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Chapter 38 - El infierno de Daichi

Daichi jadeó, su pecho subía y bajaba con rapidez. El dolor era un incendio en su muslo y rodilla, pero su cuerpo ya comenzaba su macabra regeneración. Los huesos se realineaban con un sonido nauseabundo, la piel se cerraba como si devorara el aire y la sangre dejaba de brotar, solo para formar una capa fresca de escarlata pegajoso sobre su piel. Era un ciclo vicioso: el dolor era inmediato y brutal; la curación era un susurro asqueroso y lento, solo para preparar la carne para el siguiente asalto.

Ryuusei rió con deleite, un sonido agudo y enfermizo que resonó en la Sala de la Agonía.

—Esto es maravilloso… —susurró, inclinándose sobre él, con los ojos encendidos de excitación bajo la máscara—. Puedo romperte todas las veces que quiera… y volverás a ser como nuevo. Tu poder no es un escudo, Daichi; es tu condena.

Antes de que Daichi pudiera reaccionar o formular una súplica inútil, Ryuusei tomó la daga nuevamente y la deslizó con frialdad sobre su abdomen. Un corte limpio y profundo. La sangre brotó en borbotones oscuros, deslizándose por su torso como serpientes viscosas. Daichi ahogó un grito, sintiendo cómo el filo ardía en su piel, pero eso era solo el preludio de su tormento.

—Sigamos probando… —Ryuusei susurró con entusiasmo mientras introducía los dedos en la herida abierta, hundiendo sus manos dentro de la carne caliente.

Los gritos de Daichi llenaron la habitación, estridentes, desgarradores, como el canto de un animal moribundo. Ryuusei sonrió, sintiendo el calor y la viscosidad entre sus dedos, retorciendo los músculos expuestos con una perversión casi hipnótica, buscando infligir el máximo dolor sin dañar fatalmente su estructura vital.

Retiró la mano, cubierta de sangre y fluidos internos, y se limpió con parsimonia en la camisa de su víctima.

—Dime, ¿alguna vez te has preguntado qué se siente cuando tus huesos se separan de tu carne? Cuando la estructura que te sostiene se desgarra deliberadamente?

Daichi apenas tuvo tiempo de procesar esas palabras antes de que Ryuusei tomara un cuchillo de sierra de una mesa cercana. La hoja dentada brilló bajo la tenue luz antes de hundirse en su brazo derecho.

Despacio.

Diente por diente, dejando que cada desgarro se hundiera en la médula de su víctima. El propósito no era amputar, sino desollar.

La carne se rasgó en capas, la piel cedió con un sonido repugnante, los tendones chasquearon como cuerdas rotas y el hueso rechinó bajo la presión de la sierra. El metal raspaba sin piedad, arrancando jirones de carne mientras Ryuusei trabajaba con paciencia, disfrutando cada instante de la agonía de Daichi.

—¿Sabes? En la serie que mencioné, a Theon le cortan partes importantes… —susurró con diversión—. Tal vez deberíamos seguir esa tradición.

Ryuusei se inclinó hacia él, disfrutando del terror puro en los ojos de Daichi. El filo se hundió un poco más, revelando el hueso pálido.

—Pero aún no hemos llegado a eso. Primero, juguemos un poco más con lo que te define.

Se levantó, paseó entre las sombras y regresó con un soplete de soldadura. La llama azul iluminó su rostro bajo la máscara con un brillo perverso, reflejando su locura.

Daichi intentó moverse, pero sus fuerzas estaban drenadas, y la regeneración aún no había cerrado la herida abierta de su abdomen.

—Esto te va a gustar… —murmuró Ryuusei antes de acercar el fuego a la herida abierta en su abdomen.

El dolor fue indescriptible. La piel se retorció bajo el calor abrasador, chamuscándose, ennegreciéndose, llenando la habitación con un hedor insoportable a carne quemada. Daichi arqueó la espalda, tratando de escapar del tormento, pero estaba demasiado débil. El calor penetró en sus órganos internos expuestos.

—Vamos, no te desmayes aún —susurró Ryuusei, apagando el soplete y dándole una palmada en la mejilla ensangrentada—. Apenas estamos empezando.

Daichi respiraba con dificultad. Su cuerpo ya sanaba, la piel de su abdomen luchando por cubrir la herida quemada, pero el dolor persistía, como un eco ardiente en cada terminación nerviosa.

Ryuusei chasqueó la lengua con diversión.

—Eres resistente… pero quiero ver hasta dónde llegas.

Ryuusei se alejó por un momento y regresó con un par de tenazas de aspecto industrial, diseñadas para sujetar metal caliente. El instrumento relucía con malicia bajo la luz tenue.

—¿Sabes qué tienen en común los cobardes como tú? —preguntó, jugueteando con la herramienta en el aire—. Siempre están dispuestos a traicionar… pero jamás están listos para pagar el precio. Y el precio de mi resurrección es tu total aniquilación moral.

Sin previo aviso, hundió las tenazas en la boca de Daichi y atrapó uno de sus dientes frontales. No era un diente cualquiera; era uno visible, parte de su imagen, su capacidad de comunicación.

Los ojos de Daichi se abrieron de par en par.

—Por favor… —logró murmurar entre jadeos, la palabra ahogada por las tenazas.

Pero Ryuusei solo sonrió.

—Por favor, ¿qué? ¿Que me detenga? ¿Que tenga piedad? —preguntó con falsa dulzura—. ¿Como la que tú tuviste conmigo cuando me abandonaste a merced de los otros en los Juegos de la Muerte?

Y con un movimiento brutal, seco y repentino, arrancó el diente de raíz.

Daichi se sacudió con violencia mientras la sangre llenaba su boca y el dolor explotaba en su cráneo. Ryuusei sostuvo el diente entre sus dedos y lo observó con interés antes de arrojarlo al suelo, donde rodó hasta perderse en las sombras.

—Uno menos. —Se encogió de hombros—. Una pieza menos de tu identidad. ¿Cuántos crees que puedas perder antes de que tu lengua no pueda pronunciar una sola palabra o tu cara no sea reconocible?

Daichi apenas pudo responder. Su respiración era errática, su cuerpo temblaba sin control. Su regeneración se enfocó en cerrar la herida en la encía, un esfuerzo fútil.

—Oh, no te preocupes… —Ryuusei sonrió mientras tomaba otra vez las tenazas—. Lo descubriremos juntos. La tortura no solo quebrará tu cuerpo, sino tu mente y tu voluntad.

Y con eso, la habitación se llenó de nuevo con los alaridos de Daichi, mezclados con la risa enferma de su captor, mientras el ciclo de dolor y regeneración continuaba sin fin.

Ryuusei sonrió con calma, el deleite en su voz inconfundible, al ver a Daichi temblar, su cuerpo sacudido por espasmos involuntarios. La sangre aún goteaba de su boca abierta, resbalando por su mentón en hilos oscuros. La Sala de la Agonía se había convertido en un altar a la venganza, cada mancha de sangre un testimonio de la traición.

—Vamos, dime algo —murmuró Ryuusei con diversión, girando las tenazas entre sus dedos—. ¿O ya no te queda aliento, Daichi? Tu regeneración es rápida, pero tu boca parece lenta.

Daichi alzó la cabeza con un esfuerzo visible, su mandíbula temblaba, pero su mirada ardía con un fuego inquebrantable, una reserva de voluntad que Ryuusei se deleitaba en intentar extinguir.

—Vete a la mierda... —escupió entre dientes, dejando salir un chorro de sangre junto con sus palabras.

Ryuusei arqueó una ceja, relamiéndose los labios por el sabor de la lucha.

—Vaya, todavía tienes ganas de hablar —dijo con una sonrisa sádica, que se intuía por el movimiento de su máscara—. Eso me encanta. Es un desafío fascinante.

Sin previo aviso, le asestó un puñetazo brutal en la cara. Un crujido seco resonó cuando la cabeza de Daichi se estrelló contra la pared de concreto. Su visión parpadeó, una punzada de dolor recorrió su cráneo como una descarga eléctrica.

—¡Hijo de puta! —jadeó Daichi, escupiendo más sangre al suelo. Intentó moverse, pero las correas de cuero mordieron su piel con furia, los músculos desgarrados protestando.

—Oh, Daichi… —susurró Ryuusei, deslizando una mano ensangrentada por su cabello empapado, un gesto de burla afectuosa—. Qué adorable eres cuando amenazas.

De un tirón, le sujetó la mandíbula con una fuerza inhumana, obligándolo a abrir la boca.

—Veamos qué tan valiente sigues siendo cuando te arranque otro diente.

Daichi intentó zafarse, pero apenas podía mover el cuello, la fuerza de Ryuusei lo superaba por completo.

—¡Chúpame la verga! —gruñó con furia, la única arma que le quedaba era su desafío verbal.

Ryuusei soltó una carcajada ronca, complacido por la resistencia.

—Buena idea… pero primero, desgarraré cada pedazo de carne que tengas.

Sin darle tiempo a replicar, hundió las tenazas en su boca y atrapó un molar. Daichi sintió la presión ardiente cuando el metal se clavó en su encía. Ryuusei sonrió y giró la herramienta con una fuerza brutal. El propósito era dolor, no eficiencia.

—¡MALDITO CABRÓN! —rugió Daichi, su espalda arqueándose por el dolor, la frustración de su curación inútil.

Pero Ryuusei no se detuvo. Tiró con un movimiento seco y certero. El diente se desprendió de raíz con un chasquido repugnante y húmedo. Un hilillo de sangre oscura goteó del hueco dejado en su encía.

El grito de Daichi desgarró el aire.

—¡AAGGHHH, MIERDA! ¡ME CAGO EN TODO!

Ryuusei observó el diente ensangrentado en sus dedos y luego a Daichi, que jadeaba, su rostro empapado en sudor y sangre.

—¿Ves? Te dije que sería divertido. Tu rudimentario físico te ha traído hasta aquí.

Daichi escupió saliva rojiza y lo miró con los ojos inyectados en odio, la desesperación se había convertido en una rabia pura.

—Voy a matarte, Ryuusei…—susurró con la voz rasposa—. Aunque me reviente el puto corazón, te haré pedazos.

Ryuusei se inclinó sobre él, su sonrisa jamás desvaneciéndose.

—Oh, Daichi… —musitó con un placer enfermizo—. Quiero verte intentarlo. Pero primero, debes ser nada.

Y con un movimiento pausado y técnico, tomó un cuchillo más grande, con una hoja curva, y deslizó el filo lentamente sobre la piel de su pecho. El metal rasgó carne y músculo con precisión quirúrgica, abriendo una línea carmesí en su torso. La sangre brotó en un goteo espeso y caliente.

Daichi gruñó entre dientes, negándose a gritar. Sus puños se apretaron, las uñas se clavaron en la piel de sus palmas hasta sangrar, su mente luchaba por mantenerse cuerda.

—Resistes bien, cabrón —murmuró Ryuusei con una mezcla de admiración genuina y desprecio—. Pero tengo algo más especial para ti. Algo que te asegurará que la traición se paga con la pérdida de tu esencia.

Dejó caer el cuchillo y se acercó a una mesa de metal. Su mano se deslizó hasta un bisturí pequeño, reluciente bajo la luz mortecina del sótano.

Daichi sintió un escalofrío recorrer su espalda, el terror primario se apoderó de su razón.

—No me jodas… —su voz era un gemido.

Ryuusei se giró lentamente, su sonrisa tan afilada como la hoja en sus dedos, el silencio de su máscara más aterrador que cualquier grito.

—Sí, Daichi. Justo lo que estás pensando.

Daichi forcejeó, los grilletes de cuero se clavaron en sus muñecas hasta la médula.

—¡NO! ¡NO, HIJO DE PUTA! —gritó con rabia y horror total, su voz ronca por el esfuerzo inútil.

Pero Ryuusei lo sujetó con una fuerza fría y controlada.

—¿Recuerdas lo que te dije de Theon Greyjoy? —susurró en su oído, con una voz empapada en sadismo—. Es momento de llevarlo a la práctica. Una parte de ti debe ser sacrificada a la nada.

Daichi gritó con furia, con rabia, con horror puro.

—¡MALDITO BASTARDO, TE VOY A MATAR! ¡TE VOY A DESTROZAR! —La desesperación de sus palabras era el éxtasis de Ryuusei.

Pero Ryuusei no se detuvo. La hoja fría del bisturí rozó su piel antes de deslizarse con precisión despiadada y quirúrgica. Separó carne, cortó nervios, destruyó lo que lo hacía hombre, la fuente misma de su virilidad y una parte crucial de su identidad.

El grito de Daichi fue inhumano, un sonido que rasgó el aire y resonó en la Sala de la Agonía por un tiempo que pareció eterno. El dolor se propagó por su cuerpo como un incendio descontrolado. Su visión se nubló, su garganta se cerró por el espasmo de dolor, su cuerpo se estremeció en una agonía indescriptible. La sangre caliente corrió por sus piernas, empapando el suelo en un charco oscuro y pegajoso.

Ryuusei se alejó unos pasos, contemplando su obra con satisfacción enfermiza. Se había despojado al hombre de su masculinidad, de su voluntad.

—Ahora sí, Daichi… ahora sí eres nada. Menos que un esclavo. Eres Hediondo.

Daichi, con la respiración entrecortada, levantó la cabeza. Su rostro estaba pálido, sus labios temblaban, sus mejillas estaban surcadas por lágrimas y sudor, pero sus ojos… sus ojos aún ardían con una ira primitiva, la última chispa de resistencia.

Y en medio de la humillación y el dolor, sonrió. No con diversión, sino con una oscura certeza.

—Voy… a contárselo todo… —susurró, su voz apenas un murmullo, pero llena de promesa.

Ryuusei entrecerró los ojos. Por un instante, el placer en su expresión se atenuó.

—¿A quién? ¿A tus amiguitos muertos? ¿A los que te abandonaron?

Daichi escupió una mezcla de saliva y sangre y sonrió aún más, su rostro desfigurado por la rabia y el dolor.

—A la Muerte, imbécil. Y ella te está esperando para cobrarte esta factura.

Ryuusei se quedó en silencio por un momento, la implicación del reto resonando en el aire. La risa regresó, esta vez grave y llena de arrogancia.

—Dile que la estaré esperando —dijo Ryuusei, tomando su martillo y girándolo con un sonido sordo—. Pero que se ponga cómoda. El juego acaba de comenzar, y Daichi es la pieza principal.

Con ese desafío final, Ryuusei se dispuso a retomar el ciclo de la tortura, con la certeza de que su venganza no solo había despojado a un guerrero de su poder, sino de su propia humanidad

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