Capítulo 72 — Los que se fueron a la montaña
Atravesar Notos toma tiempo, incluso cuando no hay nada que nos detenga. El viento golpea siempre en contra, como si la región entera estuviera acostumbrada a decir “no” y a ver quién persiste. No hay grandes bosques ni ciudades que distraigan la vista; hay lomas que parecen repetirse, y salinas que encandilan a mediodía, y caminos que se vuelven burla de mapa en cuanto sopla arena. Kael, por su parte, camina como si todo esto fuese un escenario dispuesto para él: al paso justo, los cascos sincronizados con el compás de una marcha que solo él escucha. A veces gira la cabeza para asegurarse de que lo estoy mirando; en esas ocasiones baja un poco el cuello y estira el lomo. Posando. En medio de la nada.
—Sí, estás precioso —le digo. Él suelta un bufido satisfecho que levanta polvo.
Alyssra, detrás, repite la frase como si fuera fórmula mágica.
—Pre-cioso.
—“Precioso”. Con z.
—Pre-zioso.
—Casi.
Guardo la corrección. Su lengua va más rápido que mis previsiones y más lento que su ambición, que es una combinación peligrosa. Aun así, está aprendiendo. Hace semanas no hilaba dos ideas seguidas; ahora pregunta por qué, cuándo, para qué, cuántos, y colecciona respuestas como piedras bonitas en los bolsillos.
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La ciudad fronteriza aparece como una concesión mínima a la idea de “civilización”. Se asienta en un valle cuya entrada se recolecta como embudo, de modo que cualquier caravana que llegue debe pasar frente a la plaza. Las casas son robustas, inclinadas hacia dentro para que la nieve no se acumule en los inviernos (aquí, dicen, hay inviernos que llegan por capricho), y todo, desde el olor a grasa de lámpara hasta el método de medir la harina, se hace con la conciencia de que lo de “mañana” es siempre condicional. Me gusta.
—Aquí —le digo a Alyssra— encontramos techo, vendemos el excedente, compramos lo que falte. Un par de días y nos vamos hacia arriba.
—¿Arriba…? —Se señala la cabeza.
—La montaña.
—Ah. Arriba arriba.
—Esa misma.
Kael estira el cuello y suelta un relincho contenido. Sí, arriba es su tipo de escenario.
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La posada nos recibe con una puerta que se resiste y un mostrador que ha sido golpeado por demasiadas manos con urgencia. El dueño, un hombre de barba partida y cicatriz en la ceja, no hace preguntas innecesarias cuando ve a Kael; los que van a la cordillera suelen traer monturas, pero no así. Nos asigna un cuarto y un sitio en el patio para que Kael duerma con resguardo. Le pago por adelantado, dos días, y pido un espacio contiguo al establo para convertirlo en taller improvisado. No se sorprende. No soy el primero que quiere dejar piezas y herramientas a mano.
Kael, por su parte, se mantiene quieto, muy quieto, con el cuello en una línea imposible. En un momento, una niña se acerca con una manzana pequeña y la alza a su hocico. Kael mira la manzana, mira a la niña, baja la cabeza exactamente dos dedos… y posa. No muerde. La niña se ríe. Su madre me asegura que “nunca había visto un caballo así”.
—No es un caballo. Es Kael.
—Ah.
—Posa —dice Alyssra, de repente, con tono docto. La madre asiente sin entender, pero el gesto queda.
Por la noche, con el taller ya delimitado con una mesa, dos caballetes y un par de antorchas, extiendo pergamino, tintero y pluma. Escribo tres cartas. La tinta corre distinta en altura; hay que acomodar el pulso. A mis padres les cuento el itinerario: Notos nos tragó y nos devolvió, la ciudad está bien, la montaña llama, pienso estar fuera uno o dos años, no por capricho, sino por respeto a lo que no conozco. A Eris le escribo poco; la espada entiende mejor los resúmenes. A Rudeus le describo a Kael posando para gente que jamás supo lo que era un caballo vanidoso; le cuento que Alyssra confunde azúcar con sal cuando quiere experimentar y que aprieta los dientes con orgullo cuando se da cuenta sola.
—¿Qué escribes? —pregunta Alyssra, apoyando la barbilla en la mesa.
—Trampas —respondo.
Abre el ojo. No el cubierto. El otro.
—¿Trampas…?
—Trampas para no olvidarnos de quienes somos cuando estemos adentro. A veces las palabras sostienen, cuando no hay nada más.
—Ah —dice, como si entendiera o como si decidiera entenderlo luego—. Puedo… escribir “hola”.
—Escribe.
Escribe: “o” “l” “a” muy grande, como si cada letra fuese un puente que pone a prueba. Luego se queda a dormir en la silla, con la mejilla sobre el antebrazo. Kael asoma el hocico por la ventana y sopla, apenas, para moverle un mechón de pelo. El viento hace el resto.
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Subimos a la cordillera al amanecer, cuando el aire muerde mejor. No hay nieve en la entrada, pero sí hay garras de hielo en las sombras. El sendero se estrecha a la media hora y el silencio cambia de textura: deja de ser plano y se vuelve escalonado; cada sonido nuevo busca escalón propio. El primer encuentro llega sin dramatismo: una manada de perros de roca, con colmillos como sílex, prueba la carne de nuestras botas. Ni siquiera nos rodean. Sencillo.
—No te detengas —le digo a Alyssra—. Paso y corte.
—Paso y corte —repite.
Caen en tres movimientos. Un giro de norte, un barrido del agua, y dos estocadas.
Ella recoge fragmentos útiles y me los extiende con la solemnidad de quien entrega trofeos. Soy incapaz de decir que no.
Más arriba, un wyvern joven se siente dueño del pasillo de aire; baja lo suficiente para medir. Lo saludo con una ráfaga que no quema, solo desalinea sus alas por un segundo. Se eleva. Podríamos seguir, pero decide que no. La montaña está hecha de estas pequeñas negociaciones. Me gusta. Me recuerda a duelos en los que nadie quiere perder realmente, solo asegurarse de que el otro sabe lo que hace.
Encontramos el sitio en la tarde: una cueva con entrada orientada al este, al abrigo de un promontorio. Tiene dos niveles; el superior se estrecha y gira, perfecto para esconder equipo; el inferior respira mejor y permite una fogata sin delatarse por humo. Delante hay un claro que mira un valle. Si estiro el brazo, puedo dibujar rutas con el dedo y creer que el mapa obedece.
—Aquí —digo.
—Aquí —dice Alyssra.
Kael gira en cuatro pasos exactos y se detiene para que yo evalúe su ángulo de perfil. Es el correcto. Posar en la puerta de casa nueva: aprobado.
La primera noche hablamos poco. No de cansancio; de prudencia. Dormir donde uno no conoce exige que el cuerpo hable más que las frases. El fuego no hace ruido. Las brasas crean una música muy antigua, casi demasiado perfecta como para comentarla.
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Los días siguientes son variaciones del mismo compás, y por eso no son iguales. Salimos por la mañana, marcamos rutas, volvemos antes del mediodía, clasificamos, afinamos, probamos. Cuando el clima manda, nos quedamos. Alyssra aprende a tomar notas con dibujos: pequeñas patas, distancias exageradas, flechas que señalan “venía de aquí”, “se fue por allí”. Descubre que el “ahora no” de la montaña tiene razones que a veces uno no ve, pero puede intuir. Un día, señala una grieta y dice:
—Ahí… no.
—¿Por?
—Huele a viejo enojado.
Sí. El hielo guarda memorias. Algunas no quieren que las despierten. Damos un rodeo. Esa tarde, una roca cae sola en el sitio que no elegimos. No digo nada. Ella ya lo sabe.
Combates hay, claro. Los de rango A son ejercicio. Los de rango S, cuando aparecen, demandan atención —y respeto—, pero suelo resolverlos antes de que se conviertan en “historia que contar en la posada”. Hechizos de agua que cierran su ángulo de ataque, tierra que se quita un peldaño a sí misma para que el oponente caiga al ritmo que yo decido, barreras de Santo nivel colocadas no delante de mí, sino a un lado, para que quiebren el impulso del embate. A veces fuego, cuando la lección requiere que algo recuerde que arder duele. A veces viento, cuando la montaña necesita que le devuelvan una respiración. No es espectáculo. Es una cocina donde todo se hace a punto.
Alyssra observa, pregunta, imita, intenta. Sus errores son preocupantemente inteligentes; fallan hacia adelante. Cuando tira una flecha y se le va alta, ya está calculando cómo aprovechar la altura. Cuando sujeta la espada demasiado fuerte, suelta con exasperación y vuelve a tomarla con un ajuste mínimo que hace que la muñeca deje de pelear con el acero. Tiene oído para la técnica. Eso no se enseña; se celebra.
Kael, mientras tanto, hace de Kael. Tira de un trineo con piezas que, a ojos de cualquiera, deberían pedir disculpas por su peso. Se queda horizontal en pendientes donde otros caen. Aguanta el doble de lo que prometí al alquilar el establo, y al volver, posa. Si un grupo de cabras de montaña lo mira, posa para ellas también.
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Regresamos a la ciudad dos veces en los primeros meses. Vendemos pieles, núcleos, cuernos, hojas de metal nacidas de la presión absurda que hace esta cordillera cuando decide. Compro tejidos resistentes, tintes, cuchillos de cocina para practicar encantamientos de filo que no corten piel humana (me gustan esos trucos), y repuestos de lana para el invierno que aquí llega cuando quiere. Llevo cartas. Entrego cartas. Pregunto por cartas. Me dicen que no han llegado. Nadie promete que llegarán. No es negligencia; es geografía.
—¿Y si… vamos nosotros? —pregunta Alyssra, al escuchar que las cartas no llegan.
—¿A entregar cartas?
—Sí.
—¿A quién?
—A todos.
—Te contrataré cuando vaya a ser rey —respondo. Sonríe con seriedad.
De regreso, Alyssra camina a pie a la par de Kael y le cuenta la teoría del “capricho de los caminos”. Kael la escucha con aprobación tácita; se nota porque inclina la oreja izquierda.
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El taller crece. No en tamaño, sino en intención. Empezamos con piezas pragmáticas —hebillas reforzadas, placas de pecho con alivio de peso, guantes aislantes— y terminamos probando lo que no sabía que necesitaba: filtros de viento que no apagan el fuego, cubiertas de cuchillos que, por encantamiento, respetan piel humana y tela de tienda, pero no hueso de bestia, ni cuerda, ni cuero (fue un pedido de Alyssra; aparentemente quería ahorrar tiempo en la preparación del campamento). Descubro que mi gusto por los “encantos discretos” funciona bien en la montaña: aquí no conviene encender luces que se vean desde cuatro valles; conviene que el suelo, a dos dedos de donde pongo el pie, me diga si se va a mover.
Alyssra, por su parte, crece. Literalmente. El parche le queda igual de bien —no abre ese ojo sin permiso—, pero el resto de su cuerpo adelanta cicatrices que todavía no tiene. En una semana, la hombrera le baila un poco; en otra, el cinto se le queda corto. Ajusto, remacho, vuelvo a grabar. Protesta lo justo.
—No me gusta sentirme… más chica —dice.
—No eres más chica. Solo estás creciendo hacia delante y hacia arriba al mismo tiempo. Es molesto, pero útil.
—Útil… me gusta útil.
—A mí también.
Le muestro a poner y quitar placas sin romper el ritmo respiratorio. Lo aprende en dos tardes. Después, me pasa lista cada noche: “cuchillo de cocina no humano; cinturón útiles; bolsa té; bolsas de té no confundir con sal; cuenco de madera no muy caliente”. Me mira. A veces pone sal en el té para recordar el error, como vacuna. Dice que así no lo repetirá. Lo repite una vez más. Luego, nunca. No le digo “te lo dije”. Me muerdo la lengua con disciplina de santo.
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Dejo que el tiempo se coma los nombres de los días. Cuando uno vive en altura, los calendarios ajenos se vuelven propósito delicado. Yo marco el paso de los meses por el modo en que la luz entra en la cueva a distintas horas; por el color de la sombra a media tarde; por el grosor de las heladas. En alguna parte entre “ya hace frío” y “se nos congeló la olla por fuera, que es menos grave que por dentro”, dejamos de sentir que venimos de otro lugar. Ya estamos en el nuestro.
A veces, bajan aventureros que se creen listos. Los ves por cómo ajustan la correa: demasiado arriba, demasiado apretada. Tienen alegría en los ojos y nervios en las manos. Vienen con historias de taberna en las que la cordillera es un enemigo dispuesto a negociar. La cordillera no negocia. Entiende el idioma del peso y de la caída, nada más. Les doy un consejo o dos si escuchan; si no, les deseo suerte y me corro del camino para que el aprendizaje no me salpique.
—¿Eran… tontos? —pregunta Alyssra, después de ver a un par pasar con picas pulidas que no sirven para las garras que encontrarán.
—No. Solo nuevos.
—Ah.
—Hay nuevos que aprenden muy rápido —la miro.
Se queda seria tres segundos, y luego toma eso como elogio. Lo es.
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En la ciudad, durante nuestro segundo viaje, escucho a un mercader contar que más al sur hubo incendios en praderas sin tormenta, y que las caravanas “se han vuelto sensibles” a las malas señales. Lo cuenta con la velocidad exacta de quien intenta vender clavos. Otro adulto lo contradice con la autoridad de los que duermen en los portales y escuchan todos los chismes porque no tienen nada más que oír.
—Lo que pasa —dice— es que la gente ya no se casa con rutas fijas. No sale a cuenta.
—¿Y el correo? —pregunto.
—Cuando sale a cuenta, sale. Cuando no, no.
—Mi familia me envía cartas.
—Le llegarán cuando esté en su puerta.
—Siempre estoy en puertas distintas.
—Exacto —dice, y se ríe de su propia lógica, que no está equivocada.
Vendo lo que trajimos. Compramos remedios básicos, sal, aceite, hilo de cáñamo, pan que se conserva, láminas de metal, dos tarros de miel, cuero, tintes, y una bolsa con hojas de té que Alyssra jura no confundir con sal jamás otra vez. A Kael le compro una manta nueva; la posa antes de usarla. Obvio.
En el mostrador del correo, dejo tres cartas más. A mis padres, a Eris, a Rudeus. Escribo menos. Llevo más. La mujer que sella los sobres lo hace con cuidado profesional. Me mira como se miran las caras que uno olvidará en cuanto cierre la puerta. No lo digo con rencor. Es la condición del oficio. Si llegarán, no depende de su pulso.
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En algún punto entre el sexto y el séptimo mes, Alyssra pega un estirón que me obliga a admitir que ya no es “pequeña” salvo por edad. Le ajusto la armadura. Recorto tiras, cambio hebillas, muevo una placa media a un ángulo menos infantil. La observo moverse. El metal canta diferente en cuerpos distintos. La veo ensayar la misma guardia tres veces, la tercera ya no la reconozco: es suya.
—¿Qué…? —pregunta, al notar que la miro demasiado.
—Nada. Estaba esperando a ver cuándo dejabas de ser huésped en tu cuerpo para vivir en él.
Piensa. Parpadea. Frunce el ceño como cuando el té aún tiene sabor a sal, pero no puede explicar por qué. Luego, exhala.
—Vivo aquí —dice, tocándose el pecho.
—Exacto.
Kael, detrás, asiente con una solemnidad fuera de lugar.
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Un día que empieza como todos y no tiene por qué ser distinto, la montaña hace un silencio raro. Noto el cambio porque cuando tallo madera para un mango de cuchillo, la viruta cae distinto. Es un hábito de manos reconocer los cambios del mundo a través de herramientas.
Miro el valle. Nada evidente. Alyssra me lanza una pregunta que tiene la forma de otra:
—¿Vamos… por la ruta de “viejo enojado”?
—No. Damos vuelta por la arista.
—Sí.
La caza sale rara. Los perros de roca no están donde “siempre” están. Las aves, en cambio, vuelan bajo sin estrategia. A medio día, un signo que jamás vi: una especie de ciervo de montaña que defiende territorio con cabezazos pasa a tres varas de nosotros sin siquiera medirnos. Me mira sin verme. Me tomo la libertad de no gustar de eso. Coloco una barrera por puro acto reflejo; nadie la toca. Nadie la ve. Nadie la necesitaría si el mundo siguiera su guion.
Pienso en escribirle a mis padres esa noche para contar un “día raro”. Luego pienso que no hace falta. A veces las anomalías son solo eso: humor del clima.
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Pasa una semana. O pasan dos días. O pasa lo suficiente para que el cuerpo vuelva a creer que así era desde siempre. Volvemos a la ruta “viejo enojado” y ahora huele a paz vieja. Las aves se posan con el orden correcto. Los perros de roca se quejan donde corresponde. El valle, al fin, respira al ritmo que ya aprendí. Reviso los sellos de la cueva, repaso la runa de baja intensidad del dintel, añado una segunda línea a la barrera para la estación que llega sin avisar. A Alyssra le pido que recorra el perímetro con la atención puesta en detalles que no son obvios: si el musgo cambió de color, si una grieta que antes estaba cerrada ahora bordea un centímetro más. No es paranoia. Es habitar.
—¿Cuánto tiempo… quedamos? —pregunta, una tarde en que el sol decidió acostarse más tarde que nosotros.
—Depende de cuánto queramos aprender.
—Quiero… mucho.
—Bien. Entonces bastante.
—¿Mucho… bastante?
—Mucho, bastante. Lo mediremos por té sin sal.
Ríe y se tapa la boca, porque todavía no aprende que reír no siempre es peligroso. Le hago otra armadura de tela acolchada para entrenar. Ella insiste en dormir con el cinto puesto. Le digo que no. Dice que sí. Encontramos un punto medio que se llama “ponerlo junto a la mano”. Es un buen punto.
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De nuestros tres viajes a la ciudad —fueron dos o tres; aquí el conteo es una variable pragmática—, en uno vi a un viejo amigo de nadie: un guía que nunca existió en mis historias, pero que podría aparecer si hubiese un anecdotario de cordillera. Me habló de una ruta nueva que “abrió” un derrumbe. Lo dijo con el orgullo de quien encuentra un atajo. Lo miré con la preocupación de quien sabe que los atajos en montaña suelen ser promesas de trucos crueles. No fui. Él fue. No lo volví a ver. Tal vez bajó por otra cara. Tal vez se volvió nube. No es cinismo; es estadística.
De ese mismo viaje, me traje la información de que nuestras cartas salieron “con la caravana de las velas”. No supe qué significa ese nombre hasta que vi, semanas después, una línea de luces miniatura recorriendo la ladera opuesta, lejos, muy lejos, una noche sin luna. Imaginé mis palabras dentro de una bolsa de cuero, atadas, oliendo a cera y humo, viajando a lomos de desconocidos. Me consoló más pensar en eso que pensar en fechas de entrega.
A cambio, de regreso, encontré en el mostrador de la posada dos sobres que no eran para mí y que llevaban mi nombre mal escrito. Se los devolví al dueño. Me dijo: “así es esto”. Tenía razón. Así es esto.
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Nuestras técnicas cambiaron porque cambiaron nuestros cuerpos. Yo me hice más silencioso; no de lengua. De paso. A veces pongo una barrera y luego me olvido de que la puse, lo cual es malo para los visitantes y bueno para las lecciones de memoria. Alyssra me recuerda las barreras como quien te recuerda que apagaste el fuego. En combate, ella aprendió a moverse con los pies antes que con los brazos. Eso es graduación. Lo noté el día que, sin pedirme permiso, entró por debajo del brazo de un ogro de nieve de rango B, le cortó la correa del arma y lo dejó bramando a la nada mientras yo cerraba el combate con un giro de presión y una descarga tibia de fuego. Cuando acabó, se quedó mirando al ogro, que no sabía qué había perdido.
—Se llama “cortar la pregunta” —le dije.
—¿La pregunta?
—El arma es la pregunta que el enemigo te hace. Si la cortas, la conversación cambia.
—Ah.
Anotó “cortar la pregunta” en su cuaderno. En la siguiente práctica, me cortó la pregunta a mí y me dejó con una sonrisa involuntaria escondida dentro del casco.
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En otra mañana que no estaba en el calendario de nadie, un dragón menor —no un rojo de sangre vieja, sino uno de montaña, gris, con hambre y juventud— cruzó nuestro cielo con el descaro de los que aún no han perdido batallas de verdad. No bajó. No midió. Solo se dejó ver. Agradecí el gesto. Le respondí con una columna de aire que no dijo nada; solo le mostró que aquí alguien contaba el viento con precisión de santo. No volvió. Si vuelve, hablaremos. Si no, mejor para todos.
A veces me pregunto qué dirían mis padres si me vieran ahora. Tal vez me pedirían que deje una marca de “todo bien” en un lugar acordado del camino. Lo intento, pero las marcas duran menos que los planes. A Eris le diría que el filo del mundo se afila solo si lo usas. A Rudeus le contaría que el silencio aquí enseña cosas que los libros no saben. Luego recuerdo que no soy mensajero de filosofía, sino de cartas que no llegan. Dejo de hablarme en la cabeza y vuelvo a contar leños.
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En el borde de una estación que no sé nombrar, Alyssra se sienta a mi lado con gesto serio de adulto que va a negociar salarios. Tiene las manos limpias —raro— y el parche en su sitio —siempre—. Abre la boca, la cierra, la vuelve a abrir, como quien se pelea con una palabra en una lengua que todavía no le obedece.
—Quiero… aprender a hacer té sin sal —dice.
—Ya sabes.
—No… sin pensar. Quiero… poder hacerlo y hablar contigo y ver a Kael posar y recordar… y sale bien. Quiero… que salga bien igual.
Me río. No de ella. De lo que implica la frase: vivir sin que el cuerpo demande toda tu atención.
—Sí. Eso también es crecimiento.
—Crecer… mucho bastante —dice, con satisfacción.
Le enseño a preparar té sin sal mientras le hablo del viento. Lo hace bien. Kael posa. Y por primera vez, en mucho tiempo, tomamos té que sabe a té y el mundo no se cae por ello.
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Cierro el capítulo —este, el mío— con una imagen que no es epílogo ni profecía: la cordillera delante, los tres al borde de una arista que no exige salto, solo respeto; yo contando con los dedos las líneas de fuerza de un paso; Alyssra probando una guardia nueva que le queda grande por un día, dos, y luego le quedará justa; Kael mirando a un valle que aprendió a quedarse quieto, aunque no lo está.
Los mapas dirán que estuvimos fuera uno o dos años. Los mapas, a veces, mienten con buena intención. Estuvimos el tiempo que necesitábamos para dejar de preguntar “¿cuándo volvemos?” y empezar a decir “mira lo que podemos hacer”.
Algún día bajaremos y la cuenta se cobrará en historias atrasadas. Por ahora, contamos la nieve, el té sin sal, los días que no saben si son días, y el modo en que el filo del mundo se deja usar si eres paciente.
Mañana, o en una semana —lo mismo es—, entraremos más profundo. Hay un sitio que quiero probar para un segundo taller: menos corriente de aire, mejor piedra para la fragua, una pared que pide runas. Lo vi en sueños o en un mapa, no recuerdo. Lo encontraremos.
Yo escribiré otra carta. Alyssra escribirá “hola” mejor escrito y quizá añada otra palabra grande que quepa apenas en el papel. Kael, si encuentra público, posará. Si no, también.
Y la montaña, con su humor antiguo, decidirá si hoy es el día en que nos deja aprender algo más.
