Cherreads

Chapter 39 - Capitulo 38

[Eiren]

El aire se volvió cortante, lleno de escarcha y olor a hierro.

El primer movimiento lo hizo él, no yo. El tipo del viento —ese con la sonrisa arrogante y la espada envuelta en corrientes invisibles— se impulsó hacia adelante, dejando un rastro de hojas flotando en espiral.

—¡Eso es suicida! —gritó, alzando la espada mientras el aire se comprimía a su alrededor.

El viento rugió como una bestia encadenada.

—Ya veremos quién es el estúpido —murmuré.

En su hoja apareció un círculo de maná, girando con fuerza, canalizando la presión hasta que el filo cortó el aire con un silbido.

Un tajo de viento salió disparado hacia mí, arrancando trozos de tierra y ramas a su paso.

No tuve tiempo para pensar; crucé mis dagas frente a mí, y el hielo se extendió por mis brazos, reforzando el metal, creando una capa transparente que brillaba con un tono azulado.

—¡Vamos! —gruñí, moviendo los nodos con fuerza.

El impacto fue brutal.

El corte de viento chocó contra mi defensa, astillando el hielo, levantando una nube blanca.

El suelo se resquebrajó bajo mis pies, pero aguanté, los músculos tensos, los brazos ardiendo por el retroceso.

—¿Qué…? —el hombre del viento me miró con incredulidad—. ¡Bloqueaste eso de frente!

Bajé los brazos lentamente. El hielo roto cayó en trozos, sonando como cristales que se desmoronan.

Y sonreí.

—Sí… y ahora es mi turno.

—¡Atrás! ¡Cuidado! —gritó de repente el del hacha, pero ya era tarde.

El suelo bajo el hombre del viento estalló en estacas de hielo, alzándose como lanzas desde la tierra.

No tuvo tiempo de moverse.

El hielo le atravesó el abdomen, el pecho, el cuello.

Sus ojos se abrieron con un parpadeo vacío.

Y antes de que el cuerpo terminara de desplomarse, yo ya me había movido. Con un giro limpio, corté su cuello con una de las dagas.

El sonido fue seco.

El cuerpo cayó, el aire se llenó de escarcha y silencio.

Por un instante, lo observé.

Sangre y vapor salían del hielo.

Y dentro de mí… nada.

Ninguna culpa, ningún temblor.

Solo respiré hondo.

—…uno menos.

El del hacha rugió, los ojos rojos de furia.

—¡Maldito asesino! ¡Te voy a partir en dos!

Su arma golpeó el suelo, y círculos mágicos comenzaron a aparecer a su alrededor: en la tierra, en el aire, girando en distintas direcciones.

El maná de tierra se alzó como una marea densa, vibrando, y rocas flotantes comenzaron a orbitarlo.

—Tierra, ¿eh? —murmuré, dando un paso atrás—. Interesante combinación.

—¡Muere! —bramó, impulsándose hacia mí.

El suelo explotó bajo su avance. Trozos de piedra salieron despedidos, y una muralla se alzó intentando cerrarme el paso.

Yo corrí en diagonal, esquivando.

El aire frío seguía acompañándome, y los nodos dentro de mí giraban con fuerza, alimentando cada movimiento.

—¡Demasiado lento! —grité.

Salté hacia un lado, girando sobre mi eje, y con toda la fuerza acumulada clavé una daga en el suelo.

El hielo respondió al instante.

Una ola gélida se expandió en todas direcciones, cubriendo la hierba, los troncos y hasta el aire mismo. El sonido del hielo al crecer era como un rugido contenido.

Uno de los encapuchados gritó:

—¡Lo hizo sin cántico…! ¡Sin maldito cántico!

El del hacha se cubrió, recitando apresuradamente un hechizo. Círculos terrosos lo envolvieron, formando una coraza pétrea.

El hielo chocó contra él con un estruendo.

—¡Agh! —gruñó, arrastrado varios metros atrás, hasta estrellarse contra un árbol.

La barrera de tierra resistió parte del impacto, pero se quebró, y el suelo bajo sus pies quedó cubierto por una capa espesa de escarcha.

El resto de los encapuchados retrocedió, mirando la escena con una mezcla de miedo y desconcierto.

Uno murmuró en voz baja:

—Ese tipo… no es un simple mago.

Yo me enderecé, el vapor saliendo de mi boca. Las dagas seguían brillando, el maná pulsando en ellas como un corazón helado.

—Les daré una oportunidad —dije, mi voz resonando fría, casi inhumana—. Suelten las armas, liberen a esas personas… y tal vez los deje ir.

El del hacha se incorporó tambaleante, con una carcajada seca.

—¿Dejarnos ir? —escupió sangre—. No sabes con quién te metes, muchacho.

Levantó el arma.

El círculo bajo sus pies volvió a encenderse.

La tierra tembló.

Yo di un paso adelante.

—No, tú no sabes con quién acabas de despertar.

El aire se quebró en un sonido seco, como cristal resquebrajándose.

Respiré hondo, el vapor escapando de mis labios mientras sentía los nodos girar dentro de mí, vibrando como si fueran engranajes de un mecanismo antiguo.

—Veamos… segunda variación. —susurré para mí mismo, entrelazando el flujo del maná.

Los tres nodos secundarios se encendieron primero, girando en sentido inverso entre sí. Luego los dos principales se cruzaron con ellos, haciendo que una corriente gélida recorriese mi cuerpo. El suelo tembló, y una capa de escarcha azulada se expandió como una marea viva.

Los encapuchados retrocedieron, murmurando entre ellos.

—¿Qué está haciendo? —preguntó uno.

—¡Retrocedan! ¡El flujo de maná está subiendo! —gritó otro, con voz tensa.

Yo moví el torso, llevando una de las dagas hacia atrás, y luego corté el aire en vertical.

El hielo respondió con un rugido.

Del suelo emergió una línea curvada de estacas y cuchillas congeladas que se extendió en espiral, abriéndose paso hasta el grupo.

—¡Cúbranse! —gritó el del hacha.

El impacto fue devastador. Las estacas rompieron el suelo, levantando polvo y hielo, forzando a los encapuchados a dispersarse.

Yo no esperé a que se reagruparan.

Solté mis dagas.

Estas quedaron suspendidas en el aire, flotando frente a mí.

El maná en mis manos se agitó; las dagas se duplicaron… y luego se duplicaron otra vez, hasta formar un anillo de cuchillas que giraban lentamente, reflejando la luz del fuego distante.

—Veamos si pueden seguir el ritmo. —dije con una media sonrisa.

Moví los dedos, y las dagas salieron disparadas como flechas de hielo, cortando el aire con silbidos agudos.

Los enemigos levantaron muros de piedra, escudos mágicos, cualquier cosa que tuvieran a mano. El sonido del choque llenó el claro: metal contra hielo, fuego contra escarcha.

Pero no me quedé quieto.

Seguí moviéndome, sintiendo los nodos entrelazarse otra vez, esta vez más profundamente.

—Tercera variación… —murmuré.

El aire se volvió más denso.

La temperatura cayó de golpe.

Los nodos principales se mezclaron con los secundarios, trenzando el flujo del maná de manera caótica. El hielo en mis manos cambió de color, pasando del azul pálido a un tono azul fuego, una flama que no ardía, sino que congelaba el aire.

El poder vibró en mis brazos, en mis huesos.

Era lo mismo que había usado contra Kyot aquella vez.

Solo que ahora fluía con más control.

—¡Esa energía…! —gritó uno de los encapuchados, retrocediendo—. ¡Eso no es hielo normal!

—¡Es un mago de dos elementos! ¡Tiene fuego y hielo! —vociferó otro, alarmado.

Sonreí, alzando la mirada hacia ellos.

—Dos elementos, ¿eh? Si eso les hace sentir mejor… pueden creerlo.

La llama helada se agitó en mi mano.

Y luego la lancé.

La flama azul salió disparada en línea recta, dejando una estela de vapor blanco.

Uno de los encapuchados —un mago, por su postura— reaccionó levantando su mano. Un círculo de fuego carmesí apareció frente a él, y una llamarada densa salió al encuentro de la mía.

El aire rugió cuando ambas energías chocaron.

Durante un segundo, el fuego y el hielo parecieron equilibrarse… hasta que el mío comenzó a devorar el suyo.

—¿Qué… qué está pasando? ¡No puede ser! —gritó el mago, forzando su hechizo.

—¿De verdad crees… —le dije avanzando paso a paso— …que soy un mago de dos elementos?

El fuego azul se retorció como una serpiente y atravesó su defensa.

Lo alcanzó en el brazo, y el fuego dejó de arder, pero el hielo siguió creciendo.

La carne se volvió blanca, luego cristalina.

—¡Aaaagh! ¡Mi brazo! ¡No puedo moverlo! —gritó el encapuchado, cayendo de rodillas mientras su brazo se congelaba desde el hombro hacia abajo.

El resto retrocedió con miedo.

Y entonces, una sombra se movió detrás de mí.

—¡No te olvides de mí! —rugió una voz familiar.

El hombre del hacha reapareció, lanzándose desde un lado con el arma en alto. Su cuerpo emanaba un aura terrosa, su maná comprimido al máximo.

Sin girar del todo, respondí en voz baja:

—Jamás lo hice.

Dejé estallar mi maná.

Las llamas de hielo brotaron del suelo, expandiéndose como una flor gélida.

El hombre apenas alcanzó a ver cómo el fuego azul se alzaba bajo él, envolviéndolo desde los pies hasta la cabeza.

Su grito fue ahogado por el sonido del hielo cristalizándose.

En cuestión de segundos, su cuerpo se volvió una estatua de hielo azul brillante, detenido en medio del ataque.

Cerré los ojos, respirando profundo.

El fuego helado aún chispeaba sobre mi piel, danzando sin quemar.

Abrí los ojos otra vez, mirando al resto de los encapuchados, que observaban en silencio, paralizados entre miedo y desesperación.

—Aún pueden irse —dije, mi voz resonando firme—. No repetiré la oferta.

Uno de ellos murmuró, temblando:

—¿Qué demonio eres tú?

Sonreí apenas.

—Solo alguien que no debería estar aquí… pero lo está.

El silencio cayó sobre el claro.

El fuego azul se extinguió lentamente, dejando solo el sonido del hielo resquebrajándose y el humo del combate disipándose entre los árboles.

El aire se volvió pesado.

Los encapuchados —nueve ahora— rodearon el claro, moviéndose de un lado a otro, girando, cruzando posiciones con rapidez. Su coordinación era precisa, como si hubiesen entrenado ese patrón una y otra vez.

—No creas que escaparás, maldito… —gruñó uno de ellos, su voz distorsionada bajo la capucha.

—Te juro que lo pagarás, entrometido —agregó otro, apretando los puños cubiertos de runas.

Yo los miré con calma, girando apenas el cuello hacia los tres soldados plateados detrás de mí.

—Soldados, hagan su trabajo —dije, sin alzar la voz.

Uno de ellos parpadeó, sorprendido.

—¿Qué?

—Protejan a esas tres personas. —Señalé con el pulgar a la familia acorralada tras ellos—. De lo demás… me encargo yo.

El hombre que parecía el líder asintió, apretando la empuñadura de su espada.

—Oye, espera, tú solo no podrás…

—Puedo —lo interrumpí, mirándolo por encima del hombro. La escarcha empezó a subir por mis brazos, hasta mis mejillas.

Lamí mis labios, y una fina capa de hielo se formó en ellos, brillando con la luz del fuego que aún se apagaba a lo lejos.

Respiré.

—Bien… veamos qué puede hacer la cuarta variación.

Mis manos se elevaron despacio.

Los nodos dentro de mí comenzaron a girar más rápido, chocando entre sí, fusionándose y separándose como estrellas en colisión.

Un círculo mágico se materializó entre mis manos, rotando con símbolos desconocidos, antiguos, pulsando con un tono azul-blanco.

Los encapuchados se tensaron.

—¡Está preparando otro hechizo! ¡Deténganlo antes de que termine! —gritó uno de ellos.

—Adelante… inténtenlo. —mi voz sonó casi divertida.

La tierra se estremeció cuando los nueve se lanzaron al mismo tiempo.

Uno recitó un conjuro de fuego, otro levantó estacas de roca, otro más hizo brillar su lanza con electricidad.

—¡Ahora! —gritó el del fuego.

El primer ataque llegó.

Pero yo solo moví ligeramente la pierna derecha hacia atrás y un muro de hielo se alzó del suelo, grueso y traslúcido, bloqueando el impacto del fuego.

La explosión golpeó contra el muro, pero este ni siquiera se agrietó; solo dejó una capa de vapor.

Otro proyectil vino desde la izquierda: una lanza de piedra que se partió al contacto con una nueva capa de hielo.

Uno tras otro, los ataques chocaron sin lograr romper mi defensa.

—¿Eso es todo? —pregunté con una sonrisa helada.

El del fuego apretó los dientes.

—¡Maldito…! ¡Veamos si sonríes después de esto!

Se lanzó de nuevo, mientras los demás comenzaban a preparar sus magias al unísono.

Yo bajé la mirada al círculo que giraba entre mis manos.

Las flamas heladas que antes controlaba comenzaron a fragmentarse en destellos, pequeños puntos de luz que chispeaban en el aire como chispas eléctricas.

El maná se volvió más denso, vibrante, con un zumbido que se sentía más que se escuchaba.

El suelo empezó a congelarse bajo mis pies.

Los símbolos del círculo se tornaron blancos, casi cegadores.

Uno de los soldados detrás de mí murmuró, incrédulo:

—Es… ¿es un mago de tres elementos?

Su compañero respondió con voz temblorosa:

—Eso es imposible…

Yo reí suavemente, sin mirar atrás.

—No, no lo soy… —dije—. Solo estoy jugando con mi propia magia.

Los encapuchados dudaron por un instante.

Ese instante fue suficiente.

Levanté la mano derecha, y una descarga azulada de electricidad salió disparada.

El rayo atravesó el aire con un sonido seco, golpeando el suelo varios metros más allá.

Fallé adrede.

El impacto no creó fuego ni humo, sino una explosión de hielo afilado: grandes icebergs punteagudos se alzaron de la tierra, rompiendo el terreno y lanzando a dos enemigos por los aires.

—¡¿Qué…?! ¡Eso no fue magia eléctrica! —gritó uno, alzando su bastón para defenderse.

Extendí el otro brazo y dejé que el flujo se mezclara, golpeando el aire con la palma.

El suelo respondió; el hielo se expandió como una onda sísmica, congelando todo lo que tocaba, incluso el vapor que aún flotaba del primer ataque.

El viento soplaba con fuerza.

El calor se desvanecía.

Cada respiración se convertía en niebla.

Volví a juntar las manos frente al pecho, sintiendo que los nodos dentro de mí giraban como remolinos.

—Veamos hasta dónde llega esto… —murmuré.

El círculo entre mis manos comenzó a girar más rápido.

—¡Cuidado! ¡Retrocedan! —gritó alguien del grupo enemigo.

Demasiado tarde.

—¡Ahora! —grité, separando las manos con fuerza.

El hielo se expandió violentamente, como si el suelo mismo respirara. Los árboles cercanos se cubrieron de escarcha, el aire crujió y una capa de hielo azulado comenzó a trepar por las botas de los enemigos, atrapándolos de a poco.

Desde arriba, un rugido cortó el silencio.

Miré al cielo justo cuando un nuevo encapuchado descendía, rodeado de electricidad real, su espada relampagueando con energía pura.

—¡Eres un fraude! ¡No puedes usar electricidad como yo! —gritó mientras caía, apuntando su espada hacia mi cabeza.

Yo alcé la mirada, con una sonrisa apenas perceptible.

—¿Eso crees?

El rayo descendió como un trueno.

Pero no retrocedí.

Levanté mis brazos, dejando que la energía azul que danzaba sobre mi piel respondiera.

El aire vibró.

Las partículas de hielo suspendidas comenzaron a moverse, girando a mi alrededor.

—No soy un fraude. —mi voz se volvió más fría, más baja—. Solo soy… más original de lo que crees.

Arañé el aire.

El círculo mágico explotó en luz.

El cielo, por un instante, se cubrió de estacas de hielo flotantes, miles de lanzas cristalinas que aparecieron suspendidas, rodeando al mago que descendía.

Su expresión pasó del orgullo al terror.

—¡No… espera!

Las estacas cayeron todas a la vez.

El impacto fue seco, metálico.

El cuerpo del mago fue atravesado en pleno aire, y una lluvia de sangre congelada cayó, convirtiéndose en pequeños cristales antes de tocar el suelo.

El silencio volvió.

Solo se oía el crepitar del hielo y los pasos lentos del caballo, que se había alejado al borde del claro.

Respiré hondo, dejando que el maná se estabilizara, que los nodos se calmaran.

El fuego azul se apagó lentamente en mis manos, dejando solo escarcha.

Miré hacia los soldados, que aún protegían al hombre y su familia.

Sus rostros eran una mezcla de asombro y miedo.

—Listo —dije con voz tranquila—. Ya pueden bajar las armas.

Nadie respondió por unos segundos.

Hasta que uno de ellos, aún temblando, murmuró:

—Por los dioses… ¿qué eres tú?

Yo bajé la mirada hacia mis manos, donde quedaban pequeñas grietas de hielo brillando entre mis dedos.

—No lo sé —respondí con sinceridad—. Pero no soy su enemigo.

El viento sopló, arrastrando los últimos cristales congelados mientras el claro entero quedaba cubierto de una capa de hielo azul reluciente.

Caí al suelo, respirando con dificultad. Esa cuarta variación había sido exagerada… demasiado. No tengo idea de qué tenía en mente al hacerla, pero simplemente lo hice. Fue la segunda vez que mi hielo se volvía electricidad; la primera vez había sido solo un rayo, pero esto… esto había sido distinto. La sensación de agotamiento era intensa, aunque de alguna manera menos que aquella primera vez.

Escuché un rechinar familiar. Mi caballo venía de regreso, trotando hacia mí. Una sonrisa se dibujó en mi rostro mientras le palmeaba el cuello.

—Buen chico… sí, buen chico por regresar —dije, rascándole detrás de las orejas.

La familia se acercó lentamente. La mujer sostenía a la niña mientras el hombre caminaba tras ellas, sus pasos cautelosos.

—G-gracias… —dijo la mujer, temblando. No sé si era frío o miedo—. No sé por qué nos ayudó… pero… gracias.

Negué con la cabeza.

—No tienen que agradecerme.

—Sí, tenemos —intervino el hombre, serio—. Después de todo… salvó a mis hijas.

Miré a la mujer y a la niña con un gesto rápido.

—Entonces, usted es… el padre, ¿y ellas su esposa y su hija? —pregunté, señalando a la mujer y a la niña.

El hombre negó con la cabeza.

—No, no es como cree. Son mis hijas, sí, pero fui padre muy joven. No me ven tan viejo, por eso cree eso.

—Bien… entonces ya las ayudé, así que debo irme —dije, levantándome un poco para acomodarme.

La mujer dio un paso al frente, mirándome con preocupación.

—Espera… seguramente estás cansado. Puedo ver el sudor en tu frente. No tienes mucha energía ahora.

—No te equivocas —respondí—, pero debo irme. Tengo que llegar a un lugar.

—¿A dónde? —preguntó el hombre, curioso.

—Al este, a la residencia del conde Vion —contesté, decidido.

El hombre se cruzó de brazos, pensativo.

—Nosotros también vamos hacia el este por algunos asuntos, aunque no con el conde. Me llamo Rodrigo Shtile, marqués del sur. Fuimos atacados en el camino; debido a una enfermedad que me impide usar magia, no pude defendernos, y mis hijas tampoco tienen entrenamiento.

Lo miré por un momento, observando a la chica y a la niña, notando más la mirada de la joven. Ella evitaba mirarme directamente, pero había algo en sus ojos… atención, preocupación, y un toque de miedo.

—Podemos ir juntos hasta el este —continuó Rodrigo—. Podré ayudar a que descanses un poco en el carruaje mientras uno de mis soldados lleva tu caballo. Además, podría ayudarte a recibir alguna recompensa del conde, aunque quizá no quieras nada físico. Incluso… podrías entrar a una academia prestigiosa si aceptas mi ayuda. Con tus habilidades, no es estrictamente necesario, pero es algo que se podría ofrecer.

Pensé un momento. Los marquéses tienen más poder que un conde… y la idea de entrar a una academia mágica como recompensa me llamó la atención. Pero si aceptaba, quizá estaría traicionando la confianza que Keny puso en mí cuando me ofreció el patrocinio del conde.

Miré a la chica. Ella se ruborizó levemente, desviando la mirada. La mujer, tartamudeando, dijo:

—Incluso… si quieres… podría entregarte mi mano en matrimonio, si así lo deseas. Me salvaste la vida a mí, a mi hermana menor y a mi padre…

Reí suavemente.

—¿Casarme contigo? —pregunté, divertido—. ¿Por qué haría eso?

La chica se quedó muda, sin saber qué responder.

—¿Qué edad tienes? —pregunté, cruzando los brazos.

—Diecinueve… —dijo, bajando la cabeza.

—¿Y la magia de tu familia? —pregunté al marqués.

—Viento —respondió Rodrigo con un suspiro—. Yo podría demostrarles con mi propia magia, pero como dije, no puedo usarla por mi enfermedad.

Asentí lentamente.

—Hagamos un trato. —Miré a la chica, luego al marqués—. Los acompañaré hasta el este. Los protegeré hasta llegar. Pero… tú, chica, entrarás en una academia mágica y aprenderás a usar tu magia. Así evitarán futuros ataques y no dependerán de otros.

—Pero… —dijo Rodrigo, sorprendido—, ¿y lo del matrimonio?

—Olvídalo —intervine—. Esa propuesta estúpida no es necesaria. La prioridad es que tú aprendas a defenderte y a tu familia.

La chica bajó la mirada, murmurando:

—E-está bien… lo entiendo.

—Perfecto —dije, volviendo la mirada hacia el este—. Entonces, marcharemos juntos. Hasta que lleguemos, contarán conmigo. Pero recuerden… si alguno de ustedes se aventura solo en estos caminos, no habrá quien los proteja como hoy.

Rodrigo asintió solemnemente.

—Lo sabemos, y se lo agradecemos...

Asentí, montando de nuevo mi caballo.

—Vamos. Hay mucho camino por delante, y debemos mantenernos juntos hasta el este.

El carruaje fue colocado en posición, los soldados reorganizados, y comenzamos a avanzar lentamente, dejando el claro atrás. El hielo y los cuerpos de los enemigos aún brillaban bajo la luz del amanecer, recordándonos lo que había ocurrido.

Extendí mi mano, dejando que pequeños fragmentos de hielo salieran disparados hacia los cuerpos congelados de los encapuchados. Al contacto, los astillé y rompí en pedazos, fragmentos que cayeron sobre el suelo como cristales. Luego, respiré hondo y expandí mi mana, sintiendo cómo recorría cada nodo dentro de mí, derritiendo todo el hielo restante. La escarcha en los árboles desapareció, el suelo volvió a su estado natural, con solo un rastro tenue de nieve derretida, como si nunca hubiera habido una batalla allí. No quedaba señal alguna de los cuerpos de los encapuchados.

El marqués me observaba mientras ajustaba las mantas sobre uno de los soldados caídos.

—¿Quién… quién eres tú realmente? —preguntó, con la mirada fija en mí.

Me encogí de hombros, manteniendo la voz tranquila.

—Solo un viajero —respondí—. Nada más.

Ayudé a colocar al otro soldado en la carreta, cubriéndolo cuidadosamente con mantas, y coloqué sus espadas apuntando hacia sus pies, en un pequeño gesto de homenaje silencioso.

—Está… impresionante lo que acabas de hacer —dijo la mujer, sosteniendo a la niña con cuidado—. Jamás habíamos visto algo así.

—Hacer lo que se debe —contesté simplemente, evitando más comentarios.

Una vez que todo estuvo organizado, subí al carruaje con el marqués y sus hijas. Ajusté mi capa para sentarme con firmeza, y dije:

—Adelante entonces. No hay tiempo que perder.

El marqués asintió, dándole indicaciones a los soldados restantes para que tomaran las riendas del carruaje y aseguraran la carga. Mientras el carruaje comenzaba a moverse lentamente por el camino hacia el este, observé el horizonte, asegurándome de que todos estuvieran seguros y que no hubiera más sorpresas en el camino.

La chica miró hacia mí con curiosidad y respeto, todavía sorprendida por lo que había sucedido.

—¿Siempre… siempre eres así de… poderoso? —preguntó en voz baja, casi temblando.

—No —respondí—. Solo… cuando es necesario.

Rodrigo me lanzó una mirada agradecida mientras ajustaba el paso del carruaje.

—Si llegamos al este, tendremos tiempo de hablar más. Pero por ahora, concentrémonos en avanzar con seguridad.

Asentí, observando los bosques que comenzaban a abrirse ante nosotros, conscientes de que aún quedaba un largo camino hasta la residencia del conde Vion, y que cada momento de tranquilidad era un respiro que debíamos aprovechar.

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