La galleta no cabe en el bolsillo.
Pruebo a meterla de lado, pero una esquina se queda fuera. Si la empujo un poco más, se rompe.
Miro el otro bolsillo.
Es del mismo tamaño.
"¿Qué haces?"
Mi padre está en la puerta del comedor. Bajo la mano, aunque ya me ha visto.
"Nada."
Mira la galleta. Después me mira a mí.
"El desayuno está en la mesa."
"Esta es para después."
"Entonces déjala para después."
La pongo en el borde de un plato y me siento. Mi madre aparta su taza antes de que la golpee con el codo.
"Hoy has bajado temprano."
"Ya estaba despierto."
"Ayer tuve que llamarte tres veces", dice mi padre.
Empiezo a comer.
Desde aquí veo la puerta del pasillo, pero Sarah no aparece.
"¿La tía ya se fue?"
"Hace un rato", responde mi madre.
Dejo de masticar.
"Pero dijo que podía volver al parque."
"Después de tus lecciones", añade mi padre.
Lo miro.
"¿Te lo dijo?"
"Sí."
Parece que se lo cuentan todo.
Mi madre me acerca el vaso cuando intento alcanzar la jarra.
"Livia llevará a Emilia esta mañana. Si acabas a tiempo, podrás verla."
Asiento con la boca llena.
"Traga primero."
Lo hago.
"Voy a acabar."
"Entonces habrá que llevar unas galletas que no hayan pasado por tu bolsillo."
Miro el plato. La esquina que sobresale del papel tiene una grieta.
"Todavía está bien."
Mi madre toma el paquete y lo deja junto a su taza.
"Te guardaré otras."
Termino el desayuno y bajo de la silla.
"Despacio por el pasillo", dice mi padre.
Todavía no había empezado a correr.
Renzo está sentado en mi sitio.
Tiene los cuadernos abiertos y está borrando algo con tanta fuerza que la mesa se mueve.
"Ese es mi sitio."
"Aquí llega el sol."
"Por eso es mi sitio."
Me quedo de pie a su lado. Termina de borrar antes de levantarse y se lleva sus cosas al otro extremo de la mesa.
Ha dejado virutas sobre mi cuaderno.
"Eso estaba limpio."
"Ahora también."
Sopla. Algunas caen en mi manga.
Le devuelvo una con el dedo, pero entra la maestra y los dos dejamos de movernos.
Nos mira un instante.
"Buenos días."
Respondemos casi a la vez.
Primero corregimos lo de ayer. Después leemos un texto y contestamos unas preguntas. Termino antes que Renzo y dejo el lápiz encima de la mesa para que se note.
La maestra recoge mi cuaderno.
Espero.
Pasa una página. Luego vuelve a la anterior.
"Alex, lee la segunda pregunta."
La leo.
"¿Y qué has contestado?"
Miro lo que he escrito.
Ah.
Esa era la respuesta de la tercera.
Renzo agacha la cabeza. Se le mueven los hombros.
"Lo sabía", digo.
"Entonces corrígelo."
Esta vez Renzo termina primero. No dice nada, pero deja el lápiz delante de mí, muy despacio.
Al llegar a la sala de prácticas, acerco la muñeca a la placa de la puerta. La marca del brazalete se ilumina.
Renzo hace lo mismo.
"Hoy sí te ha dejado", le digo.
"Ayer también."
"La primera vez no."
"Porque todavía no era la hora."
Empujo la puerta antes de que siga explicándolo.
Dentro hay dos mesas bajas. Sobre cada una descansa una bandeja con una pieza redonda en un extremo. Una línea azul dibuja un camino hasta un círculo.
Reconozco las bandejas.
"¿Otra vez esto?"
"Hoy hay curvas", responde la maestra.
Eso ya lo veo.
Me siento frente a la más cercana. La pieza tiene un dibujo plateado en el centro. Cuando acerco la mano y dejo salir un poco de maná, el dibujo se enciende.
Una vez lo intenté con una moneda del bolsillo de mi padre.
No se movió nada.
"¿Podemos usar el lanzador?", pregunta Renzo.
"Hoy no."
La maestra guarda dos pulseras anchas en el armario. Son las que tienen un cristal pequeño junto al cierre.
"Quiero que la mováis vosotros."
Señala el círculo de la bandeja.
"Dos recorridos completos. Sin tocarla, sin saliros del camino y deteniéndola aquí."
Dos no son tantos.
Pongo la mano cerca de la pieza y busco esa sensación que aparece cuando practico: un calor suave, más adentro que el de la piel.
La pieza tiembla.
Empujo.
Sale disparada hasta la primera curva y golpea el borde.
Renzo levanta la cabeza.
"Casi."
"No he terminado."
Intento traerla de vuelta. Se mueve de lado y se queda atravesada.
La maestra la recoge.
"Has seguido empujando cuando ya se estaba moviendo."
"Si paro, se queda."
"Afloja poco a poco. Como cuando quieres dejar de correr."
La coloca al principio.
Vuelvo a intentarlo. Esta vez avanzo despacio. Cuando la pieza se acerca a la curva, aflojo tanto que se detiene antes de llegar.
La miro.
"Ahora gira", dice la maestra.
La hago avanzar hacia la derecha.
Se sale de la línea.
"No tanto."
Al otro lado, Renzo todavía está en el primer tramo. Su pieza va tan despacio que casi no parece moverse.
"Así vamos a estar aquí hasta mañana."
"La tuya está fuera."
La devuelvo al principio.
En el siguiente intento paso la primera curva. En la segunda me apresuro y tengo que empezar de nuevo.
Miro el reloj de la pared.
"¿Tienes una cita?", pregunta la maestra.
Renzo también mira el reloj.
"No."
"Entonces mira la bandeja."
Obedezco.
La pieza vuelve a encenderse.
Esta vez consigo llegar al círculo. Está a punto de cruzarlo cuando retiro la mano de golpe.
Se queda quieta.
"Uno."
La maestra asiente.
Miro a Renzo.
Él ya está empezando el segundo.
Renzo termina antes que yo.
Guarda su bandeja y vuelve a colocarse a mi lado.
"Me tapas la luz."
Se cambia de sitio.
Empiezo otra vez. Llego hasta la curva y preparo el giro.
"No cierres la mano", dice.
"Ya sé."
"Siempre la cierras ahí."
Voy a decirle que no, pero miro mis dedos. Los tengo casi doblados contra la palma.
Los aflojo.
La pieza da un saltito.
Me quedo quieto y vuelvo a buscar la sensación. Empujo menos. La hago girar y avanzo por el tramo recto.
Renzo acerca la cabeza.
"Ahora viene la otra."
"La estoy viendo."
Se calla.
No miro el reloj. Sigo la pieza hasta la segunda curva y espero antes de cambiar la dirección.
Gira.
Solo queda un tramo pequeño.
La llevo hasta el círculo y retiro la mano con cuidado.
No se mueve.
"Dos."
"Dos", confirma la maestra.
Me levanto tan rápido que golpeo la mesa con la rodilla. La pieza salta y se sale del círculo.
Nos quedamos mirándola.
"Eso no cuenta", digo enseguida.
Renzo se ríe.
La maestra me ayuda a enderezar la silla.
"Guarda la bandeja, Alex."
Mi madre me espera junto a la entrada con una caja pequeña.
"¿Acabaste?"
"Todo."
Mira por encima de mi cabeza. La maestra viene detrás y asiente.
Mi madre me entrega la caja.
"Las galletas. No la metas en el bolsillo."
Levanto la tapa. Hay varias, acomodadas una encima de otra.
"Solo necesitaba una."
"Entonces tendrás para compartir."
Renzo se queda cerca de la escalera, con sus cuadernos contra el pecho.
"¿Por eso querías acabar tan rápido?"
"Voy al parque."
"Ah."
Se acomoda los cuadernos y empieza a alejarse.
"Puedes venir."
Se detiene.
"¿Ahora?"
"Sí. Voy a ver a una amiga."
Mira a mi madre.
"Tendrán que avisar en tu casa."
"Dejo esto y vuelvo."
Sale corriendo. Mi madre le recuerda lo del pasillo y empieza a caminar de golpe.
Lo espero junto a la puerta.
Cuando regresa, intento darle la caja para acomodarme una manga.
"Llévala derecha", dice. "Las vas a romper."
"No importa. También son para las hormigas."
Renzo baja las manos.
"¿Qué?"
"Ya verás."
Emilia está junto al banco.
La veo antes de bajar del auto. Tiene una hoja en la mano y se agacha cerca de la raíz.
Está mirando las hormigas sin mí.
Camino más deprisa.
Mi acompañante tiene que recordarme que espere antes de cruzar la entrada.
Cuando por fin llego, Emilia se incorpora.
"Pensé que ya no venías."
"Tenía lecciones."
Levanto la caja.
"He traído."
Mira las galletas y después a Renzo, que viene detrás.
"Él también tenía."
"Yo acabé primero", dice Renzo.
Lo miro.
"Él es Renzo."
"Hola."
"Hola."
Se quedan mirándose hasta que abro la caja.
Emilia se acerca enseguida.
"Hay muchas."
"Mi mamá dijo que compartiera."
Renzo coge una.
"Esas eran para…"
Me detengo.
Mi madre no ha dicho con quién.
Emilia también toma una, rompe un trocito y me enseña el suelo.
"Se llevaron todo."
Debajo del banco ya no queda la miga de ayer.
"Te dije que podían."
"Yo no dije que no."
"Les dijiste que buscaran otra."
Renzo se agacha.
"¿Estas?"
"Sí."
Muerde su galleta mientras observa el camino.
Emilia deja una miga cerca de la raíz.
Espero.
Una hormiga pasa de largo.
Otra también.
Renzo se sienta sobre los talones.
"¿Y ahora qué?"
"Ahora vienen", responde Emilia.
La siguiente hormiga se detiene junto a la miga. La toca, da una vuelta y se aleja.
Renzo me mira.
Yo sigo mirando la comida.
"Tienen que avisar."
"¿Cómo?"
Abro la boca.
No lo sé.
Emilia se inclina un poco más.
"Con las antenas, creo."
Renzo observa las hormigas que se cruzan en el camino.
"Se están chocando."
"Están hablando", digo.
"¿Las oyes?"
"No hablan así."
"¿Entonces cómo?"
Emilia deja escapar una risa. Yo señalo la miga.
"Ya vienen."
Dos hormigas se han detenido junto a ella.
Después llega otra.
Renzo apoya una rodilla en el suelo para ver mejor.
Pasa un rato antes de que me dé cuenta de que sigue con la galleta en la mano, sin comer.
Emilia se vuelve hacia mí.
"Has traído otros zapatos."
Bajo la vista.
Son más altos. El calcetín casi no se ve.
"Estos son mejores."
Renzo mira mis zapatos y después los suyos.
"¿Para qué?"
Emilia vuelve a reírse.
"Para mirar hormigas."
"No es por eso."
Los dos me miran.
Cierro la caja.
"Bueno. Un poco."
Renzo se revisa los tobillos.
Entonces se levanta y se sienta en el banco, con los pies bien apartados de la raíz.
Yo hago lo mismo.
Emilia tarda un momento en seguirnos.
Desde arriba se ve peor, pero todavía podemos distinguir la miga. Las hormigas han empezado a moverla.
Renzo se inclina hacia delante.
"Esa está empujando al revés."
Emilia me mira.
Esta vez nos reímos los dos.
