[Liana]
El sonido del sartén llenaba la cocina con ese chisporroteo constante que siempre me había resultado reconfortante.
El olor a ajo y cebolla dorándose se mezclaba con el del pan recién horneado, mientras el sol de mediodía entraba por la ventana, pintando la mesa de madera con una luz cálida y amable.
—Alenya, no cortes los rábanos tan gruesos —le dije sin apartar la vista de la sartén.
—Mamá, si los corto más finos se rompen —refunfuñó ella, pero aun así obedeció, con esa carita de concentración que tanto me recordaba a su padre cuando intentaba arreglar algo por su cuenta.
Miriel, trataba de seguirle el paso a su hermana, pero su cuchillo apenas avanzaba.
—No pasa nada, cariño —le sonreí—, córtalos despacio. No hay prisa.
La puerta principal se abrió de golpe y el aire fresco entró junto con las voces alegres de Joren y Roderic.
—¡Mujeres, hemos vuelto! —anunció mi esposo con su tono siempre animado, aunque se le notaba el cansancio.
Joren traía los guantes aún puestos y el cabello lleno de polvo.
—Hoy la tierra estaba más seca de lo que pensé —dijo mientras dejaba la pala junto a la puerta—. Pero ya limpiamos la zona del canal. Mañana quedará lista.
—Bien hecho, hijo —le dije, sonriendo—. Lava tus manos antes de sentarte, la comida estará lista pronto.
Roderic se acercó a mí y me besó la mejilla.
—Huele bien, Liana.
—Gracias —respondí con una sonrisa leve—. Es tu favorito.
—¿Conejo al vino?
—Conejo al vino.
Se rió satisfecho y se quitó el suéter ligero, colgándolo junto al de Joren.
Aún se sentía el frío del invierno, pero ya no había nieve. El campo empezaba a teñirse de verde, y las montañas lejanas guardaban apenas un rastro blanco en las cimas.
Mientras revolvía la salsa, mi mirada se desvió hacia la ventana. El camino de tierra que llevaba al pueblo estaba despejado, y por un momento me pareció ver la figura de un joven con el cabello oscuro y plateado…
Pero no. Solo era el reflejo de mis propios pensamientos.
Cuatro meses.
Cuatro meses desde que Eiren había partido hacia el Este.
—¿Estás pensando en él otra vez, mamá? —preguntó Alenya, sin levantar la vista de las verduras.
—Sí… —admití, bajando el fuego del sartén—. A veces me pregunto dónde estará ahora.
Roderic, que se había sentado ya con un vaso de agua, asintió.
—Dijo que iría con el conde Vion, ¿no es así?
—Así es —respondí—. Según la carta, el viaje le tomó más tiempo del esperado.
Joren se giró, apoyando los brazos sobre el respaldo de la silla.
—¿Y cuándo llegó esa carta, mamá?
—Ayer. Pero la escribió hace dos meses.
—Dos meses… —repitió con un silbido—. Entonces, si todo salió bien, ya debe estar en la residencia del conde.
Miriel, curiosa, levantó la vista.
—¿Y qué decía la carta?
—Oh… —sonreí con un poco de nostalgia—, decía que estaba bien. Que se convirtió en aventurero para poder sustentarse y viajar sin problemas.
—¿Aventurero? —repitió Alenya, sorprendida—. ¡Eso suena peligroso!
—Sí, pero también decía que ha mejorado mucho con la espada y la magia. Ya sabes cómo es Eiren, siempre fue determinado.
Roderic soltó una risa baja.
—Determinación es una forma amable de decir "cabezadura".
—Roderic… —le reproché, aunque riendo también.
—¿Qué? —levantó las manos—. No me digas que no lo sabes. Si ese chico se proponía algo, no había forma de hacerlo cambiar de opinión.
—Eso es verdad —dijo Joren, sonriendo un poco—. Recuerdo cuando quiso reparar solo el techo del la casa. Casi se cae.
—Y aún así lo arregló —añadí, sirviendo un poco de guiso sobre los platos—. Esa fue siempre su manera.
Hubo un momento de silencio. Todos parecían recordar algo de Eiren.
Sus comidas con nosotros.
Sus sonrisas tímidas al principio.
La forma en que, poco a poco, dejó de parecer un huésped y se volvió uno más de la familia.
—También escribió —continué— que se reencontró con alguien de su pasado.
—¿De su pasado? —preguntó Roderic, arqueando una ceja—. ¿Con quién?
—Con el grupo de comerciantes que lo recogió cuando lo encontraron herido en el bosque, antes de que nosotros lo halláramos en el río. Dice que fue una sorpresa verlos de nuevo.
—Vaya —murmuró Alenya—. ¿Y el médico que lo atendió?
—Ah, eso también lo mencionó —dije—. No lo encontró, y eso lo puso algo triste. Quería agradecerle por haberlo ayudado, incluso si no recordaba nada de lo que pasó antes de que lo encontráramos.
Roderic asintió despacio.
—Ese muchacho… siempre tan considerado.
—Sí —dije suavemente—. Aunque le costara hablar de sus sentimientos, siempre los llevaba consigo.
Miriel jugueteaba con un trozo de pan.
—¿Volverá pronto, mamá?
—No lo sé, cariño. Pero prometió escribirnos otra carta. Tal vez ya esté en camino.
El fuego del hogar crepitó y, por un momento, el silencio llenó la casa.
El tipo de silencio cálido que solo aparece cuando todos piensan en la misma persona.
Joren rompió el momento.
—¿Sabes, mamá? Creo que Eiren está bien. No sé por qué, pero lo siento.
Lo miré y sonreí.
—Yo también lo creo, hijo. Donde sea que esté… sé que está bien.
Miriel dejó la cuchara de madera a un lado y me miró con esos ojos tan grandes y llenos de curiosidad que siempre tenía cuando algo le preocupaba.
—Mamá… ¿tú crees que Eiren encuentre a su verdadera familia?
Mis manos, que removían la comida sin pensar, se detuvieron. El vapor que subía del sartén me golpeó el rostro y por un instante sentí un nudo en el pecho.
—Eso espero, cariño —dije despacio, sin voltear aún—. Para eso se fue, ¿recuerdas? No solo para hacerse más fuerte ni para estudiar… sino también para buscar lo que dejó atrás.
Miriel asintió, pero bajó la mirada.
—Debe ser triste no saber dónde está tu casa… —murmuró.
Me giré hacia ella, limpiándome las manos con el trapo del delantal, y le acaricié el cabello.
—Sí, lo es. Pero Eiren tiene un corazón muy firme. Si alguien puede encontrar lo que busca, es él.
Alenya, que había estado cortando zanahorias en silencio, habló entonces:
—¿Y eso incluye también esa orden de la que habló una vez? —preguntó con cautela, sin alzar mucho la vista—. La que lo… traicionó.
El ambiente en la cocina cambió.
Joren levantó la cabeza, y Roderic dejó el vaso a medio camino de sus labios.
Yo solté un pequeño suspiro.
—¿Por qué preguntas eso, hija? —dije suavemente.
—Porque él dijo una vez… —continuó Alenya, dudando—, que antes de perder la memoria, pertenecía a una orden. Una con nombre raro… "El Cuervo Escarlata", creo. Que lo acusaron de algo que no hizo, y que el verdadero culpable fue otro.
El sonido del sartén se volvió más fuerte, o tal vez solo era el silencio que hacía parecerlo así.
Roderic se aclaró la garganta.
—Sí… lo recuerdo —murmuró—. Lo mencionó aquella noche que soñó con fuego y despertó agitado. Dijo que había cosas que no podía olvidar… aunque desearía poder hacerlo.
Me quedé en silencio unos segundos, recordando ese momento.
Tome aire.
—Sí, esa misma orden —dije finalmente—. Fue parte de su vida antes de llegar a nosotros. Pero esa parte lo marcó… lo hirió.
—¿Y crees que los busque otra vez? —preguntó Miriel, con voz temerosa.
La miré con ternura.
—No lo sé, amor. Tal vez sí. Tal vez necesite cerrar ese capítulo. A veces, para seguir adelante, hay que mirar atrás… incluso si duele.
Roderic habló entonces, con su tono sereno pero firme.
—Eiren es inteligente. No hará nada sin pensar. Si va a enfrentarse a ese pasado, será con la cabeza fría.
—Eso espero —dije, bajando la mirada—. Porque ese tipo de cosas no se olvidan, Roderic. Ni el dolor… ni la traición.
Joren apoyó los codos en la mesa.
—A veces pienso que lo que más le dolió no fue que lo hirieran, sino que alguien en quien confiaba lo traicionara.
—Puede ser —admití con un hilo de voz—. Por eso… no creo que busque venganza. Él no es así. Solo quiere respuestas.
Miriel frunció el ceño.
—Entonces, si encuentra a su familia… ¿ya no necesitará buscarlos?
Sonreí levemente y me agaché hasta quedar a su altura.
—Encontrar a tu familia no significa dejar de buscar, pequeña. Significa recordar quién eres. Y Eiren… aún está recordando eso.
Miriel asintió despacio, como si intentara comprender algo más grande que ella.
Roderic se levantó y puso una mano en mi hombro.
—Sea cual sea el camino que tome, sabrá volver —dijo, con una certeza que solo un padre puede tener.
Yo asentí, aunque en el fondo sentí un leve temblor en el pecho.
Miré la mesa, el guiso, las verduras, las manos pequeñas de mis hijas, el silencio pensativo de mis hombres.
Y pensé en Eiren.
En ese joven que llegó medio muerto a nuestra puerta una noche de invierno.
En su mirada fría, y su sonrisa tímida.
En cómo, poco a poco, el muchacho que había perdido todo, encontró en esta casa un hogar.
****
[Duque Vyrenthal]
El viento golpeaba con suavidad los ventanales de mi despacho, haciendo vibrar el cristal con un leve zumbido que se mezclaba con el crepitar del fuego en la chimenea. Apreté la carta entre mis dedos una vez más, la letra firme y elegante de Luneth extendiéndose ante mis ojos, ya casi desgastada de tanto leerla. Cada palabra de su puño y letra era un golpe al pecho, una herida abierta y a la vez un bálsamo.
Diez años… Diez malditos años desde que lo perdimos. Y ahora, finalmente, un rastro.
Me giré hacia la ventana, observando los jardines nevados del castillo. A pesar de que el invierno ya se retiraba, el aire seguía frío, casi como si el mundo se negara a dejar ir aquel recuerdo.
—¿Padre? —preguntó una voz infantil detrás de mí.
Giré apenas el rostro. Niva estaba en la alfombra, con un libro abierto en las piernas. A su lado, Isen jugueteaba con un par de figurillas de madera que representaban caballeros.
—Sí, hija. —Respondí con un tono más suave del que pretendía.
—¿Es otra carta de madre? —preguntó Isen, levantándose.
Asentí. —Sí.
Niva cerró su libro con cuidado y se acercó. —¿Dice algo nuevo sobre Neyreth?
Tragué saliva antes de responder. —Sí… o al menos, algo que podría guiarnos a él. Tu madre encontró una pista.
—¿Entonces… lo van a traer a casa? —preguntó Isen con esos ojos tan parecidos a los de su madre, llenos de esperanza.
No supe qué responder de inmediato. Caminé hacia mi escritorio, dejando la carta sobre el mapa extendido. Tenía marcas en rojo, notas dispersas, fechas que se remontaban a años atrás. El Oeste, el Sur, habíamos buscado en todas direcciones.
—Eso esperamos, hijo. Pero esta pista… —dije mientras pasaba un dedo por la carta—, habla de algo que ocurrió hace mucho. Diez años.
—Pero madre dijo que sintió algo —replicó Niva con una voz firme, cruzando los brazos—. Todos lo sentimos aquella noche. ¿O ya lo olvidó?
Cerré los ojos por un momento.
No, no lo había olvidado.
Aquel tirón, aquel dolor interno que atravesó nuestras almas, fue imposible de olvidar. Una sensación punzante, como si un hilo invisible que había permanecido en silencio durante años de pronto hubiera sido jalado con fuerza, recordándonos que seguía ahí, vivo.
Luneth se había derrumbado esa noche en la cena. Sivelle lloró. Y yo… yo solo pude sostenerlas a ambas, sin entender del todo lo que estaba ocurriendo.
—No lo olvidé, Niva —dije finalmente, volviéndome hacia ella—. Ese tirón… fue real. Todos lo sentimos. Y por eso tu madre salió a buscarlo.
Isen bajó la mirada, jugando con una de las figurillas.
—¿Y si no lo encuentra? —susurró.
Me agaché frente a él, apoyando una mano sobre su cabeza. —Tu madre no se rinde, y yo tampoco lo haré. Si Neyreth sigue vivo —y sé que lo está—, lo encontraremos.
Niva dio un paso más cerca, su expresión era una mezcla de esperanza y tristeza. —Madre dijo que cuando tenía sus pesadillas… podía sentirlo. Que veía fuego, sangre… y una voz que la llamaba.
Asentí despacio. —Durante años creí que eran solo sueños provocados por el dolor. Pero aquella noche, cuando lo sentimos todos, comprendí que no eran delirios. Que había algo real.
—Entonces… él también debe sentirnos —dijo Isen con una sonrisa pequeña.
Solté una leve risa. —Quizá sí. Quizá, donde sea que esté, su corazón aún nos reconoce.
El silencio se extendió por un momento. Solo el fuego llenaba la habitación con su murmullo cálido.
Entonces Niva levantó la vista. —Padre… ¿y si Neyreth no recuerda quién es?
Esa pregunta me atravesó.
La había temido desde el día en que desapareció.
—Entonces —respondí con voz baja—, le recordaremos quién es. Le recordaremos que tiene una familia, un hogar… y que su lugar sigue aquí.
Niva asintió despacio, mientras Isen volvía a sentarse junto a ella.
Yo tomé la carta una vez más, observando el sello azul de Luneth.
"Una anciana y su hijo… asesinados por protegerlo."
Esa frase resonaba en mi mente una y otra vez. Si era cierto, si alguien había osado poner en peligro la vida de quienes lo ayudaron… no dejaría que ese crimen quedara impune.
Me giré hacia la puerta y llamé con voz firme:
—¡Capitán Derath!
El hombre entró poco después, inclinando la cabeza. —Mi señor.
—Reúnan a los rastreadores. Doble vigilancia en las rutas del Oeste. Quiero informes sobre cualquier actividad o registro de viajeros que encajen con la descripción de un joven de cabello plateado y ojos azul claro.
—¿El joven maestro, mi señor? —preguntó el capitán con respeto.
—Sí —respondí con determinación—. Mi hijo.
Cuando el capitán se retiró, miré una vez más por la ventana.
El cielo gris comenzaba a abrirse, dejando pasar un rayo de luz.
Quizá… solo quizá…
El invierno empezaba a ceder.
***
[Duquesa Luneth]
El aire del oeste siempre me ha resultado distinto. Más suave, más tibio, con ese aroma terroso que deja la humedad cuando el sol calienta las calles empedradas después del amanecer.
Desde la ventana de la habitación que la marquesa me había ofrecido, observé cómo el cielo, despejado por fin, se extendía limpio sobre los tejados color ocre de la ciudad. Había pasado un mes desde aquella pista… desde aquel pueblo donde el tiempo parecía haberse detenido.
El recuerdo del viejo médico me volvía una y otra vez, como una espina que se negaba a salir.
Su mirada vidriosa, la forma en que temblaba su voz cuando me habló… y aquel momento en el que me llamó Neyreth.
—"Tened cuidado con las montañas del norte… el frío no perdona, muchacho…" —había dicho, con un hilo de voz quebrado.
Apreté las manos sobre el alféizar. Aún podía sentir el nudo en el pecho que me provocó oír eso.
Me confundió con él.
Y aunque su mente se había deshecho entre los fragmentos de los años, esas palabras fueron suficientes para mí. No eran invenciones de un anciano enfermo; eran recuerdos.
Recuerdos de mi hijo.
Recuerdos reales.
Si no hubiese sido por su aprendiz —ese muchacho de ojos cansados que nos detuvo al salir del consultorio—, nunca habría sabido que su maestro, en su juventud, había cuidado a un niño herido, inconsciente, hallado por comerciantes cerca del río.
"Lo describió con tanto detalle…" había dicho el joven.
"Cabello tan claro que brillaba con la luz, y ojos tan profundos que no parecían de este mundo."
Era él. No había duda.
Suspiro. Diez años. Diez años de silencio, de cartas sin respuesta, de rastros que terminaban en la nada.
¿Dónde estás, Neyreth?
¿A cuántos horizontes más tendré que seguirte?
¿Estás bien… o simplemente decidiste no volver?
Escuché un golpecito en la puerta.
—Mi señora —la voz de Mariela se filtró suavemente—, ¿desea algo más?
Me giré hacia ella. Mi fiel Mariela… Su cabello rubio, estaba recogido con descuido, y el cansancio en sus ojos no le restaba ni un gramo de lealtad. No se había separado de mí ni una sola noche desde que emprendimos el viaje.
—No, Mariela. —Sonreí con un cansancio que se reflejaba en mi voz—. Solo… estaba pensando.
—¿Otra vez el médico? —preguntó con un tono que ya conocía bien. No era curiosidad; era preocupación.
Asentí.
—No puedo evitarlo. Aún me duele haberlo visto así… perdido en su propia mente. Pero… sé que decía la verdad. Lo sintió. Lo conoció. Lo cuidó.
Mariela bajó la mirada y asintió.
—Sí, mi señora. Él hablaba de Neyreth como si lo tuviera aún frente a sí.
—Y eso es lo que más duele —susurré, mirando el horizonte—. Saber que alguien más lo vio cuando yo no pude.
Hubo un silencio breve. Solo el murmullo de la fuente en el patio llenaba el aire.
Finalmente me aparté de la ventana, dejando que la brisa agitara los velos claros de la cortina.
—Mariela —dije, girándome hacia ella—, quiero salir un rato.
—¿Salir? —alzando las cejas, su tono se mezcló entre sorpresa y ligera desaprobación—. Pero aún no ha descansado lo suficiente, mi señora.
—No puedo quedarme encerrada aquí. —Tomé una capa ligera de un perchero cercano—. Necesito despejar la mente… y ver el rostro de la gente. Me ahogo entre estas paredes.
Mariela suspiró, sabiendo que insistir sería inútil.
—De acuerdo, pero al menos déjeme preparar algunas cosas. No irá sola.
—Como quieras —respondí con una sonrisa débil—, pero prométeme que no parecerás una escolta. No quiero miradas encima.
Ella bajó la cabeza, escondiendo una sonrisa leve. —Haré lo que pueda, aunque no puedo prometer que pasaré desapercibida.
—Nunca lo haces —le dije, riendo suavemente mientras tomaba el broche de plata con el emblema de mi familia y lo guardaba en un cajón—. Hoy no soy la duquesa Vyrenthal, solo una viajera más.
—Sí, claro —respondió con una nota de ironía—. Una viajera con porte de reina y modales de noble. Seguramente nadie lo notará.
Me giré hacia ella, sonriendo apenas. —Mariela… después de todo este tiempo, ¿sigues pensando que no puedo pasar por alguien común?
—Mi señora —dijo mientras me ayudaba a colocarse la capa—, usted podría vestirse con harapos y aún así parecería noble.
Solté una risa suave, una que hacía mucho no nacía de verdad.
—Entonces al menos intentaré parecer menos perdida.
Mientras ella salía de la habitación para preparar lo necesario, me quedé mirando por última vez hacia el cielo despejado.
El viento del oeste acariciaba mi rostro, cálido y limpio.
¿Estarás bajo este mismo cielo, hijo mío?
¿O el destino aún me obliga a caminar sin alcanzarte?
Cerré los ojos.
Aún no importaba cuántos caminos tuviera que recorrer.
Si era el norte, el sur, o incluso las montañas que aquel viejo mencionó entre delirios…
Seguiría avanzando.
Hasta encontrarte.
**
El aire libre me recibió con una calidez inusual para el oeste. No era el frío cortante al que estaba acostumbrada en el norte, sino un soplo templado que olía a pan recién hecho y tierra húmeda. El murmullo de los carruajes y las voces lejanas de los mercaderes llenaban el ambiente con una vitalidad que, en cierto modo, me resultaba ajena.
Crucé el jardín interior de la residencia hasta la puerta trasera, la misma que daba a un sendero de piedra rodeado de madreselvas. A unos pasos de distancia, la marquesa estaba de pie, esperándome. Su porte seguía siendo tan impecable como en los viejos tiempos: la espalda erguida, las manos enguantadas, el cabello oscuro recogido con una elegancia que ni los años ni las preocupaciones habían logrado quebrar.
—¿Así que te marchas por la puerta discreta? —dijo con esa sonrisa suave que siempre escondía un dejo de preocupación.
—No quiero causar revuelo —respondí, ajustándome la capa sobre los hombros—. Ya sabes cómo es cuando alguien reconoce mi apellido.
Ella asintió despacio, mirándome con esos ojos que lo decían todo sin palabras.
—Por eso mismo —dijo finalmente—, te pediré que aceptes una pequeña condición.
—¿Condición? —arqueé una ceja, aunque ya intuía de qué se trataba.
La marquesa se acercó unos pasos, bajando la voz.
—He dado instrucciones a tres de mis hombres para que te sigan. —Alzó una mano antes de que yo protestara—. No los verás, no los oirás, y si hacen bien su trabajo, no tendrás idea de que están ahí.
—No hace falta, Arienne —dije con un suspiro cansado, usando su nombre con la familiaridad que solo los años compartidos podían permitirme—. Puedo cuidarme sola, y Mariela está conmigo.
—Lo sé —dijo ella, con tono paciente pero firme—. Pero no se trata solo de ti. No puedo permitir que la duquesa de Nareth —mi amiga, la mujer que por años creí perdida en su propio dolor— salga a caminar por la ciudad sin protección. Llámalo instinto, si quieres. O cariño.
Guardé silencio por unos segundos. Había algo en su mirada, esa mezcla de autoridad y ternura, que me recordó los días anteriores a la tragedia, cuando ambas aún asistíamos a los consejos de nobles, riéndonos del tedio de los duques y de la arrogancia de los marqueses.
—¿Cariño, dices? —pregunté con una sonrisa leve, casi burlona.
—Sí. —Arienne sonrió también, pero sus ojos se suavizaron—. Cariño, Luneth. Eres mi amiga. Te vi apagarte durante años… y ahora te veo aquí, respirando el aire de una ciudad viva. No voy a arriesgar eso por un paseo sin escolta.
Inspiré hondo, dejando escapar un suspiro resignado.
—Está bien —cedí al fin—. Pero prométeme que no les ordenaste interferir, a menos que realmente sea necesario.
—Por supuesto. —Hizo un gesto con la mano, y uno de sus sirvientes, a unos metros de distancia, asintió discretamente—. No notarás su presencia, te lo aseguro.
Avancé un paso, y ella se acercó lo suficiente como para tomarme ambas manos. Su contacto era cálido, reconfortante.
—Luneth… —susurró, con una dulzura que me caló hondo—, me alegra verte fuera de esas paredes grises del ducado.
—¿Fuera de las paredes? —murmuré, con una sonrisa triste—. No sabía que se me notaba tanto el encierro.
—No era solo el encierro, era… —buscó las palabras con cuidado—, como si cada día te quedaras un poco más quieta, como si el mundo hubiera dejado de moverse para ti. Pero hoy… —me miró de arriba abajo, con un brillo en los ojos—, hoy te ves más viva que antes.
Sentí un nudo en la garganta.
"Más viva."
Hacía años que nadie me decía eso.
—Supongo que volver a caminar el mundo, incluso entre ruinas del pasado, tiene ese efecto —dije, apretando suavemente sus manos.
—Entonces no te detengas —respondió Arienne, sonriendo con melancolía—. No hasta que lo encuentres.
Asentí despacio, apartando la mirada hacia el portón que daba a la calle posterior.
—No pienso hacerlo. No después de tanto.
Ella soltó mis manos y se apartó un paso, como si no quisiera que la emoción empañara el momento.
—Ve, antes de que me arrepienta y te encierre aquí unos días más.
Solté una risa baja. —Sería inútil, sabes que encontraría una forma de salir.
—Y por eso te quiero, Luneth —replicó ella, riendo también—. Porque incluso con todo lo que has pasado, sigues siendo indomable.
—No sé si llamarlo fuerza o terquedad —dije mientras me acomodaba la capucha—. Pero gracias, Arienne. Por todo.
—Solo prométeme una cosa —añadió, antes de dejarme ir.
—¿Cuál?
—Que volverás. No importa cuánto tardes… vuelve. No solo por él, sino por ti.
La miré un momento, grabando sus palabras en silencio, antes de inclinar ligeramente la cabeza.
—Te lo prometo.
Y con eso, crucé la puerta de piedra y me interné en las calles del oeste.
El sol bañaba los adoquines con un brillo dorado, las risas de los niños se mezclaban con el pregón de los vendedores, y por primera vez en años… sentí que el mundo, por fin, se movía otra vez bajo mis pies.
Sin saberlo, tres sombras se deslizaban tras de mí, invisibles, silenciosas.
Y yo, sin mirar atrás, caminé hacia el corazón de la ciudad, con una determinación que ni el tiempo ni el dolor habían logrado quebrar.
