Cherreads

Chapter 38 - 38

Rose permaneció en silencio frente a la ventana del palacio Kafgert.

La ciudad seguía viva más allá del cristal: carruajes, luces, voces lejanas. Todo continuaba con normalidad… como si el mundo no supiera que, en algún lugar del palacio imperial, Adam seguía lejos de casa.

Sus dedos se cerraron lentamente sobre el borde de la mesa.

Si su estrategia fallaba, el emperador no la atacaría.

No.

Sería mucho peor.

El emperador sonreiría.

Desmentiría el rumor con elegancia, con esa calma fría que siempre desarmaba a la corte. Diría que comprendía la preocupación de una esposa. Que todo había sido un malentendido exagerado por terceros.

La perdonaría.

Y ese perdón sería la humillación perfecta.

Porque después vendría el verdadero movimiento.

Adam.

El emperador podría asignarle responsabilidades en el palacio imperial. Consejos estratégicos. Reformas administrativas. Misiones que exigirían su presencia constante en la capital.

Todo con razones impecables.

Deber imperial.

Estabilidad del imperio.

Confianza fraterna.

Nadie podría oponerse.

Rose cerró los ojos un instante.

Si eso ocurría…

Adam no volvería a casa.

Tal vez regresaría algunas veces.

Quizá enviaría cartas.

Pero la vida que habían construido juntos… desaparecería lentamente.

Y el emperador lo sabría.

Siempre lo había sabido.

Porque el emperador amaba a Adam.

Rose abrió los ojos.

Su pecho se tensó con una mezcla de rabia y miedo que no podía permitirse mostrar ante nadie.

Adam la había elegido a ella.

Había elegido su hogar.

Había elegido una vida lejos del palacio imperial.

Y eso era algo que el emperador nunca había aceptado del todo.

Si Rose perdía esta partida, no solo quedaría expuesta como imprudente.

Le entregaría al emperador la oportunidad perfecta de recuperar lo que siempre quiso

Rose respiró hondo.

Durante horas había sostenido el peso de cada cálculo, cada rumor y cada posible consecuencia. Su mente no había descansado ni un instante desde que la situación comenzó a escalar en la corte.

Pero cuando levantó la mirada y vio a Ellian frente a ella, algo en su interior se suavizó.

—Madre… —dijo él con calma.

Solo una palabra.

Y aun así, Rose pudo escuchar en ella la preocupación que su hijo trataba de ocultar.

Por un momento sintió el cansancio que llevaba acumulando.

Entonces sonrió.

No fue la sonrisa elegante que la corte conocía, ni la expresión calculada de una archiduquesa que mide cada gesto. Fue una sonrisa genuina, cálida… casi despreocupada.

Antes de pensarlo demasiado, lo atrajo hacia ella.

—Mírate… —murmuró con una mezcla de orgullo y ternura—. Qué hijo tan maravilloso he criado.

Besó su mejilla con cariño, como cuando era más pequeño.

Ellian permaneció quieto por un segundo, sorprendido por el gesto, pero pronto respondió al abrazo con naturalidad.

Noah, que observaba a unos pasos, no pudo evitar acercarse también.

Rose extendió una mano hacia él sin siquiera mirarlo.

—Ven aquí tú también.

Noah se acercó con la serenidad que siempre lo caracterizaba, pero cuando Rose lo rodeó con el otro brazo, su postura firme se relajó ligeramente.

Por un breve instante, el salón dejó de ser un lugar lleno de estrategias y decisiones.

Solo eran una familia.

Rose apoyó suavemente la frente contra la cabeza de Noah y luego miró a Ellian.

Sus hijos.

La razón por la que nunca podía permitirse fallar.

Y, inevitablemente, su pensamiento regresó a Adam.

Adam…

Su esposo.

Hermoso. Inquebrantable.

El hombre que había elegido compartir su vida con ella incluso cuando el mundo entero esperaba que eligiera otra cosa.

El calor que ese pensamiento provocó en su pecho fue inmediato.

Por un momento, la archiduquesa Rose dejó de ser estratega.

Dejó de ser una pieza en el tablero político del imperio.

Era simplemente una mujer que amaba profundamente a su familia.

Y mientras sostenía a sus hijos entre sus brazos, una certeza silenciosa se instaló en su corazón:

No importaba cuán compleja se volviera la guerra política que se desarrollaba a su alrededor.

Mientras ellos permanecieran juntos…

siempre tendría un motivo para luchar.

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