El olor a desinfectante se pegaba en la garganta como una capa fina que no terminaba de bajar, mezclándose con el calor seco de las máquinas y el zumbido constante del pulso de los pacientes; Bakugo volvió en medio de eso, siendo empujado desde abajo, con el cuerpo pesado, las manos vendadas sin respuesta inmediata y el torso comprimido bajo una rigidez que le recordaba cada punto donde el impacto había entrado, y antes de entender dónde estaba, antes de ordenar siquiera el dolor, lo primero que encontró fue una mancha verde inclinada sobre él, ocupándole el campo de visión como si hubiera estado ahí desde antes de que abriera los ojos.
Él no parpadeó de inmediato. Tardó lo justo en enfocar sus pupilas y cuando lo hizo, la cara de Akemi estaba demasiado cerca como para ignorarla, sus dedos llegaron primero que cualquier palabra, firmes contra su mandíbula, no con cuidado sino con una precisión que evitaba justo los puntos más sensibles mientras lo obligaba a mantener la cabeza en esa dirección, y el gesto no pedía permiso, lo fijaba, lo dejaba sin margen para girarse o apartarla sin hacer un esfuerzo que su cuerpo todavía no estaba en condiciones de sostener.
—Estuviste increíble —dijo ella, sin elevar la voz, como si no hubiera nadie más en la sala aunque el zumbido seguía ahí, constante, metiéndose por debajo de todo.
Bakugo tardó un segundo más en reaccionar, la respiración entrando con una irregularidad que todavía no terminaba de corregirse, y aun así la sonrisa le apareció igual, torcida, sostenida más por inercia que por comodidad. Su cuerpo actuando con arrogancia antes que su mente se aclarase.
—Claro que sí... —la voz le salió más baja de lo que esperaba, así que la empujó un poco—. ¿Qué esperabas? Voy a ganar esto... —trató de incorporarse apenas, el impulso cortado casi de inmediato por una punzada que le recorrió el costado y lo obligó a soltar el aire de golpe, quedándose a medio camino sin lograr levantar más que los hombros.
Los dedos de Akemi no se movieron de su cara. No lo ayudaron a levantarse tampoco. Se quedaron ahí, sosteniéndolo en el mismo punto en el que había fallado, y la cercanía no cambió cuando ella habló otra vez.
—No... Kacchan.
Su tono se atenuó, lo suficiente para que la palabra siguiente se acentuara en su lugar antes de que él pudiera apartarse de ella.
—Perdiste.
Bakugo no respondió de inmediato. La sonrisa se le quedó un segundo más de lo necesario, como si no hubiera terminado de procesar lo que acababa de escuchar, y luego el gesto se tensó, no desapareció del todo, pero se volvió rígido, sostenido a la fuerza mientras el aire volvía a entrarle de forma irregular.
—...¿Qué?
Intentó girar la cabeza, pero la mano en su mandíbula se lo impidió sin aumentar la presión, solo manteniéndolo ahí, obligándolo a mirarla.
—No perdí —la voz subió un poco, arrastrando una irritación que todavía no encontraba salida—. Lo tenía... yo lo tenía —volvió a empujar el cuerpo hacia arriba, esta vez con más fuerza, y el resultado fue peor, el dolor le cortó el movimiento antes de que pudiera sostenerlo, haciéndolo caer otra vez contra la camilla con un golpe seco que le sacó el aire de los pulmones.
El silencio que siguió no fue largo, pero se sintió suficiente como para que la negación no terminara de asentarse. Akemi no se apartó. No lo corrigió con palabras. Su pulgar se movió apenas sobre la piel de su mejilla en un gesto mínimo, casi distraído.
—Tu actuación me emocionó —susurró, más bajo, inclinándose un poco más hasta que su frente quedó lo bastante cerca como para que él sintiera el calor de su respiración—. Pero no ganaste.
Y antes de que él pudiera responder, antes de que la siguiente protesta terminara de formarse, ella cerró la distancia y apoyó los labios en su frente.
No fue un beso largo ni marcado. Fue breve, firme, colocado con la misma precisión con la que había sostenido su cara, lo suficiente para interrumpirlo, para descolocar el momento exacto en el que la rabia iba a salir completa. Cuando se separó, no se alejó del todo, se quedó cerca, observando cómo la reacción llegaba tarde, cómo la tensión en su cuerpo cambiaba de dirección sin desaparecer.
Bakugo frunció el ceño, la respiración desacompasada por algo que ya no era solo el dolor físico, y por un segundo no dijo nada, como si estuviera tratando de decidir a qué reaccionar primero.
—¿Qué mierda fue eso...? —murmuró, más bajo, la irritación todavía ahí pero mezclada con algo que no terminaba de encajar.
Akemi no respondió a eso. Su mano bajó de su rostro, deslizándose hasta apoyarse un instante en su cuello antes de retirarse por completo, dejándolo sin ese punto de contacto de golpe, y el cambio se notó más de lo que debería.
—No te preocupes —dijo entonces, enderezándose lo justo, suficiente para romper la cercanía sin desaparecer de su campo de visión—. Yo voy a ganar esto.
Bakugo soltó una risa corta, sin humor, todavía atrapado entre la negación y la molestia.
—¿Ah, sí? —giró apenas la cabeza hacia un lado, evitando mirarla directamente por primera vez—. Claro... como si fueras a—
—Lo haré por ti.
La frase lo cortó antes de terminar. No fue más alta, pero entró en el momento justo, encajando donde su propia frase había quedado abierta.
El silencio volvió, más corto esta vez, pero lo suficiente para que la irritación no encontrara el mismo camino de antes.
Akemi se inclinó de nuevo, esta vez no hacia su rostro, sino hacia su oído, lo bastante cerca como para que él sintiera el movimiento del aire antes de escuchar la voz.
—Y cuando gane... —dejó la frase incompleta un segundo, no por duda, sino porque eligió el ritmo—, te daré un premio de consolación.
La forma en que lo dijo no cambió del todo, pero bajó lo justo, se volvió más íntima, más cerrada. No añadió nada después. No explicó. No detalló.
Se apartó antes de que él pudiera reaccionar.
Bakugo quedó en la camilla, con el cuerpo todavía doliendo, la cabeza girada apenas hacia donde ella había estado un segundo antes, y la expresión trabada en un punto extraño, donde la molestia seguía ahí, pero ya no era lo único que empujaba.
—...Tch —soltó al final, más bajo, sin fuerza suficiente para convertirlo en algo más.
Akemi no lo miró para confirmar la reacción. No necesitaba hacerlo. Se giró hacia las persianas sin prisa, como si el tiempo no fuera un problema, como si lo que tenía que dejar ya hubiera quedado donde quería, pero no alcanzó a dar más de tres pasos cuando la voz una anciana la detuvo antes de que la cortina terminara de abrirse.
—Oye mocosa —la llamó Recovery Girl sin levantar demasiado el tono, pero con esa firmeza que no dejaba espacio para hacerse la desentendida—. Ya te pasaste del tiempo.
Akemi sacó el rostro de las persianas, lo suficiente para encarar a la doctora, con esa media sonrisa que no terminaba de asentarse en ningún lado.
—¿Escuchó algo? —dejó caer, suave, como si realmente lo estuviera midiendo en ese instante.
—Lo suficiente —respondió la mujer, cruzándose de brazos—. Informaré a Nezu sobre clases de educación sexual, especialmente para ustedes.
Akemi dejó escapar una risa baja, breve, más cercana del nerviosismo que a un gesto real de diversión, llevando una mano a la nuca en un amago de disculpa que no llegaba a sentirse del todo sincero.
—Lo siento... jaja... me dejé llevar un po
—Bueno, date prisa y sal —interrumpió Recovery Girl, señalando hacia la puerta con su pulgar—. Hay más personas que quieren entrar.
Con un salto nervioso terminó de salir, dejando que la cortina volviera a su sitio detrás de ella con un roce leve, amortiguado por el zumbido constante de la enfermería.
Sus pasos fueron apresurados por la incomodidad y la dura mirada de la mujer pero, cuando llegó a la puerta y tomó la perilla, vio que Ochako estaba ahí, justo frente a la entrada, con los dedos moviéndose en círculos pequeños, repetitivos, como si necesitara mantenerlos ocupados para no dejar que la inquietud le subiera más arriba, los hombros ligeramente tensos, el peso mal distribuido entre un pie y el otro, la mirada clavada en el suelo.
En cuanto Akemi apareció, el silencio se desplazó, dejando entrar la ansiedad.
—¿Está...? —empezó Ochako, dando un paso hacia ella sin terminar de decidir si acercarse más o quedarse donde estaba—. ¿Bakugo está bien? ¿Él...?
—Está despierto —la interrumpió Akemi sin apurarse, manteniendo la puerta abierta tras de si—. Magullado, pero consciente.
Ochako asintió demasiado rápido, como si ese dato le alcanzara para sostenerse por un segundo, aunque la inquietud no se fuera.
—Yo... quería verlo, pero no sabía si—
—Entonces vamos —interrumpió apoyando una mano en su espalda y la empujó hacia la entrada con una naturalidad que no dejaba espacio para que la duda se reinstalara—. Deberías verlo tú misma.
El cuerpo de Ochako reaccionó antes que sus palabras.
—¡Ah, qué! —se le escapó en un chillido corto, sorprendido, los pies intentando acompañar el empujón sin tropezarse en el proceso.
—¡Menos ruido ahí fuera! —lanzó Recovery Girl desde dentro sin siquiera asomarse—. ¡Esto no es un mercado!
Ochako se encogió al instante, llevándose una mano a la boca como si pudiera recoger el sonido que ya había salido, murmurando una disculpa que se perdió en el aire mientras se apresuraba a colarse entre las cortinas, todavía medio desordenada por el impulso.
Akemi, en cambio se quedó donde estaba, sonriendo ante los pasos tan temblorosos que daba Ochako.
Fue entonces que por el rabillo del ojo vio como de entre las cortinas al otro lado de donde estaba Bakugo, una silueta sobresalía parcialmente cubierta, y por encima del borde de tela, una coleta oscura se asomaba, lo suficiente para que Akemi reconociera quien estaba ahí.
Pero desvió la mirada antes de fijarla por completo, cortando el gesto a medio camino como si no hubiera nada ahí que mereciera sostenerse un segundo extra.
Retomó el paso sin prisa, alejándose de la entrada de la enfermería mientras el murmullo quedaba atrás, mezclándose con el eco más amplio del estadio en reparación, ese ruido distante de estructuras moviéndose, voces que se cruzaban, órdenes que iban y venían en capas superpuestas.
Dentro, Hades había abierto los ojos hacia ya unos segundos sin que el mundo a su alrededor pareciera haberse enterado del todo. Trató de moverse pero se detuvo de inmediato al sentir una sensación de hundimiento que le recorría los brazos desde los hombros hasta las manos, envueltos en vendas que no respondían cuando intentaba cerrarlos, como si la señal llegara tarde, filtrada. Su respiración entraba baja, irregular, sin la urgencia del combate pero sin estabilidad tampoco, como si el cuerpo todavía no hubiera decidido si ya podía relajarse.
Su mirada se fijó en un punto en el techo. No porque hubiera algo ahí, sino porque cualquier otra dirección implicaba reconocer demasiado pronto dónde estaba. Pero aun así, el solo pensamiento de haber perdido su pelea, le llenó el estómago de un vértigo indescriptible para él.
A su lado, el sonido de la tela al moverse apenas fue suficiente para romper ese punto muerto.
Momo no había cambiado de posición en un rato largo. Estaba sentada con la espalda levemente inclinada, cansada de estar ahí. Sus manos se mantenían entrelazadas sobre el regazo con una presión que se marcaba en los nudillos, su mirada se mantenía baja, fija en sus propios dedos como si en ese punto pudiera ordenar lo que no había logrado acomodar desde su pelea con él.
Y cuando notó los pequeños pero inquietos movimientos de Hades, supo que ya no estaba inconsciente, levantó la vista con un movimiento contenido, como si incluso eso pudiera ser demasiado brusco.
Pero no habló de inmediato. La distancia entre lo que quería decir y lo que podía decir no era clara todavía.
—Hades... —empezó al final, la voz saliéndole más baja de lo que pretendía, obligándola a tragar un poco de aire antes de continuar—. Yo... quería...
Se detuvo.
No porque no tuviera palabras, sino porque ninguna encajaba sin arrastrar lo demás. Sus dedos se tensaron un poco más, las uñas presionando contra la piel mientras intentaba sostener la frase.
—Lo que vimos antes... —probó otra vez, desviando la mirada un segundo hacia sus manos antes de volver a él—, perdón por...
El peso de la palabra se quedó colgando entre ambos, sin caer del todo.
Hades en cambio no giró la cabeza.
Ni siquiera reaccionó de forma visible al escuchar su voz, pero algo en la forma en que su respiración se agitó, dejó claro que estaba escuchando, aunque no fuera a responderle en ese mismo plano.
Él tragó saliva en seco, sintiendo una acumulación incómoda de cosas que ya habían pasado y que ahora no encontraban forma de salir sin romper algo más.
Abrió sus labios resecos, mirándola por fin. Su voz saliendo baja, débil.
—Momo, yo...
Pero el golpeteo de un bastón contra el suelo cortó ese espacio sin aviso.
—A un lado, jovencita.
La voz de Recovery Girl no fue alta, pero no necesitó serlo. Entró con una firmeza que no dejaba margen para ignorarla, desplazando el eje de la escena sin esfuerzo mientras avanzaba entre las cortinas, deteniéndose al lado de la camilla con una mirada que recorrió a Hades de arriba abajo en cuestión de segundos, evaluando más de lo que cualquiera de los dos habría podido explicar en ese mismo tiempo.
—Este mocoso drenó hasta la última reserva que tenía para ganar —añadió, apoyando el bastón con más fuerza esta vez, marcando el ritmo de lo que venía—. Está al borde de la hipoglucemia.
—Yo... ¿gané? —susurró, Hades, abriendo de más sus ojos.
Trató de levantarse, pero el punzante dolor en su pecho le impidió hacerlo.
Momo se movió casi por reflejo, levantándose apenas para dejar espacio sin apartarse del todo, atrapada entre obedecer y no querer irse todavía, la mirada yendo de la anciana a Hades sin decidirse por dónde quedarse.
—Voy a tener que intervenirte —continuó Recovery Girl, ya sin mirarla a ella—. Te estabilizaré para que te quedes dormido el resto del día.
La palabra cayó con un peso distinto sobre los oídos de Hades, sintiendo de nuevo ese vacío abrumador naciendo en su estómago. Apretó la mandíbula en seco. Su garganta carraspeó, protestó por la falta de energía. Y cuando habló su voz salió más áspera de lo normal, como si tuviera que empujarla desde más adentro de lo habitual.
—Olvídalo.
—No te lo estoy preguntando.
—Dije que no.
La mirada de Hades bajó apenas hacia sus propios brazos vendados, como si ahí estuviera la respuesta que necesitaba sostener, y con un esfuerzo que se notó antes en la tensión del cuello que en el movimiento mismo, intentó incorporarse una vez más.
El cuerpo no respondió otra vez.
El impulso se cortó a medio camino, la espalda apenas separándose de la camilla antes de que el peso volviera a caerle encima con una sacudida que le arrancó una exhalación más fuerte de lo que habría querido mostrar, y aun así no se dejó caer del todo, manteniéndose en ese punto intermedio donde el esfuerzo era visible aunque el resultado no acompañara.
—¡Te vas a quedar aquí sin peros! —insistió Recovery Girl, avanzando un paso—. No tienes nada que demostrar.
—No... —susurró apenas, levantando su voz después—. Se lo prometí...
La frase se le quedó a medias, no porque no supiera cómo seguirla, sino porque la energía para sostenerla se le iba antes de terminarla, obligándolo a tomar aire otra vez, más profundo, más lento, como si cada palabra costara más de lo que debería.
—Si me duermo... —continuó al final, apretando apenas la mandíbula mientras volvía a intentar incorporarse, esta vez algunas vendas se aflojaron—, me descalificarán.
Apretó los párpados, recordando como Intelli era llevada en camilla.
—No tengo derecho a perder ahora.
El silencio volvió a acomodarse, distinto ahora, más tenso.
Momo lo miró de forma diferente ahora. No desde el recuerdo ni desde la culpa, sino desde ese punto donde la testarudez deja de ser algo abstracto y se vuelve algo físico, visible en la forma en que el cuerpo insiste aunque no tenga con qué sostenerse, y no dijo nada, pero la presión en sus manos se aflojó un poco, desbocando un brillo blanco de entre ellas.
Recovery Girl chasqueó la lengua, molesta, sin prestarle atención a Momo.
—Eres igual de terco que una cabra —murmuró, mirando su cuerno partido por la mitad, aun así, su postura era inquebrantable—. Mocoso, ni siquiera puedes moverte. ¿Cómo piensas participar así?
—No me importa... si mi cuerpo no coopera —gruñó entre dientes, logrando sentarse con un suspiro pesado—. Yo lo obligaré a cooperar.
—¡Mocoso, ni siquiera tienes energía para activar tu quirk! ¿Qué piensas? Ir allí y que te golpeen de nue—
—Tráigame... —interrumpió Hades, deteniéndose un segundo para tomar aire sin apartar la vista de la anciana—, la lata que dejé ayer.
La postura de Recovery Girl dudó por primera vez, recordando como ella misma fue la que le recomendó guardar esa lata. Y resignada, suspirará, llevándose una mano a sus cansados párpados.
—¿Dónde la pusiste?
—Yo... la guardé aquí en la nevera pequeña.
Hubo un segundo de pausa.
La anciana lo sostuvo con la mirada, midiendo si estaba hablando en serio o no, y algo en la firmeza con la que lo decía, en lo poco que había cambiado su expresión pese al estado en el que estaba, le hizo soltar un suspiro largo, más cercano a resignación que a aprobación.
—...Eres un mocoso problemático —soltó al fin, abriendo las cortinas con su bastón—, no te desmayes hasta que regrese.
El golpeteo de su bastón se volvió en un ruido más de fondo. Y otra vez, ambos quedaron solos.
Pero, a diferencia de antes, Momo se sentó a su lado en la cama.
—Es... admirable que aún decidas participar —comentó, jugueteando con los anteojos que había creado.
Hades asintió, moviendo la cabeza apenas en su dirección.
—Lo haré aunque—trató de decir, pero sus palabras fueron silenciadas cuando en un movimiento rápido, Momo le colocó unos lentes nuevos en su rostro. Devolviéndole la vista.
—Los anteriores se rompieron... —comentó, ajustando los lentes en las orejas de Hades—. Así que... te hice unos nuevos.
Él parpadeó un par de veces después de que los lentes se asentaron en su rostro, no porque la claridad le resultara cómoda, sino porque el cambio fue demasiado brusco para un cuerpo que luchaba por mantenerse despierto.
La habitación volvió a definirse en bordes más firmes, junto con el rostro de Momo que estaba demasiado cerca de él.
El leve rubor en el rostro de ella en conjunto a su pequeña sonrisa hizo que la respiración de Hades se tornara descompensada justo cuando intentó tomar aire más profundo: el pecho respondió tarde, con una resistencia que no terminaba de ceder del todo, y un leve mareo que le subió desde el estómago lo obligó a cerrar los ojos un segundo más de lo que habría querido permitir.
Entonces abrió la boca como si fuera a decir algo, el sonido quedándose atrapado antes de formarse del todo, y cuando volvió a intentarlo, lo único que salió fue una exhalación más pesada, menos controlada de lo que pretendía.
Momo no intervino de inmediato. Lo estaba mirando, pero no con la urgencia de antes, no con esa necesidad de llenar el silencio con palabras que no encajaban, sino con una atención distinta, más fija en cómo el cuerpo de él se sostenía que en lo que pudiera decir. Sus manos se movieron apenas sobre su regazo, soltándose por fin de esa presión constante, y sin anunciarlo, sin pedir permiso, se inclinó un poco hacia adelante.
Sus dedos encontraron la venda del antebrazo de Hades, ajustándola con cuidado donde se había aflojado por el intento fallido de incorporarse, el gesto fue preciso, contenido, evitando los puntos donde sabía que dolería más, y aun así el contacto no fue invisible.
Hades tensó la mandíbula apenas, no apartó el brazo, pero el movimiento le recorrió el cuerpo igual, como si ese punto de contacto hubiera activado algo que no tenía que ver solo con el dolor.
—No hace falta... —murmuró, la voz saliendo más baja de lo que esperaba, obligándolo a carraspear un poco antes de continuar—. Estoy bien.
La frase no se sostuvo por completo. Se notó en la forma en que su respiración volvió a fallar justo después, en cómo tuvo que cerrar los ojos otra vez un instante para estabilizarse, como si el cuerpo desmintiera lo que acababa de decir antes de que pudiera defenderlo.
Momo no respondió a eso. Terminó de ajustar la venda y dejó la mano ahí un segundo más de lo necesario, solo manteniendo el contacto como si retirarlo de golpe fuera más brusco que dejarlo.
—No lo estás —negó al final, sin dureza, pero sin suavizarlo tampoco.
Hades soltó una exhalación corta por la nariz, más cercana a una protesta que a una respuesta real, y trató de ponerse de pie para demostrar su punto.
Pero el poco impulso junto a su fuerza drenada, provocó que el mundo se le inclinase apenas hacia un lado antes de que pudiera estabilizarse, la vista perdiendo foco por un segundo demasiado largo, obligándolo a llevar el peso hacia atrás de forma torpe para no caer al suelo, quedándose en una postura incómoda, a medio camino entre sentado y sostenido por inercia.
Momo reaccionó antes de pensarlo, su mano moviéndose desde la venda hasta su pecho, dándole un punto de apoyo que no era suficiente para acostarlo, pero sí para evitar que el cuerpo cediera hacia delante.
No dijo nada. No lo miró esperando algo a cambio. Solo se quedó ahí, sosteniendo lo justo.
El silencio que se formó estaba lleno del sonido irregular del pulso de Hades, del leve roce de la tela, del zumbido constante de las máquinas que no se detenían, y en medio de eso, él volvió a intentar hablar.
—Lo de antes... —empezó, la voz arrastrándose un poco más esta vez, como si cada palabra tuviera que abrirse paso—. Yo no—
Se cortó solo.
Porque no podía encontrar las palabras.
Al final terminó bajando la mirada, fijándola en sus propias manos vendadas como si ahí pudiera reorganizar algo que en su cabeza seguía desordenado.
Momo tampoco completó la idea por él.
Sus dedos se tensaron apenas sobre su pecho, y luego se movieron, subiendo un poco para acomodar mejor su postura, guiándolo con cuidado hacia atrás hasta que la espalda volvió a encontrar la camilla sin el golpe seco de antes, el movimiento fue lento, medido, como si cualquier brusquedad fuera suficiente para romper ese equilibrio precario que habían conseguido.
—No tienes que —empezó ella, recostándose a su costado, pero la frase se le quedó a medias también, atrapada en el mismo lugar donde la de él había fallado.
El espacio entre ambos se mantuvo así, lleno de cosas que no terminaban de decirse, pero que ya no podían fingir que no estaban.
Hades asintió, mirando directamente a los ojos azabaches de Momo. Su mente se estancó al momento, mirando directamente a ese abismo reconfortante que solo le trajo alivio.
Pero entonces, el golpeteo del bastón volvió antes de que ese punto cambiara.
—Te esforzaste en esconderlo ¿eh? —dijo Recovery Girl con molestia en su voz. Apartando la cortina sin ceremonia, y avanzando lo justo para ver cómo estaban ambos.
—Agh... estos niños de ahora no conocen la prudencia —gruñó, dejando la lata fría en el vientre de Hades—. ¡No pueden contenerse ni un segundo!
El impacto hizo que él se doblara por el dolor, y Momo, sorprendida se sentó tan rápido que sorprendió a Recovery Girl. Su rostro tan enrojecido que podría rivalizar con las letras en la lata.
—Necesito que Nezu imponga esas clases con urgencia... —murmuró para sí, golpeando el suelo.
—Que sepas que esta bebida no es para que te hagas el héroe —añadió, mirándolo de reojo—. Es para que no te mueras antes de tiempo.
Hades alzó la cabeza apenas hacia la lata, el reflejo del aluminio le devolvió una imagen distorsionada que no sostuvo por mucho tiempo, y sin responder, trató de tomar la lata que se había caído hacia su costado.
El movimiento fue torpe desde el inicio.
Los dedos no cerraron como deberían, la fuerza no acompañó, y aun así logró arrastrarla un poco hacia él, suficiente para que el frío le tocara la piel a través de las vendas, obligándolo a apretar la mandíbula mientras terminaba de acercarla.
—...Tch.
Intentó abrirla.
El índice buscó el anillo metálico, lo enganchó a medias, y cuando intentó hacer palanca, la falta de fuerza en la mano hizo que el gesto se quedara a medio camino, el metal apenas moviéndose sin ceder del todo.
Lo intentó otra vez. Pero el resultado fue el mismo, solo que más lento al encajarse en la uña.
El aire se le escapó en una exhalación más pesada, el cuerpo tensándose en un esfuerzo que no debería haber sido necesario para algo tan simple, y por un segundo se quedó ahí, con la lata entre las manos, sin moverse.
Luego giró la cabeza, lo justo para que su mirada encontrara a Momo desde un ángulo incómodo, sin sostenerla del todo.
—...Ábrela.
La palabra salió baja, casi arrastrada, sin adornos, sin explicación, como si el simple hecho de decirla ya fuera más de lo que quería conceder.
Su mirada se apartó con solo decirlo, tratando de estirar la lata hacia ella.
—Por favor...
Mientras tanto...
La puerta del palco VIP no se abrió con cuidado, se desplazó de golpe contra el tope con un ruido seco que no encajaba con la penumbra ordenada del lugar, y el contraste fue inmediato: el aire limpio, casi dulce por el té recién servido, se mezcló con el rastro áspero del polvo de cemento, sudor y cuero caliente que Midnight arrastraba pegado a la piel. Su respiración era irregular, aun sin acompasarse desde que salió de la arena.
La fusta cayó sobre la mesa de madera pulida sin que ella midiera la fuerza, rebotando apenas antes de quedarse inmóvil junto a la tetera.
—Nezu... —empezó, pero la palabra le salió más cargada de lo que esperaba, obligándola a tomar aire otra vez, más profundo, como si todavía estuviera en medio del combate—. Esto se acabó.
Se acercó un paso más, señalando hacia el estadio a través del cristal sin mirar realmente lo que había afuera, porque ya lo había visto demasiado de cerca.
—¡Este festival se salió de control! —añadió, la voz apretándose a medida que hablaba—. Saiko fue llevada a urgencias, Hades se descontroló por completo y Bakugo... —hizo un gesto breve con la mano, como si la imagen le estorbara más de lo que podía explicar— ¡...no estaba midiendo nada! —tomó una pausa, apretando la mandíbula en un intento de autocontrol—, son niños, Nezu. ¡Niños!
Del otro lado de la mesa, el director no respondió de inmediato.
No había girado la cabeza.
Una de sus patas sostenía la tetera mientras la otra acomodaba la taza bajo el hilo fino de líquido que caía sin temblar, como si el pulso del estadio no tuviera nada que ver con ese espacio cerrado. El vapor subió en una espiral breve antes de desvanecerse, y solo entonces habló.
—Y sin embargo —comenzó sin prisa, dejando la tetera en su sitio—, no interviniste en contra de mis deseos.
Midnight frunció el ceño, el cuerpo tensándose de nuevo.
—No cambies el tema.
—No lo estoy cambiando.
Ahora sí giró la cabeza, lo suficiente para mirarla de reojo, sin perder del todo la atención de la pantalla que tenía frente a él. En ella, líneas ascendentes se cruzaban en tiempo real, números que fluctuaban con una velocidad que no se correspondía con la calma de su voz.
—Lo estás describiendo como si fuera un error —continuó, respirando el dulce aroma de la infusión—. Pero fue exactamente lo que vinieron a ver.
Midnight soltó una risa breve, seca, sin humor.
—¿Ver qué? ¿A adolescentes desangrarse en directo?
—A símbolos formándose.
La respuesta llegó sin énfasis, sin dureza añadida, y precisamente por eso se quedó más tiempo en el aire.
Midnight dio otro paso, ahora sí acercándose a la mesa.
—Eso no son símbolos. Son estudiantes. Son —se cortó un segundo, buscando la palabra que no sonara débil—. Niños.
Nezu apoyó la taza frente a sí, dándole un leve empujón para alinear el diseño de la taza,
—Antes de empezar el torneo... —dijo, señalando con la mirada la pantalla—, ninguna agencia estaba dispuesta a apostar por más de tres nombres en esta generación.
Una de las gráficas subió de golpe, marcando un pico abrupto.
—Ahora no hay una sola línea libre.
El silencio que siguió no fue largo, pero se sintió incómodo.
Midnight desvió la vista hacia la pantalla por un instante, lo suficiente para ver cómo los números seguían moviéndose, cómo ciertos nombres se repetían más que otros, cómo uno en particular parecía atraer la mayoría de las variaciones.
Entonces devolvió la mirada a Nezu.
—¿Así que sí? —preguntó, más bajo ahora, más contenido—. ¿Eso es todo? ¿Permitiste que se hicieran pedazos para inflar cifras?
Nezu inclinó apenas la cabeza, como si considerara la pregunta más de lo necesario.
—Los expuse.
—Los utilizaste.
—Los protegí.
La respuesta llegó tan limpia que Midnight tardó medio segundo en reaccionar.
—¿Protegerlos? —repitió, incrédula—. ¿Llamas protección a dejarlos llegar a ese punto? ¡Nezu, Saiko está en la sala de!—
Nezu alzó la taza, acercándola a su hocico sin beber todavía.
—El Estado no los protegerá —interrumpió—. Los clasifica, los regula, los descarta cuando dejan de ser útiles.
Bebió un sorbo corto, sin apartar la mirada de ella esta vez.
—Yo no puedo permitirme eso.
Midnight lo sostuvo, el enojo todavía presente pero ya mezclado con otra cosa, algo más denso.
—Esto no es una escuela —murmuró, golpeando las manos sobre la mesa del director—. Es un maldito mercado.
—Siempre lo ha sido.
La respuesta no tuvo rastro de ironía.
Nezu dejó la taza de nuevo en la mesa, alineándola con cuidado.
—La diferencia —añadió, entrelazando los dedos—, es quién controla el valor de lo que se vende.
Midnight apretó los dientes.
—Estás hablando de ellos como si fueran... activos.
—Incluso ustedes, son mis queridos bienes.
No hubo pausa. No hubo suavización.
—Y mientras más valiosos sean aquí —agregó, señalando el vidrio que separaba el palco del estadio—, menos probabilidades hay de que alguien allá afuera los trate como desechables.
El murmullo lejano de las reparaciones se coló por un instante en el silencio.
Midnight retrocedió medio paso, sacudiendo la cabeza.
—Esto no justifica lo que pasó ahí abajo.
—No —admitió Nezu, con una leve inclinación—. Pero lo hace necesario.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
—¿Necesario para qué? —preguntó ella, ahora sí más baja, más peligrosa.
Nezu no respondió de inmediato.
Se giró por completo hacia el cristal, apoyando ambas patas en el borde de la mesa mientras observaba el campus extendiéndose más allá del estadio, las estructuras, los pasillos, los edificios que seguían funcionando como si nada hubiera pasado.
—Para que no dependan de un sistema que está empezando a fallar —dijo al final, enderezando su postura—. Para que no tengan que pedir permiso para sobrevivir.
Midnight frunció el ceño, el enojo volviendo a subir.
—¿De qué estás hablando?
—De control.
—¡Eso no es control, es aislamiento!
—Es soberanía.
La palabra no se elevó, pero cambió el aire.
Midnight lo miró fijo.
—No puedes estar hablando en serio.
—El proyecto de residencias es solo el inicio —continuó Nezu, como si no hubiera escuchado el tono—. Un entorno cerrado, autosuficiente, donde cada variable pueda ser monitoreada y corregida antes de que escale.
—Eso es una jaula.
—Es una fortaleza.
—Es una maldita celda para niños.
—Para futuros héroes.
El cruce fue inmediato, sin espacio entre uno y otro.
Midnight dio un paso atrás, sus facciones arrugándose de asco.
—Estás enfermo —escupió, la voz tensándose otra vez—. Estás usando su sangre para construir tu... tu utopía.
Nezu no respondió. La dejó terminar.
—Te haces pasar por un tipo caritativo, pero tu corazón es tan negro como los de la asociación.
El silencio cayó pesado después de eso.
Midnight se giró, alcanzando la puerta, la mano cerrándose sobre el pomo con más fuerza de la necesaria, y justo cuando iba a abrir.
—No aceptaré que ningún otro niño vuelva a morir por sus sueños.
La frase la detuvo. Pero no por el volumen.
Por el tono.
Midnight no se giró de inmediato, pero su cuerpo dejó de moverse.
Detrás de ella, Nezu no se había levantado. No había cambiado de postura. Pero ahora la estaba mirando directamente.
—No permitiré que el incidente de Oboro Shirakumo se repita.
No hubo nada más después de eso. La mención del nombre bastó.
Midnight abrió la puerta sin decir nada, saliendo del palco con un movimiento más controlado que el de su entrada, pero no menos tenso, y el sonido al cerrarse quedó amortiguado por la distancia.
Dentro, Nezu volvió a girarse hacia la pantalla.
El vapor del té ya no subía.
Las gráficas seguían moviéndose.
Y en una de ellas, un nombre continuaba elevándose por encima del resto.
Por otro lado, en el pasillo lateral que daba acceso al estadio estaba abierto a medias, dejando pasar el ruido de las reparaciones como una marea constante que no terminaba de asentarse: cemento chocando contra cemento, órdenes cruzadas, el arrastre de estructuras siendo recolocadas a la fuerza mientras el polvo fino se filtraba por debajo de las puertas y se quedaba suspendido en el aire, pegándose a la garganta con cada respiración.
Shoto estaba de pie cerca del límite de la sombra, donde la luz del exterior apenas alcanzaba a dibujarle el perfil sin terminar de tocarla del todo. No se movía. El frío se acumulaba en torno a su lado derecho sin hacerse visible, como una presencia contenida que no necesitaba expandirse para existir.
Su mirada no estaba en ningún punto concreto, sino en esa distancia indefinida donde todo se vuelve más fácil de ignorar.
Pero el sonido de unos pasos más pesados le sacó de sus pensamientos.
Endeavor se detuvo a unos pasos de ella, lo suficiente para no invadir ese espacio que ya de por sí parecía demasiado estrecho. Su sombra se proyectó sobre el suelo antes de alcanzarla, deformándose sobre el polvo acumulado, y durante un segundo no dijo nada, como si estuviera midiendo no las palabras, sino el momento exacto en el que decirlas no empeorara lo que ya estaba en tensión.
—Pronto tu combate empezará... —empezó al final, la voz más baja de lo que su tamaño sugería, sin el filo de una orden, más cercana a una constatación que a otra cosa—. Las reparaciones terminarán pronto.
Shoto no respondió.
Su respiración se mantuvo igual, contenida, apenas visible en el leve movimiento de sus hombros. El silencio no era rechazo activo, pero tampoco dejaba espacio para que la conversación avanzara con normalidad.
Enji apretó apenas la mandíbula, el gesto pasando rápido, más por hábito que por irritación real, y dio un paso más cerca, no lo suficiente para tocarla, pero sí para que su presencia dejara de ser algo que podía ignorarse con facilidad.
—Y... esa chica, Akemi no va a contenserse —continuó, desviando un instante la mirada hacia el exterior antes de volver a ella—, aún recuerdo lo que le hizo a esa chica de las generales.
Shoto parpadeó una vez, lento, como si ese dato no cambiara nada de lo que ya sabía.
—Lo sé.
La respuesta salió plana, sin carga, sin matiz. Ni siquiera le miró al decirlo.
El ruido del estadio se filtró de nuevo, más fuerte por un momento, como si algo pesado hubiera sido soltado a la vez en varios puntos, y el eco vibró en las paredes antes de disiparse. Enji dejó que ese sonido llenara el espacio un segundo más, buscando por dónde entrar sin romperlo del todo.
—Entonces entiendes que no puedes seguir así —añadió, girando apenas el cuerpo hacia ella—. No puedes entrar a ese combate usando solo la mitad de lo que tienes.
Shoto no se movió. Pero algo en la tensión de su cuello cambió apenas, un endurecimiento mínimo que no se tradujo en movimiento, pero que marcó el punto donde la conversación dejaba de ser neutra.
—Es suficiente con mi hielo —respondió, sin variar el tono.
—No, no lo es.
La respuesta de Enji llegó más rápido de lo que habría querido. No fue un golpe, pero sí rompió el ritmo que había intentado mantener, y lo notó en la forma en que tuvo que tomar aire otra vez antes de continuar, ajustando la voz, bajándola.
—No contra alguien como ella.
Shoto cerró los ojos un segundo. No fue largo, pero fue lo suficiente para que la siguiente respiración entrara más profunda, más controlada, como si tuviera que acomodar algo antes de seguir sosteniéndose en ese mismo sitio.
—No voy a usarlo.
La frase cayó sin énfasis, sin elevarse, pero con un peso que no necesitaba volumen para sostenerse.
Enji la miró un instante más de lo habitual, como si buscara en su perfil alguna señal de duda que no estaba ahí, y cuando habló otra vez, lo hizo más despacio.
—Shoto...
El nombre se le quedó un poco más atrás de lo que pretendía, como si no estuviera del todo acostumbrado a usarlo en ese tono, sin exigencia.
—No es... —se detuvo, corrigiendo sobre la marcha—. No es solo una cuestión de ganar.
Shoto giró apenas la cabeza, lo justo para que su voz no saliera completamente de espaldas a él.
—Para ti siempre lo es.
Enji exhaló por la nariz, corto, sin fuerza, más cercano a contener una respuesta automática que a expresar molestia real.
—No —negó, y esta vez sí sostuvo la palabra—. No ahora.
El silencio volvió a interponerse entre ambos, pero ya no era el mismo. Había algo más tenso debajo, algo que no terminaba de salir, pero que tampoco podía volver atrás.
—Reprimirlo no te protegerá —añadió al final, dando otro paso, lo bastante cerca como para que el calor de su cuerpo empezara a contrastar con el frío contenido de ella—. Te está desgastando.
Shoto no retrocedió.
Pero tampoco se giró hacia él.
—El fuego solo destruye.
Lo dijo sin cambiar el tono, como si fuera una verdad ya comprobada, no una opinión.
Enji apretó los dedos de la mano derecha contra la palma, el gesto quedando contenido a la altura de su costado antes de soltarse.
—No es tan simple.
—Lo es.
Ahora sí giró un poco más el rostro, lo suficiente para que él pudiera ver la línea de su mirada, fija, sin temblor.
—Siempre lo ha sido.
El ruido del estadio volvió a colarse, más lejano esta vez, como si la reparación estuviera llegando a su fin, y Enji dejó que ese sonido pasara sin hablar, intentando reorganizar lo que quería decir sin que saliera mal.
—Con el fuego —empezó, más despacio, levantando su tono por orgullo—, soy el segundo mejor héroe de Japón. Si lo dominas, si aprendes a—
—Ese es tu fuego, papá.
La interrupción fue limpia, entrando justo en el punto donde su frase empezaba a construirse.
Shoto giró la cabeza un poco más, lo suficiente para mirarlo de frente por primera vez.
—El mío... —se detuvo apenas, no por duda, sino porque la palabra siguiente parecía necesitar más aire del que estaba dispuesta a tomar—, el mío solo trae destrucción.
No hubo temblor en su voz.
Pero algo en la forma en que sostuvo la última palabra la dejó un poco más fija de lo necesario, como si no pudiera soltarla tan rápido como el resto.
Enji abrió la boca para responder.
Se quedó ahí un segundo.
El aire entró, pero la frase no salió completa. Lo que había preparado no encajaba con lo que acababa de escuchar, y corregirlo en ese mismo momento lo dejó sin el impulso inicial, obligándolo a empezar desde otro lugar que no terminaba de encontrar.
—No... —probó, más bajo—. No tiene por qué ser—
El sonido de un micrófono ajustándose cortó el espacio antes de que pudiera terminar.
Un leve chasquido, seguido por el eco amplificado de la voz que ya todos en el estadio reconocían, colándose por los altavoces con una claridad que no dejaba rincón sin alcanzar.
—¡Atención, a todos nuestros queridos espectadores!
El tono de Midnight había recuperado su cadencia habitual, pero aún arrastraba algo más firme debajo, como si la tensión previa no se hubiera disipado del todo.
—¡Las reparaciones han sido completadas!
El murmullo del estadio cambió de forma, creciendo en capas superpuestas que se filtraron incluso hasta el pasillo donde estaban, empujando el aire con una expectativa que ya no podía contenerse.
—En cinco minutos... —continuó la voz, clara, marcada—, dará inicio la semifinal del bloque B...
Hubo una pausa breve, aumentando la tensión de sus palabras.
—¡Ambos del curso de héroes de la clase 1-A... Akemi Midoriya contra Shoto Todoroki!
El nombre de Shoto se expandió en el espacio con el resto del anuncio, perdiéndose entre los gritos que comenzaron a levantarse desde las gradas, y durante un segundo ninguno de los dos se movió.
Enji bajó la mirada apenas hacia ella, como si fuera a retomar lo que había quedado a medias.
Pero no encontró por dónde.
Shoto, en cambio, desvió la vista antes de que ese intento se concretara, rompiendo el contacto por sí misma, y el gesto fue pequeño, pero suficiente para cerrar ese espacio otra vez.
—Me voy.
Su cuerpo se movió sin prisa, pero sin pausa, saliendo de la sombra hacia la luz del pasillo que daba al estadio, donde el ruido ya no era fondo sino presión constante, y sus pasos se mezclaron rápido con ese flujo que iba en una sola dirección.
Enji se quedó donde estaba un segundo más, la mano todavía a medio levantar, como si la frase que no había logrado decir se hubiera quedado atrapada en ese gesto.
Cuando Shoto cruzó el umbral, él se quedó mirando su mano por un momento más de lo normal. Las placas de su antebrazo le devolvían el reflejo cansado de un hombre.
Se recompuso con un suspiro y terminó de bajar la mano.
—¿Qué es lo que hubieras hecho tu... Rei?
Sus pasos se disolvieron con el eco del anuncio que terminaba de llenar el espacio que padre e hija habían dejado.
Cuando Shoto cruzó el umbral el sonido dejó de ser algo externo para envolverla por completo, golpeando en capas contra su cuerpo mientras la luz del campo le caía encima sin transición, obligando a sus ojos a ajustarse sin que su paso cambiara de ritmo.
Su enfoque se mantuvo al frente, fijo en el punto donde el campo terminaba de abrirse y la figura que ya estaba ahí comenzaba a definirse con mayor claridad. Porque... el umbral por donde Akemi debería haber entrado, estaba vacío.
La confusión se apoderó de las gélidas facciones de Shoto, pero, cuando levantó apenas la vista, vio como ella estaba suspendida apenas por encima del suelo, como si la gravedad no terminara de decidirse a reclamarla, avanzando en pequeños desplazamientos que imitaban pasos sin apoyarse realmente, cada movimiento ajustado con una lentitud que no parecía duda sino elección, como si pudiera permitirse ese margen porque nada en ese espacio iba a alcanzarla antes de que ella lo decidiera.
Tenía látigos negros enrollados en sus brazos y piernas que no permanecían quietos, se contraían y relajaban en respuesta a tensiones internas que no eran visibles del todo, apretándose contra el músculo cuando el hombro giraba, deslizándose apenas cuando el brazo descendía, marcando un ritmo propio que no coincidía con el de su avance, como si estuvieran conteniendo algo que no terminaba de salir.
En su rostro, una enorme sonrisa se mantenía perfilada, llena de superioridad hacia todos los que estaban debajo de ella.
El público reaccionó antes de entender.
El ruido subió en una oleada irregular, gritos que se encimaban, nombres que se repetían sin orden mientras las pantallas enfocaban su figura desde distintos ángulos, amplificando esa sensación de que no estaba en el mismo plano que el resto.
—¡Eso es presencia! —la voz de Present Mic se abrió paso entre el ruido, cargada de entusiasmo—. ¡Mírenla, ni siquiera está tocando el suelo y ya tiene a todo el estadio en la palma de la mano!
—Está gastando energía —respondió Aizawa sin levantar la voz, apoyado en su asiento—. Y lo está haciendo a propósito.
Shoto la miró por un segundo más, y con un pesado suspiro, llevó ambas manos a su cabello y peinó hacia atrás su pelo. Negándose a perder desde la entrada.
El hielo se formó en el mismo instante en que apoyó la planta, expandiéndose hacia adelante en una capa controlada que no se desbordaba, creciendo solo lo necesario para sostener el siguiente paso, y luego otro, y otro más, cada contacto dejando atrás una superficie firme que se extendía con precisión quirúrgica mientras a los costados comenzaban a elevarse las primeras formaciones, no como un estallido, sino como una construcción progresiva que delimitaba su trayecto sin encerrarlo del todo.
El aire se enfrió a su alrededor. Arrastrando escarcha desde sus tobillos hacia arriba, pegándose a la tela, a la piel, a la respiración que salía más visible en cada exhalación corta que no rompía su ritmo.
Akemi descendió lo justo cuando alcanzó el centro, la transición fue tan suave que no pareció una caída, como si el suelo hubiera subido a encontrarla en lugar de lo contrario, y al hacerlo sus pies tocaron el concreto con una ligereza que no correspondía con el peso que transmitía su presencia.
Sus dedos se abrieron y cerraron una vez, probando la tensión en sus brazos mientras los látigos negros se apretaban un poco más, encajando contra la piel con un leve crujido seco.
Un pequeño rayo verde empezó a cubrir su cuerpo, con leves chispas saltando en sus brazos. Pero, a pesar de haber activado su One For All, no adoptó una postura. Solo metió las manos en los bolsillos, mirando como el hielo dejaba de crecer cuando alcanzó el límite del campo, resquebrajándose desde la base en pequeñas fracturas que se disiparon casi de inmediato, dejando solo el rastro suficiente para marcar por dónde había pasado, y aun así el frío permaneció en el aire, asentado en capas bajas que no terminaban de disiparse.
Sus pies se ajustaron apenas, un desplazamiento mínimo que bajó su centro de gravedad sin hacerlo evidente, las rodillas flexionándose lo suficiente para absorber lo que viniera después mientras la suela de su zapato derecho comenzaba a desprender un vapor gélido.
Midnight avanzó un paso entre ambas, levantando la mano con un movimiento firme que cortó lo poco que quedaba de margen.
—¡La semifinal del bloque B en busca del retador del ganador del grupo A!—anunció, su voz proyectándose por encima del estadio—. ¡Empieza en tres!
Akemi inclinó la cabeza apenas hacia un lado, el gesto mínimo, suficiente para que los látigos negros se tensaran alrededor de sus brazos como si anticiparan algo que aún no había empezado.
—¡Dos!
Shoto no parpadeó.
La presión bajo su pie derecho aumentó, el hielo acumulándose en la suela sin expandirse, vibrando apenas en una frecuencia baja que se transmitía hacia el suelo, esperando el punto exacto de liberación.
Su respiración entró más profunda.
—¡Uno!
El espacio entre ambas se cerró sin que ninguna se moviera todavía, el aire cargándose de una tensión que no necesitaba sonido para sostenerse.
—¡Peleen!
La presión acumulada en la suela de Shoto se descargó en un instante, el hielo avanzando en bloque, empujando el aire delante de sí como una pared que buscaba ocupar todo, cerrando ángulos mientras las primeras crestas irregulares comenzaban a levantarse desde el suelo del estadio, y durante un instante pareció que el espacio entre ambas iba a desaparecer por completo bajo esa masa que se expandía sin pausa.
Al ver tal expansión, Akemi no vaciló. Mantuvo su sonrisa mientras miraba a su contrincante.
Cuando el hielo la alcanzó, el mismo empezó a trepar desde las piernas, subiendo en una capa rápida que se cerró alrededor de sus rodillas, luego en el torso mientras la presión seguía empujando desde atrás, solidificándose en una estructura cada vez más gruesa que terminó por tragarse su silueta entera hasta que lo único visible fue una formación blanca, compacta, irregular, creciendo todavía un poco más antes de detenerse con un crujido profundo que se extendió por todo el bloque.
El estadio cayó en un silencio extraño, corto, algunos mantenían el aliento, mientras que otros empezaban a celebrar la victoria.
Pero Shoto no bajó la guardia. Su pie derecho seguía empujando contra el suelo, manteniendo la expansión activa un segundo más de lo necesario, asegurándose de que la presión interna del hielo no dejara huecos por donde ella pueda escapar.
El esfuerzo hizo que exhalase una nube corta de corcha que tardó en disiparse.
Trató de aflojar un poco su postura, el sabor de la victoria llenando sus labios. Pero... el hielo empezó a temblar y apareció una fisura en la superficie. Una tensión interna que se propagó como si algo desde dentro estuviera probando la resistencia del bloque.
Crack.
Llegó un sonido, seco, contenido, seguido por otro más fuerte que atravesó la masa helada desde el centro hacia afuera.
Y desde las grietas, chispas verdes se asomaron, burlándose de aquellos que celebraban la victoria de Shoto.
—Mmm —gruñó Shoto, tratando de crear nuevas capas de hielo.
Pero su intento fue negado cuando el hielo cedió y liberó la presión contenida en todas direcciones al mismo tiempo. Fragmentos de hielo saltaron hacia afuera mientras el bloque se abría desde dentro y dejaba ver a Akemi avanzando un paso corto, como si el hielo no hubiera sido más que una capa de escarcha acumulada sobre su ropa.
Se sacudió el hombro con un movimiento leve, desprendiendo pedazos que cayeron al suelo todavía humeando por el contraste térmico.
El rastro del One For All apenas se insinuaba en chispas verdes que corrían breves por su brazo antes de desaparecer.
—Vaya... ¿eso fue todo? —comentó, mientras miraba directamente a Shoto con la misma sonrisa de antes.
—Eres molesta —respondió, levantando la pierna izquierda y azotándola contra las baldosas congeladas.
El hielo respondió de inmediato, naciendo otra vez bajo su pie con menos pausa que antes, expandiéndose en líneas más rápidas que ya no buscaban solo ocupar el terreno sino cerrarse en ángulos más agresivos, levantando picos que avanzaban hacia Akemi en trayectorias directas.
El cuerpo de Akemi giró lo justo para dejar pasar la primera cresta, y la siguiente la rompió con un movimiento seco de la pierna, el impacto reforzado por el OFA y los látigos negros viajó desde la cadera hasta la punta del pie, pulverizando el hielo antes de que terminara de formarse mientras seguía avanzando sin cambiar demasiado el ritmo.
Otro pico salió del suelo a su izquierda, pero lo quebró con el talón derecho en un giro suave sobre el hielo resbaladizo.
—Tsk —chasqueó Shoto, creando ráfagas de hielo desde su brazo derecho.
Haciendo así que el siguiente asalto llegase como una avalancha con cientos de picos incrustados que trataban de tragarse a su enemigo.
Junto a ello, desde el hielo cristalino del suelo bajo los pies de Akemi, emergieron bloques más estrechos que intentaban cerrarse alrededor de sus piernas.
—Digna de "la princesa de hielo..." —susurró Akemi, aumentando el porcentaje del OFA.
Chispas verdosas emergieron desde sus piernas, saltando primero para liberarse del agarre de bloques.
—¡Smash! —gritó, lanzando una patada directo al centro de la avalancha.
El impacto, acompañado por una onda de aire partió por completo el ataque venidero.
Pero, antes de que pudiera decir algo más, decenas de estalactitas fueron disparadas desde los lados de la avalancha, como flechas gélidas.
Aun así, la trampa fue desecha con patadas firmes, controladas y rápidas. Todas ejecutadas sin siquiera sacar las manos de los bolsillos como si el movimiento mínimo fuera suficiente para romper algo que no estaba terminando de alcanzarla.
—Jah... —exhaló Shoto, suprimiendo el temblor en sus labios.
Pero, a diferencia de antes, el vapor que salió fue más visible ahora, arrastrando una capa fina de copos gélidos que no desaparecieron de inmediato, y cuando apoyó el siguiente paso el hielo respondió con más volumen del necesario, extendiéndose más lejos de lo que su centro de control podía sostener con la misma precisión.
—Vaya... —comentó Akemi, sus ojos bajando apenas hacia el suelo antes de volver a Shoto.
Las siguientes estalactitas llegaron más rápido, más anchos, pero menos limpios. La formación se disparó con bordes irregulares que delataban la presión acumulándose en el cuerpo de Shoto.
Akemi giró otra vez, destruyendo dos picos seguidos con la misma pierna. Y cuando iba a hablar, llegó un tercero que venía oculto tras las primeras dos estalactitas. Pero ella lo atrapó con sus látigos a centímetros de impactar contra su abdomen.
—Si sigues así... —comenzó, pulverizando la estalactita con un apretón de sus látigos—. Vas a llegar a tu límite y congelarte tú misma.
Su comentario cayó como un balde para Shoto.
—Qué vas a saber tú de mis límites... —respondió sintiendo como la escarcha comenzaba a extenderse desde el cuello hacia la mandíbula en una capa fina.
La siguiente formación de hielo salió antes de que terminara de formarse el anterior, empujado por una presión que ya no estaba del todo contenida, abriéndose desde el suelo en un ángulo más agresivo que preciso.
Akemi giró el pie para romperlo como había hecho con los anteriores, pero esta vez no siguió con el segundo ni con el tercero que venían detrás; dejó que el filo le pasara cerca, lo suficiente para que el aire frío le rozara el costado y le levantara la tela de la camisa, y en lugar de responder desde abajo, el suelo dejó de ser su punto de apoyo.
Su cuerpo se elevó apenas, primero unos centímetros, luego lo suficiente para que la siguiente expansión de hielo pasara por debajo sin tocarla, deslizándose como una masa que ya no tenía objetivo, y el cambio fue mínimo en apariencia, pero rompió algo en el ritmo de Shoto, que dio un paso más de lo necesario antes de corregirlo, el hielo respondiendo tarde a ese ajuste.
Akemi la miró desde arriba, sin moverse demasiado, suspendida en ese margen donde no hacía falta esquivar con todo el cuerpo.
—...¿Ya terminaste? —sentenció, no como burla abierta, sino como si realmente estuviera esperando algo más.
Shoto no respondió de inmediato. Su pie volvió a presionar el suelo, el hielo reaccionando otra vez, creciendo hacia arriba esta vez, buscando alcanzarla en altura, estirándose en columnas que trataban de cerrarse alrededor de su trayectoria.
Akemi se desplazó apenas en el aire, lo justo para que una de esas columnas pasara a su lado, revolviendo su cabellera.
—El hielo te está afectando.
El siguiente pico salió más rápido, más directo, tratando de cortar el impulso de Akemi.
—Cállate.
El hielo subió con más fuerza, rozando la suela de Akemi antes de romperse por su propio exceso de presión, fragmentándose en placas que cayeron pesadas contra el suelo.
—Estás escapando de la realidad —añadió, bajando apenas la mirada hacia ella—. Con eso no vas a proteger a nadie.
—No hables de lo que no entiendes —respondió Shoto, y la forma en que lo dijo fue más apretada, el aire saliendo más visible otra vez mientras otra capa de escarcha se acumulaba en la base de su cuello.
El siguiente impulso de hielo salió más ancho que alto, buscando cubrir todo el espacio bajo Akemi, obligándola a subir más si quería evitarlo, y durante un instante lo logró, ganando altura con un movimiento limpio, pero el campo ya no estaba estable.
—Lo entiendo mejor que tú —dijo Akemi, sin elevar la voz, mientras descendía apenas otra vez, lo suficiente para mantenerse fuera del alcance sin perderla de vista—. Estás usando la mitad... y esperando que sea suficiente.
Shoto apretó el pie contra el suelo con más fuerza.
El hielo respondió de inmediato, pero esta vez no creció uniforme. Se abrió en dos direcciones distintas, una adelantándose más que la otra, y cuando trató de corregirlo, la estructura ya estaba desfasada.
—¡Es suficiente!
La respuesta salió más rápida de lo que quería, y el siguiente ataque llegó casi encima de esa frase, con picos que no cerraban bien los ángulos y dejaban huecos entre ellos.
Akemi se movió entre esos huecos sin prisa, dejándolos pasar a centímetros de su cuerpo mientras descendía un poco más, acortando la distancia sin entrar del todo.
—No... —murmuró—. No lo es.
Desde el bloque que creó antes, varios picos surgieron directamente bajo ella, alcanzando casi su tobillo antes de que pudiera apartarse del todo, y por primera vez el contacto fue real; el hielo le rozó la pierna antes de quebrarse por la tensión de los látigos negros, aun así, la expresión de Akemi no cambió.
—¿Estás segura que tu hielo no matará? Si no usas tu fuego enton—
Su frase fue cortada de tajo cuando el siguiente impulso de Shoto empujará desde el suelo como ramas que se deslizaban en varias direcciones a la vez, ocupando espacio de forma errática.
—¡No sabes nada! —soltó Shoto, y esta vez su voz sí se quebró un poco en el centro, apenas perceptible.
La siguiente exhalación salió irregular, arrastrando más vapor del que su cuerpo podía controlar, provocando que tosiera sin control.
Akemi la sostuvo con la mirada un segundo más, mientras ella trataba de reincorporarse.
Y entonces, sin previo aviso, cerró los ojos. Su respiración se atenuándose, mientras una imagen que no pertenecía a ese lugar, que no tenía el ruido del estadio ni el frío del hielo, asaltaba sus retinas.
Era una silueta suspendida desde una soga donde no debería haber estado, el peso cayendo hacia abajo en un silencio que no tenía aire.
Una pesada exhalación salió de la boca de Akemi, volviendo a abrir los ojos.
—Si sigues así... —empezó, su tono descendiendo igual que su posición—, no te va a matar un villano.
Shoto lanzó otro impulso, más corto, más directo, como si quisiera cortar la frase antes de que terminara, pero el hielo volvió a salir desfasado, llegando tarde por un lado y temprano por el otro.
Akemi decidió no esquivar el constructo, dejando que le rozara el hombro mientras avanzaba un paso más hacia abajo.
—Te vas a romper tú sola.
El silencio se quedó suspendido entre ambas, más pesado que el frío que ya no terminaba de irse del campo, y durante un segundo Shoto no respondió; su pie volvió a presionar el suelo, el hielo reaccionando con ese impulso automático que ya no pasaba del todo por su control consciente, creciendo hacia arriba en una formación que buscaba alcanzarla otra vez en altura, pero la estructura salió desfasada desde el inicio, inclinándose más de un lado que del otro.
—¿Qué mierda dices? —soltó, el tono más áspero de lo que pretendía mientras forzaba el siguiente ataque.
—Ese día... —empezó, usando sus látigos para desviar unas estacas de hielo—. ¿De verdad fue culpa solo del fuego? O... fue—
Sus palabras fueron abruptamente silenciadas cuando el hielo ya había empezado a responder.
Pero algo en la estructura se detuvo a mitad del proceso, como si la presión interna hubiera perdido dirección por un segundo demasiado largo, y la capa que debía crecer hacia adelante se abrió en una grieta antes de consolidarse, fracturándose sin haber llegado a formarse del todo.
Shoto apretó los dientes.
—No...
—¿Tu propia incompetencia?
El aire que se escapó de la temblorosa mandíbula de Shoto fue una exhalación corta, irregular, que trató de corregirlo empujando otra vez, obligando al hielo a recomponerse en una segunda oleada más agresiva, más directa, pero la forma volvió a salir sucia, con bordes que no cerraban bien, con picos que nacían antes de tiempo y otros que llegaban tarde.
—Mi fuego no... —empezó, y la frase se le trabó, obligándola a tomar aire otra vez—. No sirve... solo—
El siguiente bloque emergió desde el suelo, pero se torció.
Akemi lo dejó pasar, descendiendo más, acortando la distancia sin entrar todavía en su rango inmediato.
—¿Solo... qué? —preguntó, sin subir el tono—. ¿Solo destruye?
—Cállate...
La respuesta llegó encima de la siguiente exhalación, más tensa, más corta, y el hielo volvió a empujar desde los costados, tratando de apresar a Akemi. El hielo ocupó espacio sin cerrarlo bien, abriéndose a mitad de camino.
Akemi avanzó en el aire un paso, cada vez más cerca.
—Despierta de una vez —añadió, desprendiendo sus látigos para sujetarse de las estalactitas—. Sabes exactamente de lo que estoy—
—No hables... de eso.
El siguiente impulso salió desde la espalda de Akemi como una masa que subió desde el suelo tratando de cerrarse alrededor de ella sin dejar huecos, pero en el centro de esa formación los látigos negros lo atravesaron por completo, aprovechando que la presión no se distribuyó bien.
La estructura crujió antes de completarse, abriéndose en dos direcciones que no coincidían.
—Sigues huyendo —arremetió, estando tan cerca que podía sentir la frialdad en el cuerpo de Shoto—. ¿Crees que ahogarte en la culpa va a traerlo de vuelta?
—¡Cállate!
El grito salió más alto, retomando su tono femenino ya sin importar quien la escuchara.
El aire que lo acompañó salió roto, cargado de ese frío que ya no se disipaba entre ataques, y cuando intentó empujar otra vez, el hielo respondió tarde, acumulándose primero bajo su pie antes de liberarse de golpe en una expansión que no encontró dirección clara.
—No fue el fuego quien lo mató —continuó Akemi, apagando su quirk de flotar—. Fuiste tú que no sabías—
El silencio entre una frase y otra no fue limpio.
Fue cortado por el crujido del hielo tratando de formarse, por la respiración que ya no encontraba ritmo, por el temblor que empezaba a quedarse en los dedos de Shoto antes de que pudiera esconderlo.
—No... —Lo negó sin fuerza suficiente para sostenerlo—. Mi fuego no trae nada bueno... solo va a—
—Si sigues negándolo... —interrumpió, acercándose tanto que podía ver las pequeñas convulsiones de su cuerpo—, nunca dejarás de—
—¡Dije que te calles! —gritó, generando púas deformes que apuntaban hacia Akemi.
Pero... las púas no se movieron. Se quedaron suspendidas, a medio nacer, como si la orden hubiera salido pero no hubiera encontrado camino en el cuerpo que debía ejecutarla, y el crujido que las sostenía se convirtió en un murmullo bajo que no avanzaba ni retrocedía, atrapado en un punto muerto donde el hielo ya no obedecía del todo a la intención que lo había creado.
Un temblor fino que subió por la pierna de Shoto, trepando por la cadera hasta quedarse instalado en la base del pecho, donde la respiración empezaba a romperse en entradas cortas, irregulares, que no llenaban del todo los pulmones y salían en ráfagas visibles que ya no se disipaban como antes, quedándose flotando alrededor de su rostro.
—...muévete... —murmuró, sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Pero el hielo no respondió.
Las estructuras alrededor de Akemi crujieron otra vez, pero no avanzaron, y en ese pequeño retraso, en esa mínima falta de continuidad, algo dentro de Shoto se desajustó un poco más, como una pieza que ya no encajaba en su sitio aunque el resto del mecanismo siguiera intentando girar.
Akemi se mantuvo ahí, observando cómo ese fallo dejaba de ser puntual y empezaba a quedarse un segundo atrás de sí misma. Su mirada desenfocada por el frío.
—...¿Ves? —dijo al final, sin elevar la voz, dejándola caer en ese espacio que ya no estaba lleno de ataques sino de aire contenido—. Estás en tu límite.
Shoto apretó los dientes intentando empujar otra vez. El hielo volvió a responder tarde, acumulándose en exceso antes de liberarse en una formación que no cerró bien los ángulos y se partió por su propio peso, dejando fragmentos que cayeron pesados contra el suelo sin haber cumplido su función.
—No estoy... —empezó, pero la frase se le trabó en la garganta, obligándola a tomar aire más profundo, y el esfuerzo le raspó por dentro—, en mi... límite.
El frío que había estado controlando empezó a sentirse como cientos de agujas que inundaban su piel en un repiqueteo que entumecía sus dedos.
—Sigues negando tu realidad... —añadió, ladeando apenas la cabeza.
Y por un instante, la silueta de Hades se superpuso con la de Shoto. Ambos cera del límite, pero tercos en rendirse.
—¿Tanto te ha inspirado él? —soltó en voz alta sin darse cuenta.
Shoto no respondió con palabras, en su lugar provocó que el hielo saliera desde el suelo en varias direcciones a la vez, sin decidirse por una, levantando placas que chocaron entre sí antes de consolidarse, rompiéndose en bordes irregulares que apuntaban a la chica de pelo verde.
Akemi no esquivó todos.
Dejó que uno le rozara el costado, otro le pasara cerca del rostro, sin retroceder, manteniendo la distancia justa donde el ataque perdía intención antes de tocarla.
—Te estás quedando sin margen —repitió Akemi, sin apuro—. Y no es el hielo o el fuego lo que te va a fallar.
Shoto tragó aire y le costó hacerlo, el pecho se le tensó al intentarlo y la siguiente palabra salió más baja, más desgastada.
—Silencio...
Sus palabras salieron sin fuerza, sin intención, similar al siguiente impulso que no llegó a formarse; el hielo apenas creció unos centímetros bajo su pie antes de resquebrajarse por sí solo, y el sonido de esa pequeña ruptura se sintió más fuerte de lo que debería.
El silencio que siguió se llenó con el roce del hielo cediendo, con los jadeos irregulares que no encontraban ritmo, con ese peso interno que empezaba a empujar desde un lugar que Shoto llevaba demasiado tiempo evitando mirar.
Akemi la sostuvo con la mirada, evaluando ese punto exacto donde el control dejaba de ser estable.
—En ese día... no fue culpa tuya.
El cuerpo de Shoto se tensó, no hacia adelante, sino hacia adentro, como si algo se hubiera cerrado de golpe en su pecho, y el pie dejó de presionar el suelo sin que ella lo decidiera, cortando la respuesta del hielo por completo.
El estadio dejó de existir para ella durante un segundo demasiado largo.
El ruido, la luz, el frío... todo quedó desplazado por algo más denso, más cercano, donde el calor no tenía forma ni límite y una silueta ocupaba un lugar donde no debería haber estado nunca.
—No... —salió en un hilo de voz que no alcanzó a sostenerse—. No...
Intentó tomar aire y le dolió hacerlo.
—...mi fuego no...
La frase volvió a romperse, obligándola a detenerse, y en ese hueco algo cambió de sitio sin pedir permiso. Un punto de calor bajo la piel del lado izquierdo, pequeño pero persistente, que no encajaba con el frío que lo rodeaba.
Shoto se quedó quieta. Porque no supo qué más hacer.
—...solo va a... —intentó continuar, pero la garganta volvió a cerrarse.
El calor no se detuvo.
Se expandió lentamente, subiendo por el cuello, alcanzando la mejilla, filtrándose como algo que había estado contenido demasiado tiempo y ahora no encontraba salida sin arrastrar todo lo demás con él.
Intentó hablar, pero las palabras no salieron, trató de respirar, pero las fosas le ardieron.
Las estructuras de hielo dejaron de sostenerse con la misma firmeza con pequeñas gotas que comenzaron a formarse en los bordes, cayendo en un ritmo irregular que rompía la uniformidad que había dominado el campo hasta ese momento.
Akemi dejó que ese cambio ocurriera sin intervenir, como si entendiera que ese punto no necesitaba presión externa.
—...yo no quería... —la frase salió sin dirección clara, más cerca de una confesión que de una defensa, y al hacerlo algo dentro de Shoto cedió.
El calor encontró una salida como una pequeña fuga.
Una línea tenue de vapor más denso se elevó desde su lado izquierdo y, por un instante, pareció que iba a disiparse como todo lo demás.
—Si no te perdonas... nadie más lo hará —presionó Akemi, tratando de dar el último empujón.
Y entonces una llama corta, inestable y vacilante, apareció donde antes solo había negación. Como si no supiera si debía existir.
El murmullo del estadio tardó en reaccionar, creciendo poco a poco hasta convertirse en una masa de ruido que se superpuso sin orden, pero Shoto no lo registró.
Su atención estaba atrapada en ese calor que ahora sentía en la piel, en esa parte de sí misma que había mantenido cerrada tanto tiempo que dolía simplemente estar ahí.
—...no... —susurró, pero la palabra ya no tenía fuerza para sostener lo que negaba.
La llama creció apenas lo suficiente para no desaparecer.
Akemi dio un último paso, quedando a su altura, y la miró de frente sin el filo provocador que había usado hasta ahora, como si ese momento exigiera otra cosa.
—Hazlo... —murmuró, y la pausa que dejó antes de continuar no fue casual—... supera tu miedo...
Shoto no respondió, la respiración le seguía fallando mientras el frío y el calor coexistían sin orden dentro de su cuerpo.
—Acepta tu pasado y tu poder, porque... —añadió Akemi, más bajo, inclinándose apenas hacia ella—. Entre más sigas empujándolo como si fuera ajeno, más te romperá.
El hielo dejó de avanzar en su piel, derritiéndose con el fuego que se asentó en su costado izquierdo y empezó a coexistir por primera vez sin que uno anulara al otro.
Pero... el cuerpo que debía sostenerlos no estaba preparado para hacerlo sin quebrarse en el intento.
Shoto apretó la mandíbula, intentó responder, pero lo único que salió fue un jadeo irregular.
Akemi la observó un segundo más, midiendo ese estado, ese punto exacto donde todo estaba a punto de ceder.
Y entonces, sin importar el fuego, sin importar los cientos de ojos que los miraban expectantes... extendió sus brazos y la envolvió en un abrazo.
—Todos podemos matar a alguien —susurró Akemi, directamente en su oído—. La diferencia... —continuó, apretando los dientes en un intento de ahogar el dolor—... es si decides aprender a no hacerlo otra vez.
El silencio que siguió se llenó con el sonido del hielo derritiéndose en los bordes, con el leve crepitar del calor que empezaba a asentarse y dañar el uniforme de Akemi.
Entonces... el calor llegó como una distorsión en el aire, una presión que no coincidía con la del hielo.
Desde las gradas, Enji lo sintió antes de entenderlo, un cambio mínimo en la textura del ambiente que hizo que sus dedos se tensaran sobre el barandal sin que él mismo registrara el momento exacto en que había dejado de apoyarse con normalidad para empezar a aferrarse.
El cuerpo de Shoto se movía como alguien que dejaba salir todo lo que tenía guardado dentro.
El hielo que había dominado el campo empezó a perder continuidad en pequeñas zonas donde la superficie cedía antes de tiempo, donde la presión no encontraba salida uniforme, y entre esas fallas, algo más comenzó a filtrarse sin forma definida, una vibración térmica que no avanzaba en línea recta ni respetaba dirección, subiendo desde su lado izquierdo como si no tuviera intención de ordenarse.
Enji entrecerró los ojos por la sensación tan ominosa que se asentaba en su pecho. Había algo en ese calor que no encajaba con lo que esperaba reconocer. No había control en la distribución, no había ritmo, no había esa continuidad que convierte una llama en herramienta.
—Rei... —la palabra salió baja, casi atrapada en la garganta mientras sus dedos se hundían un poco más en el metal—... nuestra pequeña...
La imagen no terminó de asentarse en su mente. Porque justo cuando la idea de verla usar ambas mitades empezaba a tomar forma, el campo respondió como si esa misma posibilidad no pudiera sostenerse sin romper algo en el proceso.
El hielo se deformó. Las estructuras que Shoto había levantado comenzaron a crecer en direcciones que no coincidían entre sí, empujándose unas a otras, cerrándose antes de tiempo o quedándose a medio formar, y entre esas masas celestes, el calor irrumpió sin transición, no como una capa que se superpone, sino como una presión que busca salir sin encontrar un canal claro, generando zonas donde el hielo se derretía desde dentro antes de terminar de consolidarse, liberando vapor en ráfagas cortas que no alcanzaban a disiparse antes de que otra las reemplazara.
El aire se volvió denso.
Enji sintió el impacto en el pecho antes de que el sonido llegara, una vibración que nacía desde la acumulación, como si dos fuerzas opuestas estuvieran ocupando el mismo espacio sin poder resolverse, y en ese instante su mano dejó de ser apoyo y pasó a ser ancla.
—No... —murmuró, sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Abajo, Akemi ya no estaba donde había estado un segundo antes.
El retroceso no fue apenas lo suficiente para salir de ese radio donde la presión empezaba a volverse impredecible, y su cuerpo se acomodó en el aire con un ajuste mínimo, la distancia exacta desde donde podía ver sin ser alcanzada de lleno por esa fuga que ya no respondía a intención alguna. Sus ojos no se desviaron de Shoto, pero sus brazos se tensaron por primera vez desde que había empezado el combate, los látigos negros apretándose contra su piel como si anticiparan lo que venía.
El campo colapsó sobre sí mismo un segundo después.
No hubo una única dirección de salida. El hielo avanzó, el fuego irrumpió, y ambos chocaron en el mismo punto generando una presión que no se expandió de inmediato, quedándose contenida un instante más de lo que el cuerpo de Shoto podía sostener, y ese retraso fue lo que hizo que todo se volviera peligroso.
Enji no pensó.
Su cuerpo reaccionó antes que cualquier razonamiento, soltando el barandal con una fuerza que hizo vibrar la estructura, el pie ya buscando apoyo para impulsarse hacia adelante mientras su mirada se fijaba en el centro de ese desbalance que ya no parecía un combate.
—¡Shoto!—
Pero la voz no llegó a completarse.
—¡Carolina...!—
El grito atravesó el estadio desde abajo, cortando el momento en dos sin pedir permiso.
—¡SMASH!—
El golpe no impactó directamente sobre Shoto.
Se metió en el espacio entre ambas fuerzas.
El aire se deformó en una curvatura breve que comprimió todo lo que encontraba a su paso antes de liberarlo de golpe. Y cuando impactó con la masa inestable de hielo y fuego no la atravesó, la desarmó. La presión que se había acumulado sin salida encontró una ruptura súbita, y lo que había sido una avalancha a punto de colapsar se dispersó en todas direcciones al mismo tiempo, el hielo fragmentándose en piezas irregulares mientras el fuego se expandía sin sostén, convirtiéndose en vapor al contacto, generando una nube densa que creció en un instante y se tragó el centro del campo.
El sonido llegó tarde, como un golpe sordo, seguido por el crujido del hielo cediendo y el silbido del vapor escapando en capas superpuestas que borraron cualquier forma clara de lo que acababa de pasar.
Desde las gradas, el mundo desapareció detrás de esa nube.
Enji ya estaba en movimiento.
Su cuerpo se inclinó hacia adelante sin detenerse, el pie dejando el borde de la baranda mientras el resto del estadio quedaba reducido a ruido irrelevante detrás de él. No esperó confirmación, no buscó entender si el combate había terminado o si alguien más iba a intervenir. El calor que había sentido no se había ido. Seguía ahí, mezclado con el frío que ahora se dispersaba en el aire, y en esa mezcla no había equilibrio, solo el rastro de algo que no había sido controlado.
El vapor se quedó suspendido en capas densas que deformaban las siluetas dentro del campo, tragándose las líneas del cuadrilátero y volviendo todo difuso. En medio de esa bruma el cuerpo de Shoto terminó de ceder, como si cada músculo fuera soltando tensión en distinto orden, primero las rodillas, luego el torso inclinándose hacia adelante, el equilibrio rompiéndose sin que hubiera ya nada que lo corrigiera, hasta que su peso terminó encontrando el suelo con un impacto sordo que apenas se escuchó por encima del murmullo que empezaba a reconstruirse en las gradas.
Akemi no avanzó de inmediato, se quedó donde estaba, sintiendo cómo el calor residual del lado izquierdo de Shoto seguía escapando en ráfagas cortas que chocaban con el frío acumulado en el ambiente, creando pequeñas corrientes que le rozaban la piel, y durante un segundo sostuvo la mirada sobre ese cuerpo inmóvil, evaluando si había ido demasiado lejos, si la presión había cruzado ese punto donde solo se rompe, pero el leve movimiento irregular del pecho le bastó para confirmar que no, que seguía ahí, que no se había quebrado del todo.
Pero, justo entonces, el sonido de algo metálico tensándose llegó desde las gradas antes de que la figura atravesara la baranda.
El impacto de las botas contra el concreto no fue limpio, fue pesado, descontrolado en la caída, como si la decisión hubiera salido antes que el cálculo, y aun así el cuerpo se recompuso en el siguiente paso sin detenerse, avanzando directo a través de la neblina que todavía no cedía, el calor que desprendía abriéndose paso en el aire frío sin pedir permiso, empujándolo hacia los lados en remolinos irregulares que dejaban ver apenas fragmentos del campo a medida que se acercaba.
—Shoto— su voz no salió fuerte, salió baja, raspada, como si hubiera tenido que abrirse camino desde más abajo de lo que debería.
Pero no obtuvo respuesta.
El fuego en su rostro no estallaba como en combate, se mantenía contenido, pero más vivo de lo habitual, fluctuando en pequeñas variaciones que delataban algo que no terminaba de estabilizarse, y cuando por fin llegó hasta ella, el cuerpo de Shoto ya no intentaba incorporarse, yacía de lado, con restos de escarcha aún pegados a la tela y zonas húmedas donde el calor reciente había derretido sin orden lo que su propio hielo había creado.
Enji se detuvo justo antes de arrodillarse, como si ese último paso necesitara una confirmación que no venía de afuera, bajó el peso de su cuerpo con una torpeza contenida que contrastaba con la violencia que había mostrado al entrar, apoyando primero una rodilla, luego la otra, inclinándose apenas hacia adelante mientras una de sus manos dudaba un segundo en el aire antes de tocarla, como si no estuviera seguro de cuánta presión era demasiada.
—Papá...—trató de hablar Shoto, pero no pudo formular más, sus ojos cerrándose casi al instante.
—...tranquila— murmuró, sin saber muy bien si lo decía para ella o para sí mismo.
Con un gesto torpe, deslizó el brazo bajo la espalda de Shonto, sintiendo el frío que todavía se mantenía instalado en su piel. Tenía un frío que parecía venir desde dentro, mezclándose con el calor que aún escapaba a intervalos cortos, irregulares.
La levantó con cuidado, ajustando el otro brazo bajo sus piernas en un movimiento que no tenía la eficiencia de alguien acostumbrado a hacerlo, sino la cautela de quien teme romper algo con un gesto mal medido, y al acercarla a su pecho el contraste térmico se hizo más evidente, el vapor subiendo en pequeñas corrientes entre ambos mientras su calor intentaba imponerse sobre ese frío que no terminaba de irse.
La cabeza de Shoto quedó apoyada contra el hombro de su padre sin resistencia, el cabello húmedo pegándose apenas a la tela chamuscada en algunas zonas, y durante un segundo pareció que no iba a abrir los ojos, que había terminado de colapsar, pero entonces los párpados se movieron, apenas, lo suficiente para dejar pasar una línea mínima de visión que no terminaba de enfocarse.
—...perdí... —la palabra salió rota, sin fuerza, arrastrándose más que proyectándose, y el esfuerzo de decirla pareció costarle más de lo que debería.
Enji tensó apenas la mandíbula, no como reacción de enojo sino como contención, como si esa frase hubiera llegado a un lugar donde no sabía responder de forma limpia.
—No— empezó, y se detuvo un segundo, buscando algo que no sonara vacío, algo que no fuera automático—...no es eso...
Ella intentó moverse, pero el cuerpo no respondió como esperaba, y en ese pequeño fallo su mano terminó cerrándose sobre la tela de su chaqueta, aferrándose sin fuerza suficiente para apretar pero sí para no soltar, escondiendo el rostro un poco más en ese punto donde el calor ya no quemaba, donde no dolía.
Enji bajó apenas la cabeza, lo suficiente para que su voz no tuviera que elevarse.
—...yo vi— añadió, cortándose a mitad de la frase, reorganizándola sobre la marcha—...lo que hiciste... Shoto, eso... fue—
Pero no terminó.
La palabra que buscaba no encajaba con lo que sentía, y en lugar de forzarla, dejó que el silencio ocupara ese espacio, ajustando apenas el agarre para sostener mejor su peso mientras una exhalación más lenta le escapaba, llevándose con ella parte de esa tensión que no había sabido cómo nombrar.
El murmullo del estadio empezó a recuperar forma alrededor, primero en fragmentos, luego en una masa más coherente que intentaba entender lo que acababa de pasar, voces que subían y bajaban sin un orden claro mientras las pantallas trataban de reconstruir la imagen entre la neblina que aún no se disipaba del todo.
Akemi seguía de pie a unos metros, la silueta apenas recortada entre el vapor, sin acercarse ni retirarse, observando cómo ese punto crítico se resolvía sin intervención, cómo el cuerpo de Shoto no había quedado vacío sino agotado, cómo el quiebre no había sido definitivo, y en su expresión no había sonrisa esta vez, solo una quietud más densa, como si estuviera midiendo algo que no se resolvía en ese instante.
El sistema de sonido tardó un segundo más de lo necesario en activarse, como si incluso desde la cabina hubieran dudado de interrumpir ese momento, y cuando la voz de Midnight finalmente atravesó el estadio, lo hizo con una firmeza que no terminaba de ocultar esa ligera tensión que quedaba después de lo ocurrido.
—La ganadora de la semifinal del bloque B... —hubo una pausa breve—... ¡es Akemi Midoriya!
El nombre se expandió por el recinto, recogido por el eco y por las voces que lo repitieron, pero no tuvo el mismo estallido que en otros combates, como si una parte del público aún estuviera procesando algo que no encajaba del todo en lo que esperaban ver.
Enji no reaccionó al anuncio, no giró, no ajustó postura para responder a cámaras o público, su atención se mantuvo fija en el peso que sostenía, en la respiración irregular que poco a poco encontraba un ritmo menos quebrado, en ese leve agarre que no se había soltado de su chaqueta.
—...está bien— murmuró otra vez, más bajo, más cerca, como si repetirlo pudiera anclarlo en algo real—...ya está bien...
Y mientras el vapor seguía disipándose en los bordes del campo, dejando ver poco a poco la extensión del daño, él se quedó ahí un segundo más de lo necesario antes de moverse hacia el arco donde su hija había entrado originalmente, sin prisa, sin responder al ruido, sosteniendo a su hija como si ese momento no necesitara nada más.
CONTINUARÁ.
