Cherreads

Chapter 71 - 71

Nota del autor: Estaba experimentado con este estilo de escritura, al principio me gustó, pero cuando leo mas de una vez ya no me gusta tanto. Voy a cambiar un poco en el próximo capítulo.

Capítulo 71

Poco a poco, la rutina se vuelve una cuerda sólida: entrenar, cocinar, patrullar, encantar, leer, escribir, reír. Y, como todo en mí, la cuerda pide otra cuerda que la haga tensión: el viaje. La Cordillera del Wyrm Rojo no se va a explorar sola. Necesito equipo. Y, si digo equipo, mis manos ya quieren decir montura.

—¿Y si invocas una mula? —sugiere Mela, con el sarcasmo organizativo que la caracteriza—. Una mula normal. De esas que comen pasto y no sentimientos.

—Quiero… eficiente —respondo, pensando en la cantidad de herramientas, ropas, armas, armaduras y equipo de acampar que necesito llevar si no quiero pasar hambre ni frío ni dignidad.

—Eficiente es lo que no se te muere la primera noche de lluvia —aporta Zakhal, limpiando el yunque—. Pero tú invoca lo que quieras y luego te responsabilizas de limpiar la sangre del patio si sale con colmillos equivocados.

Aelinne me autoriza una zona de prácticas fuera de la muralla, un claro donde no hay casas cerca ni ganado. Me plantan dos guardias como testigos (“no para salvarte —dice mi madre—, para contar la historia”). Alyssra se sienta en una piedra grande con Max en el hombro y Pelusa al sol, como jueces de circo.

Empiezo con círculos precisos. El aire huele a piedra caliente y tiza. Mi voz baja, mi mano dibuja, mi voluntad se estira como una cuerda tensándose entre mundos. El primer intento me trae, con toda su desfachatez, una salamandra de rango B que cree que el charco de barro es su trono. Los guardias dan un salto para atrás por disciplina de preservación propia; yo corto el vínculo, la criatura parpadea como quien se encontró en la habitación incorrecta, ladra fuego y desaparece cuando la ecuación se rompe.

—No —digo, y Aelinne, desde lejos, cruza los brazos con “te estoy mirando”.

El segundo intento abre la puerta a algo plumoso que emite un grito que rompe vasos de arcilla a veinte pasos. Un ave absurda y altiva que me mira como si hubiera interrumpido un ensayo. Alyssra, fascinada, junta las manos. Max se eriza. Pelusa decide que ese es el exacto momento de fingir que el sol es dignidad sólida y se queda donde está, ignorándolo todo. Vuelvo a cortar. El grito se va, el plumaje también. El eco se vuelve anécdota.

El tercero me trae la mitad de un lagarto de rango A que intenta completar su otra mitad con mala educación. No lo dejo terminar. Cierro. Respiro. Me limpio el sudor con la muñeca. Zakhal aplaude una sola vez, por molestar. Aelinne me marca el reloj con la mirada.

—¡Yo puedo! —grita un niño del campo vecino, y su madre le tapa la boca como si fuera a invocar de verdad.

—Otra —me ordeno. Redibujo. Bajo la voz. Busco un tipo específico de presencia: terrestre, pesada, orgullosa; no responderá a suaves; respeta la forma, el orden, la jerarquía. Llamo por nombres que no aprendí en libros; por ecos. Siento la presión antes de oírla. El suelo tiembla.

Sale.

Primero lo que creemos sombra: una masa negra que chupa luz. Después, el contorno se separa del fondo y la cabeza surge, triangular, con dos cuernos curvándose hacia atrás como líneas de tinta sobre el cielo. El cuerpo es un caballo, pero no lo es: es el doble de grande que cualquier caballo que he montado; la grupa no es redondez de granja, es músculo pensado para pelear contra colinas. El pelaje es negro mate. Los ojos, dos brasas doradas, no encendidas por fuego, sino por juicio. Cuando apoya la pezuña delantera, la tierra vibra y los guardias, entrenados, cambian el peso sobre los pies.

—Oh —dice Mela, que vino sin permiso—. Eso no es mula.

—Es orgullo con patas —resuelve Zakhal, encantado sin admitirlo.

La criatura me mira. No me huele: me lee. Yo bajo el mentón sin sumisión, porque estos contratos no se hacen pidiendo permiso; se hacen reconociendo jerarquías sin vender el cuello.

—Te llamo —le digo—. No para servirme, sino para un pacto. Serás montura. Yo seré contrato. Tierra por rutas. Comida por trabajo. Refugio por pelea.

No entiende palabras, entiende pesos. Entiende, sobre todo, que no le tengo miedo pero no soy imbécil. Sacude la cabeza. Los cuernos cortan aire. Adopta una postura que reconoceré después como su manía: se pone de perfil, levanta la testa, y posa. Posar. Fingir que está quieto por gusto, no por cálculo. Ya me cae mal y bien.

—Orgulloso —susurra Alyssra, y su sonrisa es la de quien se encontró un espejo inesperado.

Siento la magia de tierra en él: un murmullo grave, sordo, que me hace picar los pies. Podría romperme si quisiera. No quiere. Todavía. Avanzo un paso. Él no retrocede. Tiembla un terco en el aire, y yo tengo que decidir en qué idioma traducir “igualdad”. Lo hago en trabajo.

Dibujo el círculo del contrato. No es uno que ate: es uno que une. Le abro la palma y me la muerde sin morderme; deja saliva caliente y el peso de “no eres mío, pero te llevo”. Cuando giro la mano, imprimo mi sello —no en su piel—, en el aire entre su frente y la mía. El símbolo no brilla; pesa. Él exhala y el polvo se levanta a nuestros tobillos. Los guardias, involuntariamente, se enderezan como si alguien hubiera pasado revista.

—Kael —dice Alyssra, como si el nombre hubiera estado esperando en su lengua.

—Kael —repito, y su oreja izquierda, negra como pecado pero más noble, se vuelve hacia mí.

Mientras respira y decide no patearme, cierro la invocación. El contrato no es feroz; es claro. Él alza la cabeza un poco más. Y posa otra vez, el maldito. Avanzo mi mano. Me la permite sobre el puente de la nariz. El pelaje es suave como cuero finísimo, con calor de piedra al sol.

—Le gusta posar —anuncia Mela, y tiene razón: cada vez que alguien lo mira, ajusta el cuello hasta encontrar su perfil.

—Y fingir —añade Zakhal, feliz—. Mira ese paso. Quiere hacernos creer que pisa suave. Si pisa de verdad, nos mueve la casa dos metros.

—¿Come? —pregunta Aelinne, recoge su capa y cruza el claro con autoridad de capitana—. ¿O va a vivir del aplauso?

—Come lo que yo diga —afirmo, confiando, y Kael me mira de lado con el ojo de “¿tú crees?”. Luego olfatea el pasto, hace una pausa como si contemplara si ese pasto está a la altura de su estatus, y muerde. Muerde con dignidad. Mastica con teatralidad. Traga con pausa. Posar, comer y fingir: tres talentos en un solo paquete.

El siguiente paso es volverlo herramienta sin quitarle la dignidad. Mido su lomo. Pido a Zakhal correas, anillas, cuero. Ensamblamos un arnés gigantesco con compartimentos que se abren y cierran con sellos fáciles: uno para herramientas de encantamiento —las que no debo dejar sueltas si no quiero que Max decida ser artesano—, otro para ropas y mantas, dos para armas y armadura, uno para equipo de acampar, y un par de bolsas más pequeñas para imprevistos, que en mi vida nunca son pocas. Mido el peso con magia y con sentido común: que la carga se distribuya sin joderle la columna. Kael me deja trabajar con paciencia estudiada, y cada vez que una vecina se asoma detrás de una roca para verlo, él cambia la posición de la cabeza para el lado fotogénico.

—Le gusta el público —observa Aelinne, sin juicio, solo clasificando.

—Si lo hace bien, la mitad de los problemas ya se resuelven —responde Zakhal—. Los orgullosos, si trabajan, hacen mejor las cosas porque les da vergüenza hacerlas mal.

Kael prueba una pisada. El arnés no suena. Buen signo. Hace una segunda pisada y flexiona las patas como si estuviera ignorando lo que carga por puro talento. Aseguro una correa, ajusto otra, pruebo la sujeción de un compartimento que vibra.

—Te veo, Kael —le digo en voz baja—. Te gusta fingir que todo te es fácil. Si te esfuerzo, me vas a sacar esa cadera. Si te mimo, te vas a creer artista. Te daré trabajo. Mucho. Y te daré mano. Justa. No blanda.

Kael exhala con un bufido que levanta un remolino en el polvo. La línea del contrato vibra un segundo como una cuerda bien tensada. Acepta.

Alyssra se acerca, su paso pequeño pero decidido. Apoya la mano en el cuello, sin apretar. Kael baja la cabeza un par de dedos, lo justo para decir “permitido”. Alyssra sonríe y pronuncia con su dicción de niña que se ganó la palabra y la usa como medalla:

—Kael… bonito.

Kael, por supuesto, posa.

Pasamos los días previos a la partida probando y corrigiendo. Ajusto sellos en los compartimentos para que solo obedezcan cuatro manos: la mía, la de Aelinne, la de Zakhal, la de Alyssra. Integro runas de amortiguación en las correas para que el trote no haga bailar cuchillos como si fueran campanas. Mido tiempos: cuánto tarda Kael en recorrer del norte al sur de la muralla cargado; cuánto sin carga; cuánto tarda en pretender que no está cansado; cuánto en admitirlo. Hago listas; las rompo; hago listas mejores. Alyssra aprende a limpiar cascos con precisión y a poner una manta sin arrugas como si la manta fuera la reputación del corcel.

Por la noche, cuando el patio queda en silencio, Alyssra practica magia sin canto a mi lado. Hace girar agua en un cuenco y luego en el aire, como una pulsera líquida que le ilumina la muñeca. Interrumpo el flujo cuando veo que la respiración se corta. Ella me mira y repite por pura terquedad bonita. Kael, al costado, hace un ruido de garganta que traducimos como “aprobación orgullosa”.

Un par de noches, saco las cartas otra vez. Las releo como si se fueran a borrar y las reescribo por las dudas. Eris me contesta diciendo que si invoco una montura asombrosa y no la invito a verlo, me corta el flequillo con su espada. Le digo que Kael prefiere que lo miren mientras come —posar— y que si viene, que traiga una manzana que esté a la altura del ego del animal. Rudeus me manda un dibujo malo del patrón de viento y yo le devuelvo un dibujo peor con una anotación útil. Es la manera que tenemos de decirnos que nos pensamos incluso cuando la sopa se enfría y las madres se duermen en sillas malas.

La víspera de la partida, Aelinne me entrega un paquete envuelto en tela. Es simple: vendas, agujas, ungüentos. Y un pañuelo azul.

—Para cuando te olvides de respirar —dice. No es un consejo; es una instrucción—. Y para cubrirle la cabeza si llueve. —Mira a Alyssra sin mover la cara.

—Sí, capitana —respondo. Alyssra toma el pañuelo, lo huele, lo aprieta con los dedos como si estuviera aprendiendo su textura para dibujarla cuando no esté.

Zakhal me da una lista de cosas que se le ocurren en el acto y que en verdad tenía memorizadas desde ayer: “cuerda, sal, aceitunas, carbones, yesca, paciencia”. Al final, sin teatro, me pone la mano en la nuca y me baja la cabeza hasta tocar su frente. Es su manera de decir que no tiene chistes para todo. Mela mete en mi bolsa un pan demasiado grande “para dos días” y me mira de una forma que se parece mucho a “para cuatro”.

—¿Preparados? —pregunto, mirando a Kael, a Alyssra, a Delarus y a ese trozo de cielo que no sabe escatimar.

—Sí —responde Alyssra, con ese brillo de “mañana más fuerte” que trae desde el viaje—. Al… bonita… partida.

Kael posa. Claro que posa. Levanta la cabeza, encuadra los cuernos contra la línea de la muralla, apoya una pezuña con elegancia innecesaria y, cuando cree que nadie lo mira, sacude el lomo para que las correas canten su ajuste perfecto. Luego, como si no fuera suficiente, gira lo justo para ofrecernos su perfil bueno. El izquierdo. Ya lo sé: el izquierdo es su preferido.

—Vamos —digo, sonriendo porque a veces el mundo también se ríe con uno—. La Cordillera del Wyrm Rojo no se impresiona, pero nosotros tampoco.

Subimos. Alyssra ocupa su sitio conmigo, las manos aprendiendo a aferrarse sin miedo. El arnés cruje lo justo: música de tarea bien hecha. Delarus, atrás, guarda su soplo y su canto de puertas que suspiran. Adelante, el camino estira las piernas como quien invita a bailar. Max y Pelusa, desde el muro, nos regalan una mirada que significa “vuelvan con historias".

Doy la señal. Kael arranca. No trota: desfila. Por supuesto que desfila.

Alyssra apoya la cabeza un segundo en mi brazo. Susurra:

—Colores… bonitos.

—Que se queden así —respondo.

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