Cherreads

Chapter 24 - Capitulo 23

[Liana]

—¡Manténganse dentro del perímetro! —gritó Garren, con las manos aún extendidas mientras las runas de los muros de tierra brillaban con un tono ámbar que apenas lograba disimular el temblor del suelo.

El aire se sentía pesado, vibrante, como si el mismo maná del ambiente se hubiera vuelto denso, sofocante. Yo apretaba con fuerza el manto de lana que tenía sobre los hombros, mirando a través del resplandor de las runas mientras el rugido de la magia se alzaba afuera, chocando una y otra vez como truenos que hacían eco en el aire helado.

—¿Qué está pasando? —preguntó Miriel, aferrándose al brazo de Roderic. Su voz era apenas un susurro, quebrada por el miedo.

Garren miró hacia arriba, el sudor recorriéndole el rostro. —Esto… —dijo entre dientes— no es una pelea común. No es un duelo de práctica ni una riña de aprendices… Esto es una batalla entre magos verdaderos.

—¿Magos verdaderos? —pregunté, intentando entender, aunque en mi pecho ya se formaba un nudo.

—Magos que han pasado los límites —respondió Garren, con la voz grave—. Los que ya no se miden por energía o técnica, sino por la fuerza de su voluntad y su instinto. Esos que pueden cambiar el entorno solo con existir…

Antes de poder decir algo más, un estruendo sacudió la tierra. Todos caímos. El suelo se abrió por un segundo, una onda de choque atravesó los muros y el aire, haciendo vibrar incluso las ventanas de las casas cercanas. Los niños lloraban, algunos adultos rezaban en silencio.

—¡Eiren! —exclamé, tratando de incorporarme, pero Roderic me sujetó del brazo.

—No salgas —dijo con firmeza, aunque su rostro mostraba el mismo miedo que el mío—. Si Garren levantó estos muros, es porque afuera no podríamos sobrevivir ni un segundo.

Entonces se escuchó.

Un grito, ahogado por la distancia, pero tan claro que todos lo oímos.

—¡¡FROSTFALLEN!!

El silencio cayó como un golpe seco. Nadie respiró.

Yo lo reconocí de inmediato. Esa palabra… ese nombre… lo había escuchado antes. Era distinto, más frío, más distante, pero… ¿por qué alguien lo estaría gritando así?

Miré a Garren, pero él también había palidecido. —¿Qué… dijo? —preguntó Miriel, con la voz temblorosa.

—Frostfallen —repitió Joren, como si al pronunciarlo tratara de entenderlo—. ¿Ese nombre… no era…?

—Lo escuché —dijo Alenya, negando lentamente—, pero… suena… peligroso.

—Ese nombre… —susurré sin darme cuenta—. Eiren… ¿por qué lo llamarían así?

Garren apretó los dientes, observando las runas del muro que vibraban cada vez más. —No lo sé —respondió—. Pero quien sea que lo haya dicho, no lo hizo con respeto. Había rabia en su voz. Odio.

Roderic cruzó los brazos, mirando hacia el techo como si pudiera ver a través de la tierra.

—Quizás… se trata de su pasado.

—¿Su pasado? —repitió Miriel—. Pero Eiren… él no recuerda nada de antes de llegar con nosotros.

—Precisamente —intervino Joren, su expresión sombría—. Si alguien allá afuera lo llama por un nombre como ese, y con esa furia… no puede ser casualidad. Ese chico… el que vino con los aventureros ayer, ¿verdad? Tal vez lo conocía.

—Y si lo conocía… —dije despacio, sintiendo cómo mi corazón latía cada vez más rápido—. Entonces… ¿ese nombre es de cuando… antes de que lo encontráramos?

Nadie respondió.

El silencio se quebró de nuevo por una explosión. Esta vez, un rayo de luz azul atravesó el aire, visible incluso a través de las rendijas del muro. El impacto fue tan grande que parte del suelo tembló otra vez, y un polvo fino cayó del techo.

Garren retrocedió unos pasos, observando las líneas de las runas que empezaban a sobrecargarse. —No resistirán mucho más… —murmuró—. Si siguen liberando ese nivel de maná, estas defensas no durarán ni media hora.

Miriel se cubrió los oídos. —¡Pero por qué pelean! ¡Si se conocen!

—Eso es lo peor —dijo Roderic, su voz baja, pero firme—. Pelear contra alguien que alguna vez conociste… es más peligroso que hacerlo contra un enemigo.

Yo lo miré. —¿Por qué dices eso?

—Porque conoces sus debilidades —respondió, sin apartar la vista del suelo—. Y porque duele más.

Las palabras me atravesaron como un cuchillo. Me llevé la mano al pecho, sintiendo ese peso extraño… miedo, tristeza, y algo más.

No podía explicar por qué, pero ese nombre… Frostfallen… me daba escalofríos.

Como si no perteneciera a Eiren, sino a alguien que lo poseía antes de ser él.

Garren se giró hacia nosotros, su expresión endurecida. —No importa lo que pase allá afuera, nadie sale de aquí —advirtió—. Si lo hacen, no solo pondrán en riesgo su vida, sino también la de Eiren. Él está conteniendo esa magia… por ustedes.

Sus palabras resonaron.

Yo cerré los ojos, apretando los puños.

—Entonces… —murmuré—, si esto tiene que ver con su pasado, él no debería cargarlo solo.

Porque si ese nombre realmente le pertenece… entonces el Eiren que conozco podría estar perdiéndose allá afuera.

***

[Eiren]

El aire me salió de los pulmones como si me hubieran arrancado el alma de un golpe. La patada envuelta en fuego me dio de lleno en el estómago y todo mi cuerpo se arqueó antes de salir disparado hacia atrás, chocando contra la nieve y levantando una nube blanca a mi paso. Sentí cómo las ramas me golpeaban el rostro, el sonido seco de la madera rompiéndose bajo mi cuerpo mientras rodaba entre los árboles.

Dolía. Cada respiración era un recordatorio ardiente en mis costillas. Pero… era perfecto.

El pueblo quedaba atrás.

Me incorporé lentamente, jadeando. La nieve bajo mis manos se derritió y volvió a congelarse en un segundo. El aire era puro, helado, vivo. Podía sentirlo.

—Bien… aquí no hay nadie más.

El viento sopló entre los árboles, y en esa corriente podía oír el murmullo del maná moviéndose, vibrando con la misma intensidad que mi pulso.

A lo lejos, los pasos de Kyot se acercaban, su fuego abriendo un camino ardiente entre la nieve. El contraste era brutal: el blanco puro del invierno contra las llamaradas anaranjadas que devoraban el bosque.

—¿Te alejaste a propósito? —dijo su voz, resonando como un rugido entre los árboles.

—Así nadie más sale herido —respondí, levantando la mirada.

—¿Herido? —rió con un tono casi burlón—. Siempre tan "controlado", ¿eh? No has cambiado tanto como crees.

El suelo tembló.

Una docena de círculos mágicos apareció alrededor suyo, girando como lunas ígneas. Los símbolos antiguos brillaban con un color rojizo que se volvió casi dorado al sobrecargarse.

—Tantos a la vez… —pensé, apretando los dientes. La presión del maná era tan fuerte que el aire mismo se curvaba, vibraba como si el espacio estuviera a punto de quebrarse.

—¡Veamos si aún puedes resistir el calor, Frostfallen!

—¡No me llames así!

Pero fue inútil. Los círculos estallaron al mismo tiempo, y una ráfaga de fuego descendió como lluvia ardiente. Alcancé a moverme, a cubrirme con una capa de hielo reforzado, pero uno de los proyectiles me golpeó en el hombro. El impacto fue brutal; el calor me atravesó la piel, sentí el olor a carne quemada antes de que pudiera reaccionar.

Caí sobre una rodilla, jadeando, apretando la herida. El fuego chispeó por un instante antes de apagarse, sofocado por una ola de escarcha que brotó de mi cuerpo.

El frío respondió a mi dolor.

Todo a mi alrededor empezó a congelarse. Las ramas, el suelo, incluso el aire comenzó a dejar una estela de cristal a mi alrededor.

El invierno…

El invierno era mío.

Cerré los ojos y dejé que el maná fluyera, sin contención. Sentí el hielo formarse en mis brazos, en mis piernas, no como escarcha sino como fuego azulado que se movía como si tuviera vida propia. La nieve empezó a danzar, levantándose en torbellinos que giraban en torno a mí.

—¿Qué demonios… estás haciendo? —preguntó Kyot, deteniéndose un momento.

No respondí. Me limité a extender una mano y dejar que el aire se fracturara.

Cada copo, cada cristal de nieve, era parte de mí.

El invierno mismo obedecía.

Di un paso al frente, y el suelo se cubrió de hielo en un instante, avanzando como una ola silenciosa que se extendía bajo sus pies. Kyot saltó hacia atrás, y una llamarada cubrió su cuerpo antes de que el hielo pudiera tocarlo.

—¡Así que ahora usas el frío como escudo! —gritó, lanzándose hacia mí con una espada envuelta en fuego—. ¡Pero sigue siendo lo mismo! ¡Sigue siendo tu debilidad!

—No —murmuré, interceptando el golpe con una espada de hielo que creé en el acto. El sonido del choque fue ensordecedor. Chispas azules y rojas se mezclaron en una explosión de vapor.

Empujé con fuerza, apartándolo. Cada movimiento hacía que la temperatura descendiera más, el aire se volvía pesado, helado, y la nieve comenzó a caer en espirales más gruesas.

—Este lugar… —dije, mirando alrededor—. No es tu terreno.

—¿Ah, no? —Kyot sonrió con ferocidad—. ¡Entonces quémalo!

Su fuego rugió, y la nieve comenzó a evaporarse. Pero el vapor no desapareció: se congeló al instante, convirtiéndose en agujas de hielo suspendidas en el aire.

Las lancé todas a la vez.

Kyot alzó una barrera, pero cada impacto la debilitaba, y su fuego empezaba a perder intensidad. Aun así, su sonrisa seguía ahí, esa expresión entre odio y nostalgia.

—Así que… todavía puedes usar eso. —Su voz era más baja, casi con una extraña melancolía—. El invierno sigue dentro de ti, aunque no lo recuerdes.

—No sé de qué hablas —le respondí, preparando otra descarga de magia.

—Entonces déjame recordártelo —dijo, levantando su espada envuelta en fuego oscuro—. ¡Déjame recordarte quién eras, Frostfallen!

Esa palabra otra vez.

Esa maldita palabra.

Y con ella, vino el eco de una imagen fugaz, una voz lejana entre la nieve y la sangre, alguien gritando ese mismo nombre.

Mi cuerpo se tensó.

El frío dentro de mí… tembló.

—No… no ahora… —pensé, apretando la empuñadura con tanta fuerza que los nudillos me dolieron.

El viento cambió. El bosque entero pareció contener el aliento.

Y yo, rodeado de nieve, con el fuego de mi enemigo reflejándose en mis ojos, supe que esa pelea… no era solo contra él.

Era contra el nombre que me estaba llamando desde dentro.

El aire a mi alrededor se volvió pesado, espeso como el vapor de una tormenta que no sabía si era de fuego o de hielo. Sentía el maná moverse dentro de mí con violencia, como una corriente sin cauce. Los nodos en mi cuerpo ardían —no de calor, sino de frío extremo—, un frío que dolía, que me rajaba por dentro como si cada vena estuviera congelándose y estallando al mismo tiempo.

Apreté los dientes, empujando el maná hacia afuera, forzándolo a obedecer.

Mi tercer variación… aún no la dominaba. Apenas dos meses practicándola, y ya me estaba destrozando el cuerpo. Pero no podía detenerme ahora.

El fuego de Kyot iluminó el bosque en tonos anaranjados, casi dorados. Sus pasos eran lentos, firmes, confiados.

—Te estás rompiendo, ¿verdad? —dijo con una sonrisa torcida, esa mezcla entre burla y rabia—. Sea lo que sea eso que estás haciendo, te está matando poco a poco.

—Tienes buen ojo —gruñí, levantándome de nuevo, tambaleante—. Pero no te daré el gusto.

—¿El gusto? —Kyot soltó una carcajada hueca—. No necesito que me des nada. Ya lo estoy disfrutando.

Su fuego volvió a estallar, más intenso, más vivo. Pude ver cómo la mitad de su rostro comenzó a deformarse, devorarse a sí mismo en llamas. Su ojo izquierdo ya no era un ojo, sino una llama pura, vibrante, que ardía sin consumirlo.

—¿Ves esto? —gritó, extendiendo los brazos mientras el fuego se arrastraba por su piel como un manto—. ¡Esto es lo que la Orden hizo por mí! ¡Esto es lo que tú les negaste cuando los traicionaste!

—¡No sé de qué hablas! —le grité de vuelta, impulsándome hacia él. Mis pasos dejaban huellas congeladas que estallaban en astillas de hielo tras cada movimiento.

El choque de nuestras magias sacudió el bosque.

Cada golpe era una detonación.

Cada parpadeo, una llamarada o una ráfaga de escarcha.

Pero mi cuerpo… mi cuerpo no soportaba más. Sentía el hielo formarse bajo mi piel, cortando desde dentro. Mis brazos temblaban. Mi visión se volvía borrosa.

Y entonces, algo dentro de mí… se resquebrajó.

El sonido fue claro.

Como el hielo rompiéndose.

Vi el fuego reflejado en mis manos, y luego… una voz.

Una voz que no venía de Kyot, ni del presente.

"Vencerte fue difícil… pero gracias a que mataste a todos los que te perseguían, puedo usarlo a mi favor, Cuervo."

El tirón en mi cabello me hizo retroceder.

Vi la noche.

La lluvia cayendo como cuchillas.

Vi cuerpos… magos… soldados… y yo, entre ellos, sosteniendo una daga cubierta de hielo teñido de sangre.

Y luego, oscuridad.

El dolor en mi cabeza fue tan intenso que casi caí. Mis rodillas temblaron. Todo giraba.

Y en medio del caos, una sensación.

Algo dentro de mí… despertó.

Era una calma fría, profunda, imposible de describir.

Y me dio miedo.

Las palabras comenzaron a salir de mi boca sin que las entendiera.

Un idioma desconocido, pero al mismo tiempo… familiar.

Como si cada sílaba hubiera estado esperándome desde antes de nacer.

"Sírhen vel'raen… aeth'na vor… fros'tael…"

El aire se congeló en un instante.

Los árboles crujieron.

El suelo se cubrió de una capa de escarcha tan gruesa que el fuego de Kyot comenzó a extinguirse a su alrededor.

—¿Qué… qué estás haciendo? —preguntó, retrocediendo por primera vez.

No le respondí. No podía.

Mi mano brillaba con un círculo mágico que no recordaba haber aprendido jamás.

El maná que se acumulaba ahí no se parecía a nada que hubiera sentido antes.

Era frío y cálido a la vez. Doloroso y sereno.

No era la tercera variación.

Era algo más.

Algo que dormía dentro de mí desde hacía mucho tiempo.

La presión del poder se volvió insoportable. El aire chilló, literalmente chilló, y el hielo se alzó como columnas vivas desde el suelo, girando alrededor mío.

Podía sentir cómo la magia respondía a mi miedo, a mi dolor, a mi rabia reprimida.

Kyot, ahora con su fuego envolviéndolo por completo, gritó:

—¡ESO… ESO NO ES TU MAGIA! ¡ESO ERA…!

No alcanzó a terminar.

El círculo en mi mano se expandió, multiplicándose, como una flor de escarcha abriéndose en el aire.

Mi voz tembló, pero seguí pronunciando el conjuro sin entenderlo.

El aire se partió en dos.

El frío y el fuego se devoraban entre sí en un rugido que me arrancó el aliento.

La presión del maná fue demasiado.

Mi cuerpo no lo resistió.

Una bocanada de sangre me subió por la garganta y la escupí sobre la nieve —roja, espesa, viva—, marcando el hielo con un golpe seco. Mis piernas cedieron, y caí sobre una rodilla, jadeando.

El círculo mágico frente a mí comenzó a resquebrajarse, su luz azul se fragmentó y se extinguió como brasas bajo agua helada.

El silencio que vino después fue más aterrador que el ruido.

El fuego de Kyot se había apagado.

Lo busqué con la mirada… y lo vi.

Estaba en pie, tambaleándose.

La mitad de su cuerpo parecía quemada y congelada a la vez: la piel del brazo derecho estaba cubierta por una capa de escarcha que no solo lo había paralizado, sino que lo había consumido por dentro.

Su sangre se había cristalizado, atrapada en su propio flujo; incluso el vapor que salía de su boca era un hilo débil, tembloroso.

Su mirada seguía clavada en mí. Odio puro.

Pero también… miedo.

Apreté el abdomen, el dolor me hacía ver borroso, y aún así hablé:

—No sé… quién demonios soy para ti —jadeé—, pero… he recordado cosas. No muchas. Solo fragmentos.

Kyot soltó una risa entrecortada, amarga.

—¿Fragmentos? ¿Ahora vas a decirme que olvidaste todo? Qué conveniente.

—Hace casi dos años… —seguí, ignorando su burla—, perdí la memoria. Y apenas hace siete meses comencé a recordar algo. No sé si lo que dices es cierto, si fui ese "traidor" del que hablas… pero sí he visto cosas que no entiendo.

El fuego de sus manos se agitó, pero no atacó. Escuchaba, tenso.

—He visto sangre. —Tragué saliva, el sabor metálico no desaparecía—. Gente muerta en el suelo, bajo la lluvia. Escuché gritos. Mi nombre, o al menos lo que creí que era mi nombre… y ese otro.

—¿Frostfallen? —escupió Kyot con rabia.

Asentí, respirando con dificultad.

—Sí. Ese. Siempre lo gritan. Siempre suena igual… con miedo, o con furia.

—¡Porque lo merecías! —rugió, dando un paso adelante, el fuego vibrando en su brazo sano—. ¡Traicionaste a todos los que te dieron un propósito! ¡A los que te levantaron cuando estabas muerto!

Lo miré en silencio unos segundos, el viento soplando entre ambos, levantando la escarcha del suelo.

—Tal vez tengas razón… —murmuré, la voz baja—. Tal vez hice cosas que no recuerdo. He visto escenarios distintos: bosques, castillos, ruinas… a veces de día, otras de noche, con nieve o con lluvia… pero todo es igual: muerte, sangre y ese nombre…

—¡Y sigues fingiendo! —Kyot levantó la mano izquierda, el fuego brotó de sus dedos, tembloroso, sin control—. ¡Siempre con esa maldita calma!

—No estoy fingiendo —respondí firme, clavando la mirada en él—. Recuerdo a alguien… una voz que me dijo "vencerte fue difícil". Y que los que maté serían útiles para su plan. No sé quién era, ni qué plan, pero recuerdo su mano… me tiró del cabello, me obligó a mirarlo.

Mi respiración se volvió pesada, mi corazón golpeaba con fuerza en el pecho.

—No recuerdo su rostro, Kyot. No recuerdo nada antes de esa noche.

Por un momento, el fuego del chico titubeó.

Su rostro se endureció, pero sus ojos… mostraron duda.

Solo un segundo.

—No… no intentes engañarme —dijo, con voz más baja, como si hablara consigo mismo—. No después de lo que hiciste. No después de lo que nos hiciste a todos.

—Si supiera qué fue, te lo diría —le respondí con sinceridad—. No soy ese hombre que recuerdas. No sé si quiero serlo.

Kyot apretó los dientes, temblando.

—Entonces… ¿qué eres ahora?

Me levanté lentamente, limpiando la sangre de mi boca con el dorso de la mano. El viento helado se arremolinó a mi alrededor, respondiendo sin que yo lo ordenara.

—No lo sé —dije con voz baja—. Pero sí sé algo… no voy a permitir que dañes a nadie más.

Kyot lo entendió.

El fuego volvió a encenderse en su cuerpo, vibrando como una antorcha furiosa.

—Entonces muéstrame —dijo—. Muéstrame si aún queda algo del Cuervo.

Apreté los puños.

El fuego rugió.

El hielo respondió.

El choque fue ensordecedor.

Las llamas de Kyot se abrieron paso entre la escarcha, derritiéndola a medias antes de volver a congelarse en un parpadeo. Cada golpe era una descarga de energía brutal; cada impacto, un eco que reverberaba dentro de mí, más profundo que el dolor físico.

Nos movíamos rápido demasiado rápido para que un humano normal pudiera seguirlo.

Sus espadas chocaban contra mis armas heladas, y cada destello liberaba vapor, chispas y cristales.

El aire mismo se volvió pesado, saturado de maná.

—¡No sigas mintiendo! —rugió Kyot, lanzando un tajo horizontal cubierto de fuego—. ¡No puedes borrar lo que hiciste!

Bloqueé su golpe, la vibración recorrió mis brazos hasta los huesos.

Mi propio maná se desbordó, formando una onda gélida que extendió grietas en el suelo.

—¡No estoy mintiendo! —le grité, contraatacando con un barrido bajo que congeló el suelo y lo obligó a saltar hacia atrás—. ¡No sé qué hice, maldita sea!

El fuego envolvió su cuerpo de nuevo.

Y cuando se lanzó hacia mí, lo sentí.

Un tirón, profundo, en el pecho.

Una presión en el interior de mi cabeza, como si algo arañara desde dentro.

La voz.

"No mires atrás, Cuervo. Los débiles no merecen el perdón."

El mundo parpadeó.

Por un segundo, no estaba en el bosque.

Estaba en un campo ennegrecido por el fuego.

Cadáveres alrededor.

El olor del metal quemado y la sangre.

Y frente a mí… un hombre encapuchado con una máscara roja.

Su mano descansaba en mi hombro, su tono era sereno, casi paternal.

"Eres mi sombra perfecta. El hielo más puro nace del fuego más cruel. No sientas culpa. Siente propósito."

—¡No…! —jadeé, llevándome una mano a la cabeza.

Kyot aprovechó la distracción.

Su espada me rozó el costado, y el calor me quemó la piel.

—¡Así que recuerdas! —gritó, su voz temblando entre rabia y risa—. ¡Recuerdas cuando te arrodillabas ante él! ¡Cuando matabas sin pestañear!

Caí hacia atrás, el aliento escapándome en una nube blanca.

Las imágenes seguían viniendo, destellos entre golpes y fuego.

"Orden del Cuervo Escarlata… Misión número treinta y cuatro…"

"El sujeto no debe escapar."

"Frostfallen, elimina a los magos del frente norte."

Cada palabra era como una aguja en mi mente.

Cada golpe de Kyot despertaba otro recuerdo, otra voz.

La batalla se volvió algo más que una pelea; era un torrente de pasado que intentaba ahogarme.

—¡Cállate! —grité, lanzando una descarga de hielo que estalló bajo sus pies, levantando una nube de cristales cortantes.

Pero ya era tarde.

Mi cabeza dolía tanto que apenas podía pensar.

Y entre la niebla de maná y nieve, lo vi de nuevo.

A Kyot.

Más joven. Sin cicatrices.

Sonriéndome en un campo de entrenamiento bajo la lluvia.

"Eres rápido, Cuervo, pero todavía no sabes cuándo parar."

"Y tú… hablas demasiado."

Ambos riendo.

Amigos.

Compañeros.

El presente se desmoronó.

La espada de hielo en mi mano tembló.

—Yo… te conocía —susurré, sin darme cuenta de que lo decía en voz alta.

Kyot se detuvo un segundo, respirando con dificultad.

Su fuego titiló.

—¿Qué dijiste?

—Tú… sonreías —murmuré, los ojos perdidos entre el pasado y el presente—. Entrenábamos bajo la lluvia. Dijiste que hablaba poco… y que te gustaba pelear solo para ver hasta dónde podías empujarme.

Kyot parpadeó, su expresión endureciéndose.

—Cállate. No… no intentes usar eso conmigo.

—No estoy fingiendo, Kyot. Lo recuerdo. Eras diferente. Todos lo éramos.

—¡Cállate! —rugió, lanzándose de nuevo.

Su fuego estalló, pero esta vez no lo esquivé.

El hielo se elevó frente a mí por instinto, y el choque nos separó con un estallido que arrancó árboles de raíz.

Ambos caímos, jadeando.

El bosque ardía y se congelaba a la vez.

Me levanté apenas, las manos cubiertas de escarcha.

Mi respiración era desigual, pero ahora el miedo había desaparecido.

Algo dentro de mí se rompió, de nuevo.

No con un sonido, sino con una sensación… como si una cadena que llevaba años oxidándose finalmente cediera.

El dolor desapareció.

El miedo también.

Solo quedaba el pulso.

La respiración.

El calor gélido que me recorría las venas como si mi sangre se hubiese convertido en agua helada.

El mundo se estrechó.

Ya no había bosque, ni fuego, ni nieve.

Solo Kyot.

Solo él.

Mis manos se movieron solas.

El maná fluyó desde mis brazos, congelándose en el aire, moldeándose en formas que no recordaba haber practicado jamás.

Dos dagas.

Largas, afiladas, transparentes como cristal y vibrando con energía.

No las conjuré.

No lo pensé.

Simplemente… aparecieron.

Kyot lo notó.

Lo vi sonreír, una mueca torcida entre admiración y locura.

—Así que… —dijo, su voz temblando de fuego— sí es verdad lo que dices. Tu mente no recuerda, tu cuerpo sí.

No respondí.

Solo avancé.

El suelo se quebró bajo mis pies, lanzándome hacia él como una ráfaga de escarcha.

Kyot bloqueó con su espada de fuego, pero el impacto lo hizo retroceder varios metros.

El hielo y las llamas explotaron entre nosotros.

Mis movimientos eran distintos, más rápidos, más precisos.

No era mi estilo.

No era la magia que había aprendido con Garren.

Era algo… mucho más viejo.

Cada golpe, cada giro, cada estocada me llegaba como un eco de otra vida.

Los reflejos no eran míos.

Pero mi cuerpo los recordaba con una perfección aterradora.

Kyot se reía mientras contraatacaba.

—¡Así era! ¡Así peleabas antes! ¡Con esa mirada vacía, con esa rabia que helaba hasta el alma!

Giré sobre mi eje, esquivando una ráfaga de fuego que quemó mi camisa.

Mi rodilla impactó en su abdomen, lo elevé con un golpe ascendente, y antes de que tocara el suelo lancé una daga que rozó su mejilla, dejando una línea helada que empezó a cubrirle la piel.

Kyot escupió sangre.

Su fuego creció, devorando el aire.

—¡No te atrevas a usar esas técnicas si no sabes lo que son! ¡No entiendes lo que estás despertando!

Mi voz salió más fría que el viento.

—No necesito entenderlo. Solo detenerte.

El suelo se partió.

El bosque entero parecía temblar con nosotros.

Los árboles se doblaban por la presión mágica, la nieve se derretía y volvía a congelarse una y otra vez, atrapada entre los extremos de nuestras magias.

Las dagas en mis manos se cubrieron de runas.

Runas que no conocía.

Runas que mi cuerpo dibujó por sí solo.

Y cuando volví a lanzarme, algo dentro de mí río.

No era mi risa.

Era una voz enterrada, ronca, susurrante.

"La danza del frío eterno… Qué irónico verte usarla sin alma."

Un destello.

Un recuerdo fugaz:

Un salón de piedra.

Sombras con capas negras.

Y yo, rodeado de cuerpos, con esas mismas dagas brillando de azul.

Una figura encapuchada me observaba desde un trono.

"Cuervo, la muerte no es crueldad. Es pureza."

Mi respiración se detuvo un segundo.

Y cuando volví a ver a Kyot, sus ojos estaban llenos de furia… y miedo.

Una danza mortal de hielo y fuego.

Él atacó, yo respondí, y el mundo se redujo a ese instante eterno de colisión.

El fuego rugió, el hielo gritó.

Y en el centro de ambos… mi mente se oscureció por completo.

No sentí dolor, ni emoción, ni duda.

Solo instinto.

More Chapters