[Eiren]
Pasaron varios días desde que dejamos el claro donde los encapuchados habían atacado. Dormí casi un día entero, algo que al día siguiente expliqué mientras cabalgábamos a Rodrigo y sus hijas.
—Nunca había visto a alguien dormir tanto —dijo la chica, con cierta curiosidad mientras acariciaba el lomo del caballo.
—Cuando excedo mi poder… —respondí, moviendo un poco mis dagas de hielo en la mano mientras el frío no me afectaba—…mi cuerpo se cansa. Necesito dormir para recuperar mis energía y no arriesgarme a perder control.
—¿Exceder tu poder? —preguntó Cloe, la hija menor del marqués, con los ojos abiertos de par en par—. ¿Es como cuando usamos magia y nos agotamos?
—Algo así, pero… más intenso —dije con un pequeño suspiro—. Por eso siempre debo cuidar mis límites.
Rodrigo, al frente del carruaje, miró de reojo y suspiró.
—Debo admitir que estoy sorprendido por tu habilidad. He visto muchos magos, pero no tantos que puedan manejar la magia de esa manera. No sé cómo lo haces.
—Es cuestión de entrenar —respondí mientras sentía la brisa helada sobre mi rostro—. Se necesita tiempo y concentración.
Cabalgábamos durante horas, deteniéndonos solo para descansar y permitir que los caballos comieran. Yo no sentía frío, como siempre, y mientras ellos descansaban, jugaba con mis dagas de hielo, haciendo pequeños giros y lanzamientos sin apuntar a nadie, solo para mantener la destreza activa.
—Nunca dejas de sorprenderme —comentó Maylen mientras bajaba de la carreta para dejar que su caballo comiera—. Incluso mientras nosotros descansamos, tú sigues entrenando.
—Debo mantener mis habilidades afiladas —dije, dejando que una de las dagas se quedara levitando entre mis manos por un instante antes de atraparla de nuevo.
Rodrigo suspiró y bajó la voz.
—Hace dos años… una enfermedad me atacó y se me hizo imposible reunir mana. Ni un solo hechizo. He intentado todo y no conseguí nada. Y como debo mantener el poder político y mágico, esta debilidad ha sido un gran problema.
—Entiendo —respondí, inclinando un poco la cabeza—. Debe ser difícil mantener el equilibrio y asegurar que tu linaje siga en poder.
—Sí —dijo Rodrigo, con cierta tristeza en la mirada—. Mi hijo mayor es solo dos años mayor que Maylen. Aún debe terminar sus estudios antes de heredar el puesto, y mientras tanto, debo cuidar tanto de mi título como de mi familia. No es fácil… pero debo intentarlo.
Los días siguientes siguieron con la misma rutina: cabalgábamos desde el amanecer, descansábamos algunas horas y luego retomábamos el camino. Yo me mantenía siempre alerta, sin dejar que la guardia bajara, aunque el frío nunca me afectara.
—¿Nunca sientes frío? —preguntó Maylen mientras montaba de nuevo en su caballo—. Incluso cuando la nieve se derrite y el viento sopla…
—No —dije mientras palmeaba el cuello de mi caballo—. He aprendido a soportarlo. Pero eso no significa que no deba descansar.
Finalmente, después de varios días de viaje, los muros de la ciudad del Este se alzaron ante nosotros, visibles a lo lejos, como una fortaleza brillante bajo el sol de la mañana.
—Ahí está —dijo Rodrigo, con un ligero alivio en su voz—. Es la ciudad del Este. Por fin llegamos.
Maylen y su hermana miraban con asombro los muros, mientras yo, cabalgando frente al carruaje, sentía cómo la emoción comenzaba a surgir por el reencuentro con lo que buscaba: mi próximo paso hacia el conde Vion y todo lo que implicaría.
—Prepárense —dije con calma, aunque mi corazón latía con fuerza—. Vamos a entrar en la ciudad.
—¿Estás seguro que puedes con esto solo? —preguntó Rodrigo, aún preocupado por la seguridad de sus hijas.
—Sí —respondí, ajustando mis dagas—. No se preocupen. Yo me encargo de todo lo demás.
El carruaje avanzó lentamente hacia las puertas de la ciudad, con el murmullo de la gente a lo lejos, y yo no podía evitar anticipar lo que nos esperaba al otro lado.
Las puertas de la ciudad del Este se alzaban frente a nosotros, con sus muros de piedra gris reflejando la luz pálida del mediodía. Había una larga fila de comerciantes, campesinos y viajeros esperando su turno. El sonido de los cascos del caballo retumbaba contra el suelo empedrado mientras avanzábamos.
Cuando llegamos frente a los guardias, uno de ellos levantó la mano.
—Identificaciones, por favor.
El marqués abrió una pequeña cartera de cuero, sacando varios documentos.
—Aquí las nuestras —dijo con su tono firme y educado—. Yo soy el marqués Rodrigo Shtile, estas son mis hijas, Maylen y Cloe, y los caballeros de mi escolta.
Yo, sin decir mucho, extendí mi identificación como aventurero. El guardia la tomó, la miró un instante y levantó una ceja.
—Aventurero de rango C... Eiren del Oeste, ¿eh? —me miró un segundo más, pero luego asintió y nos devolvió los documentos—. Todo en orden. Bienvenidos a la ciudad del Este.
El marqués se asomó por la pequeña ventana del carruaje mientras pasábamos la gran puerta.
—Iremos a la casa del conde Vion —me dijo—. Allí hablaremos con él sobre nuestro alojamiento y algunos asuntos de estado.
—Entiendo —respondí, montado aún en mi caballo, avanzando junto al carruaje.
Las calles eran amplias, llenas de puestos, olores y voces que se entremezclaban con el sonido de las ruedas sobre la piedra. Era una ciudad viva, mucho más grande que aquella donde me reencontré con Leo y su grupo. Miraba alrededor, sin mucha emoción, pero observando los rostros, las fachadas y los emblemas tallados en los edificios.
Después de un largo recorrido, llegamos frente a una mansión de altos muros y rejas de hierro negro. Había guardias en la entrada y un jardín cubierto aún por restos de nieve. Algunos trabajadores retiraban la escarcha de los arbustos y despejaban los caminos de piedra.
El carruaje se detuvo. Los guardias se adelantaron y cruzaron las lanzas.
—Alto ahí. Identifíquense o muestren una invitación —ordenó uno de ellos.
El marqués abrió la puerta del carruaje y bajó con elegancia, saludando con un leve movimiento de cabeza.
—Soy el marqués Rodrigo Shtile. He venido a hablar con el conde Vion.
Los guardias intercambiaron miradas, y luego uno de ellos señaló hacia mí.
—¿Y él? —preguntó con tono desconfiado.
Yo avancé un poco con el caballo.
—Eiren —dije —. Vengo del oeste.
El guardia alzó una ceja, y yo continué mientras sacaba una carta doblada y sellada con un viejo emblema de cera.
—Hace unos diez meses, la segunda hija del conde Vion, la aventurera Lady Keny Vion, viajó hacia el oeste con un grupo de aventureros y soldados del noble de esa región. Antes de partir, me entregó esta carta, en la que me extendía una invitación para un patrocinio. Me indicó que, si algún día aceptaba, viniera aquí personalmente y, en caso de que ella no estuviera, entregara la carta al conde. Por ahora, acompaño al marqués como su guardaespaldas.
El guardia tomó la carta, miró el sello y murmuró algo.
—Es la letra de Lady Keny... —dijo, tras comparar el trazo con lo que parecía ser un registro. Luego se giró hacia sus compañeros—. Ábranles paso.
Las puertas del portón se abrieron lentamente, dejando ver el amplio camino que llevaba hasta la entrada principal de la mansión. Un guardia avanzó delante de nosotros para guiarnos.
Minutos después, nos detuvimos frente a las grandes puertas de madera. El guardia se apresuró a entrar, dejando al grupo afuera. El aire era fresco, y se sentía el olor de la madera húmeda y la tierra fría.
No pasó mucho tiempo antes de que las puertas se abrieran de nuevo. Un guardia salió, seguido de una figura femenina vestida con un abrigo oscuro. Su cabello negro caía hasta los hombros, y sus ojos del mismo tono parecían igual de serenos que la última vez que los vi.
Keny.
—Por fin vino ese enano helado —dijo con un tono de burla apenas disimulado—. ¿Dónde está?
La miré desde donde estaba, aún sobre mi caballo.
—Keny, aquí —respondí.
Ella giró la cabeza, buscándome, y cuando me encontró, abrió los ojos de par en par.
—Por los dioses... Eiren —exclamó, acercándose unos pasos—. Estás tan diferente que ni siquiera te reconocí.
—Te advertí que recordaras mi aspecto —le dije con calma—. No quería que pensaras que era un impostor.
Ella me observó unos segundos más, incrédula, antes de sonreír.
—Sigues igual de serio, al menos. —Luego negó con la cabeza—. Vaya cambio, Eiren. Si no fuera por tu voz, habría jurado que eras otra persona.
Bajé del caballo, inclinándome un poco hacia ella.
—Es un gusto volver a verla, Lady Keny.
—Por favor, levántate —dijo rápidamente, haciendo un gesto con la mano—. No me trates así.
—Como desees —respondí, enderezándome—. Debo recordar que el marqués también vino conmigo.
Keny se giró de inmediato hacia el carruaje, donde el marqués observaba con una expresión mezcla de sorpresa y cortesía.
—¡Oh! Tiene razón. Qué falta de modales de mi parte. —Se acercó con pasos elegantes y se inclinó ligeramente—. Mil disculpas, marqués. Soy Keny Vion, segunda hija del conde Vion. Es un honor recibirlo en nuestra casa.
El marqués sonrió amablemente.
—El honor es mío, Lady Keny. Y agradezco su hospitalidad.
—Por supuesto. Por favor, pasen. El conde los estará esperando en la sala de estar —dijo Keny con una sonrisa amable, antes de girarse hacia mí—. Tú también pasa, Eiren. Podemos hablar cuando terminen con el marqués.
Asentí.
—Está bien. No tengo prisa.
Ella asintió, y los guardias se apartaron, dejando que el carruaje avanzara hasta las escaleras de la entrada. Caminé a su lado, viendo cómo los rayos del sol se reflejaban en los ventanales de la mansión. Todo era elegante, ordenado, y aun así, frío... como una casa que escondía demasiadas historias.
Mientras cruzábamos el umbral, Keny me susurró apenas:
—Nunca pensé que volvería a verte.
Le respondí sin mirarla.
—Tampoco yo. Pero el mundo es grande... y los caminos siempre se encuentran.
Ella sonrió, casi nostálgica.
—Sí...
Y así, entramos al dominio del conde Vion.
***
[Keny]
Caminaba al frente, guiando al marqués Rodrigo Shtile, a sus hijas Maylen y Cloe, y detrás de todos, a Eiren.
Podía sentir su mirada silenciosa recorriendo el pasillo, pero no me atrevía a girarme. Todavía no me acostumbraba a verlo así.
Hace diez meses su cabello era negro, con un solo mechón plateado que brillaba bajo la luz de la luna. Ahora… su cabello era una mezcla de ambos tonos, un equilibrio imposible entre la noche y el invierno.
Y sus ojos…
Ya no eran negros.
Eran de un azul tan pálido que parecía hielo tallado por dioses.
No sabía qué había pasado con él en aquel pueblo del oeste. En su carta nunca lo mencionó, solo me habló de un viaje, de estudios mágicos y de silencio. Pero algo cambió. Y no era solo físico. Había algo más, algo que percibí en el aire cuando me miró… una calma inquietante.
—Por aquí, por favor —dije, empujando suavemente las grandes puertas dobles de la sala de estar.
Mi padre, el conde Vion, ya los esperaba junto a mi hermano mayor, Arlen. Ambos se levantaron de sus asientos al vernos entrar.
—Marqués Rodrigo Shtile —dijo mi padre con su tono grave y educado, inclinándose apenas—. Su visita es inesperada, pero siempre bienvenida.
—Conde Vion —respondió el marqués, devolviendo la reverencia con la misma cortesía—. Lamento llegar sin aviso. Las circunstancias me obligaron a ello.
—No hay de qué disculparse. Por favor, tome asiento, usted y sus hijas.
El marqués y sus hijas se sentaron en los sillones de terciopelo azul frente a la chimenea. Eiren, por supuesto, se quedó de pie detrás de él, en posición de guardaespaldas. Su expresión era tranquila, aunque percibí la tensión en sus hombros.
Mi hermano fue quien rompió el silencio.
—¿Podemos saber la razón de su visita, marqués?
El marqués asintió despacio.
—Vine a la ciudad por asuntos comerciales, algunos… que no son de mi jurisdicción directa, pero que requerían mi presencia. Sin embargo, hace unos días, mientras viajábamos por el camino norte, fuimos atacados.
—¿Atacados? —preguntó mi padre, sorprendido.
—Sí —continuó el marqués—. No estoy seguro si fueron bandidos o asesinos contratados, pero eran organizados. Perdimos a dos de nuestros cinco guardias.
Cloe, la hija menor, bajó la mirada. Maylen apretó los puños, aún afectada.
—Lamento mucho su pérdida —dijo mi padre sinceramente.
—Gracias. —El marqués respiró hondo antes de continuar—. En vista de eso, busco un lugar seguro donde mis hijas puedan quedarse mientras concluyo mis deberes aquí en la ciudad. He pensado que el conde Vion podría ofrecerles alojamiento temporal.
Mi padre no dudó.
—Por supuesto. La casa de los Vion está abierta para usted y su familia, marqués. Serán nuestros invitados mientras lo necesiten.
—Se lo agradezco, conde. —Rodrigo inclinó levemente la cabeza.
Por un momento, pensé que ahí acabaría la conversación, pero el marqués se recostó un poco en el sillón y me miró de reojo, como si meditara algo.
—También hay otra cosa —dijo al fin.
Mi padre lo observó con curiosidad.
—¿Otra cosa?
—Sí. —El marqués giró un poco la cabeza hacia atrás, mirando a Eiren—. Tiene que ver con el joven que está detrás de mí.
Yo sentí cómo mi atención se afilaba de inmediato.
—Durante el ataque, él nos salvó. A mí, y a mis hijas —continuó Rodrigo con tono firme—. De no ser por él, ninguno de nosotros estaría aquí. Su intervención fue… impresionante. No tengo otra palabra.
Mi padre arqueó una ceja, volviendo su mirada hacia Eiren.
—¿Ese joven los salvó?
—Así es. —El marqués asintió—. Sé que vino al este buscando reunirse con usted, conde. Dijo tener una carta suya o de su familia, una especie de invitación o patrocinio.
Ahí fue cuando hablé.
—Es verdad, padre. —Todos se giraron hacia mí—. Él es el chico del que le hablé hace un tiempo, cuando regresé de una de mis misiones. El mismo al que le ofrecí un patrocinio en nombre de nuestra casa, por su habilidad y control mágico.
Mi hermano entrecerró los ojos, estudiándolo.
—Así que él es Eiren.
—Sí —respondí—.
Mi padre asintió lentamente.
—Recuerdo que me lo mencionaste. Dijiste que era… "inusual", creo que fue la palabra.
—Lo sigue siendo —susurré, apenas audible.
Eiren no dijo nada. Permanecía de pie, recto, con las manos detrás de la espalda. Había algo en su quietud que imponía respeto, incluso sin buscarlo.
El marqués continuó:
—Por eso quería proponer algo, conde.
—¿Ah, sí? —preguntó mi padre, intrigado.
—Sí. Quisiera recompensarlo por lo que hizo por mí y mis hijas. No con dinero… sino con un patrocinio formal bajo mi nombre.
Mis ojos se abrieron ligeramente.
—¿Patrocinarlo usted? —pregunté sin poder evitarlo.
—Exacto —dijo Rodrigo con calma—. Sé que ya tiene un lazo con su casa, conde, pero mi propuesta es simple: quiero reconocerlo oficialmente como un aventurero bajo mi patrocinio. Eso no impediría que siga colaborando con usted, ni que se mantenga libre.
—¿Y cuál sería el beneficio de eso? —preguntó Arlen con tono cauto.
—Prestigio, conexiones y protección. —El marqués lo miró directamente—. Podría integrarse a las filas de su condado, sin que yo lo reclame como uno de mis hombres. Sería, digamos… un patrocinio honorario. Una manera de agradecerle sin interferir en su rumbo.
Mi padre apoyó el mentón en su mano, pensativo.
—Hmm… Un arreglo poco común, pero no imposible. —Miró hacia mí—. ¿Qué opinas, Keny?
—Creo que es justo —respondí—. Y, además, habla bien de Eiren que un noble de su rango quiera reconocerlo.
Mi padre asintió, sonriendo levemente.
—Entonces estamos de acuerdo. Pero quiero oír la opinión del propio interesado. —Dirigió su mirada a Eiren—. Joven, ¿acepta usted el ofrecimiento del marqués Rodrigo Shtile?
Eiren levantó la vista, y su voz fue tranquila, pero firme.
—Acepto, conde. No esperaba nada a cambio de lo que hice, pero… si eso me permite servir mejor, no tengo motivo para rechazarlo.
El marqués sonrió satisfecho.
—Entonces está decidido. —Extendió la mano hacia Eiren—. A partir de hoy, serás reconocido como aventurero bajo el patrocinio del marqués Shtile.
Eiren dio un paso al frente y estrechó su mano.
—Lo agradezco.
Yo los observaba, en silencio. Y, por alguna razón, sentí algo extraño al verlo allí. Había cambiado tanto… y aun así, seguía siendo él.
Mi padre rompió el silencio.
—Perfecto. Entonces, marqués, que su familia descanse. Keny, encárgate de que les preparen habitaciones.
—Sí, padre —respondí, inclinando la cabeza.
Y mientras todos se ponían de pie, mis ojos se cruzaron con los de Eiren.
Fríos. Tranquilos.
Pero detrás de ese hielo… había algo que conocía demasiado bien.
Solo quedábamos mi padre, mi hermano Kyle, Eiren… y yo.
El fuego en la chimenea chisporroteaba suavemente. El conde se recostó en su asiento, mirándolo con esa calma que usaba cuando evaluaba a alguien sin decirlo abiertamente.
—Puedes sentarte, muchacho —dijo mi padre con tono cordial.
—Prefiero quedarme de pie, milord —respondió Eiren con ese tono sereno que tanto lo caracterizaba.
Mi padre asintió, sin insistir.
—Bien. Empecemos con algo sencillo. Dime, Eiren… ¿qué clase de magia manejas exactamente?
—Hielo —respondió sin dudar—. Es lo único que sé usar con precisión.
—¿Solo hielo? —preguntó Arlen, cruzando los brazos—. No es una magia común, ni fácil de dominar. Requiere control emocional, equilibrio.
—Supongo que sí —dijo Eiren, mirando el fuego con una leve sonrisa—. Aprendí a controlarla… a la fuerza.
Mi padre ladeó la cabeza.
—¿Y tus padres? ¿O tu familia? ¿De dónde vienes?
Hubo una pausa.
Una de esas que parecen eternas.
Eiren bajó la mirada, luego la levantó con una serenidad que me inquietó.
—No lo sé con certeza. Hace dos años tuve un incidente… —dijo despacio, como si eligiera cada palabra—. Perdí la memoria.
—¿La memoria? —repetí, sorprendida.
—Sí. Fui encontrado en un río, medio muerto. Una familia de campesinos me salvó. Ellos… se convirtieron en mi familia adoptiva.
Mi padre asintió lentamente, interesado.
—Entiendo.
—Desde entonces —continuó— he vivido con ellos. Dos padres adoptivos, tres hermanos. Yo soy el segundo. No de sangre, claro, pero… —alzó una ceja apenas—, no deja de ser familia.
Había algo en su voz. No tristeza. Más bien, una gratitud sincera, casi humilde.
Era extraño ver a alguien con esa calma después de lo que decía.
—¿Y tu magia? —preguntó Arlen, observándolo con atención—. Dijiste que es de hielo. ¿La descubriste después de eso?
Eiren negó con la cabeza.
—No exactamente. —Hizo una breve pausa—. Cuando desperté, no recordaba nada, ni siquiera que poseía magia. Pero según mi familia adoptiva, mi cuerpo reaccionaba de forma… inusual. El frío no me afectaba. El agua a mi alrededor se congelaba. No lo entendía.
—¿Y cuándo la controlaste? —pregunto mi hermano, sin poder evitarlo.
Sus ojos se cruzaron con los míos por un instante, y sentí un escalofrío recorrerme.
—Hace diez meses —respondió finalmente—. Una bestia atacó el almacén donde trabajábamos. Mi hermano mayor quedó atrapado, y… por salvarlo, mi magia se reactivó.
Mi padre asintió, con gesto reflexivo.
—Así que fue un despertar provocado por una situación extrema. Bastante común entre los magos con potencial latente.
—Quizá —respondió Eiren con una media sonrisa—. Aunque a veces pienso que no fue solo eso.
Yo recordaba ese detalle. Me había contado parte de eso cuando le extendí la carta del patrocinio. Pero escucharlo decirlo así… con esa calma, después de todo lo que había pasado, me hizo sentir algo distinto.
Mi hermano fue el siguiente en hablar.
—Entonces, ¿por qué aceptaste venir aquí, Eiren? Pudo haber sido cualquier otra ciudad, cualquier otro maestro o casa noble. ¿Por qué aceptar el patrocinio de mi hermana?
Eiren se quedó callado un momento. Luego suspiró.
—Porque… hace tres meses tuve otro incidente. —Su voz bajó ligeramente—. Uno que me obligó a usar todo mi poder.
Mi padre lo observó con atención.
—¿Qué clase de incidente?
—Una pelea —dijo sin rodeos—. Con alguien de mi pasado. No sé quién era, pero… en medio del combate, algo en mí… despertó.
—¿Despertó? —pregunté, acercándome un poco.
—Sí. —Su mirada se endureció apenas—. Mi memoria. O parte de ella, al menos.
El silencio se apoderó del lugar. Solo el fuego rompía el aire quieto.
—¿Qué recordaste? —preguntó mi padre finalmente.
Eiren respiró profundo.
—Recordé… que hace casi diez años, fui atacado junto a mi madre. No sé por quién, pero eran muchos. Nos separaron cuando caí por un acantilado. —Su voz se volvió más baja—. Pensaron que había muerto. Pero sobreviví.
Me llevé una mano al pecho sin darme cuenta.
—Después de eso —continuó—, me encontraron otros viajeros. Estuve con ellos un tiempo… hasta que, nos separamos. En una pelea… una bastante grande, terminé herido. Y ahí fue donde perdí la memoria.
—Y ahora la estás recuperando —dijo Arlen, más como una deducción que una pregunta.
—Poco a poco —respondió él.
Mi padre lo miró en silencio durante un largo momento, con ese gesto medido que usaba cuando analizaba a alguien.
—Y dime, Eiren —dijo finalmente—, ¿qué esperas lograr con este patrocinio ahora?
Eiren bajó la mirada un instante, luego la sostuvo con decisión.
—No busco solo mejorar mi magia o entrar a una academia prestigiosa —dijo con voz firme—. Estoy aquí porque necesito ayuda para encontrar a mi madre. Y, si es posible… al resto de mi familia.
Mis labios se entreabrieron.
—¿Tu madre? —repetí suavemente.
—Sí. —Asintió—. No sé si está viva, pero… si logro entrar a una academia importante, o llamar la atención en algún círculo mágico, puede que ella… o alguien de mi familia, me reconozca.
El fuego iluminaba su rostro desde abajo, resaltando los tonos plateados y negros de su cabello.
Mi padre lo observó, pensativo, y al cabo de unos segundos sonrió.
—Tienes un propósito claro, muchacho. Me gusta eso. —Se inclinó hacia adelante—. No todos los que buscan poder lo hacen por algo tan humano.
Eiren bajó la cabeza en señal de respeto.
—Gracias, milord.
Mi hermano habló con tono más ligero.
—Entonces, lo que buscas no es poder… sino un camino hacia tu origen.
—Algo así —respondió él.
—Y crees que con nuestra ayuda lo lograrás —dijo mi padre, más afirmando que preguntando.
—Creo —dijo Eiren con una sonrisa apenas visible— que con la ayuda adecuada, todo es posible.
El silencio volvió a la sala. Esta vez no era incómodo, sino pesado.
Mi padre se recostó nuevamente, cruzando los brazos.
—Tienes mi apoyo, Eiren. —Su voz fue firme, casi solemne—. Mientras estés bajo mi techo, tendrás los recursos que necesites. Y Keny —me miró directamente—, tú te encargarás de él.
—Por supuesto, padre —respondí de inmediato, aunque por dentro sentí el corazón acelerarse.
Eiren asintió, inclinándose levemente.
—Agradezco su generosidad, conde Vion. No la olvidaré.
—Más te vale —bromeó Kyle, riendo apenas—. Mi hermana no suele tener paciencia con los aprendices.
Eiren lo miró con una media sonrisa tranquila.
—Lo tendré en cuenta.
Mi padre se levantó.
—Entonces está decidido. Eiren, descansa por hoy. Mañana hablaremos con más calma sobre tu ingreso y tu entrenamiento.
—Entendido, milord.
Cuando mi padre y Kyle salieron, Eiren y yo quedamos solos. Por primera vez desde que lo vi en la puerta.
El silencio pesó.
Me quedé observándolo por un momento. El brillo de sus ojos —ese azul pálido que casi parecía iluminarse con la luz del fuego— me desconcertaba. Finalmente hablé:
—Eiren… —dije suavemente—, puedo preguntar algo sin que te ofendas.
Él alzó apenas una ceja, sin moverse. —Puedes.
—Cuando hablaste con mi padre, dijiste muchas cosas, pero… —crucé los brazos, buscando mis palabras— siento que no fue toda la verdad. No te estoy acusando, pero conozco a la gente lo suficiente para saber cuándo están dejando cosas fuera.
Él bajó la mirada unos segundos. El fuego se reflejaba en sus pupilas como un hielo que se derrite muy lentamente.
—Tienes razón —murmuró finalmente—, no fue toda la verdad.
—Lo sabía. —Me incliné un poco hacia él—. Entonces… ¿qué es lo que no dijiste?
Hubo un silencio breve. El tipo de silencio que pesa. Luego suspiró y caminó hasta la ventana, mirando hacia los jardines donde la nieve aún cubría parte del césped.
—Después de que me separé de mi madre —empezó, su voz sonó más baja, más fría—, no estuve solo mucho tiempo. Fui encontrado… por un grupo. Una orden, para ser exactos. Se hacían llamar el Cuervo Escarlata.
Ese nombre me hizo fruncir el ceño. Nunca lo había escuchado, pero el modo en que lo dijo, tan cargado de precaución, me dejó claro que no era algo que debiera tomarse a la ligera.
—¿El Cuervo Escarlata? —repetí en voz baja—. No me suena, pero no parece algo… bueno.
Él sonrió, sin humor. —No lo es. Y no quiero que averigües nada. Ni tú, ni tu familia, ni nadie. Para ellos… yo estoy muerto. Y prefiero que siga siendo así.
Me quedé callada unos segundos. Podía ver cómo se tensaban sus hombros, la forma en que apretaba los puños al recordar. No era simple miedo, era algo más profundo, más viejo.
—¿Qué pasó con esa orden? —pregunté, casi en un susurro.
—Fui inculpado —dijo él sin dudarlo—. Por alguien dentro de la orden. No sé quién, ni por qué. Me acusaron de traición, y la sentencia fue inmediata. Me atacaron, casi hasta matarme. Logré sobrevivir… apenas. Me protegí, huí, y… ahí fue cuando lo perdí todo. Mi memoria.
Su voz se quebró apenas al final, pero enseguida la recompuso, firme, contenida.
—Así que… —dije con cuidado— lo que dijiste sobre ser encontrado en un río medio muerto… era verdad, solo que omitiste quién te había dejado así.
Él asintió. —No quería que tu padre escuchara. No quería que ninguno de ustedes se viera involucrado. La orden… no es algo con lo que se deba jugar.
Me crucé de brazos, apoyándome en la mesa cercana. —Y hace tres meses, dijiste que alguien te reconoció. ¿Era uno de ellos?
Eiren asintió, su mirada endureciéndose. —Sí. Alguien que todavía creía en la mentira. Me atacó sin dudarlo. Si no me defendía… no estaría aquí. —Sus ojos se apartaron de los míos—. Después de esa pelea, fue cuando los recuerdos comenzaron a volver.
Lo miré un buen rato. El fuego seguía crepitando, y por un instante, el silencio volvió a llenarlo todo. Era difícil imaginarlo como parte de una orden así… pero más difícil aún imaginar lo que debió haber pasado para que un niño terminara en un lugar así.
—Eiren… —dije finalmente, acercándome unos pasos—, tu madre me contó que eras adoptado, pero nunca me dijo más. Supongo que quiso respetar tu privacidad, o que tú mismo le pediste no hablarlo.
Él asintió sin mirarme. —Liana fue buena conmigo. Muy buena. No quise preocuparla con nada de esto.
—Lo entiendo —le dije suavemente—. Pero… gracias por ser sincero.
Por primera vez, Eiren levantó la vista, y aunque su expresión seguía fría, había en ella algo distinto, algo más humano, más frágil.
—Te pediré algo, Keny —dijo con voz baja, casi un ruego disfrazado de advertencia—. No pronuncies el nombre de esa orden. No lo busques, ni siquiera lo menciones de nuevo. Si lo haces, podrías atraer atención no deseada. Para ellos, estoy muerto, y quiero que siga así. Hasta que decida que no sea así.
Asentí despacio. —Lo prometo.
—Gracias. —Eiren se enderezó un poco, y su mirada volvió a ser la de siempre—. Solo busco… encontrar a mi madre. Si está viva. Si hay una mínima posibilidad, la seguiré.
—Entonces la encontrarás —le dije con convicción—. Y si puedo ayudarte, lo haré.
Él me miró en silencio por un largo instante, y luego asintió apenas.
—Supongo que no podría detenerte aunque lo intentara.
Sonreí, sin poder evitarlo. —Exactamente.
Eiren soltó una breve risa, la primera que le escuchaba en mucho tiempo. Fue suave, breve… pero suficiente para romper el hielo entre nosotros.
Por un momento, ninguno habló. Solo el fuego, el sonido del viento afuera, y la tenue sensación de que, tal vez, por fin, me estaba mostrando quién era realmente.
—Gracias, Keny —dijo al final, dándome la espalda para mirar la ventana—. No por escucharme… sino por no juzgarme.
—No te equivoques —respondí con una media sonrisa—, te juzgaré después, cuando me cuentes todo lo que omitiste aún.
Él giró la cabeza, y su expresión divertida fue suficiente para que supiera que la herida seguía viva, pero que por lo menos… ya no estaba solo.
