Cherreads

Chapter 66 - Capitulo 65

[Luneth]

Caminábamos despacio por el corredor de la mansión, y aun así sentía que el mundo se movía demasiado rápido para él.

—Más despacio, Neyreth —le pedí con suavidad, apretando un poco más su brazo.

—Estoy bien, —respondió—. De verdad. Si sigo en la cama otro día más, voy a enloquecer.

Liana iba del otro lado, sosteniéndolo con la misma firmeza tranquila con la que sostuvo su vida durante años.

—No te estamos diciendo que vuelvas a la cama —dijo ella—. Solo que no corras como si nada hubiera pasado.

—No estoy corriendo —murmuró él.

—Estás intentando hacerlo —respondimos Liana y yo al mismo tiempo.

Él soltó una risa baja, cansada, y aflojó un poco el paso.

A nuestro alrededor, el espectáculo era… curioso.

Mariela, mi guardiana, caminaba unos pasos delante, girando la cabeza cada pocos segundos para mirarlo, como si temiera que desapareciera si dejaba de verlo. Sivelle iba detrás, cruzándose de un lado a otro, fingiendo calma sin conseguirlo del todo. Y Miya… Miya literalmente daba vueltas alrededor de nosotros.

—¿De verdad es necesario que camine? —preguntó Miya por tercera vez—. Pueden llevarle la cena a la habitación.

—Ya dijo que no —respondió Sivelle antes que Neyreth—. Y si no lo dejan moverse un poco, será peor.

—Pero apenas despertó —insistió Miya.

—Precisamente —dijo Neyreth, girando un poco el rostro hacia ella—. Sigo vivo. Quiero sentirlo.

No supe qué responder a eso.

Sentí su mano aferrarse un poco más a la mía cuando el pasillo se volvió más largo, más frío. Su palma… no era la de un niño. Era áspera, dura. Callos formados por empuñar armas, por entrenar demasiado, por sobrevivir.

Mis dedos rozaron, sin querer, las pequeñas cicatrices en su mano. Otras más finas asomaban en su antebrazo descubierto, marcas que no estaban ahí cuando lo perdí.

Tragué saliva.

—Te duele —dije en voz baja.

—Un poco —admitió—. Pero es un dolor… normal. Real.

Liana lo miró de reojo.

—Eso no significa que debas ignorarlo.

—Lo sé —respondió él—. Prometo sentarme apenas lleguemos.

Seguimos avanzando.

Cada vez que una sirvienta o un mayordomo cruzaba el corredor, se inclinaban de inmediato, como era costumbre. Pero ninguno lograba ocultar la mirada curiosa, sorprendida… casi incrédula.

—Es él… —escuché susurrar a una doncella cuando creyó que no la oía.

—El joven maestro… —murmuró otro.

Muchos de ellos habían llegado a la mansión años después. Para ellos, Neyreth era solo un nombre. Un retrato en el salón principal. Un hijo perdido del que no se hablaba en voz alta.

Ahora caminaba frente a ellos. Vivo. Tambaleante, sí, pero real.

Neyreth también lo notó.

—Me miran como si fuera un fantasma —murmuró.

—Para muchos, lo eres —respondí con sinceridad—. Uno que regresó.

—Eso tomará tiempo —dijo él.

—Sí —asentí—. Pero esta casa siempre fue tuya. Nunca dejó de serlo.

Sivelle se acercó un poco más.

—Después de la cena, volverás a descansar —le dijo—. No es negociable.

—¿Ves? —añadió Liana con una sonrisa cansada—. No soy la única estricta.

Neyreth suspiró.

—Estoy rodeado…

—De madres —dijimos Liana y yo al mismo tiempo.

Él rió, y ese sonido… ese sonido fue suficiente para que el corredor dejara de sentirse tan frío.

Las puertas del comedor se abrieron con suavidad cuando Miya y Mariela empujaron a la vez.

El murmullo cesó.

Allí estaban todos.

Nareth ocupaba la cabecera de la mesa, recto como siempre, aunque sus manos, apoyadas sobre el respaldo de la silla, delataban que llevaba esperando más tiempo del que admitiría. A su izquierda estaban Roderic, serio pero atento, con la silla de Liana a su lado; más allá, Joren, Alenya y Miriel, alineados pero inquietos, como si aún no terminaran de creer que Neyreth iba a sentarse a cenar con ellos.

Más allá, los Vion: Kyle con la espalda recta, educado hasta el exceso; Keny, con una sonrisa viva que iba y venía entre Neyreth y el resto de la mesa, como si se negara a perderse un solo gesto.

A la derecha, mi lugar vacío aguardaba. Luego la silla de Sivelle, la de Neyreth, y más allá los mellizos, Niva e Isen, demasiado atentos para su edad. Al final de ese lado estaban el marqués Shtile y sus hijas, Maylen y Cloe, que se pusieron un poco más rectas al verlo entrar.

La mesa ya estaba servida. El vapor de los platos subía lentamente, llenando el aire con aromas cálidos que contrastaban con el frío de los pasillos.

—Por fin —dijo Keny, rompiendo el silencio—. Ya empezaba a pensar que lo habían vuelto a secuestrar por el camino.

—Keny —la reprendió Kyle en voz baja.

—¿Qué? Está vivo, puedo bromear —respondió ella sin culpa.

Neyreth soltó una risa corta.

—Casi —murmuró—. Si no fuera por ellas dos, aún estaría discutiendo en el corredor.

Miya y Mariela lo guiaron con cuidado hasta su silla. Yo observé cada paso, cada pequeño gesto de cansancio que él intentaba ocultar.

—Aquí —dije suavemente, ayudándolo a sentarse.

Sivelle ya estaba acomodándose a su lado, vigilante, como si temiera que alguien se lo arrebatara de la silla si parpadeaba.

—No te apoyes demasiado hacia atrás —le advirtió—. Si te mareas, lo dices.

—Sí, madre número dos —respondió él, con una sonrisa ladeada.

Sivelle le dio un leve codazo.

Yo tomé mi lugar junto a él, sintiendo por primera vez en años que la disposición de la mesa tenía sentido. Al otro lado, Liana rodeó la mesa y se sentó junto a Roderic y Joren. Miriel no dejaba de mirar a Neyreth, con los ojos brillantes, como si temiera que desapareciera si dejaba de hacerlo.

Mariela y Miya cerraron las puertas del comedor y se quedaron apostadas a cada lado, en silencio.

Nareth aclaró la garganta.

—Bien —dijo, con voz firme—. Ahora que estamos todos… comamos. Antes de que la comida se enfríe y alguien vuelva a desmayarse.

—Estoy perfectamente consciente de esa indirecta —murmuró Neyreth.

—Me alegra —respondió Nareth—. No pienso cargar contigo hasta la habitación otra vez.

Roderic dejó escapar una breve risa.

—Créame, duque, no es tan fácil como parece.

—Lo imagino —asintió Nareth.

Los sirvientes comenzaron a moverse de nuevo, sirviendo y ajustando platos. El sonido de cubiertos llenó el espacio, pero era un sonido distinto al de otras cenas. Más cuidadoso. Más atento.

—Hermano Neyreth —dijo Isen de pronto—. ¿Te duele sentarte?

—Un poco —admitió él—. Pero duele menos que no hacerlo.

—Eso no tiene sentido —murmuró Niva.

—Lo tendrá cuando seas mayor —respondió Sivelle.

Maylen observaba la escena con una expresión suave.

—Es… extraño —dijo—. Verlos así. Se siente… correcto.

Cloe asintió con fuerza.

—Sí. Como si una historia hubiera vuelto a encajar.

Liana levantó la mirada desde su plato y sonrió, emocionada.

—Eso es exactamente lo que es.

Yo miré a Neyreth de reojo. Sus hombros estaban relajados, su respiración tranquila. Cansado, sí, pero presente.

Aquí.

En casa.

Y por primera vez desde aquella noche hace diez años, el comedor de los Vyrenthal volvió a sentirse completo.

****

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

Veinte.

El comedor estaba lleno, pero el silencio pesaba como si faltara el aire. Solo se oía el roce de los cubiertos contra los platos, el leve tintinear de una copa al ser tomada, algún sorbo contenido. Nadie hablaba. Nadie parecía atreverse.

Yo observaba a Neyreth de reojo, sin hacerlo demasiado evidente. Sus movimientos eran torpes, cuidadosos, como si los cubiertos fueran objetos nuevos. No porque no supiera comer… sino porque estaba pensando en demasiadas cosas al mismo tiempo.

Entonces suspiró.

No fue fuerte. No fue dramático. Pero bastó.

—…—

Sentí cómo Sivelle se tensaba a mi lado. Nareth alzó la cabeza de inmediato. Liana dejó de cortar su comida. Keny ya estaba medio levantada de la silla, y Kyle la sujetó del brazo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Nareth al instante.

—¿Te sientes mal? —dijo Sivelle, casi al mismo tiempo.

—¿Te mareaste? —añadí yo, sin poder evitarlo.

Neyreth parpadeó, sorprendido por la reacción general. Luego negó con la cabeza lentamente y dejó los cubiertos sobre el plato, como si no terminara de confiar en sus manos.

—No… no es eso —dijo—. Tranquilos. No me voy a desmayar.

—Qué decepción —murmuró Keny—, ya me estaba preparando para el caos.

—Keny —la reprendió Kyle, otra vez.

Neyreth dejó escapar una pequeña risa, pero luego su expresión cambió. Se pasó una mano por el cabello, respiró hondo y habló con más calma.

—Solo… —hizo una pausa—. Esto es un tanto incómodo.

Nadie lo interrumpió.

—No malo —aclaró enseguida—. Solo… extraño.

Miriel inclinó un poco la cabeza.

—¿Extraño cómo? —preguntó con cuidado.

Neyreth bajó la mirada al plato.

—Durante el tiempo que viví con mi familia adoptiva… cuando tenía amnesia —dijo—, siempre me pregunté quién era. Quién había sido. Quiénes eran ustedes.

Liana apretó los labios, visiblemente conmovida, pero no dijo nada.

—A veces recordaba cosas sueltas —continuó—. Un pasillo. Una voz. Frío. Mucho frío. Y siempre me preguntaba… si algún día los volvía a ver, qué diría.

Alenya entrelazó los dedos sobre la mesa.

—¿Y pensaste en algo? —preguntó suavemente.

—Sí —admitió él—. Mucho.

Alzó la mirada, recorriendo la mesa poco a poco. Primero Liana, Roderic, Joren, Miriel, Alenya. Con ellos su mirada se detenía menos; había costumbre ahí, cercanía ganada con el tiempo. Luego pasó a los Vion, a los Shtile… y finalmente a nosotros.

A Nareth.

A Sivelle.

A Niva e Isen.

A mí.

—Pensé en preguntas —dijo—. En reproches. En disculpas que ni siquiera sabía si eran mías. Pensé en cómo se sentiría recordar quién era realmente.

Niva tragó saliva.

—¿Y…? —susurró.

—Y ahora que estoy aquí —continuó Neyreth—, frente a ustedes… no sé qué decir.

El silencio volvió a caer, pero esta vez no fue incómodo. Fue denso. Honesto.

—Durante estos meses, desde que salí del pueblo —prosiguió—, pensé mucho en esto. En ustedes. En mi familia biológica. Pensé que, al verlos, algo iba a… encajar de golpe.

Se encogió de hombros.

—Pero no pasó así.

Sivelle apretó las manos sobre la mesa.

—Neyreth… —empezó.

—No me malinterpreten —la interrumpió con suavidad—. No es rechazo. Ni enojo. Es solo que… ustedes son mi familia, lo sé —miró a Nareth—. Lo siento. Lo entiendo.

Luego giró ligeramente hacia Liana y Roderic.

—Pero ellos también lo son.

Roderic asintió despacio.

—Y no hay nada de malo en eso —dijo con firmeza.

—Exacto —añadió Liana—. El amor no se reemplaza. Se suma.

Nareth respiró hondo antes de hablar.

—Has pasado diez años lejos —dijo—. No esperamos que actúes como si nada hubiera ocurrido.

Sivelle bajó un poco la voz.

—Ni que nos llames familia solo porque la sangre lo dice.

Isen frunció el ceño.

—Pero… sí queremos conocerte —dijo—. Aunque sea así. Poco a poco.

Neyreth levantó la vista, sorprendido.

—¿De verdad?

—De verdad —respondí yo, finalmente.

Neyreth asintió, pero antes de que alguien más pudiera hablar, levantó ligeramente una mano. No era un gesto autoritario, más bien… inseguro. Como si necesitara asegurarse de que lo dejaran terminar.

—Espera… —dijo—. Hay algo más que quiero decir.

Todos guardaron silencio de inmediato.

—Lo siento si en algún momento… —tragó saliva— no sé cómo referirme a ustedes en voz alta.

Sivelle abrió un poco los ojos. Nareth se quedó completamente inmóvil. Yo sentí un nudo en el pecho.

—En mi mente no tengo ese problema —continuó—. Ahí… los llamo mi familia. Mi madre. Mi padre. Mis hermanas. Mi hermano.

Su voz no temblaba, pero era evidente que estaba midiendo cada palabra.

—Pero cuando intento decirlo en voz alta… es diferente.

Joren bajó la mirada, apretando la mandíbula.

—No es que no lo sienta —añadió Neyreth con rapidez—. No es que dude de ustedes.

Me miró directamente a los ojos.

—Son mi familia. De eso no tengo ninguna duda.

Nareth respiró hondo.

—Neyreth… —dijo con voz grave—, no tienes que disculparte por eso.

—Sí —intervino Sivelle—. Nadie aquí espera que las palabras salgan perfectas.

Neyreth negó lentamente con la cabeza.

—Lo sé. Pero quería decirlo de todos modos.

Apoyó ambas manos sobre la mesa, como si eso le diera estabilidad.

—Mis recuerdos son pocos, fragmentados… pero incluso así, cuando aparecen, no hacen que me aleje. Al contrario.

Isen alzó la vista.

—¿Cómo así?

—Los solidifican —respondió Neyreth—. Me confirman que este lugar… que ustedes… siempre estuvieron ahí, incluso cuando yo no podía recordarlos.

El silencio que siguió fue distinto. No tenso. No incómodo. Era profundo.

—Solo… —continuó— les pido tiempo.

Niva asintió despacio.

—Tiempo podemos dar —dijo—. Todo el que necesites.

—Para que el "yo" que soy ahora —prosiguió— pueda sentirse parte de ustedes de verdad. No solo por la sangre. No solo por lo que fui.

Miró sus manos un segundo, luego levantó la vista otra vez.

—Y entonces… poder llamarlos como es debido. Sin que las palabras se me queden atrapadas en la garganta.

Yo sentí que el pecho me dolía, pero sonreí.

—De verdad —dije, retomando mis palabras de antes—. No tienes que saber qué decir hoy. Ni mañana.

Me incliné un poco hacia él.

—Solo… quédate.

Sus hombros se relajaron apenas, como si al fin pudiera soltar un peso invisible.

—Eso —dijo en voz baja—. Eso sí creo que puedo hacerlo.

Nareth asintió con firmeza.

—Entonces quédate —dijo—. Como hijo. Como hermano. Como quieras. Aquí.

Sivelle sonrió, aunque tenía los ojos brillantes.

—Paso a paso —añadió—. No tenemos prisa.

Keny se aclaró la garganta, rompiendo apenas la solemnidad.

—Bueno, si ya vamos a ponernos sentimentales —dijo—, al menos coman. La comida no espera a los procesos emocionales.

Kyle suspiró.

—Nunca sabes cuándo callarte.

Neyreth dejó escapar una pequeña risa, auténtica esta vez.

—Gracias —dijo—. A todos.

Sivelle esperó apenas unos segundos más, como si quisiera asegurarse de que nadie iba a interrumpirla, y entonces habló:

—Bien. Ahora que ya se rompió el hielo… —dijo, ladeando la cabeza— quiero saber algo.

Neyreth la miró con cautela.

—¿Qué cosa?

—¿De dónde diablos sacaste al dragón con el que llegaste ese día al bosque?

La mesa entera se quedó en silencio.

Sentí cómo varias miradas se clavaban en Neyreth al mismo tiempo. Yo misma me enderecé sin darme cuenta. Todos habíamos escuchado la historia… fragmentos, rumores, exageraciones. Pero escuchándolo ahora, así planteado, comprendí algo con claridad: ninguno sabía realmente cómo había ocurrido.

—Yo… —dije despacio— pensé que quizá era algún tipo de hechizo de invocación.

El marqués Shtile negó con la cabeza de inmediato.

—No lo fue —afirmó—. Llevo demasiado tiempo esperando escuchar esa historia como para seguir engañándome con explicaciones cómodas.

Cloe asintió con entusiasmo.

—¡Sí! —añadió—. Por favor, cuéntala bien esta vez.

Neyreth sonrió apenas, un gesto cansado pero sincero.

—Está bien —dijo—. Pero… ¿en serio no les molesta escuchar esto mientras comen?

—No —respondieron varios a la vez.

—He escuchado cosas peores en cenas diplomáticas —añadió Keny con una media sonrisa.

Neyreth suspiró.

—Entonces… supongo que empezaré desde abajo. Literalmente.

Apoyó los codos con cuidado sobre la mesa.

—Una de las bestias de la mujer de negro me arrastró bajo tierra.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Bajo tierra? —repitió Niva.

—Sí. Había una cueva. O mejor dicho… una red de cuevas.

—Eso no estaba en ningún informe —murmuró Kyle.

—Porque nadie más bajó —respondió Neyreth—. Estaba llena de esas cosas. Bestias modificadas… alteradas… no sé cómo llamarlas.

Roderic frunció el ceño.

—¿Las eliminaste?

—A todas —respondió sin vacilar—. Aunque no salí ileso.

—Por supuesto que no —murmuré sin pensar.

Él me miró un instante y luego continuó.

—La mujer me estaba cazando ahí dentro. Literalmente. Sabía que estaba herido, sabía que me estaba exigiendo con la magia.

—Eso encaja con su patrón —dijo el marqués Shtile en voz baja.

—En algún punto —prosiguió Neyreth— una bestia, medio muerta, golpeó el suelo. Todo colapsó. Se abrió un agujero enorme… y caímos.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Sivelle.

—No lo sé. Lo suficiente como para pelear mientras caíamos.

Varias personas dejaron de comer.

—El suelo empezó a brillar —continuó—. Pensé que eran cristales… o algún mineral extraño.

—¿Y no lo era? —preguntó Cloe.

—Era agua.

—¿Agua… bajo tierra? —repitió Isen.

—Un lago subterráneo. Caímos ahí. Congelé a la bestia usando el agua y la eliminé.

Neyreth hizo una pausa breve, como si revisara mentalmente sus recuerdos.

—Entonces vi más. Bestias marinas. Pequeñas… molestas. Salí del agua, respiré un poco y seguí buscando una salida.

—Pero no la encontraste —dijo Keny.

—No. Pisé mal.

Soltó una pequeña risa sin humor.

—Resbalé y caí en una cueva mucho más grande.

Tragué saliva.

—¿Y ahí…? —empecé a decir.

—Ahí estaba él —terminó Neyreth.

Todos se inclinaron apenas hacia adelante.

—No lo vi de inmediato. Me tomó unos segundos orientarme después de la caída. Cuando lo hice… estaba pegado al muro.

—¿El dragón? —preguntó Maylen.

—No. Yo estaba pegado a la pared. Inmóvil.

—¿Te atacó? —preguntó Miriel, con los ojos muy abiertos.

—No. Yo estaba aterrado —admitió—, pero él simplemente… se alejó un poco. Me dio la espalda.

—Eso no suena a ningún dragon —murmuró Nareth.

—Luego —continuó Neyreth— me agarró con la cola.

Varias personas se sobresaltaron.

—Me sostuvo boca abajo unos segundos —dijo—. Después me puso recto… pero sin soltarme.

—Eso tuvo que doler —comentó Kyle.

—Lo hizo. Pero entonces sentí algo distinto.

Neyreth levantó una mano, buscando palabras.

—Una punzada. Un eco.

Golpeó suavemente su copa con una cuchara.

—Así. Como eso. Un sonido que no es sonido.

—Resonancia —murmuró Nareth.

Neyreth lo miró.

—Sí. Eso. Y era… familiar.

—¿Familiar cómo? —pregunté.

—Como la forma en que muevo mis nodos —respondió—. Su mana… se movía igual. Rítmico. Calmante. Hipnótico.

Sivelle contuvo la respiración.

—Después de unos minutos —continuó— nuestros manas empezaron a resonar. Un ritmo compartido.

—Eso es imposible —dijo Nareth, aunque su voz no sonaba convencida.

—Lo sé —respondió Neyreth—. Pero ocurrió. Él empezó a… sacar hilos de mana de su propio cuerpo.

—¿Hilos? —repitió Cloe.

—Sí. Y se unieron al mío.

Un silencio absoluto cayó sobre la mesa.

—No puedo explicar la sensación —añadió—. Solo… pasó.

—¿Y luego? —preguntó Sivelle, apenas audible.

—Me bajó. Yo estaba demasiado herido. Demasiado cansado. Me quedé dormido.

—Por días —añadió Liana desde el otro lado de la mesa—. Siempre que se excede, duerme por días.

Neyreth asintió.

—Cuando desperté, me sentía igual de mal… pero no tan mal como antes. Él me dio frutas.

—¿Frutas? —repitió Keny—. ¿Un dragón?

—No sé de dónde las sacó —dijo Neyreth—. Nunca las había visto.

—Eso es lo más extraño de toda la historia —murmuró Kyle.

—Le pedí que me sacara de ahí —continuó—. Pensé que no había salida.

—Pero la había —dije en voz baja.

—Sí. Él estaba tapándola. Un agujero del tamaño de un oso.

Neyreth hizo una pausa. Respiró hondo.

—Entonces… disminuyó su tamaño.

Varias exclamaciones se escaparon.

—¿Qué? —dijo Miriel.

—Así pudimos salir. Cuando estuvimos afuera —continuó Neyreth— él sintió algo. Problemas. Hizo resonar su mana y… entendí.

—¿Te habló? —preguntó Cloe.

—No con palabras. Me dijo que subiera.

—Y lo hiciste —dijo Sivelle.

—Sí. Volamos. Y entonces vi las bestias… creciendo.

—Ahí fue cuando llegaste al claro —dijo Keny—. Nosotros estábamos peleando en la superficie.

—Lo sé —respondió Neyreth—. Fue entonces cuando usé mi cuarta variación.

Nareth apretó los dedos sobre la mesa.

—La electricidad de hielo —murmuró.

—Sí. Y el dragón… desató su aliento.

—¿Fuego? —preguntó alguien.

—Eso pensé —dijo Neyreth—. Pero no.

Levantó la mirada.

—Fue hielo. Fuego de hielo.

Un silencio pesado cayó sobre nosotros.

—No tengo idea de cómo lo hizo —añadió—. Pero fue igual a mi icefire.

Nareth negó lentamente con la cabeza.

—Nunca escuché algo así en mi vida.

—Los dragones escupen fuego —añadí—. Eso es historia básica.

—Exacto —dijo Nareth—. Pero… —miró a Neyreth— no creo que fuera coincidencia.

—¿Por la resonancia? —pregunté.

—Sí. —Asintió—. Usaste tus nodos. Se conectaron. Alteraste su aliento.

Neyreth bajó la mirada.

—Supongo… que sí.

El silencio que siguió no fue de incredulidad.

Fue de asombro.

Pero note como Maylen frunció el ceño, dejando los cubiertos con cuidado sobre el plato.

—Espera —dijo—. Algo no cuadra.

Neyreth alzó la vista, aún con la expresión cansada.

—¿Qué cosa?

—Si llegaste al campo de batalla casi inmediatamente después de salir de la cueva —continuó ella—, ¿entonces dónde entra la historia del enorme lobo?

Varias miradas se movieron de inmediato.

—Porque —añadió Maylen— según lo que nos contaste, el lobo estaba contigo y con el dragón cuando apareciste.

Sentí un leve nudo en el estómago.

—Eso es cierto —dije despacio—. Yo también me lo he preguntado desde hace rato.

Sivelle apoyó el codo en la mesa.

—Ajá. —Lo miró fijamente—. ¿De dónde salió ese lobo gigantesco que cargabas encima cuando estabas inconsciente?

—Todos lo vimos —añadió Kyle—. Estuvo contigo todo el trayecto.

—Y el dragón… —murmuró Cloe— se fue, ¿no?

Un silencio incómodo se extendió.

Neyreth miró alrededor de la mesa. Luego suspiró largo y pesado.

—…Ah.

Se llevó una mano al rostro y se cubrió los ojos.

—Lo sabía —murmuró—. Sabía que iba a llegar este momento.

—Neyreth —dijo Liana con suavidad—. ¿Qué pasa?

Él dejó caer la mano lentamente, derrotado.

—La parte en la que dije que el dragón cambió su tamaño… —comenzó— no es mentira.

Hizo una pausa.

—Pero tampoco es toda la verdad.

El silencio se volvió denso.

—¿Cómo que no es toda la verdad? —preguntó Nareth con voz firme.

Neyreth apretó los labios.

—La verdad es que… —tragó saliva— el dragón no solo cambió de tamaño.

Sivelle se inclinó hacia adelante.

—¿Entonces?

—Cambió de aspecto.

Varias personas se tensaron.

—¿Aspecto… cómo? —preguntó Miriel.

Neyreth levantó la vista, señalando vagamente hacia el pasillo que conducía a su habitación.

—Al lobo.

El tiempo pareció detenerse.

—…¿Qué? —dijo Keny.

—¿Perdón? —añadió Kyle al mismo tiempo.

—¿El lobo…? —Cloe abrió los ojos de par en par—. ¿Ese lobo?

—¿El enorme lobo que ha estado contigo todo este tiempo? —preguntó el marqués Shtile, incrédulo.

Neyreth asintió lentamente.

—El mismo.

Hubo un estruendo seco cuando alguien dejó caer los cubiertos.

—No —dijo Sivelle—. No, no, no. Eso es imposible.

—Los dragones no hacen eso —afirmó Nareth, aunque su voz ya no sonaba tan segura.

—Yo lo pensé —añadió Liana en voz baja—. Pero… ahora que lo dices…

—¿Me estás diciendo —empezó Kyle— que el dragón…

—…nunca se fue —terminó Neyreth.

Un silencio absoluto cayó sobre la mesa.

—Estuvo conmigo todo el tiempo —continuó—. Cuando yo estaba inconsciente. Cuando me sacaron del bosque. Cuando viajamos.

—Entonces… —murmuré— el lobo…

—Es él.

Keny se llevó una mano a la boca, conteniendo una risa nerviosa.

—No puede ser…

—¡Lo acaricié! —exclamó Miriel—. ¡Le di comida!

—Yo también —añadió Alenya, pálida—. Pensé que era solo… grande.

—Eso explica muchas cosas —dijo el marqués Shtile lentamente—. Demasiadas.

Sivelle se cruzó de brazos.

—Todos creímos que el dragón se había ido después de acabar con las bestias.

—Eso era más fácil de aceptar —admitió Neyreth—. Yo tampoco sabía cómo decirlo.

—¿Y él simplemente… decidió quedarse contigo? —pregunté.

—No lo decidió —respondió Neyreth—. Se quedó.

—¿Por qué? —preguntó Niva.

Neyreth bajó la mirada un instante.

—Creo… que por la resonancia.

Nareth cerró los ojos, respirando hondo.

—Un dragón que cambia de forma —murmuró—. Que adapta su aliento. Que enlaza su mana con el de un humano.

Abrió los ojos de nuevo.

—Esto va a cambiar muchas cosas.

—Entonces —dijo Sivelle lentamente— el "lobo" que ha dormido en tu habitación…

—Es un dragón —confirmó Neyreth.

Nadie habló durante varios segundos.

—…Bueno —dijo Keny al final, rompiendo el silencio—. Eso explica por qué nunca me gruñó.

Neyreth soltó una risa cansada.

—Créeme —dijo—. Si quisiera, ya no estarías aquí.

Las miradas se deslizaron inconscientemente hacia el pasillo.

—¿Sigue ahí? —preguntó Cloe en un susurro.

—Durmiendo —respondió Neyreth—. Como siempre.

Yo tragué saliva.

—Hemos estado caminando por la mansión… con un dragón disfrazado de lobo.

—Sí —dijo Neyreth—. Básicamente.

Nareth apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Necesitamos hablar de esto con mucha calma.

—Después de cenar —añadió Liana—. Mucha calma.

Sivelle exhaló lentamente.

—La próxima vez —dijo mirando a Neyreth— empieza por esa parte.

—Lo intenté evitar —respondió él—. No funcionó.

Y por primera vez desde que empezó la cena, una risa nerviosa recorrió la mesa.

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