Cherreads

Chapter 43 - Capítulo 42

[Kyot]

El aire del Oeste olía a pan, a especias, carnes, fragancias y a tierra mojada. Las murallas de la ciudad se levantaban frente a nosotros, y con ellas, esa sensación de alivio que se siente cuando sabes que, por fin, puedes bajar la guardia.

Sena, al frente del grupo, alzó los brazos y se estiró con un bostezo que parecía salirle del alma.

—Por todos los dioses… cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que puse un pie aquí —dijo con una sonrisa cansada.

Yo resoplé, ajustándome la capa mientras pasábamos bajo el arco de piedra.

—Tres años, más o menos. —Miré a los lados, reconociendo algunos puestos y calles polvorientas—. No ha cambiado tanto como pensaba.

Pedro, el escudero, soltó una carcajada mientras se acomodaba la espada al cinto.

—Yo solía venir seguido —dijo con aire nostálgico—. En mis tiempos de aprendiz me escapaba a esta ciudad cada vez que podía. Buen vino, malas decisiones… y peores compañías.

Melisa, que caminaba justo detrás, soltó un bufido.

—Qué sentimental te pones, Pedro. A mí me da igual si cambiaron los adoquines o el cielo. Lo único que quiero es una cama blanda y silencio. Hemos caminado semanas. Si me dan una posada decente, duermo diez días seguidos sin culpa.

—Por primera vez en meses —intervino Mailo, el más joven del grupo, alzando una mano como quien hace un juramento solemne— estoy totalmente de acuerdo contigo, Melisa.

Todos soltamos una leve risa, excepto yo, que me quedé un poco más atrás, mirando cómo el viento movía las banderas de las torres.

Sena me observó por el rabillo del ojo.

—Kyot, ¿cómo te sientes ahora? —preguntó de pronto, con ese tono que usaba cuando quería arrancarte una verdad.

—¿A qué te refieres exactamente? —le respondí sin mirarla, aunque ya sabía la dirección de su pregunta.

—Al reencuentro —dijo con calma—. Con el chico del pueblo Arthen.

Tragué saliva, sin contestar de inmediato. Había pensado tanto en eso que ya ni sabía qué sentir.

—No lo sé —admití al fin—. Fue… muchas cosas a la vez. Sorpresa, culpa, alivio. Todo mezclado.

Mailo se adelantó un poco, girando la cabeza hacia mí.

—¿Está bien que hables de ese lugar? —preguntó con cautela—. Me refiero a la Orden.

Le di una sonrisa cansada.

—Ya no me importa. —Encogí los hombros—. Esa parte de mi vida quedó atrás. No tengo nada que ver con ellos desde hace mucho.

Melisa soltó un silbido bajo.

—Y aun así, parece que el pasado siempre termina encontrándote.

—Sí —respondí, mirando al frente—. Siempre lo hace.

Caminamos unos minutos en silencio antes de que Sena volviera a hablar.

—Kyot… —dijo con voz más suave—. ¿Tú crees que lo que te dijo el chico era cierto? Que fue inculpado.

Esa pregunta me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Bajé la mirada, observando mis botas llenas de polvo.

—Cuando lo enfrenté… —empecé despacio— no pensé en nada. Solo vi a alguien que creí un traidor, y descargué todo lo que llevaba guardado. Pero después, cuando me contó todo… y lo recordé con la cabeza fría… —hice una pausa, apretando el puño—, sí. Lo creo.

—¿Crees que fue inculpado? —repitió Pedro, curioso.

—Estoy seguro —respondí con firmeza—. Miller siempre fue así. Envidioso. Manipulador. Engañoso hasta la médula. —Solté una risa amarga—. Si hay alguien capaz de ensuciar el nombre de otro para subir un escalón más, es él.

Melisa frunció el ceño.

—Entonces el chico… Eiren, ¿era inocente todo este tiempo?

—Sí. —Asentí—. Lo que más me duele es que me tomó años darme cuenta. Durante tanto tiempo lo odié sin motivo, y cuando por fin lo entendí… ya estaba demasiado lejos para pedir perdón como debía.

Sena lo observó con una expresión entre seria y comprensiva.

—¿Y crees que irá tras Miller? —preguntó con cuidado.

Suspiré, mirando al horizonte.

—Espero que no. —Mi voz sonó más baja de lo que quería—. Para la Orden, el "traidor" está muerto. Y es mejor que se quede así. Mientras el mundo crea eso, él puede vivir tranquilo. No necesita volver a ese infierno.

—Pero tú sí crees que lo hará, ¿verdad? —dijo Mailo, casi con un tono resignado.

No respondí de inmediato.

—Eiren… no es alguien que deje las cosas a medias. Si lo conozco bien, querrá limpiar su nombre. —Apreté la mandíbula—. Pero si va detrás de Miller, solo encontrará más oscuridad.

Pedro rió por lo bajo.

—No sé, suena como si todavía te importara bastante.

—Claro que me importa —respondí sin dudarlo—. Aun si el mundo lo da por muerto, yo sé que está vivo.

Melisa me miró con una ceja alzada.

—¿Y recuerdas su nombre real? —preguntó con curiosidad—. Dijiste una vez que te lo contó antes de separarse.

Asentí despacio, mirando hacia el portón principal de la ciudad, donde el viento soplaba con fuerza.

—Sí… lo recuerdo. —Dejé escapar un leve suspiro—. Me dijo que su nombre era Neyreth.

Hubo un silencio breve, y hasta Sena dejó de caminar por un instante.

—Neyreth… —repitió, como si probara el sonido de aquel nombre—. No sé por qué, pero… tiene algo.

—Sí —respondí, con una media sonrisa triste—. Tiene historia. Y carga.

El aire se volvió denso de golpe. Un frío que no venía del viento ni del ambiente me envolvió, y sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Mis instintos me hicieron tensarme, y antes de que pudiera reaccionar, una mano fuerte me sujetó del brazo, deteniéndome en seco.

Miré hacia el rostro de quien me había detenido. Era una mujer, de porte firme, pero con una gracia noble en cada gesto. Su cabello rubio estaba perfectamente recogido, y el manto ligero que llevaba no ocultaba la autoridad que emanaba.

—Necesita… —empecé, pero las palabras se me quedaron a medio camino.

Ella me interrumpió, con un tono que mezclaba autoridad y algo de urgencia.

—Repite ese nombre.

—¿Qué nombre? —pregunté, frunciendo el ceño mientras sentía una tensión extraña en el aire.

—El que dijiste hace unos segundos —dijo, firme.

Mi corazón dio un vuelco. No podía entender si esto era bueno o malo. Por un instante, mi magia reaccionó por sí sola; un leve brillo azul-naranja comenzó a surgir en mis manos, una manifestación de mi fuego interno, algo que controlé apenas pude para no asustar al grupo.

Los demás se pusieron rígidos. Sena, Pedro, Melisa y Mailo observaron con alerta máxima, manos cerca de sus armas, listos para cualquier cosa.

—¿Por qué quieres saberlo? —pregunté, tratando de mantener la voz firme mientras mis ojos buscaban algún indicio de intención en la mujer.

Fue entonces que finalmente noté a otra persona detrás de ella: encapuchada. La figura permaneció inmóvil hasta que, con un movimiento suave pero definitivo, se quitó la capucha. La luz del sol golpeó su rostro y mi corazón casi se detiene. Cabello plateado, piel blanca como la nieve y ojos de un azul celeste tan pálido que me recordó a un espejo helado.

—¿Qué…? —logré articular.

—No me importa quién seas —dijo la mujer de cabello plateado, con una voz que contenía tanto poder como emoción contenida—. Me importa porque mencionaste el nombre de mi hijo.

El mundo se sintió más pesado de repente. Mi corazón latía con fuerza, y la presión que emanaba de ella me hizo retroceder un paso. Cada fibra de mi cuerpo estaba alerta, y aún así, un reconocimiento silencioso me invadió: Eiren, Neyreth…

La mujer rubia volvió a dirigirse a mí, esta vez con un tono más apremiante, casi imperativo.

—¿Dónde lo conociste? ¿Dónde está ahora?

Mi mirada se desplazó hacia mis compañeros; todos estaban tensos, evaluando la situación, pero esperaban mi señal. No podía revelar nada allí, entre las calles de la ciudad y con la multitud alrededor.

—Aquí no —dije con firmeza, pero sin levantar la voz demasiado—. Este no es lugar para hablar de algo así.

La mujer frunció el ceño, con una mezcla de frustración y urgencia.

—¡No puedes evadirlo! —exclamó, apretando ligeramente mi brazo—. Necesito respuestas.

—Y las tendrás —respondí, intentando calmar la presión que sentía en mi pecho—. Pero debemos ir a otro lugar. Lejos de las miradas y del ruido. Allí podré explicarlo todo.

La mujer plateada me estudió por unos segundos largos, evaluando si podía confiar en mí, y luego asintió ligeramente, aunque con los ojos aún llenos de fuego y determinación.

—Está bien —dijo al fin—. Te seguiremos. Pero no tardes. No sabes cuánto tiempo he esperado escuchar ese nombre otra vez.

Yo asentí, soltando lentamente el brazo que había estado tenso, y señalé a mis compañeros.

—Vengan. Todos. Esto será delicado.

Mientras nos alejábamos de la entrada principal, podía sentir que algo importante estaba a punto de revelarse. Cada paso que daba me acercaba no solo a respuestas sobre mi pasado, sino a la verdad que podría cambiar todo lo que conocía sobre mí mismo.

El silencio se hizo pesado entre nosotros mientras nos internábamos en callejones menos transitados, el murmullo de la ciudad detrás de nosotros como un eco distante. Mis manos aún brillaban con un resplandor tenue de magia, y el aire frío que me rodeaba parecía resonar con la presencia de aquellos dos desconocidos que, de alguna manera, ya conocían demasiado sobre mí.

****

[Duquesa Luneth]

El callejón estaba silencioso, roto solo por el murmullo lejano de la ciudad. Mariela y yo seguimos al chico de cabello negro y su grupo, manteniéndonos a prudente distancia, pero con los sentidos alerta. Mi corazón latía con fuerza; había escuchado ese nombre, Neyreth, salir de su boca, y necesitaba respuestas. Cada segundo sin conocer la verdad me parecía una eternidad.

—Dime —empecé, la voz firme, pero cargada de urgencia—, ¿dónde escuchaste ese nombre y en dónde lo conociste?

El chico se detuvo por un instante, mirándome con sus ojos negros mezclados con plateado, evaluando si debía responder.

—Lo conozco desde hace unos ocho años —dijo finalmente.

Fruncí el ceño, incrédula, dando un paso hacia él.

—¿Ocho años? ¿Cómo es que lo conoces hace tanto tiempo?

—Porque pertenecimos a la misma orden —respondió, como si decir la palabra tuviera un peso inmenso.

—¿Orden? —repetí, casi sorprendida por la gravedad de la revelación.

—Sí —asintió—. Hace unos diez años, un grupo encontró al chico medio muerto, a un hilo de la muerte. Lo salvaron.

No pensé mucho. Mi respiración se volvió más rápida, y sin quererlo, el ambiente reaccionó a mi magia. Las paredes del callejón se congelaron, gruesas estacas de hielo surgieron del suelo, rodeando al grupo, creando una barrera casi impenetrable. La presión de mi poder hizo que todos se pusieran en guardia.

—¿Qué le hicieron? ¿Dónde lo tienen? —pregunté, la voz tensa, y mis manos temblaban ligeramente mientras acumulaba más energía.

El chico levantó las manos con un gesto calmante.

—Cálmate antes de hacer algo de lo que puedas arrepentirte —dijo con firmeza.

Mariela no perdió tiempo; sacó su estoque y lo envolvió con viento, poniéndose a la defensiva.

—El grupo que lo encontró —continuó el chico, con voz medida—, lo rescató y curó. Cada miembro siempre debe dar una razón para quedarse con nosotros. El motivo de Neyreth fue venganza. Quiso matar a quienes atacaron a él y a su madre. Por eso se quedó con ellos.

—¿Venganza? —repuse, el corazón dándose un vuelco.

—Sí —afirmó—. Tomó tres años descubrir que los responsables eran tres casas nobles de distintas regiones: una del Oeste, otra del Este y la última del Sur. Tres casas viscondes eliminadas por él.

—¿Cómo lo descubrió? —preguntó Mariela, bajando ligeramente el estoque, aunque alerta.

—Usaron los recursos de la orden para investigar a los responsables —dijo el chico—. La casa Mirthel, Agthea y Setril.

Mariela frunció el ceño.

—Entonces… por eso se esparció la noticia de la caída de esas tres casas —dijo—. Fue por el joven maestro Neyreth.

—Así fue —confirmó él, sin dudar.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté, sintiendo que mi respiración se aceleraba.

—Estuve ahí —respondió el chico con voz firme—. Lo ayudé a eliminar a las casas. Eramos hermanos de la orden.

Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. Mi mente intentaba procesar la información.

—¿Dónde está ahora? —pregunté, la voz casi un susurro.

—Ahora mismo, debería estar en el Este —dijo, sus ojos fijos en los míos—. Hace un año, la hija de un Conde le tendió una invitación para ser patrocinado por su padre.

—¿Qué conde? —inquirí, entrecerrando los ojos.

—El conde Vion —respondió con calma.

Me giré hacia Mariela, apretando los puños.

—Tenemos que ir al Este ahora mismo —dije, decidida, pero un estremecimiento recorrió mi cuerpo.

El chico levantó una mano, deteniéndome.

—Debes saber algo antes —advirtió, serio.

—¿Qué es? —pregunté, conteniendo la urgencia que quería arrastrarme hacia él.

—Hace seis años —empezó con voz grave—, Neyreth se había ido de la orden después de cumplir su venganza. Pero poco tiempo después regresó. Nunca supimos por qué, nunca lo dijo, y desde entonces permaneció en la orden.

—¿Por qué? —pregunté, con la garganta seca y un nudo en el pecho.

—No lo sabemos —dijo con un suspiro—. Pero hay otra cosa que debes saber.

—¿Ahora qué? —pregunté, la ansiedad haciendo que mi voz temblara.

—Fue inculpado —dijo, mirando a Mariela y luego a mí con seriedad—. Neyreth fue tendido en una trampa por otro miembro de la orden y sus seguidores. La trampa fue diseñada para hacerlo parecer un asesino y traidor. Se creyó muerto cuando cayó a un río, y se pensó que el agua lo había matado. Terceros incluso habían ido a atacarlo.

—¿Entonces cómo sabes que es él y que está en el Este? —pregunté, mi respiración entrecortada.

—Hace cuatro meses —dijo finalmente—, nos volvimos a ver en un pueblo del Oeste, Arthen, a un mes de aquí hacia el sur. Una familia del pueblo lo encontró en el río y lo salvó. Perdió la memoria y vivió con ellos durante dos años. Hace cuatro meses salió hacia el Este, apenas recordando algunas cosas: su nombre y que tenía familia. Neyreth me dijo que en sus recuerdos o sueños veía a una mujer de cabello plateado y ojos celestes llamándolo Neyreth. Desde entonces, no sabemos más de él. Ahora mismo debería estar con el conde Vion.

Por un momento, las palabras del chico quedaron flotando en el aire, como un eco que no quería apagarse.

Neyreth… había vivido dos años con una familia.

Dos años.

Mi corazón se contrajo. El silencio entre todos se hizo espeso, incómodo, hasta que sentí la necesidad de romperlo.

—¿Dijiste… que vivió con una familia? —pregunté, dando un paso hacia él. Mi voz temblaba, aunque traté de mantener la compostura.

El chico asintió, algo inseguro. —Sí. Una familia del pueblo de Arthen. Lo encontraron en el río, inconsciente, muy malherido. Lo cuidaron… y lo adoptaron, al parecer.

—¿Cómo se llamaban? —le pregunté con urgencia, casi sin poder controlar el temblor en mis manos.

El chico parpadeó, algo sorprendido por mi reacción. —¿Sus nombres?

—Sí, sus nombres —repetí con firmeza, sintiendo que mi respiración se aceleraba.

—No… no lo sé —admitió, rascándose la nuca con cierta incomodidad—. Nunca pregunté los nombres completos. Pero… recuerdo que él me mencionó algunos.

—¿Cuáles? —pregunté de inmediato.

—La mujer se llamaba Liana —dijo lentamente, como si buscara en su memoria—. Y el hombre, Roderic.

Sentí un estremecimiento en todo el cuerpo, como si una corriente helada me recorriera la espalda.

—¿Liana… y Roderic? —repetí en voz baja, procesando cada sílaba.

Mariela, a mi lado, levantó la vista, mirándome con cautela. —¿Te suenan esos nombres, mi señora?

Negué despacio. —No… —susurré—. Pero… continúa.

El chico asintió, cruzándose de brazos. —Tenían tres hijos más. Nunca supe sus nombres, pero eran buenos con él. Muy unidos. Cuando lo encontraron, Neyreth había perdido toda su memoria, no recordaba nada, ni su nombre. Ellos fueron quienes lo acogieron, lo cuidaron como a uno de los suyos.

—¿Y cómo lo llamaban entonces? —preguntó Mariela, antes de que yo pudiera hacerlo.

El chico levantó la mirada, encontrando mis ojos, y su voz bajó un poco, casi en un tono de respeto.

—Le dieron un nombre nuevo. Lo llamaron Eiren.

Ese nombre…

Ese nombre atravesó mi mente como una ráfaga.

Eiren.

—¿Eiren…? —repetí, apenas un murmullo, mis labios temblando.

—Sí —confirmó el chico, con un leve asentimiento—. Según me contó, cuando recuperó algunos recuerdos, les explicó quién era, o al menos lo que recordaba. Pero para ellos, siempre fue Eiren, su hijo.

—¿Su… hijo? —pregunté con incredulidad.

—Así es —respondió el chico con seriedad—. Los consideraba su familia. Los llamaba padre y madre. Y ellos lo trataban como a un hijo. Incluso los demás hijos de esa pareja… lo veían como a un hermano.

No supe qué decir. Sentí que las piernas me fallaban por un instante, y tuve que apoyarme en la pared helada a mi lado.

Había tenido una familia…

Una familia que lo cuidó cuando yo no estaba.

Cuando lo había perdido.

Mariela me miró, preocupada. —Mi señora, ¿está bien?

—Sí… —mentí, aunque la voz me salió quebrada. Tragué saliva, tratando de mantener la compostura—. Continúa.

El chico asintió despacio, observándome con cierta comprensión. —Según él, esa familia lo salvó de morir. Lo trataron con cariño, sin pedirle nada a cambio. Vivió con ellos dos años, trabajando, ayudándolos. Hasta que… bueno, empezó a tener recuerdos, fragmentos. Pesadillas, según me dijo. Y fue entonces cuando recordó su verdadero nombre: Neyreth.

Cerré los ojos, sintiendo que una lágrima amenazaba con escapar.

—Así que… incluso sin memoria, fue amado —susurré, más para mí que para nadie.

El chico asintió. —Sí. Fue feliz, según lo que me contó. Por eso… cuando decidió partir, lo hizo con un nudo en el corazón. Dijo que no sabía si debía regresar con ellos o buscar su pasado, pero al final, sintió que debía encontrarse a sí mismo primero.

Mariela bajó la mirada, con una mezcla de ternura y pesar. —Ellos lo perdieron también, entonces…

—Supongo que sí —dijo el chico con un suspiro—. Pero… estoy seguro de que los recuerda con cariño.

El nombre Eiren resonaba en mi mente una y otra vez. Cada sílaba era un golpe suave, pero profundo, en el pecho. Mi hijo… había vivido como Eiren.

Mi hijo había tenido un hogar.

Había sido amado.

Y aunque me dolía no haber estado allí, una parte de mí se sintió… agradecida.

Respiré hondo, limpiando una lágrima antes de que cayera.

—Gracias —dije finalmente, mirándolo con solemnidad—. Has dicho más de lo que imaginé escuchar este día.

El chico asintió. —No tienes que agradecerme. Él… te buscaba. Aunque no lo recordaba del todo, te buscaba.

Sentí mi corazón encogerse otra vez.

Mariela dio un paso adelante. —Entonces, Neyreth… o Eiren, como lo llaman ahora… está en el Este, con el conde Vion.

Asentí despacio. —Sí… —murmuré, mi voz llena de determinación y esperanza—. Y lo encontraremos. No importa cuánto falte.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté al chico, mirándolo con firmeza.

La pared detrás de él seguía cubierta de hielo, pero mis emociones ya no eran puro descontrol… ahora eran dirección. Propósito.

El joven me sostuvo la mirada un momento antes de responder.

—Kyot. Mi nombre es Kyot.

Repetí el nombre en silencio, saboreando las sílabas para grabarlas en la memoria. Era alguien que había estado junto a mi hijo… alguien que había visto su dolor, su crecimiento, su lucha.

—Bien, Kyot —dije finalmente—. Vendrás conmigo.

—¿Qué? —intervino Mariela, girándose hacia mí con sorpresa. —Mi señora, no creo que eso sea prudente.

—No hay nada de imprudente en ello —repliqué sin apartar los ojos de Kyot—. Este joven conoce el camino. Sabe dónde se encuentra ese pueblo… y esa familia.

Kyot frunció ligeramente el ceño, como si no terminara de entender a dónde quería llegar.

—¿Quieres ir a verlos? —preguntó.

—Sí —dije sin dudar—. Si fueron ellos quienes cuidaron de mi hijo cuando yo no pude… merecen mi agradecimiento. Antes de ir al Este, quiero verlos con mis propios ojos. Quiero conocer a quienes lo salvaron.

—Mi señora —Mariela insistió, su voz baja pero firme—, debería pensarlo. No sabemos si podemos confiar completamente en este chico.

—Mariela —dije, interrumpiéndola suavemente pero con autoridad—. Si este joven hubiese querido dañarnos, ya lo habría hecho. No lo siento con mala intención… y además, él fue amigo de Neyreth. Eso basta para mí.

Ella me miró, vacilante, pero bajó la cabeza finalmente. —Como desee, mi señora.

Kyot parecía incómodo, moviendo el peso de un pie al otro.

—No creo que mi presencia sea necesaria, duquesa. Puedo dibujarle el mapa del camino, o enviar a alguien del gremio que la guíe. No hace falta que yo…

—No —lo corté con firmeza—. No confiaré en un mapa, ni en oídos de terceros. Tú conociste a mi hijo, sabes lo que vivió, dónde estuvo. Y ahora me vas a mostrar cada uno de esos lugares.

El aire se volvió más frío, casi imperceptiblemente, pero todos lo notaron. Mariela suspiró con resignación.

—Si ese es su deseo… —murmuró.

—Lo es —afirmé. Luego miré a Kyot directamente—. Iremos primero al pueblo de Arthen. Quiero ver esa casa, conocer a esa familia. Quiero hablar con ellos, saber cómo vivió mi hijo esos años. Y después…

—Después —completó él, cruzándose de brazos—, querrás ir al Este.

Asentí. —Exacto. Iré a ver al conde Vion. Si mi hijo está con él, no pienso perder un solo día.

Kyot guardó silencio unos segundos, mirándome con algo que se parecía a respeto.

—Tiene la misma determinación que él —dijo al fin, con una ligera sonrisa—. Está bien. Los guiaré. Pero el viaje no será corto.

—No me importa cuánto dure —respondí—. Ya esperé diez años.

Mariela se acercó, su voz algo más suave esta vez. —Mi señora…

—Lo sé, Mariela —dije antes de que continuara—. No será fácil, ni seguro. Pero si Neyreth estuvo vivo todo este tiempo, si creció, si sufrió y siguió adelante, entonces también puedo hacerlo yo.

Kyot asintió despacio, sin decir nada más. Luego miró a su grupo y les hizo una seña.

—Ustedes váyanse al gremio. Los alcanzaré luego.

—¿Seguro? —preguntó Sena, la líder, con una ceja alzada.

—Sí —respondió Kyot con tono decidido—. Esto es algo que debo hacer.

Ellos se miraron entre sí, y finalmente asintieron antes de marcharse. El callejón quedó en silencio.

Di un paso hacia el joven. —Prepárate, Kyot. Partiremos al amanecer.

Él asintió con una sonrisa cansada. —Entendido, duquesa. Al amanecer, entonces.

Mientras caminábamos de regreso a la residencia de la marquesa, el viento de la tarde trajo consigo un aire distinto.

Un aire que olía a esperanza.

Porque esta vez…

Esta vez no era una búsqueda ciega.

Ahora tenía un nombre, un camino, y una promesa:

Encontraría a mi hijo.

More Chapters