Cherreads

Chapter 23 - Capitulo 22

[Eiren]

Hoy no había trabajo, ni necesidad de entrenar; el aire era tranquilo, y por primera vez en días podía permitirse caminar sin prisa. Me puse un suéter ligero y salí, sintiendo cómo el frío habitual no me afectaba como a los demás, como si mi propia magia hubiera formado una burbuja cálida a mi alrededor.

Mientras avanzaba por las calles cubiertas de nieve, los niños del pueblo comenzaron a acercarse, tímidos al principio y luego con más confianza.

—¡Eiren! ¡Juega con nosotros! —gritó uno, señalando hacia un pequeño terreno donde la nieve había acumulado montículos.

Suspiré, dejando que una sonrisa se dibujara en mi rostro. Era extraño sentirme tan… normal, mezclado con ellos, sin la presión de los recuerdos oscuros que aún me perseguían.

—Está bien —respondí, dejando que mi voz se abriera un poco más de lo habitual—. Pero no me hagan correr demasiado.

Rieron y comenzaron a formar un pequeño círculo. Algunos tomaban palos para simular espadas, otros improvisaban escudos con tapas de madera. No era la primera vez que jugaba con ellos, pero hoy había algo distinto: no sentía miedo, ni la presión de ocultar quién era. Solo sentía… ligereza.

Un par de niños intentaron lanzarme bolas de nieve, y yo, con un movimiento sencillo de la mano, hice que algunas se detuvieran en el aire antes de tocarme. No fue nada elaborado; apenas un reflejo de control. Sus ojos se abrieron como platos.

—¡Wow! —gritó uno—. ¡Eiren, eres increíble!

Me encogí de hombros, riendo un poco por la reacción exagerada.

—Solo un truco —dije—. No soy tan impresionante como creen.

Sin embargo, mientras jugaba, podía sentir cómo el pueblo parecía respirar conmigo. La nieve crujía bajo mis pies, los niños gritaban y corrían, y por un momento, todos los recuerdos oscuros parecían quedar muy lejos. Aun así, en un rincón de mi mente, no podía olvidar la sensación de los nodos, la magia que se movía dentro de mí de forma tan diferente a los demás.

—Eiren, ¡haz una bola de nieve gigante! —gritó otro niño, con los ojos brillando de emoción.

Suspiré, y con un movimiento leve de la mano, la nieve se amontonó y tomó forma, perfecta y compacta. Los niños aplaudieron y me rodearon, riendo.

Me senté un momento en la nieve, dejando que los copos cayeran sobre mi cabello. Miré hacia el cielo, y no pude evitar pensar en Miriel, en sus palabras sobre descubrir el mundo, y en la carta de Keny que aún esperaba en mi habitación. Por más que disfrutara de estos momentos simples, sabía que tarde o temprano tendría que decidir: quedarme aquí, entre la seguridad y la rutina, o salir y enfrentar lo que mi pasado y mi magia aún guardaban.

—¡Eiren, haz figuras de hielo como siempre! —gritó uno de los niños, con los ojos brillando de emoción—. ¡Conejitos, zorros, ardillas!

Suspiré y levanté la mano, dejando que un hilo de maná helado se dispersara sobre la nieve.

—Está bien… pero nada grande —advertí, sonriendo levemente.

Los niños saltaron de felicidad y empezaron a correr alrededor de las pequeñas figuras que se formaban: zorros de nieve con colas esponjosas, conejos que se movían un poco al compás del viento, y pequeñas ardillas que se deslizaban sobre la nieve como si tuvieran vida propia. Sus risas llenaban el aire, y por un momento, me sentí igual de liviano que ellos, dejando que la magia fluyera con suavidad, sin forzarla ni agotarme.

Pero entonces escuché una voz diferente, una que rompió la tranquilidad:

—Me habían dicho que no había magos en este pueblo… pero parece que me mintieron.

Me giré y vi a un chico de pie a cierta distancia, alto y delgado, cubierto con sacos pesados que apenas dejaban ver su silueta. Su cabello negro caía sobre los ojos del mismo color, y unas cicatrices apenas visibles atravesaban su rostro.

—Porque nadie se la pasa preguntando por ahí si hay o no —respondí, con tono seco—. ¿Y tú qué haces aquí?

Me posicioné entre los niños y el chico, cuidando que no interrumpiera su juego, aunque la curiosidad me picaba por dentro.

—Esto… es anormal —dijo, mirando mi suéter ligero—. Verte así me da más frío de solo mirarte.

—Soporto el frío —contesté, encogiéndome de hombros—. No me molesta.

El chico arqueó una ceja, evaluándome con intensidad.

—Parece que hasta lo disfrutas.

—No lo disfruto —respondí, serio—, pero no me molesta no sentirlo.

Hubo un silencio por un segundo, y luego soltó una risa corta y sarcástica.

—Hmm… parece un mago de hielo.

—Parece que tienes buen ojo —repliqué, con una sonrisa torcida.

Él rió nuevamente, más natural esta vez.

—¿Quién eres, y qué haces aquí? —pregunté, cruzando los brazos.

—Soy uno de los aventureros que llegó ayer al pueblo a descansar un día… y salí a explorar un poco —respondió, sin apartar la mirada de las figuras de hielo que los niños seguían admirando.

—Ya veo —murmuré, levantando ligeramente la mano para crear un pequeño conejo de hielo.

—He conocido magos de hielo antes… pero ninguno que pidiera soportar este tipo de climas helados.

—Entonces, felicidades por hacer un descubrimiento milenario —dije con sarcasmo, viendo cómo sus ojos se entrecerraban por la broma.

Él soltó un rastro de risa, algo fastidiado.

—Parece que te gusta ser un poco molesto.

—Solo lo soy con quien husmea por ahí —respondí, mi tono adquiriendo una pequeña tensión.

El chico frunció el ceño por un momento, evaluando si debería replicar, pero finalmente se limitó a reír entre dientes y mover los hombros, un gesto que parecía decir que estaba dispuesto a dejarlo pasar… por ahora.

Los niños, ajenos a la tensión silenciosa entre nosotros, siguieron jugando, felices con los conejos, zorros y ardillas de hielo que ahora empezaban a derretirse lentamente bajo el sol. Yo, mientras tanto, no dejaba de observar al chico. Había algo extraño en él, algo que me resultaba familiar sin que pudiera ponerle nombre, y algo en la forma en que miraba mis manos, mi magia, hacía que un pequeño nudo de cautela se formara en mi estómago.

—Está bien —murmuré finalmente—. Pero si quieres husmear… al menos hazlo con cuidado.

El chico me lanzó una sonrisa torcida.

—Entonces… —dijo el chico, dejando que sus ojos recorrieran mis manos, los pequeños zorros y conejos de hielo—, ¿siempre controlas el hielo así? Incluso sin esforzarte demasiado… parece natural para ti.

—No es algo natural —respondí con calma—. Solo… sé cómo moverlo sin matarme en el proceso.

El chico arqueó una ceja, inclinando ligeramente la cabeza.

—Hmm… ¿y no te preocupa que un mal movimiento pueda lastimar a alguien? —preguntó con tono curioso, casi juguetón, pero había un filo detrás de sus palabras, algo que me incomodaba sin entender por qué.

—Sí… claro —dije, más serio ahora—. Siempre me aseguro de que nadie esté en peligro.

Se cruzó de brazos, balanceando su peso de un pie a otro.

—Qué aburrido —murmuró, más para sí mismo que para mí—. A mí me gusta sentir el riesgo… que la adrenalina te suba por la garganta, que tus movimientos signifiquen algo, que puedas destruir o salvar en un instante.

No entendía del todo lo que quería decir, pero algo en su voz me resultaba extrañamente familiar.

—No todos necesitamos pelear para disfrutar de nuestra magia —respondí, intentando sonar despreocupado, aunque un escalofrío recorrió mi espalda.

Él soltó una risa seca, entre cortada y molesta.

—Ya… eso es lo que todos dicen —susurró, mientras sus ojos negros me evaluaban como si buscara algo que yo no quería mostrar—. Pero a veces, sentir el verdadero límite, la línea que no debes cruzar… eso es lo que te define.

Mi corazón dio un pequeño vuelco. La sensación era inquietantemente familiar, como si hubiera escuchado esas palabras antes, pronunciadas por alguien que conocía demasiado bien mi manera de… de existir.

—¿Y tú quién eres exactamente? —pregunté, tratando de mantener la voz neutra—. ¿Siempre hablas así con desconocidos?

—No estoy hablando con un desconocido —replicó con un dejo de irritación—. Pero tampoco puedo creer lo tranquilo que estás… como si no reconocieras lo que realmente eres.

Mi respiración se tensó, aunque intenté disimularlo.

—No sé a qué te refieres.

Él frunció el ceño y dio un paso más cerca, dejando que su sombra rozara la nieve, haciendo que los niños se apartaran un poco, intrigados pero sin miedo.

—No lo niegues —dijo, casi escupiendo las palabras—. He visto magos antes. He visto a los mejores, los que llaman su magia un arma, un reflejo de ellos mismos. Y tú… tú eres diferente. Tan… controlado, tan tranquilo… como si todo lo que fuiste alguna vez no existiera.

—Estoy aquí ahora, y eso es todo —respondí, tratando de que mi voz no temblara.

—Mm… claro, claro —replicó con un suspiro—. Pero alguien que puede mover el hielo así, tan sólido, tan rápido… alguien que no teme al frío ni al daño… ¿seguro que es solo hielo para ti?

Sentí que mi cuerpo se tensaba, un nudo de alerta y de algo más antiguo, algo que había estado enterrado demasiado tiempo. Algo que este chico… activaba sin querer.

—Te equivocas —dije, firme—. Esto es todo lo que hay.

—¿De verdad? —murmuró, casi desafiándome, inclinando la cabeza de lado, con los ojos brillando bajo la luz invernal—. Porque he visto esa calma antes. He visto la forma en que alguien se mueve cuando está a punto de… destruir, cuando no hay vuelta atrás… y no es solo magia. Es algo que está en ti. Algo que ya conocía.

Mi respiración se volvió más rápida, aunque traté de disimularlo detrás de la mano que sostenía los restos de las figuras de hielo que se derretían lentamente. No podía explicarlo… pero había algo en su tono, en la forma en que me miraba, que me recordaba… y al mismo tiempo me asustaba.

—No sé de qué hablas —repuse, aunque la voz me salió más baja de lo que esperaba—. No soy así.

—Mm… claro —dijo, con un dejo de burla y fastidio—. No pareces serlo ahora. Pero no puedo creer lo tranquilo que estás. Después de todo lo que pasó… después de lo que sé que eres capaz de hacer… —se detuvo, pero sus ojos nunca se apartaron de mí—. Y aún así… aquí estás, como si nada hubiera pasado.

Un silencio pesado se extendió entre nosotros, mientras los niños seguían jugando alrededor, ajenos al hilo de tensión que se había tejido. Y algo en mí reconoció la verdad que él insinuaba: sí, había alguien que me conocía de antes, alguien que sabía lo que había sido… alguien que probablemente me había visto cuando era Frostfallen

—¿Quién eres? —pregunté finalmente, más bajo, aunque con firmeza.

El chico me miró fijamente, un destello de disgusto cruzando sus ojos, mezclado con algo que podría ser… decepción.

—No digas tonterías —replicó con voz tensa—. Pero sí… algo familiar hay en ti. Demasiado familiar, para mi gusto.

—Bueno, niños —dije levantando la voz un poco—, el juego ha terminado por hoy. Mañana tal vez juguemos de nuevo.

Los niños se quejaron un poco, haciendo pucheros y saltando sobre la nieve, pero poco a poco acortaron y se dispersaron, algunos corriendo hacia sus casas, otros lanzándose bolitas de nieve en un último intento de protesta. Pronto quedamos solos, yo y el chico que había aparecido antes.

—Oye —empecé, manteniendo la voz calmada pero firme—, ¿te conozco de algún lado?

El chico arqueó una ceja, con esa expresión de fastidio mezclada con desdén que ya me era familiar.

—¿Cómo que si te conozco? —dijo, cruzándose de brazos—. ¿Ahora te haces el estúpido que no sabe quién soy?

—No lo sé —respondí, sosteniendo mi mirada firme—, por eso te pregunto si me conoces.

—Por supuesto que te conozco —dijo, inclinando un poco la cabeza, con una sonrisa torcida—. Ahora la pregunta es… ¿por qué sigues vivo, traidor?

Antes de que pudiera reaccionar, sentí un movimiento detrás de mí. En un parpadeo, estaba frente a mí, su mano envuelta en mana directa a mi rostro. Mi instinto me impulsó a retroceder y esquivar, pero no pude evitar sentir un escalofrío recorrerme al ver la intensidad de su ataque.

—¿Qué… qué significa esto? —dije, manteniendo la guardia—. ¿Por qué me atacas? ¿Por qué me llamas traidor?

—Deja de hacerte el idiota —escupió, con los ojos brillando—. ¿Acaso quieres escapar de lo que hiciste dentro de la Orden? ¿De traicionar a quienes te rescataron, te entrenaron y te dieron un propósito?

—No sé de qué hablas —dije, tratando de mantener la calma, aunque mi cuerpo se tensó—.

—¡Déjate de hacer el tonto! —gritó—.

Un círculo de fuego apareció bajo sus pies, y comenzó a recitar cánticos en voz baja pero firme. La energía que emanaba del círculo se elevó, y un torrente de llamas surgió hacia mí en un instante. Extendí rápidamente mi hielo, creando un escudo que absorbió parte del impacto, aunque el sonido retumbó por todo el bosque y los alrededores, alertando a los vecinos.

—¡Estás loco! —grité—. ¡Vas a lastimar a alguien!

—Eso es normal para nosotros —dijo, avanzando de nuevo—. Ahora te preocupas por alguien… antes no te importaba. Nunca te importó matar a otros con tal de cumplir tus misiones.

—¡No sé de qué hablas! —exclamé, mientras movilizaba los nodos dentro de mi cuerpo, sintiendo cómo la magia fluyó de manera natural y controlada—. Pero si planeas hacerle daño a estas personas, tendrás que pasar por mí.

El chico soltó una risa, todavía con su fuego ardiendo alrededor, como si nada le importara.

—Adelante —dijo—. Así podré castigarte por tu traición a la Orden del Cuervo Escarlata.

—No sé de qué traición hablas —repuse, concentrándome—.

Extendí mis manos y activé un hechizo de hielo que salió disparado en forma de lanza múltiple, obligando al chico a retroceder violentamente. Lo vi chocar contra el campo nevado, rodando y levantando una nube de polvo y nieve, antes de estabilizarse unos metros más allá.

Los gritos y el ruido hicieron que la gente del pueblo comenzara a reunirse, asomándose desde sus casas y ventanas, algunos asustados, otros curiosos. El silencio duró apenas unos segundos, antes de que viesen algo más: el chico ya estaba de pie, a la distancia, y parecía completamente ileso.

—Tch —murmuró, limpiándose una mano cubierta de cenizas de fuego—. No está mal. Pero pensaste que podrías detenerme con eso.

—¡Basta! —grité, extendiendo de nuevo mi mano y dejando que mis nodos fluyeran con precisión, controlando el hielo de todo el campo frente a él—. Si quieres seguir con esto, al menos hazlo de manera que nadie más salga lastimado.

—¿Quién eres? —apreté la voz mientras mis dedos aún temblaban por el esfuerzo de la última descarga de hielo.

El chico clavó en mí unos ojos negros como carbón y, con desprecio en la voz, respondió:

—Me llamo Kyot. Yo estuve ahí cuando te dieron tu primer nombre. Te llamaban Cuervo. Luego, cuando ganaste poder, te llamaron Frostfallen.

Se me heló la sangre. El mundo alrededor pareció comprimirse en esas dos palabras. Di un paso atrás sin darme cuenta.

—¿Cómo... cómo sabes ese nombre? —salió de mi boca antes de que pudiera controlarlo.

Kyot bufó, como si respondiera a algo obvio.

—¿Cuántas veces tengo que repetirlo? Te conocí —dijo—. ¿No lo recuerdas? No importa. Allí no usábamos nombres verdaderos. Teníamos claves. Tú eras Cuervo al principio. Después Frostfallen.

Las manos me ardieron. No sabía qué sentir: rabia, miedo, una extraña punzada de reconocimiento. Había algo en su manera de decirlo que removía algo bajo mi piel —un eco de una vida que no era mía y, sin embargo, había sido mía—.

—No sé de qué hablas —repuse, y mi voz sonó fina hasta para mis oídos—. Yo no recuerdo nada de eso.

Kyot se limitó a sonreír, una mueca amarga. No me dio tiempo a decir nada más: hizo un gesto con la mano, murmuró un cántico corto y un círculo de runas llameantes estalló a sus pies. El aire se llenó de olor a ozono y ceniza; su cuerpo se cubrió de fuego como si fuera una armadura viva.

—¿De verdad crees que podrás negarlo? —escupió—. ¡Traidor!

No pensé. El instinto que no era del todo mío reaccionó. Mis nodos se tensaron bajo la piel, el flujo se acomodó por sí solo, y el hielo respondió antes de que la mente ordenara. Mover mis manos fue como acostarme en una cuna conocida: el mana fluyó, concentré la punta en la muñeca y, con un giro seco, lancé una estocada de hielo. La ráfaga cortó el aire. Kyot la esquivó a duras penas, pero mi ataque interrumpió su cántico.

—¿Ahora usas espada? —gruñó Kyot, y con la mano libre forjó una hoja de fuego que chispeó en el aire—. Antes usabas dagas. Cambiaste.

Mi brazo tembló al formar la espada de hielo; la real la había dejado en casa, así que mi hoja era un conjuro: pura escarcha comprimida, afilada como un filo de luna. La empuñé con toda la torpeza y la certeza de quien recuerda cómo sostener algo que no recuerda haber tenido.

—No sé de qué me hablas —respondí otra vez, y esta vez creí cada palabra—. No sé quién me llamó eso. No sé quién fui.

Kyot avanzó, sonrisa cruel, y su espada de fuego chispó contra la mía. El choque fue un latigazo; la vibración recorrió mis huesos. Fue entonces cuando la memoria volvió, como una grieta que se abre y deja saltar luz: el bosque nevado, el olor a sangre y metal, las dagas clavándose en carne que no tuvo tiempo de gritar, el sonido agónico del soldado de armadura negra... vi su casco roto, el ojo verde mirando entre la rejilla, el brazo cercenado, la lanza con fuego negro. Oí el nombre —Frostfallen— gritarse desde esa voz rota. Vi mis propias manos manchadas de rojo que se convertía en escarcha. Vi magos quemándose y resquebrajándose con cadenas de hielo que yo mismo había tejido alrededor de sus cuerpos. Todo fue rápido, brutal, sin piedad.

Un jadeo me arrancó la vista. Parpadeé y la escena se desvaneció, dejándome con un sabor metálico en la boca. Volví al presente con Kyot delante, su espada de fuego chocando otra vez contra la mía.

—¡Deja de hablar en círculos! —dijo, con voz más dura—. ¿Pretendes negar que hiciste esto? ¿Que mataste a los nuestros?

—¡No lo sé! —grité más fuerte de lo que quise—. No recuerdo. No sé quién soy.

El choque de magia retumbó tan fuerte que la nieve a nuestro alrededor tembló. La colisión lanzó una onda que hizo crujir los tejados del pueblo a lo lejos; vi ventanas vibrar y algunos pájaros levantar vuelo en estampida. Gente en varias casas ya asomaba la cabeza, alarmada. Mi pecho se apretó: si seguíamos aquí, íbamos a hacer daño a quienes estaban a nuestro alrededor.

—¡Esto es una locura! —grité, bloqueando un tajo que venía con demasiada potencia—. ¡Si vas a pelear, salgamos de aquí!

Kyot me miró con desprecio, como si le pidiera dejar una molestia en su camino, pero algo en su rostro titubeó: le importaba más la afrenta que la prudencia. Aun así, con un bufido, asintió y retrocedió un paso, recuperando distancia.

Aproveché ese intervalo para pensar y sentir al mismo tiempo. Los nodos bajo mi piel trabajaban como sirvientes obedientes: el primero restringía el flujo lateral, el segundo concentraba, el tercero equilibraba. Podía sentirlos como postes de mando dentro de mí. Si quería alejar la pelea del pueblo, tenía que forzar una apertura: abrir un canal mayor, dejar que la magia formara una traza que me permitiera moverlo sin soltar todo de golpe. Hice correr el mana hacia los pies, comprimí el frío en una especie de camino sólido.

—¡Gente! —grité—. ¡Vayan a sus casas! Cierren puertas y ventanas. ¡Aparten a los niños!

Unos murmullos, un golpe en una puerta, pasos apresurados; las voces se hicieron panal en el aire. Vi por el rabillo del ojo a Miriel salir corriendo, arrastrando a Alenya; mi madre asomó el rostro con el albornoz, pálida, y papá ya tenía una pala en la mano, preparado para lo que fuera. El remordimiento me atravesó: yo era quien había causado temor. Yo tenía que ser quien lo arreglase.

—No voy a dejar que lastimes a la gente —le dije a Kyot con voz fría—. Si quieres castigarme, hazlo lejos de aquí. Te llevaré tan lejos como haga falta.

Él soltó una risita corta, y su fuego chisporroteó, formando pequeños círculos de runas en el suelo frente a él.

—¿Tan noble ahora? —se burló—. Qué conveniente.

Chasqueé la lengua y, sin más aviso, liberé un impulso. No un ataque directo: moldeé el hielo en una lengua plana bajo mis pies y la extendí en línea recta hacia la salida del pueblo, como una carretera pulida por la escarcha. Empujé esa carretera con fuerza sutil: la idea era forzar la pelea en movimiento, obligarlo a perseguirme o a retirarse, pero nunca quedarnos aquí.

Kyot gruñó, dio un salto para evitar el avance de la superficie que lo empujaba hacia afuera, y respondió con una lluvia de pequeñas explosiones de fuego desde círculos que había ido trazando con sus manos. Las detonaciones arrojaron nieve y astillas de hielo por el aire; una teja cayó de un tejado cercano aunque no alcanzó a nadie. Sentí la culpa como una piedra en la garganta.

—¡Por ahí! —ordené a la gente que estaba cerca de la plaza—. ¡Alto! ¡Cúbranse!

Mi voz era un látigo y, por instinto, se hizo lo que dije. La plaza quedó desconectada del bullicio: la mayoría se atrincheró tras puertas y muebles. Sólo quedábamos nosotros y el amortiguador del pueblo: el espacio entre la plaza y el campo abierto.

—Muy bien —dije, jadeando un poco—. Si vas a matarme por lo que dicen que hice, ven. Pero no aquí.

Kyot apretó la mandíbula, su fuego crepitando con un brillo rojo-dorado. Sus ojos me buscaron, buscando una señal de rendición. No la di. En vez de eso, empujé los nodos más firmes, comprimí el centro y lancé una variación que había practicado: una columna de aire helado que se alzó a mis espaldas, envolviendo mis tobillos en un remolino que me impulsó hacia adelante como si montara sobre una ola de cristal.

Corrí. La carretera de hielo que había hecho bajo mis botas relucía. Kyot me siguió, lanzando llamaradas que explotaban con estruendo contra las bordes helados que levantaba para protegerme. El ruido era atronador, una cacería en la nieve. Vi figuras correr por las ventanas, sombras que me clavaban miradas de miedo y reproche. No era lo que quería, pero no tenía otra opción.

Mientras corríamos hacia las afueras, intenté hablar para ganar tiempo, para tantearlo:

—¿Por qué me llamas traidor? —jadeé entre respiraciones—. ¿Qué pasó en la Orden? ¿Qué te hicieron? ¿Qué hice?

Kyot no contestó con palabras, solo con fuego. Sus ataques iban cada vez más concentrados, buscando romper mis defensas y arrancarme de la carretera que yo formaba. Un destello de cobre apareció en su rostro: odio, sí, pero también una mezcla de otra cosa... como si hubiese una deuda que no podía olvidar.

En la distancia, entre la nieve, vi la silueta de la línea de árboles en el límite del pueblo. Si lograba forzarlo a pegarnos a ese cordón, podría alejar la pelea lo suficiente para que las casas no sufrieran. Empujé mis nodos a fondo, pagando el esfuerzo con un latigazo de cansancio en el pecho, y con un último empuje abrí un pedazo de camino congelado que se extendió como una cinta hacia el claro a las afueras.

Kyot resopló, una risita amarga, y con un salto ardiente me alcanzó. Nuestras espadas se encontraron otra vez; el choque llenó el aire de chispas. Por un instante, mi mente se desdobló y vi otra vez escenas del bosque: los gritos, el soldado de armadura negra fragmentándose entre mis cadenas de hielo, la máscara que cubría mi rostro, mis propias manos moviéndose sin que la cabeza diera órdenes. El recuerdo era tan nítido que casi vacié el conjuro en un sobresalto.

Sacudí la cabeza, obligándome a volver al aquí y al ahora. No podía dejar que esos recuerdos me destruyeran en medio del combate. Tenía que mantener la pelea lejos del pueblo, y si para eso debía pelear hasta caer, pelearía.

—¡Sigue! —grité, y más por el efecto que por otra cosa—. ¡Sigue! —quería que la gente ya no escuchara y volviera a sus casas; quería que nadie se metiera en el medio por mi culpa.

Kyot me miró como si la idea de causar daño a otros fuese irrelevante para él. Alzó la voz, con una mezcla amarga:

—Si te cubren ahora, solo se están preparando para verte traicionar otra vez. Y mereces que te arranquen hasta la última pluma.

No había en su voz espacio para la duda. Solo la sentencia. Y mientras cruzábamos el último lote de casas, con mi respiración clavada en mis costillas y mis nodos jadeando bajo la piel, supe que esto ya no era solo por defender el pueblo: era una grieta que debía cerrar en mi pasado, aunque la forma de cerrarla fuera destrozarme.

Llegamos al claro. La distancia con el pueblo era suficiente; los árboles y la nieve amortiguarían el siguiente choque.

Suspiré, concentré el mana de mis nodos otra vez, y di un paso adelante, listo para chocar con Kyot en el campo abierto, donde nuestras espadas y magia no romperían tejas ni ventanas. Traté de ordenar la mente, de poner a raya los flashes de batalla: esto es ahora. Esto es aquí.

—Si vas a nombrarme traidor —dije en voz baja, mientras nuestros aceros mágicos se preparaban—, dímelo de una vez. Pero no destruirás más gente por una culpa que tal vez ni recuerdo.

Kyot sonrió, la mitad cruel, la mitad triunfante.

—Te haré recordar —murmuró—. Te haré recordar con sangre, Frostfallen.

El nombre rebotó en mí como un martillo. Mis nodos vibraron con un frío agudo. Y en ese instante supe que la pelea no terminaría hasta que alguna verdad saliera a la superficie.

El aire se volvió denso.

El sonido de nuestras respiraciones se mezclaba con el crepitar de su fuego y el zumbido helado que surgía de mis manos.

Me giré un instante, y el corazón me dio un vuelco.

A lo lejos, el pueblo se erguía aún intacto, pero no por mucho tiempo… hasta que vi cómo la tierra misma se levantaba.

Enormes muros brotaron del suelo como si un gigante invisible los empujara desde abajo, envolviendo las calles y las casas.

Runas de luz ámbar se encendieron sobre la superficie rocosa, una tras otra, como brasas dibujadas en la piedra.

Reconocí esa estructura: un Domus Terram, un muro de contención con sellos de reforzamiento.

Al pie de la muralla, vi figuras moverse: Garren, inconfundible con su capa corta y su mano alzada, canalizando energía.

Y a su alrededor, cuatro más —aventureros— probablemente los mismos que habían llegado con Kyot el día anterior.

Uno de ellos mantenía un bastón clavado en la tierra, la otra dibujaba círculos con polvo de plata.

Estaban... protegiendo el pueblo.

Un nudo se deshizo en mi pecho.

Ya no tenía que preocuparme de contenerlo todo.

Podía soltarme.

Me volví hacia Kyot. Su fuego iluminaba el campo como un amanecer torcido.

Estaba de pie, con los brazos abiertos, los ojos cerrados y una sonrisa extraña en los labios.

Comenzó a recitar.

—Lux Ignis — Origen del juicio, plaga del frío eterno…—sus palabras resonaban con una cadencia precisa, antigua— …condena a aquel que desafía el fuego sagrado. Apertura del círculo doble: Ignis.

El suelo bajo mis pies ardió.

Un círculo mágico rojo y dorado se formó bajo mí, girando lentamente, mientras otro idéntico se desplegaba sobre mi cabeza.

Podía sentir el mana fluyendo entre ambos, comprimiendo el aire en una jaula invisible.

Era un hechizo de contención y castigo… diseñado para aplastar.

—¡Kyot, detente! —grité—. ¡Eso va a destrozar todo en cien pasos a la redonda!

Él no contestó.

Solo levantó el rostro, con una expresión entre éxtasis y odio.

—¡Entonces muere como lo hiciste nacer, Frostfallen! ¡Consumido en el fuego que nunca pudiste extinguir!

El aire se curvó.

Las líneas del círculo comenzaron a girar más rápido, con un zumbido grave.

La nieve se fundía antes de tocar el suelo.

Yo di un paso atrás.

Mis nodos internos se tensaron al máximo. No podía romper un hechizo de ese tipo directamente… no sin un contrapeso.

Tenía que neutralizarlo con mi propio flujo.

Si liberaba el mana, el hielo podía absorber parte del impacto.

Pero no podía usar las primeras dos variaciones. No bastarían.

Solo quedaba la tercera.

Cerré los ojos y respiré.

Mi mana se desató.

Primero un temblor leve, luego un rugido que subió por mis brazos y mi pecho.

El frío se volvió tangible.

El hielo comenzó a cubrirme los antebrazos, luego los hombros, la espalda, el cuello.

Pero no era escarcha. No era sólido.

Se movía.

El hielo ardía.

Ondulaba como fuego azulado, una llama transparente que se doblaba con el viento.

Y en lugar de crepitar, sonaba como vidrio partiéndose lentamente.

Cada movimiento que hacía hacía vibrar el aire con un eco de cristales rotos.

—¿Qué… demonios estás haciendo? —dijo Kyot, bajando momentáneamente su cántico.

Su fuego se agitó, indeciso.

Pude sentir su desconcierto.

—No lo sé —respondí, y mi voz salió distorsionada, profunda, como si el frío hablara conmigo—. Pero parece que tampoco tú lo entiendes.

El círculo superior chispeó, como si el hechizo dudara.

Kyot frunció el ceño.

—Esa cosa… eso no es magia elemental. Eso es una deformación. El hielo no se mueve así.

—Entonces considéralo algo nuevo —respondí.

Me incliné hacia adelante, concentrando todo el mana en el pecho.

La tercera variación era peligrosa por eso: no estabilizaba el flujo; lo forzaba a circular en un bucle cerrado entre el cuerpo y el entorno, drenando calor, materia, incluso energía mágica de todo lo que tocaba.

Ya lo había sentido antes, una sola vez, y casi me había desmayado.

Pero ahora no tenía opción.

Kyot alzó una mano y gritó algo incomprensible.

Los círculos a mi alrededor se comprimieron, y una lluvia de fuego líquido descendió del cielo.

Las llamas golpearon el suelo y levantaron columnas de vapor, pero yo ya me había movido.

Deslicé el hielo bajo mis pies, creando un camino de cristal.

La nieve se convirtió en un espejo mientras me desplazaba a su alrededor, el fuego explotando donde había estado un segundo antes.

—¡No vas a esquivarlo para siempre! —rugió Kyot.

—No necesito hacerlo para siempre —respondí, y extendí mis brazos.

El fuego de hielo se extendió desde mi cuerpo, formando alas fragmentadas que cortaron el aire.

El contacto con su magia produjo un estallido: el fuego rojo chocó con el azul pálido, y el impacto generó un destello blanco.

El sonido fue como una ola que desgarraba el cielo.

Kyot intentó reforzar su hechizo, pero algo en su círculo superior se quebró; lo vi fracturarse, como si mi hielo lo hubiera corroído.

El aire se llenó de fragmentos de luz cayendo como nieve luminosa.

—¿Qué hiciste? —gritó él, retrocediendo.

—Solo devolví un poco del calor que dejaste escapar —respondí, con voz baja, conteniendo el temblor.

Un hilo cálido recorrió mi labio. Pasé el dorso de la mano y vi la sangre mezclarse con escarcha.

Era el costo. Siempre lo era.

El cuerpo no soportaba la tercera variación mucho tiempo.

—Sigues igual… —Kyot me miró con rabia, pero sus ojos temblaron un instante—. Siempre te pasabas los límites, incluso cuando sabías que ibas a romperte.

—Entonces tal vez me conocías mejor de lo que crees —dije, y avancé.

Él lanzó otra llamarada, más densa, en forma de lanza.

La desvié con un giro del brazo. El hielo ardiente lo envolvió y la apagó por completo.

Kyot me miró con incredulidad, como si viera un monstruo.

—Eso no es magia humana… —susurró.

No respondí.

Solo seguí avanzando, paso a paso, mientras la nieve se solidificaba bajo mis botas y el aire se congelaba en un silencio de cristal.

El hechizo doble aún chispeaba detrás de mí, pero ya no tenía fuerza.

Kyot apretó los dientes, frustrado.

Su cuerpo comenzó a brillar con fuego rojo. Estaba acumulando todo su mana restante para una sola descarga.

—Entonces que sea así —rugió—. ¡Arderemos juntos, Frostfallen!

El círculo superior se fragmentó en decenas de runas flotantes.

Yo apreté los dientes.

El hielo en mis brazos vibró, gritando con ese sonido quebradizo, mientras me preparaba para soltarlo todo.

Sabía que lo que viniera después marcaría algo irreversible.

Si me contenía, moriría.

Si lo liberaba, tal vez también… pero el pueblo estaba a salvo.

Y eso bastaba.

—Entonces ven, Kyot… —susurré, alzando mi espada de hielo que ahora ardía como una llama de invierno.

Veamos si el fuego puede extinguir al frío que lo vio nacer.

Y en el instante en que ambos desatamos nuestras magias, el mundo entero pareció quebrarse en dos —una mitad envuelta en fuego, la otra en hielo vivo— mientras la tierra temblaba bajo nuestros pies.

More Chapters