Cherreads

Transmigrado en un mundo de magos moderno.

DaoistAmr
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Synopsis
En un mundo donde la magia sostiene el poder de las grandes familias, Alex nació con casi todo resuelto: una vida cómoda, una prometida y un territorio que algún día deberá gobernar. También tiene recuerdos de otra vida. Por desgracia, no lo han vuelto más responsable. La Academia Estrella del Anochecer parece la oportunidad perfecta para disfrutar de cierta libertad. Allí lo esperan viejas amistades, herederos acostumbrados a salirse con la suya y personas que no tienen ninguna intención de acomodarse a sus planes. Alex tiene talento, apellido y demasiada confianza en que cualquier problema puede arreglarse después. Por ahora, le ha funcionado.
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Chapter 1 - Capítulo 1: Un camino de hormigas

La hormiga vuelve a escaparse.

Pongo la ramita delante de ella y espero. Se detiene, mueve las antenas y gira hacia la izquierda.

Le cierro el paso.

Entonces gira hacia la derecha.

También le cierro el paso.

Durante un momento parece que va a regresar por donde ha venido, pero termina subiéndose a la rama y pasa por encima.

Eso no se me había ocurrido.

La sigo hasta una grieta entre dos piedras. Allí hay muchas más. Una arrastra una miga tan grande que apenas consigo verle la cabeza.

A esa no la molesto. Ya tiene bastante trabajo.

Antes he intentado subir al árbol junto al camino, pero la primera rama queda demasiado alta. Después me he acercado a la fuente, donde unos niños se están salpicando. Uno ha fallado.

Me ha dado a mí.

Todavía tengo una manga húmeda.

Mi acompañante está sentada en un banco cercano. Me ha dicho que no me aleje de la fuente. Desde aquí se ve la entrada del parque y, al otro lado de la verja, los autos que se detienen frente al cruce.

"Si pones eso ahí, no pueden pasar."

Levanto la cabeza.

Al otro extremo del banco hay una niña de cabello negro. Tiene un paquete de papel sobre el regazo y está mirando mi mano.

Aparto un poco la rama.

"Sí pueden. Esa ha pasado."

"Pero las otras van a dar la vuelta."

Varias hormigas se han amontonado delante de la ramita.

"Pues que pasen por encima."

La niña abre la boca, pero vuelve a mirar al suelo sin decir nada.

Espero un momento.

"¿Las estabas mirando?"

Asiente.

"Yo también."

Sus ojos regresan a la rama.

La retiro y la dejo a un lado.

"Ya está."

Entonces abre su paquete, rompe una esquina de una galleta y coloca un trocito junto al banco. Una hormiga se acerca casi enseguida.

"¿Les estás dando de comer?"

"Solo un poco."

"Van a venir todas."

"Eso estoy esperando."

Me cambio de sitio para ver mejor. Desde aquí descubro un camino entero de hormigas que pasa bajo el banco, rodea una raíz y desaparece cerca del arbusto.

La niña sostiene el resto de la galleta entre los dedos.

"¿Quieres?"

Miro la miga del suelo.

"¿De la de ellas?"

"No. De esta parte."

Me enseña el pedazo que tiene en la mano.

Acepto.

La galleta está un poco blanda, pero sabe bien. Me siento en el borde del banco mientras ella observa a las hormigas rodear la comida.

Al otro lado del sendero, dos trabajadores están cambiando una losa. Uno espera a que su compañero aparte una herramienta. Un resplandor le recorre los antebrazos; después levanta la piedra y la coloca sobre una carretilla.

Yo he intentado levantar una de esas. Ni siquiera conseguí moverla.

"Esa no puede."

La niña señala una hormiga que tira de la miga sin conseguir arrastrarla.

"Que busque otra."

"Ahora van a ayudarla."

Llegan dos más, aunque una parece empujar hacia el lado contrario.

"Esa no ayuda mucho."

La niña se tapa la boca para reírse.

Al final la miga se mueve.

Un poquito.

Después otro poquito.

Y entonces recuerdo una voz.

'Pueden cargar varias veces su propio peso.'

La frase aparece entera, aunque no sé quién la ha dicho.

Por un instante veo un rectángulo brillante lleno de hormigas enormes. Un dedo señala una de ellas. Intento mirar lo que hay alrededor, pero la imagen desaparece.

"¿Qué pasa?"

La niña me está mirando.

"Nada."

Bajo la vista. La miga ha llegado hasta una piedrecita y las hormigas intentan pasar por un lado.

A veces me vienen cosas así a la cabeza. Una vez recordé una canción, pero cuando quise cantársela a mi padre ya se me había olvidado.

"Son fuertes", digo.

"Mi mamá dice que mucho."

"¿Más que tú?"

Frunce el ceño.

"Para lo pequeñas que son."

"Ah."

Eso tiene más sentido.

Termino la galleta. Una miga cae sobre mis pantalones y la recojo antes de que se pierda.

"También defienden su casa", añade ella. "Si las molestas, pueden morderte."

"Ya sé."

"¿Te han mordido?"

"No. Mordí una."

La niña se queda inmóvil.

"¿Por qué?"

"Fue sin querer."

Examino el trocito de galleta antes de metérmelo en la boca.

"Estaba en algo que me comí."

"¿Y qué hiciste?"

"La escupí. Sabía horrible."

Hace una mueca y después empieza a reírse.

No sé por qué le hace tanta gracia. A mí no me hizo ninguna.

"Por eso tienes que mirar antes."

"Ahora miro."

Me sacudo las manos y bajo del banco. Una hormiga se ha separado del camino y corre junto a mi zapato.

Recojo la ramita.

"No la molestes."

"Solo voy a hacer que vuelva."

Pongo la rama a un lado. La hormiga cambia de dirección y corre hacia el otro.

La sigo.

"No va a entenderte."

"Ya lo sé."

Pero si le tapo los lados, tendrá que regresar por donde ha venido.

Doy otro paso.

Entonces siento un pinchazo por encima del zapato.

"¡Ay!"

Me aparto de un salto y me doy una palmada en el tobillo. Algo pequeño cae sobre la tierra.

¿Cómo puede doler tanto una cosa tan pequeña?

La niña se levanta.

"¿Te ha mordido?"

"¡Sí!"

Me bajo el calcetín. Hay un punto rojo en la piel. Cerca de la raíz, varias hormigas corren por donde acabo de poner el pie.

Aprieto la ramita.

"Pues ahora van a ver."

La niña me agarra de la manga.

"Hay otra en tu zapato."

Eso sí consigue que me mueva.

Sacudo el pie tan fuerte que casi pierdo el equilibrio. Ella tira de mí hacia el sendero y nos detenemos junto a la fuente.

"¿Dónde?"

Se agacha para mirar.

"Creo que se cayó."

"¿Crees?"

Mi acompañante ya viene hacia nosotros. Le enseño el tobillo y levanto el pie para que revise también el zapato. Lo sacude, mira dentro y me ayuda a ponérmelo.

"No te rasques."

Bajo la mano.

Espero a que se vuelva para tocarme otra vez.

"Te estoy viendo."

La retiro.

La niña sigue a mi lado.

"Te dije que podían morder."

"No era esa."

"¿Cuál?"

"La que estaba mirando. Me ha mordido otra."

Se queda pensando.

"Pero estabas pisando por donde viven."

Miro la raíz.

Eso puede ser.

Dejo la ramita en el borde de la fuente y me siento. Ella retuerce una esquina del papel de la galleta, mirando de vez en cuando hacia el banco.

Le hago sitio.

Se sienta también.

Durante un rato escuchamos el agua.

"¿Vienes mucho?", pregunto.

"A veces. Cuando mi mamá puede traerme."

"Yo también vengo a veces."

Al otro lado de la fuente, uno de los niños mete las dos manos en el agua. Me aparto un poco.

"¿Mañana vas a venir?"

"No sé."

"Podríamos mirar si se llevaron toda la galleta."

La niña levanta la cabeza.

"Puedo preguntarle."

"Bueno."

"¿Tú vas a venir?"

"Voy a preguntar también."

Eso parece dejarla conforme.

Se oye una voz desde el camino.

"¡Emilia!"

La niña se vuelve. Una mujer espera junto al sendero, con un bolso colgado del hombro.

"Ya tengo que irme."

Se baja de la fuente y aprieta el paquete vacío entre las manos.

Antes de que se aleje, recuerdo algo.

"¿Te llamas Emilia?"

Asiente.

"Yo soy Alex."

"Ya sé."

"¿Cómo?"

Señala detrás de mí.

"Te están llamando."

Me doy la vuelta.

Mi tía Sarah viene por el sendero. Mi acompañante se acerca a ella y le dice algo que no alcanzo a oír.

No sé cuántas veces habrá dicho mi nombre.

"Ah."

Cuando vuelvo a mirar a Emilia, está intentando no reírse.

"Nos vemos mañana", le digo.

"Si mi mamá me deja."

Se aleja deprisa. A mitad del camino se vuelve para despedirse con la mano y yo hago lo mismo.

Sarah se detiene delante de mí.

"¿Qué te ha pasado en el calcetín?"

Todavía lo llevo doblado sobre el zapato.

"Una hormiga."

Mi tía se agacha. Me aparta los dedos del tobillo y examina la marca.

"¿Qué estabas haciendo?"

"Mirándolas."

Levanta los ojos hacia mí.

"Muy cerca", añado.

"Ya veo."

Me acomoda el calcetín y se incorpora.

"Vamos. Nos esperan para comer."

Cojo su mano.

Al pasar junto a la fuente, veo la ramita donde la he dejado. La miro un momento y continúo caminando.

La madre de Emilia todavía está junto al sendero. Emilia le está hablando y señala hacia el banco.

"Livia", la saluda mi tía.

La mujer levanta la cabeza.

"Sarah. Hace un rato no conseguía que se fuera."

"Al mío tampoco."

Emilia me mira. Yo le señalo el tobillo y ella vuelve a taparse la boca.

Las dos hablan un momento. Escucho algo de una visita, pero pasa un autobús y me distraigo intentando ver a las personas del piso de arriba.

Cuando vuelvo a prestar atención, se están despidiendo.

"Pregúntale", me dice Emilia en voz baja.

Asiento.

Espero hasta que nos alejamos unos pasos.

"¿Puedo volver mañana?"

Sarah me mira de reojo.

"Esta mañana decías que aquí te aburrías."

"Porque todavía no la conocía."

Mi tía sonríe un poco.

"Después de tus lecciones. Hablaré con Livia."

"¿Es su mamá?"

"Sí."

"¿Es amiga tuya?"

"Desde que estudiábamos juntas."

Eso fue hace mucho. No consigo imaginarme a mi tía sentada en mi mesa de estudio, aunque supongo que también tendría que hacer ejercicios.

"Pero si llegamos tarde, a lo mejor ya se ha ido."

"Entonces procura terminarlos a tiempo."

Empiezo a calcular cuánto puedo tardar. Si no me distraigo y no tengo que repetir nada, quizá consiga acabar antes.

Nuestro auto espera junto a la acera. El conductor abre la puerta y, antes de subir, me vuelvo hacia el banco.

Desde aquí parece que no hay nada debajo.

Mañana voy a traer una galleta.

Y zapatos más altos.