ahora comprendía que esa fuente de poder tenía que provenir de algo más que músculos o técnica.
Aunque aquel pergamino solo reflejaba el punto de vista de Miyamoto Musashi, bastó para enriquecer su comprensión. Con renovada determinación, buscó entre los cientos de pergaminos apilados, intentando encontrar otro firmado por el mismo autor. Pero ninguno parecía similar.
—Entonces seguiré leyendo —se dijo a sí misma con una leve sonrisa—. Quizás entre todos estos secretos encuentre rastros del verdadero chi.
Y así continuó, abriendo una tras otra, mientras la luz del sol se filtraba por las ventanas y la pequeña biblioteca Tokugawa se convertía en su segundo mundo.
Al final del año, Kira había leído todos los libros de la biblioteca Tokugawa. Había explorado cada estante, cada pergamino, cada rincón de aquel lugar.
En las últimas semanas se adaptó al conocimiento de Maomao (Los diarios del boticario).
Kira se puso de pie lentamente. El aire olía a papel viejo y tinta seca, un aroma que se había convertido en parte de su mundo. Caminó entre las estanterías y comenzó a organizar los libros con sumo cuidado. No permitió que ninguna criada la ayudara. Aquel lugar era su santuario, su templo del conocimiento.
Gracias a su nueva recompensa, sus manos se movían con asombrosa precisión y delicadeza. Maomao, el legendario boticario, no solo le había otorgado conocimientos médicos, sino también su habilidad para las tareas domésticas y su meticulosidad.
Entre todos los textos que había leído, Kira conservó varios sobre medicina. Quizás por necesidad… o tal vez porque había decidido no dejar su destino en manos de otros. Así, comenzó a estudiar medicina por su cuenta.
Durante ese año enfermó varias veces. Algunas dolencias fueron leves, otras la obligaron a guardar reposo durante días. Un simple resfriado la mantuvo en cama una semana, mientras los médicos de la familia se mostraban impotentes. Ninguno encontró una cura viable.
Sin embargo, Kira no se rindió. Había leído cientos de pergaminos y libros; la medicina y la historia militar eran sus temas favoritos. Pero poco a poco, su pasión por la medicina eclipsó su interés por la estrategia.
Gracias a la recompensa del sistema, Kira poseía el conocimiento de Mao Mao: el arte del diagnóstico, el estudio de venenos y remedios, y una profunda comprensión del cuerpo humano. Si bien ese conocimiento rivalizaba con la medicina moderna, Kira intuía que ambos mundos podían complementarse.
Sabía que era capaz de realizar pequeñas intervenciones médicas sin dificultad. Su prodigiosa memoria le permitía asimilar cualquier técnica o fórmula con facilidad.
Al principio, se mostró cautelosa… hasta que notó algo inquietante. No solo había heredado el conocimiento de Maomao, sino también parte de su peligrosa curiosidad.
Cada vez con más frecuencia, le venían a la mente pensamientos sobre venenos. Al principio eran simples ideas pasajeras… pero la tentación fue creciendo.
Durante sus paseos por los jardines, acompañada por su madre o los sirvientes, comenzó a identificar y recolectar discretamente hierbas venenosas. En su habitación preparaba pequeñas dosis, observando sus reacciones con precisión científica.
Las primeras veces, solo sintió un ligero dolor abdominal y diarrea. Nada grave. Pero el hecho de que su cuerpo resistiera esas toxinas la intrigó aún más.
—Así que… este cuerpo débil no es tan débil después de todo —murmuró, observando con calma una gota de líquido verdoso en la punta de su dedo.
Y ella sonrió.
Los días transcurrían lentamente y el ambiente en la mansión Tokugawa se tornaba tenso. Kenzo, el padre de Kira, había perdido la calma. Cada nuevo episodio de dolor que sufría su hija era una herida a su orgullo y a su impotencia.
—¿De qué sirve tener un médico de cabecera si no puede evitar que mi hija sufra? —gritó una noche, haciendo temblar las puertas correderas del vestíbulo principal.
El anciano médico, leal a la familia durante años, bajó la cabeza en silencio. Nanami intentó intervenir, pero Kenzo se mantuvo firme. —¡No quiero excusas! —condenó—. ¡Recoge tus cosas y vete!
El médico, con semblante apagado, abandonó la residencia esa misma tarde.
Nanami, siempre atenta, notó que los dolores de Kira se intensificaban. Eran punzadas agudas, como calambres intensos, que la hacían encorvarse. Aun así, la pequeña soportaba el dolor con una madurez que desconcertaba a su madre. Su rostro expresivo revelaba cada punzada, pero sus ojos… permanecían serenos, casi resignados.
Unos días después, la aparente calma se vio interrumpida por una visita inesperada. El abuelo Mitsunari Tokugawa llegó a la mansión. No se trataba de una visita casual: su sola presencia significaba que algo importante estaba a punto de ser tratado.
Por primera vez en mucho tiempo, toda la familia Tokugawa se reunió en el salón principal. Kira observaba atentamente desde su cojín, reconociendo a todos los presentes… excepto a una persona. Había un asiento vacío, reservado para alguien que aún no había regresado del extranjero: Sabuko Tokugawa, la tía abuela de Kira.
Aunque nunca la había visto, Kira conocía su nombre. Recordaba bien quién era: en su vida pasada había leído sobre ella en el manga Baki. Sabía que Sabuko no era una mujer común. Era una médium, una de las pocas capaces de comunicarse con el más allá, incluso de invocar las almas de los muertos. Gracias a ella, según los registros del manga, había sido posible traer de vuelta el espíritu de nada menos que Miyamoto Musashi.
Kira no pudo evitar estremecerse. ¿ Podría ser cierto también en este mundo? El sistema había permanecido en silencio desde que completó la misión de la biblioteca, pero empezaba a comprenderlo mejor: las misiones no aparecían al azar.
El sistema le planteaba obstáculos, desafíos cuidadosamente planificados, como si alguien o algo quisiera moldearla. Cada prueba que superaba no solo le brindaba recompensas, sino que también la hacía más fuerte, más consciente de sí misma y del mundo en el que había renacido.
Y ahora, con su abuelo en la habitación y el nombre de Sabuko resonando en su mente, Kira sintió algo extraño en el ambiente. Una sensación familiar, como una vibración ancestral… una presencia. No sabía si provenía de la mansión o de su propio cuerpo.
Pero algo le decía que la siguiente misión estaba a punto de comenzar.
Por la puerta apareció una anciana con gafas oscuras. Observó a todos en la habitación, pero su mirada se detuvo en Kira. —Esa es mi sobrina nieta… mejor dicho, mi nieta —dijo con una sonrisa contenida—. Mi hermano por fin hizo algo bueno.
Kenzo siempre ha sido una bendición para la familia Tokugawa. Gracias a él, nuestro linaje continuará.
Kira, sorprendida, respondió tímidamente: —Hola, abuela. Siempre quise conocerte.
—¡Qué niña tan encantadora! —exclamó Sabuko, mientras sus ojos parecían evaluar cada detalle de la pequeña.
—¡Hermana!, como ya te comenté, Kira nació con un cuerpo débil. Ya he reunido a un grupo de médicos y científicos para investigar una cura, pero hasta ahora no hemos encontrado resultados —dijo Mitsunari con tristeza.
—Por eso —continuó— quiero llevarla a la arena subterránea, para que pueda presenciar las luchas de los artistas marciales. La tenacidad y el espíritu de esos guerreros nutrirán el espíritu de Kira.
—Hermano… eso podría no funcionar —respondió Sabuko con voz firme—. Kira ha sido bendecida con un cuerpo espiritual fantástico. Su talento podría superar el mío, pero los dioses son crueles; para equilibrar su valor, hicieron su cuerpo débil.
—Debería aprender de mí —respondió Sabuko—. Me quedaré unos años y le enseñaré todo lo que sé. Quizás logre lo que yo nunca pude.
—Tía —dijo Nanami con calma—, Kira es inteligente. Podrá aprender cualquier cosa; en solo medio año ha leído todos los libros y pergaminos de la biblioteca.
En su interior, Kenzo sintió alivio. No aprobaba que su hija presenciara tanta violencia a tan corta edad. Nanami compartía la preocupación, así que instintivamente se levantó para servir té y bocadillos a la anciana.
—Sigues siendo encantadora, Nanami —dijo Sabuko, mirando a Nanami—, ¿por qué no dejas tu apellido Kure y adoptas el Tokugawa?
—Déjame responder, tía —respondió Kenzo con vergüenza y determinación—. Me avergüenza, pero nunca obtuve la aprobación del padre de Nanami. Aun así, mantengo la esperanza de conseguirla, y cuando llegue ese momento, ella adoptará mi apellido.
Los ancianos siempre se entrometen en el amor… —Erioh debe comprender que su hija ya es mayor —dijo Sabuko—. No puede mantenerla bajo su control para siempre.
Kira observaba todo con una mezcla de asombro y curiosidad. Sus abuelos eran figuras de poder y autoridad, y ahora empezaba a comprender que su vida estaba llena de expectativas y desafíos mayores de los que jamás había imaginado.
La noche transcurrió sin problemas. El abuelo decidió quedarse a dormir en la mansión, al igual que la abuela Sabuko.
Kira estaba en su habitación, sentada junto a la ventana, con la mirada perdida en la oscuridad del jardín… o al menos eso parecía. En realidad, tenía la vista fija en el sistema, que le había mostrado una nueva misión justo después de terminar su conversación con Sabuko.
El mensaje apareció ante ella con su habitual sonido metálico y la voz femenina robótica:
[Nueva misión: Aprende todo el conocimiento de Sakubo. Título: Conocimiento místico. Descripción: Sabuko Tokugawa posee la habilidad psíquica de invocar y controlar almas de otras dimensiones, como la de Miyamoto Musashi, pudiendo incluso transferirlas a cuerpos y disiparlas a voluntad. En su búsqueda por perfeccionar su habilidad, ha acumulado un gran conocimiento de magia y rituales esotéricos, pero sus habilidades como hechicera son limitadas. Espera que su nieta logre lo que ella no pudo. Para ganarse un nombre en el mundo mágico. Recompensa : Creación de memoria mágica (Fairy Tael)]
Kira sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Era la primera vez que una misión prometía una recompensa mucho mayor que todo lo que había obtenido hasta el momento.
Sus dedos temblaban ligeramente mientras evaluaba la información. Sabía que no sería fácil. El sistema no concedía favores sin exigir esfuerzo, y esta misión sin duda pondría a prueba su cuerpo debilitado, su mente y su experiencia recién adquirida.
Pero en su interior, una sonrisa se dibujó en su rostro. —Perfecto —murmuró—. Esta vez… quiero ver hasta dónde puedo llegar.
Kira sentía que su corazón latía con fuerza. Era la primera misión que combinaba sabiduría, poder y legado familiar, y la recompensa parecía superar todo lo que había recibido hasta el momento.
—Esto… será interesante —murmuró para sí misma—. La abuela espera que logre lo que ella no pudo. Pues bien, no pienso decepcionarla.
Sus ojos brillaban al imaginar la magnitud de lo que estaba a punto de descubrir. Cada pergamino que Sabuko había reunido, cada ritual que había practicado, cada fragmento de magia olvidada… ahora sería suyo.
…
La mañana comenzó con un ejercicio de ayuno. Su abuela la despertó a las cuatro de la mañana para meditar. En una habitación especialmente preparada de la mansión, todo estaba listo desde la noche anterior: cojines, velas y símbolos dibujados en el suelo.
Sabuko estaba detrás de Kira, su suave voz llenaba la habitación: —Kira, debes despertar tus sentidos espirituales. La forma de hacerlo es ayunando y concentrándote. Olvida el hambre, la sed… solo piensa en tu espíritu. Debes sentir tu energía espiritual.
—Primero —continuó Sabuko—, te enseñaré todo lo que sé sobre lo psíquico. No solo podrás levantar objetos con la mente, sino que también podrás sentir presencias, percibir intenciones maliciosas y comunicarte con los muertos. Pero lo más importante: aprenderás a traer sus espíritus de vuelta a la Tierra.
Kira, sin abrir los ojos, preguntó con voz suave: —Abuela… ¿y la magia? ¿Es real?
Sabuko dejó escapar una leve risa, casi un susurro: —Debes demostrar que puedes aprender todo lo que te enseñe. Si me convences, te transmitiré cada fragmento de conocimiento mágico que poseo. —Recuerda —añadió—, mi fuerza no es mágica, pero puedo guiarte en su camino. Todo lo que aprendas está en tus manos.
Kira asintió, respirando hondo, mientras un escalofrío le recorría el cuerpo. Sabía que esta era la primera prueba seria de su nueva vida. El camino sería difícil, pero también emocionante. Por primera vez, sintió que la magia y lo espiritual estaban al alcance de su mente y su cuerpo.
