El bullicio del estadio resonaba de fondo, amortiguado por el sonido estático de una llamada en curso. Akemi sostenía el teléfono pegado al oído, la vista fija en la pantalla gigante donde se proyectaba la entrada de Ochako.
La voz de su madre —firme, fría, con esa autoridad que no necesitaba gritar para imponerse— rompió el silencio:
—Akemi Midoriya, ¿puedes explicarme qué fue eso?
La joven fingió un gesto de contrición, bajando apenas los ojos mientras se sentaba en una de las bancas vacías, su tono vaciló entre el recuerdo y la farsa.
—Mamá, yo... lo siento. Ella no paraba de provocarme. Decía cosas horribles cada vez que esquivaba... —Forzó una voz temblorosa, cuidando el tono, ni muy débil ni muy segura—. Perdí el control de mi don por un momento —hizo una pausa, esperando acentuar su frustración medida—. No era mi intención.
Del otro lado, un suspiro largo y cansado se hizo presente junto a un pequeño chillido de fondo.
—Akemi, sabes que eso no es excusa. Eres hija de una ex heroína profesional. Te enseñé mejor que eso.
Akemi ladeó la cabeza, fingiendo un dejo de vergüenza que en realidad ocultaba fastidio.
—Ya lo sé, mamá... de verdad lo sé. No volverá a pasar.
Hubo un silencio de por medio, su respiración se atenuó, mientras una sonrisa se formaba en su rostro. No pasó mucho más tiempo cuando el ruido de los altavoces volvió a tomar fuerza, arrastrando su atención hacia la arena justo cuando Midnight anunciaba el enfrentamiento.
La voz de Inko se desvaneció tras el murmullo de la chica al lado suyo.
—Hablaremos en casa.
Akemi asintió apenas, pero su mirada se clavó en la pantalla, allí Ochako caminaba tambaleante, los ojos sin brillo, la expresión vacía. Shinso permanecía en el centro, con calma distante, observando cómo ella obedecía su orden y se retiraba sin resistencia.
—¿Akemi? —la voz de su madre volvió, impaciente—. ¿Me estás escuchando?
Akemi no respondió de inmediato. El teléfono tembló en su férreo agarre, mientras chasqueaba por las esquinas.
—¿Recuerdas a la chica que te presenté junto a Kacchan? —murmuró al fin, mientras su pantalla se trizó por los bordes—. Acaba de ser eliminada...
Del otro lado, Inko suspiró, el tono se suavizó apenas.
—Te espero en casa. No te quedes hasta tarde —hubo una pausa, mientras tragaba saliva —. Y Akemi... buena suerte, hija.
El clic del teléfono colgando fue más pesado que cualquier palabra.
[Mientras tanto: Torneo de la U.A.]
El estadio quedó en un silencio extraño, expectante. Ochako avanzaba lentamente con pasos torpes pero obedientes, sus ojos vidriosos reflejando las luces del coliseo.
Su rostro estaba sereno, pero vacío, como si la emoción hubiera sido drenada por completo.
Shinso, por su parte, permanecía inmóvil, con las manos en los bolsillos, observando su obra con el desapego de un cirujano.
Cuando Ochako cruzó el límite de la línea blanca y dio el último paso fuera del cuadrilátero, Midnight la siguió con la mirada, intrigada.
—¿Está bajo tu lavado de cerebro? —preguntó con una ceja arqueada.
Shinso asintió sin expresión.
—Así es, Midnight-sensei.
La mujer alzó el micrófono con un gesto resignado.
—¡Y eso significa que el ganador es... Shinso Itoshi del departamento general!
El público estalló en un murmullo mixto: algunos aplaudían tímidamente, otros murmuraban incomodados.
—¿Qué fue eso...?
—¿Midnight acaba de decir lavado de cerebro?
—Eso es terrible...
Pero antes de que el rumor se convirtiera en crítica, una voz grave y reconocible se proyectó desde la cabina de observación.
Aizawa habló sin levantar la voz, pero con una claridad que cortó el aire.
—Para quienes no lo entienden: ese es uno de los quirks más valiosos que la U.A. posee actualmente. Capaz de neutralizar a un enemigo sin violencia, de contener masas y controlar el caos.
El estadio detuvo su incesante murmullo. Incluso Shinso alzó la cabeza, sorprendido, buscando el origen de la voz.
—Si logra desarrollarlo —continuó, una sonrisa formándose en su rostro—, será un héroe con un valor excepcional.
Los murmullos cambiaron de tono. Los reclutadores empezaron a asentir, algunos levantando sus teléfonos, realizando llamadas hacia sus respectivas agencias, murmurando entre sí. Las cámaras enfocaron el rostro de Shinso: aún en shock, con una expresión que no sabía si era orgullo o incredulidad.
Y, por primera vez desde que pisó la U.A. una sonrisa apenas visible, nació de sus cansadas facciones.
—¡Y ahora, el siguiente enfrentamiento! —aclamó Midnight, aprovechando el furor creciente de la audiencia.
El estadio entero se iluminó con el reflejo de las pantallas gigantes.
—La única miembro del departamento de Apoyo, la brillante inventora de nuevo ingreso... ¡Mei Hatsume! —volvió a aclamar, mientras levantaba su látigo—. ¡Contra el futuro velocista de élite del departamento de héroes, Iida Tenya!
El contraste fue inmediato.
De un lado, Mei caminaba con saltitos alegres, mientras sus brazos estaban llenos de pequeños dispositivos, mantenía una sonrisa amplia que competía directamente con el brillo de las pantallas.
Del otro, Iida se mantenía erguido, cada paso tan medido y recto como el engranaje de un reloj.
Al encontrarse en el centro, Mei inclinó la cabeza hacia él, con una sonrisa ladeada.
—Antes de empezar, ¿puedes hacerme un pequeño favorcito? —preguntó, con el tono dulce de quien prepara una trampa disfrazada de cortesía.
[Mientras tanto — Pasillos internos del estadio]
El eco de los pasos de Hades resonaba en un corredor vacío, él con el ceño fruncido y el uniforme de gimnasio arrugado y sucio, gruñía entre dientes.
—Esto es un maldito laberinto...
Pero antes de que pudiera seguir maldiciendo, desde la esquina de un pasillo, escuchó la misma frase repetida al unísono, pero esta vez con voz femenina y clara.
Sus pasos se sincronizaron igual que sus voces, y al asomarse, Mirko estaba frente a él, con los brazos cruzados, las orejas agitándose en un tic nervioso que delataba su impaciencia.
—¿Qué carajos haces tú aquí? —dijeron al mismo tiempo, en perfecta sincronía—. ¿Acaso te perdis...?
Sus voces se ahogaron lentamente, y se miraron un par de segundos, el silencio cargado de incomodidad los inundó, pero Mirko soltó un bufido primero.
—Buscaba el comedor. Extraño la comida del viejo Lunch-rush.
Hades se encogió de hombros, sus punto de vista viajando entre el pasillo.
—Yo, los vestidores. Creo que estaba al final del pasillo... pero el maldito pasillo no termina.
Ambos suspiraron, girando sobre sus talones, cruzándose sin decir más palabra. Durante un instante, el eco de sus pasos se mezcló, en la sonata de un héroe perdido, y un mito viviente que aún no encontraba su mesa.
[Camerinos femeninos]
En la penumbra de los camerinos femeninos, el mundo dejaba de ser espectáculo y recuperaba su pulso más íntimo. La puerta se cerró con ese clic que separa la escena pública de lo que pasa detrás. Los sonidos del exterior se filtraban amortiguados, como un mar lejano. Allí, la calma era una tela frágil que cubría un cuerpo que acababa de romperse en público.
Ochako estaba apoyada contra el banco, las piernas temblando, la respiración hecha a pequeños cortes. Sus ojos estaban rojos y vidriosos; cada sollozo era una marea que la sorprendía en seco. No había fuerza teatral en sus lágrimas; había la erosión lenta de quien siente que le han extraído algo sin permiso.
Akemi no habló al entrar. No necesitó hacerlo. Su figura se movió como un fantasma y se arrodilló frente a ella, sin decir palabra. Solo extendió los brazos con lentitud, y la atrajo hacia su pecho. El llanto de Ochako se volvió más suave, más intermitente, como si cada sollozo quedara atrapado entre la tela del uniforme y el pulso de Akemi.
—No puedo... —murmuró Ochako, con la voz rota—. No puedo dejar de llorar... yo... sentí como era usada como una marioneta...
Akemi apoyó la barbilla sobre su cabeza, cerrando los ojos.
—Está bien —susurró, con una calma que sonaba casi maternal, casi peligrosa—. Nadie te pide que te contengas.
Sus manos se movieron con lentitud, peinándole el cabello húmedo con los dedos, como si quisiera desenredar algo más que mechones.
—Perder no te hace débil —continuó—. Solo te muestra cuánto debes mejorar.
Ochako levantó la mirada, sus ojos rojos, empañados.
—¿Y por qué se siente como si... me hubieran vaciado por dentro solo para ser manipulada por hilos?
—Porque el don de Shinso se basa en el lavado cerebral... solo... olvidaste lo que te conté —murmuró, levantando el rostro lloroso de Ochako—, yo te haré olvidar esa sensación...
Durante un largo momento, el silencio volvió a llenarlo todo. Solo el sonido tenue del público filtrándose desde la arena recordaba que el mundo seguía girando afuera. Y en ese pequeño refugio de soledad compartida, Akemi siguió abrazándola, su mirada perdida en un punto invisible entre los labios de la chica.
....
[Coliseo de la U.A.]
La campana sonó, y en lugar de un duelo de fuerza se abrió un pequeño carnaval de ingeniería. Mei Hatsume bajó al cuadrilátero como quien baja a una pasarela: con un maletín en una mano y una sonrisa que prometía caos medido en voltios.
—¡Un momento, un momento! —chilló Mei, levantando la mano hacia Midnight y arrancándole el micrófono con la facilidad de quien toma lo que es suyo—. Como ya sabrán, soy Mei Hatsume, del Departamento de Apoyo, ¡y tomo el micrófono con la intensión de presentar a mis bebés!
La multitud gimió entre la confusión y la expectación. Iida frunció el ceño con la serenidad de siempre, las manos en la espalda, listo para el primer pitido.
—Es una pena que mi sujeto de pruebas número uno no haya podido venir —continuó, ladeando la cabeza con fingida pena—, ¡pero no importa! Tengo aquí al más amable prospecto de héroe para ayudarme con las demostraciones. ¿Verdad, Tenya-kun?
—Con permiso —respondió Iida, con esa cortesía metálica que lo caracteriza—. Haré lo que esté en mis manos para demostrar la utilidad de los equipos de apoyo en campo.
Mei aplaudió como una niña en feria. Entonces desató el maletín, de ella, tres tandas de diferentes tipos de artefactos se pronunció ante los espectadores.
Primer tanda: movilidad
—Mi bebé número 35: Plataforma de impulso térmico: es una pequeña base que, al activarse, expulsa una ráfaga de aire comprimido para elevar a rescates débiles unos centímetros y facilitar su extracción sin rozamientos peligrosos. —Mei la lanzó al aire; Iida la probó con un paso y dio un salto que se salió de control
—Mi bebé número 38: Grapa de anclaje inmediato: mini-arpones retráctiles con tornillos autorroscantes para fijar líneas de vida en cualquier superficie. —Iida los clavó en la lona con precisión, dejando que Mei hiciera ademán de llorar de orgullo.
—Bebé número 41: Botas moduladas de fricción adaptativa: cambian su adherencia en milisegundos para frenadas de emergencia en superficies resbaladizas. —Iida las calzó y frunció el ceño satisfecho.
Al probarlas, casi cae fuera de la arena...
Segunda tanda: defensa y contención
—Escudo desplegable tipo paraguas (no letal): material compuesto ligero que se abre en un hemisferio para desviar escombros. —Mei lo desplegó; Iida lo usó como protección mientras ella fingía ser atacada por una lluvia de confeti.
—Redes de captura instantánea: cápsulas que, al impactar, liberan una malla que immobiliza al objetivo sin dañarlo. —Mei apuntó el lanzador; Iida hizo de voluntario y quedó inmovilizado por completo.
Tercera tanda: soporte médico y diagnóstico
—Dron-sedante: una hélice con microinyección y sensor biométrico para sedar y monitorizar a víctimas a distancia. —Mei lo lanzó y la máquina zumbó alrededor del cuadrilátero como un abejorro enfadado.
—Parche regenerador temporal: apósitos con microcélulas para reducir hemorragias y estabilizar fracturas hasta el traslado. —Iida imitó la posición de atención médica mientras Mei mostraba el paquete con devoción.
Mientras tanto, Iida ejecutaba demostraciones algo... graciosas al ojo común: corrió, frenó con las botas adaptativas, lanzó una cuerda anclada por la grapa y se dejó caer sobre la red de captura para mostrar cómo un voluntario puede ser contenido sin lastimarlo. Cada movimiento suyo convertía los inventos en promesas reales: no era puro juguete, aquello funcionaba.
—¡Vieron eso, sí! —gritó Mei, saltando sobre una caja como si celebrara un gol—. ¡Son mis bebés! ¡Cada uno pensado para salvar vidas y hacer la labor del héroe menos... sangrienta!
Iida, siempre ceremonioso, hizo una reverencia cansada, con los hombros caídos.
—La utilidad del equipo está demostrada —anunció, conteniendo un suspiro—. Recomiendo su evaluación para labores de soporte en campo.
El público, que había entrado incrédulo, estalló en aplausos y risas. La pelea se había convertido en una feria de conceptos: eficacia mezclada con excentricidad, una lección de que, a veces, el heroísmo también es ingeniería aplicada y algo de teatro.
El cuadrilátero aún vibraba con los ecos de las risas cuando Mei Hatsume dio una última vuelta sobre sí misma, levantando su maletín a modo de trofeo.
—¡Y eso, mis queridos héroes, fue la demostración oficial de mis bebés en acción! —gritó con la voz llena de orgullo—. ¡Gracias por su tiempo, su atención y sus asombrosos aplausos!
La multitud la acompañó con vítores. Algunos héroes profesionales en las gradas intercambiaban miradas confundidas; otros, genuinamente intrigados por la inventora de cabello rosado que acababa de convertir un combate en una exposición tecnológica.
Mei saludó con una reverencia exagerada y empezó a caminar fuera del cuadrilátero, pero la voz de Midnight la detuvo con un grito lleno de exasperación:
—¡Hatsume! ¡El micrófono, cariño!
Mei se congeló a medio paso. Giró lentamente, con una risa nerviosa que le tembló en los labios.
—Ah... sí, claro, se me escapó el detalle. ¡Ja, ja!
Corrió de regreso, entregó el micrófono con ambas manos y una reverencia teatral antes de salir ahora sí, con la sonrisa de quien ha ganado algo más importante que la pelea: la atención del público.
Midnight soltó un largo suspiro, presionándose el puente de la nariz mientras el estadio entero reía.
—Y con eso concluimos... eh... la "batalla" técnica más peculiar del día —anunció alzando la voz—. ¡El ganador por descalificación, Iida Tenya del curso de héroes!
El público aplaudió, divertido. Iida, siempre recto, hizo una reverencia hacia la juez y luego abandonó el cuadrilátero con la dignidad de un caballero que acaba de participar en un desfile más que en un duelo.
Midnight respiró hondo, ajustó el látigo sobre su hombro y giró hacia las cámaras.
—¡Y ahora... pasamos al siguiente enfrentamiento!
El rugido del público fue inmediato.
—¡Ambos del curso de héroes! ¡Uno es una muralla viviente, con una voluntad tan dura como su piel y una cabellera roja como el hierro fundido! ¡Kirishima... Eijiro!
El joven héroe levantó el brazo con entusiasmo, su sonrisa amplia, sus dientes mostrando la misma energía contagiosa que siempre lo caracterizaba. El público respondió con gritos y vítores, agitando pancartas.
—¡Y en la otra esquina... un prodigio de sangre fría! ¡Tan sereno como el hielo que porta en sus venas! ¡Todoroki... Shoto!
El contraste fue inmediato. Donde Kirishima irradiaba fuego y bravura, Todoroki caminaba con una calma glacial. Su mirada, gélida y distante, se fijó en su oponente sin un solo gesto innecesario.
El aire pareció densarse entre ambos mientras se situaban en sus posiciones. Kirishima flexionó los brazos, su piel comenzando a tornarse pétrea; cada articulación chispeaba bajo la luz como roca viva. Todoroki, por su parte, se mantenía quieta, con las manos relajadas a los costados. Solo un leve temblor en su pierna derecha revelaba la acumulación de escarcha que reptaba bajo la tela de su pantalón, extendiéndose como una sombra blanca.
Midnight levantó la mano.
—¡Tres... dos... uno...!
El sonido de la campana se ahogó bajo el rugido del hielo. Desde el pie de Todoroki emergió una ola cristalina que avanzó con precisión quirúrgica. El cuadrilátero se transformó en un paisaje polar en menos de un segundo. Kirishima apenas tuvo tiempo de completar su endurecimiento cuando el hielo lo envolvió por completo, sellándolo en una escultura perfecta.
El silencio cayó sobre el estadio como una manta. Ni un solo murmullo. Solo el crujir del hielo que se expandía aún unos centímetros más, reluciendo bajo la luz.
En las gradas, un hombre de complexión imponente y barba de fuego se levantó con una carcajada que hizo temblar el aire.
—¡Así se hace, Shoto! ¡Eso es, hijo mío, jajaja!
Las llamas danzaron en sus hombros, elevándose con un calor que contrastaba el frío en la arena.
Todoroki giró la cabeza apenas un poco, sus ojos cruzando fugazmente con los de su padre. Una sonrisa mínima, apenas un gesto, curvó su boca.
Con paso tranquilo, la joven bajó la mano y comenzó a alejarse de la escena congelada. Sus botas crujían sobre el hielo con un ritmo casi ceremonial.
Midnight, todavía impactada, alzó la voz.
—Y el ganador del combate, por congelación total del oponente... ¡Todoroki Shoto!
La multitud estalló en aplausos y exclamaciones. Algunos reclutadores tomaban notas frenéticamente; otros simplemente miraban el cuadrilátero, impresionados por la frialdad —en todos los sentidos— con la que el muchacho había resuelto la pelea.
Mientras la ovación crecía, Todoroki salía de la arena sin mirar atrás, dejando tras de sí un silencio helado que pesaba más que cualquier victoria.
....
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CONTINUARÁ.
