El dolor seguía punzando en cada fibra del cuerpo de Ryuusei, un recordatorio constante de que aún estaba vivo. Su respiración era un jadeo entrecortado, el pecho subiendo y bajando con urgencia frenética mientras intentaba procesar lo imposible: la Muerte no había enviado solo a la bestia putrefacta. Había enviado al Heraldo Negro.
Ya no era una cacería. Era una ejecución personal.
Kenta se había refugiado detrás de Daichi, su cuerpo entero temblando.
—¿Qué... qué está pasando? —susurró Kenta, voz apenas audible.
Daichi no respondió. Sus ojos, antes sombríos, ahora eran un espejo de terror helado.
Aiko se soltó la mano. —Tenemos que ayudarlo. Tenemos que hacer algo.
Haru negó con la cabeza, voz baja y gélida. —No podemos. ¿No lo ves? El Heraldo... es de otro nivel. Un solo movimiento y nos borra a todos.
—¡Pero es Ryuusei! —Aiko se puso de pie, pequeño cuerpo rígido de determinación—. ¡No podemos abandonarlo!
—Si vamos, morimos —dijo Haru sin alzar la voz, pero con firmeza que heló a la niña—. Si morimos, él muere solo. Al menos así... tal vez uno sobreviva para dar la alerta.
Kenta asomó la cabeza por encima del hombro de Daichi. —No... no pueden hablar en serio. No podemos dejarlo ahí. Él es...
—Él es el objetivo —completó Haru sin emoción—. La Muerte no envió esa cosa por diversión. Lo envió por él. Nosotros somos daño colateral si nos acercamos.
Una grieta se abrió en la tierra a sus pies con un trueno sordo. Ryuusei, a la distancia, se incorporó temblando.
—Quiere acabar con esto —murmuró Ryuusei entre dientes, su voz llegando a ellos como un susurro arrastrado por el viento—. Quiere verme muerto cuanto antes.
Aiko sollozó. —No... Ryuusei... no...
Daichi, que había permanecido en silencio, se levantó por completo, desenfundando lentamente su katana. —Él es el objetivo. Pero nosotros somos su equipo. No lo dejaremos morir.
—Estás loco, Daichi —dijo Haru, pero su voz ya no sonaba tan segura.
—Tal vez —respondió Daichi, sus ojos fijos en la figura inmutable del Heraldo—. Pero él es el que nos ha mantenido vivos hasta ahora. El que encontró las armas, el que nos salvó de esa cosa putrefacta. Si tiene una oportunidad, está con nosotros.
Kenta asintió frenéticamente. —¡Sí! ¡Daichi tiene razón! ¡No hay forma de que lo dejemos solo!
Haru suspiró, su mirada calculadora de pronto llena de una frustración tangible. —Bien. Pero no seamos idiotas. Nos moveremos en grupo, y solo atacaremos si vemos una apertura. Si el Heraldo nos presta atención, corremos. ¿Entendido? Es nuestra única oportunidad.
Aiko asintió, su rostro cubierto de lágrimas pero sus ojos encendidos de determinación. Los cuatro se movieron con cautela, usando la devastación del paisaje como cobertura, acercándose al campo de batalla.
Frente a Ryuusei, la figura del Heraldo Negro permanecía inquebrantable, su espada de obsidiana descansando sobre su hombro. Su capa oscura ondeaba como una sombra viviente, y su presencia exudaba una calma perturbadora, una calma que Ryuusei sentía como la antesala de su propia tumba.
—Te estás demorando demasiado —dijo el Heraldo con voz grave y distorsionada, una resonancia que no venía de su garganta, sino del aire mismo—. Termina de morir, humano.
Ryuusei levantó su martillo. Sus brazos temblaban, pero el miedo se mezclaba con una furia incontrolable. No podía rendirse. Si lo hacía, sus compañeros morirían. Su familia. Y con un grito de guerra, una mezcla de rabia y desesperación, se lanzó al ataque.
El choque fue inmediato. La espada y el martillo colisionaron con una fuerza capaz de partir el cielo. Ondas de choque destruyeron los árboles cercanos, y el suelo se fragmentó en mil pedazos.
Ryuusei se teletransportó repetidamente, un borrón en el aire, atacando desde distintos ángulos, pero el Heraldo predecía cada movimiento con escalofriante facilidad. Era como si su mente fuera una hoja de cálculo, analizando cada variable y cada posible movimiento.
—Aburrido —susurró el Heraldo, bloqueando cada golpe con un solo brazo, su voz un eco de desinterés.
—¡Cállate! —bramó Ryuusei, sintiendo cómo su furia crepitaba dentro de él, alimentando sus golpes. —¡No me conoces! ¡No sabes lo que soy!
El Heraldo se detuvo por un instante. Sus ojos, dos orbes de luz carmesí, se posaron en las armas de Ryuusei, y luego volvieron a su rostro, inmutable. Una sonrisa se formó en la oscuridad de su yelmo. No era una sonrisa de alegría, sino una de burla, de un sadismo cruel.
—Cuando acabe contigo, iré por tu familia.
El martillo de Ryuusei se detuvo en el aire. Sus piernas flaquearon. Su mente, su furia, se detuvieron.
—Voy a arrancarles los órganos uno por uno. A hacerlos gritar mientras los despedazo lentamente.
El estómago de Ryuusei se hundió como si lo hubieran arrojado a un abismo. Su respiración se volvió errática. Un sudor frío le recorrió la espalda. Las palabras del Heraldo conjuraron una imagen vívida en su mente: su hermana, su madre, su padre… sus rostros, su dolor…
Miedo. No por su vida. Por la de ellos.
El Heraldo lo notó… y la sonrisa en su yelmo se ensanchó.
—Ah… Así que este es tu verdadero miedo. Te aferras a ellos como un niño a su manta. Qué patético.
Ryuusei intentó moverse, atacar, pero su cuerpo no respondió. Su mente estaba atrapada en la imagen de su familia siendo masacrada. Sus músculos se negaban a obedecer. Todo el poder que había sentido momentos antes, toda la furia, se desvaneció en un instante.
—¡No lo escuches, Ryuusei! ¡No lo escuches! —el grito de Aiko, a la distancia, llegó a sus oídos.
El Heraldo levantó la vista, notando al grupo. La sonrisa se desvaneció. Con un movimiento rápido y certero, golpeó a Ryuusei en el estómago.
El impacto demoledor lo alcanzó en el estómago. Fue como si cinco camiones lo hubieran embestido a la vez. Sus huesos crujieron. La sangre brotó de su boca. Su cuerpo salió despedido, atravesando un árbol y destrozándolo en el proceso.
Cayó al suelo en convulsiones. Su respiración era errática, sus ojos desenfocados. El dolor era insoportable. Su conciencia se tambaleaba. La Muerte se acercaba.
El Heraldo avanzó lentamente, disfrutando cada segundo. —Se acabó —susurró, alzando la espada para el golpe final.
El filo negro descendió.
Ryuusei intentó moverse. No respondió. Solo un pensamiento: No quiero morir.
Un estallido de luz cegadora interrumpió el ataque.
El Heraldo se detuvo. Frunció el ceño óseo. Giró la cabeza.
Ryuusei, apenas consciente, también miró.
La tierra tembló con violencia. Algo más había entrado en escena.
Y entonces, desde la grieta abierta por el impacto, emergió una presencia aún más monstruosa.
La Bestia.
