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Rebelión contra el Cielo

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Synopsis
En un mundo donde los dioses gobiernan con puño de hierro, un alma rebelde decide desafiar el orden divino. Cuando el destino lo empuja a alzarse contra el mismísimo cielo, descubre que la verdadera lucha no es solo por el poder, sino por la libertad. ¿Podrá cambiar el curso del universo o será otra víctima del destino?
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Chapter 1 -  El Día en que Todo se fue al CARAJO

En este mundo, donde el estruendo de los superhéroes chocando contra villanos resuena como un trueno eterno en el horizonte, las entidades divinas se reducen a ecos lejanos, casi extinguidos. Dioses, demonios, ángeles... se ocultan en las grietas de la realidad, convertidos en reliquias olvidadas por una sociedad obsesionada con titanes de acero y poderes mutantes. La gente adora a esos "guardianes de la humanidad" o los maldice como plagas, pero pocos se preguntan qué acecha más allá de las máscaras y las explosiones controladas. Hasta que, un día, lo divino irrumpe sin invitación, y te das cuenta de que el velo entre lo mundano y lo eterno es tan frágil como un susurro en una tormenta.

Mi nombre es Ryuusei Kisaragi, y tengo 14 años. A mi edad, ya he aprendido que la perfección es un mito urbano, algo que venden en los carteles de los superhéroes pero que nunca se materializa. No soy un soñador ciego que espera un final feliz para todos; soy más bien un observador pragmático, alguien que saborea los fragmentos de alegría en medio del caos cotidiano. Vivo en el pulso frenético de Tokio, con mis padres y mis dos hermanas menores, Akari y Mei. Nuestra familia era un engranaje bien aceitado en la maquinaria de la vida urbana: discusiones por el mando a distancia durante las noches de anime, cenas ruidosas con arroz pegajoso y pescado fresco del mercado, y fines de semana robados para paseos en el parque o visitas al santuario local, donde quemábamos incienso por tradición más que por fe. Era normal, predecible, hasta que el destino decidió que la normalidad era un lujo que no merecíamos.

Aquel día empezó como tantos otros, perezoso y sin pretensiones, un sábado soleado que no exigía heroicidades. Me desperté tarde, el sol filtrándose a través de las cortinas como dedos dorados que me pinchaban los ojos. Bostecé con fuerza, estirando los brazos hasta que mis articulaciones crujieron en protesta, mi cabello un caos negro y rebelde que parecía tener vida propia. Mi pijama, una reliquia descolorida con estampados de dragones desvaídos, se arremangaba por el calor pegajoso del verano incipiente. Bajé las escaleras a trompicones, mis pies descalzos amortiguados por la alfombra raída, pero el ruido fue suficiente para alertar a la casa.

—¡Ryuusei, por fin! Pensé que te habías convertido en parte del colchón —gritó Akari desde la cocina, su voz un torbellino de energía inagotable. Estaba encorvada sobre la mesa, atacando un tazón de cereal con leche como si fuera una batalla épica. Sus ojos grandes, heredados de mamá, me miraron con una mezcla de fastidio juguetón y cariño fraternal. A sus 12 años, Akari era la chispa de la familia, siempre planeando aventuras absurdas como construir fortalezas con cojines o inventar historias sobre superhéroes locales que "seguro" vivían en nuestro barrio.

—Relájate, Akari. Los sábados están hechos para hibernar, no para conquistar el mundo —respondí con otro bostezo, arrastrando los pies hasta la silla opuesta. El aroma a café amargo y arroz cocido con un toque de miso me despertó un poco más, recordándome que el hambre era un motivador universal.

—No hay excusas para la pereza, jovencito. Hay que aprovechar el día —intervino mamá, emergiendo de la cocina con su delantal salpicado de harina y una espátula en mano como un cetro. Su voz era suave pero con ese filo de autoridad que solo las madres perfeccionan. Depositó un plato humeante frente a mí: arroz blanco esponjoso, un filete de salmón grillado con piel crujiente, y una guarnición de vegetales salteados que olían a ajo y sésamo. El vapor subía en espirales, calentándome la cara.

—Venga, mamá, el mundo no se derrumbará porque duerma un rato más —repliqué con una sonrisa torcida, pinchando el salmón con los palillos. Sabía que a ella le gustaba la rutina matutina, el ritual de reunirnos a todos alrededor de la mesa como si fuéramos una familia de anuncio publicitario.

Papá, sumergido en su periódico matutino con una taza de café negro en la mano, bajó las gafas hasta la nariz y me miró por encima del borde. Su expresión era un enigma, como siempre: una mezcla de sabiduría cansada y humor seco. —Cuidado con lo que deseas, hijo. El mundo tiene una manera retorcida de recordarnos nuestra fragilidad, como un castillo de naipes en un vendaval.

Sus palabras colgaron en el aire, proféticas de una forma que solo el retrospecto hace dolorosa. Me reí, un sonido ligero y despreocupado que ahora me persigue como un eco acusador. En ese momento, era solo papá siendo papá, filosofando sobre la vida mientras sorbía su café.

El desayuno transcurrió en una sinfonía familiar: Akari contándome sobre su último dibujo de un superhéroe con poderes de controlar el tiempo (inspirado en un cómic que le presté), Mei gateando por el suelo con su peluche de oso, balbuceando palabras incoherentes a sus dos años, y mamá regañándonos por no comer con más gracia. Papá intervino con anécdotas de su juventud, cuando Tokio era menos caótico, sin villanos volando por los cielos. Eran momentos simples, tejidos con hilos de rutina que nos mantenían unidos.

Después de desayunar, decidí salir con mi mejor amigo, Haruto. Él era el contrapeso perfecto a mi cinismo: un torbellino de optimismo con una risa que podía disipar nubes. A sus 14 años, igual que yo, Haruto soñaba con convertirse en un inventor, creando gadgets que rivalizaran con los de los superhéroes. Nos conocimos en la escuela primaria, unidos por una pasión compartida por los videojuegos y las escapadas al arcade. Acordamos vernos en el parque cercano, nuestro santuario personal, un oasis verde en medio del hormigón de Tokio, donde habíamos jugado innumerables partidos de fútbol con pelotas improvisadas y compartido secretos sobre chicas de clase.

Me senté en un banco bajo un cerezo antiguo, sus ramas empezando a brotar con promesas rosadas de sakura. El aire era fresco, impregnado del olor a tierra húmeda y hierba cortada, con un toque sutil de humo de incienso del templo cercano. Haruto llegó jadeando, su mochila colgando de un hombro, el cabello revuelto por la brisa.

—Ey, Ryuusei, ¿listo para conquistar el día? —saludó con su sonrisa trademark, sentándose a mi lado y sacando una bolsa de chuches de matcha.

Hablamos de tonterías adolescentes: el último juego de rol donde podías ser un villano redimido, los rumores sobre una chica de nuestra clase que supuestamente tenía poderes telepáticos (probablemente falso, pero divertido imaginarlo), y planes para las vacaciones de verano, como un viaje en tren a Kyoto para ver templos antiguos. La vida se sentía como un río tranquilo, lleno de meandros predecibles y corrientes suaves.

De pronto, Haruto se puso serio, algo raro en él. —Oye, ¿qué harías si el mundo se acabara hoy? Sin aviso, bam, apocalipsis.

Lo miré, desconcertado por el giro. —Qué pregunta más rara. Sobrevivir, supongo. Agarraría a la familia y huiría. Intentaría ayudar a quien pudiera. ¿Por qué lo preguntas?

Se encogió de hombros, mirando al cielo. —No sé. A veces pienso en lo frágil que es todo. Yo... haría locuras. Robar un banco, confesarme a esa chica de matemáticas. O simplemente... estar con amigos como tú.

Reímos, el sonido rebotando en los árboles, ignorantes de que sería el último. El sol calentaba nuestra piel, los niños gritaban en el arenero, y el mundo parecía eterno.

Entonces, un rugido subterráneo. La tierra tembló, al principio como un sismo común en Japón, esos que nos enseñan a ignorar en la escuela. "Otro más," pensé, sujetándome al banco. La gente murmuró, algunos se agacharon instintivamente.

Pero la vibración no se detuvo. Al contrario, se intensificó. El suelo se sacudió con una violencia inusitada, como si un gigante invisible estuviera golpeando la tierra desde abajo. Cuando los edificios a lo lejos comenzaron a partirse y colapsar como si fueran de papel, soltando nubes de polvo y escombros, supe que esto era diferente. Mucho, mucho más diferente. Esto no era un terremoto. Esto era el fin.

Pero no paró. Se intensificó, como si la corteza terrestre se estuviera resquebrajando desde el núcleo. Edificios lejanos crujieron y se doblaron, expulsando nubes de polvo gris que oscurecían el cielo. Esto no era natural; era una ira primordial, algo que trascendía la tectónica.

—¡¿Qué demonios?! —bramó Haruto, su voz quebrada por el miedo. Se aferró a un poste, el rostro pálido como papel de arroz.

El cielo se tiñó de negro, nubes vorticosas con vetas rojizas, relámpagos carmesí azotando la ciudad como látigos divinos. Truenos retumbaron con una furia que hacía vibrar los huesos, y el aire se llenó de un hedor a ozono quemado y metal fundido. Gritos perforaron el caos: madres llamando a hijos, sirenas ululando antes de cortarse en explosiones sordas. Autos se volcaban como juguetes, edificios se desmoronaban en avalanchas de concreto y vidrio.

Mis piernas actuaron por instinto. Corrí entre la multitud en pánico, cuerpos chocando, rostros desfigurados por el terror. Un anciano tropezó frente a mí, su pierna atrapada bajo una viga retorcida, hueso expuesto en un ángulo grotesco. Sus ojos suplicantes se clavaron en los míos. —¡Ayuda! ¡Mi pierna... duele tanto!

No pude. El pánico me arrastró, la culpa un nudo en el estómago.

Más adelante, una familia destrozada: una mujer sollozando, su hija pequeña aferrada a su falda, ambas cubiertas de ceniza y cortes. El padre yacía ensartado por un fragmento de metal, su pecho un desastre rojo, ojos vidriosos fijos en el vacío. La niña gritó: —¡Papá! ¡Despierta, papá!

El sonido me atravesó como una cuchilla fría. Busqué a Haruto, a mi familia, la esperanza un hilo frágil.

Giré. Haruto bajo un poste caído, torso aplastado, sangre borboteando de su boca. Sus ojos, llenos de pánico primal, me imploraban. —¡Sácame... por favor!

Un poste de luz, de esos enormes que sostienen los cables de electricidad, había caído directamente sobre su torso. La sangre brotaba a borbotones de su boca, mezclándose con el polvo y las lágrimas. Sus ojos, fijos en los míos, estaban llenos de una desesperación que nunca había visto en él. Un pánico helado me invadió.

—¡AGUANTA, HARUTO! ¡TE SACARÉ DE AHÍ! —grité, mi voz apenas un susurro en medio del estruendo. Corrí hacia él, ignorando el peligro, ignorando la caída de escombros, ignorando todo. Mi único objetivo era llegar a él, levantar esa maldita viga.

Pero no llegué. Una explosión cercana, tan potente que sacudió el suelo bajo mis pies, me lanzó contra el pavimento. Sentí el golpe en la cabeza, un dolor agudo, y el mundo se volvió borroso por un instante. La metralla me cortó los brazos, pero ni siquiera lo noté.

Cuando levanté la cabeza, el polvo se asentaba lentamente. Busqué a Haruto, desesperadamente. Pero él ya no respiraba.

Sus ojos seguían abiertos, fijos en el cielo oscuro, pero el brillo de la vida se había extinguido. Su cuerpo, inmóvil bajo el poste, parecía diminuto, frágil.

Me quedé en shock. Mis manos temblaban incontrolablemente, incapaces de comprender lo que mis ojos veían. El sonido del caos que me rodeaba, los gritos, las explosiones, todo se volvió un murmullo lejano, como si estuviera bajo el agua. La imagen de Haruto, de sus ojos sin vida, se grabó a fuego en mi mente. Las lágrimas brotaron, calientes y amargas, resbalando por mi rostro cubierto de polvo.

Entonces, el suelo bajo mí cedió. No fue un colapso lento, sino una ruptura repentina, una boca que se abrió para devorarme. Caí. Caí en la oscuridad, en el vacío, el grito de mi amigo resonando en mis oídos.

Cuando abrí los ojos, ya no estaba en Tokio. El aire era gélido, pesado, y un silencio sepulcral reinaba, un silencio mucho más aterrador que el caos que había dejado atrás. El suelo bajo mis pies no era de concreto, sino una especie de niebla densa y etérea que cubría el suelo hasta la altura de mis rodillas. Un olor a sangre y muerte, antiguo y penetrante, impregnaba el aire, haciendo que se me revolviera el estómago. No había edificios, ni luces, solo una extensión infinita de oscuridad y neblina.

Frente a mí, una figura. Alta, imponente, envuelta en una capa oscura que parecía absorber la poca luz que había. No podía ver su rostro; estaba oculto bajo una capucha profunda, pero sentía su mirada, una mirada que me atravesaba el alma con indiferencia, como si yo fuera una mota de polvo más en el vasto universo. Su voz, sin embargo, era sorprendentemente clara, como el agua cristalina que fluye en un arroyo, resonando en el silencio.

—Bienvenido al otro lado, niño.

—¿Qué…? ¿Estoy muerto? —mi voz se quebró, apenas un susurro. La pregunta flotaba en el aire, cargada de terror y confusión. La idea era absurda, y a la vez, la única explicación posible para lo que estaba viviendo.

—No del todo. Aún —respondió la figura, y su voz no tenía emoción, solo una fría neutralidad.

Me puse de pie con dificultad, mi cuerpo adolorido y mis extremidades temblorosas. Mis manos buscaron algo a lo que aferrarse, pero solo encontraron la fría y húmeda neblina.

—¿Tú quién eres? —pregunté, intentando sonar valiente, aunque mi corazón latía desbocado en mi pecho.

—Algunos me llaman la Oscuridad, el Más Allá, o el Vacío. Otros, simplemente la Muerte. Pero puedes llamarme como gustes, después de todo, seré tu última compañía.

Intenté procesar lo que decía, que yo era su "última compañía", que estaba "no del todo muerto". Mi cabeza aún daba vueltas, mareada por el trauma de la explosión y la pérdida de Haruto. No podía ser real. Todo esto tenía que ser una pesadilla, una alucinación inducida por el golpe en la cabeza.

—Mira, encapuchado creepy, no tengo tiempo para tus juegos. Mi mejor amigo acaba de morir, Tokio se está cayendo a pedazos, y yo solo quiero despertar de esta pesadilla y volver a casa —dije, sintiendo una punzada de rabia mezclada con mi desesperación. ¿Cómo podía esta… cosa, hablarme de "última compañía" mientras mi mundo se desmoronaba?

La Muerte inclinó su cabeza, un gesto que, a pesar de la ausencia de facciones, me hizo sentir como si estuviera expresando curiosidad o, quizás, una extraña fascinación.

—Interesante. No muchos reaccionan con humor, o con tal irreverencia, al ver mi rostro o escuchar mi nombre. La mayoría implora, o se desmaya del terror.

—Tú tampoco es que seas la gran cosa. Si fueras tan temible, ya me habrías matado —respondí con una media sonrisa, una débil burla para ocultar el miedo que me carcomía. La ironía era mi único escudo.

—Ja. Tienes agallas, muchacho. Pocos las conservan ante mí. —Su voz, por primera vez, pareció adquirir un matiz, una especie de aprobación gélida.

Entonces, la Muerte se acercó, la capa ondeando alrededor de su figura imponente. No se movía como un humano, sino como una sombra deslizándose. Puso una mano esquelética, fría como el hielo, en mi cabeza. No sentí dolor, solo un frío intenso que recorrió mi cuerpo, calando hasta mis huesos. Era una sensación de vacío, de absoluto.

—Pero si quieres vivir, si deseas volver a tu mundo, tendrás que pagar un precio. Un precio que solo tú puedes ofrecer. Y la vida, muchacho, siempre cobra sus deudas.

En ese instante, en medio de la neblina y la oscuridad, con el frío de la Muerte calando hasta lo más profundo de mi ser, entendí. El mundo que conocía había dejado de existir. La normalidad era una ilusión. Mi vida, tal como la había vivido, había llegado a su fin. Y esta… esta no era una pesadilla. Era el comienzo.

Y que mi historia apenas comenzaba. Una historia donde los dioses y los demonios no eran mitos, sino una realidad palpable. Una realidad que acababa de invadir mi vida y que, por un precio, me ofrecía una segunda oportunidad. No sabía cuál sería ese precio, pero en mi desesperación por volver a casa, por ver a mi familia, estaba dispuesto a pagarlo. El frío de la Muerte seguía en mi piel, pero algo más, una chispa, se encendía en mi interior. Una chispa de esperanza, teñida de un terror abrumador.