[Eiren]
El aire del jardín era fresco, limpio, con ese aroma a flores heladas que solo el norte sabe tener. Las mesas estaban repartidas sin un orden rígido, como si nadie hubiese querido imponer estructura a algo que todavía estaba aprendiendo a existir.
Yo estaba sentado con mis dos madres.
Todavía me parecía extraño pensarlo así, pero no incómodo.
Luneth estaba a mi izquierda, erguida incluso sentada, con esa presencia suya que llenaba el espacio sin necesidad de palabras. Liana, a mi derecha, tenía una manta ligera sobre los hombros y una taza caliente entre las manos, observándome de vez en cuando como si necesitara confirmar que seguía ahí.
—No tienes que quedarte despierto si estás cansado —dijo Liana en voz baja.
—Lo sé —respondí—. Pero quiero ver esto un rato más.
Ella sonrió, suave, sin insistir.
Un poco más allá, mi padre biológico, Nareth, estaba en otra mesa con Sivelle y Joren. No hablaban mucho, pero cuando lo hacían, Sivelle gesticulaba como siempre, y Joren escuchaba con atención casi reverente. Verlos juntos todavía me producía una sensación extraña, como observar una escena que sabía que me pertenecía, pero desde fuera.
Los Shtile ocupaban otra mesa: el marqués con Maylen y Cloe. Maylen hablaba animadamente, aunque cada tanto lanzaba miradas rápidas hacia mí… o quizá hacia el centro del jardín.
Los Vion estaban un poco más apartados. Keny reía por algo que Kyle acababa de decir, y ambos parecían más relajados que en días anteriores.
Pero mis ojos volvían una y otra vez al centro del jardín.
Miriel, Alenya, Isen y Niva corrían alrededor del dragón-lobo, todavía con esa mezcla de valentía y asombro que solo los niños tienen. Al principio les había tomado un buen rato acercarse. Pasos cortos, manos temblorosas, risitas nerviosas.
Ahora parecía… distinto.
El lobo estaba echado de lado, enorme, ocupando más espacio del que cualquier criatura normal debería, pero con el cuerpo relajado, la cola moviéndose lentamente sobre la hierba.
Y entonces lo hizo.
Con una delicadeza imposible para su tamaño, tomó a Isen por la ropa, justo del cuello de la túnica, y lo levantó del suelo.
—¡AH! —gritó Isen, antes de empezar a reír a carcajadas.
El lobo lo sacudió suavemente, de un lado a otro, sangoloteándolo como si fuera un muñeco de trapo.
—¡Bájalo! ¡Bájalo! —reía Niva, sin dejar de saltar alrededor.
—¡Otra vez! —pidió Miriel, aplaudiendo.
—¡Más alto! —añadió Alenya, completamente olvidada del miedo inicial.
Isen no dejaba de reír, pataleando en el aire.
—¡Estoy volando! ¡Estoy volando!
El dragón-lobo soltó un resoplido que, si no lo conociera, habría jurado que era una risa.
—Eso… —murmuró Luneth a mi lado—. Eso es nuevo.
—Sí —admití—. Normalmente no hace eso conmigo.
Liana soltó una pequeña risa.
—Creo que les ha tomado cariño.
Observé con atención. No solo era cuidado; era algo más. El lobo bajó a Isen con suavidad, empujándolo luego con el hocico para que corriera. Cuando Niva tropezó, una pata enorme apareció de inmediato para estabilizarla sin tocarla realmente.
Mariela y Miya caminaban alrededor, en círculos constantes, alertas. Desde fuera parecían niñeras vigilantes, pero yo sabía que cada movimiento suyo estaba calculado. Aun así, incluso ellas parecían… menos tensas.
—Nunca pensé que vería a Mariela así —dije en voz baja.
Luneth siguió mi mirada.
—Ni yo —respondió—. Está relajada. Eso dice mucho.
—¿Crees que él…? —empecé, dudando.
—Sí —dijo Luneth, sin que tuviera que terminar—. Está feliz.
Esa palabra me golpeó de una forma inesperada.
Feliz.
Miré de nuevo al dragón-lobo. A su tamaño reducido. A su forma distinta. A la manera en que se inclinaba para que Miriel pudiera tocarle la frente, cómo cerraba los ojos cuando Alenya se apoyaba contra su costado.
Sentí algo apretarme el pecho.
—Nunca pensé que terminaría así —confesé—. Después de todo.
Liana apoyó su mano sobre la mía.
—Nadie lo planea —dijo—. Pero a veces… el infierno también termina llevándote a un lugar donde puedes respirar.
Isen volvió corriendo hacia nosotros.
—¡Eiren! —gritó—. ¡Mira, me volvió a levantar!
El dragón-lobo alzó la cabeza, mirándome directamente. Sus ojos brillaban con esa inteligencia antigua que conocía demasiado bien.
Y por un instante, sin palabras, sentí ese pulso familiar.
Ese ritmo compartido.
—Sí —murmuré—. Ya vi.
Me quedé en silencio cuando mamá Luneth habló. No fue de golpe, ni con solemnidad; fue como si eligiera cada palabra con cuidado, esperando que no se me rompieran entre las manos.
—Eiren —dijo, usando mi nombre con esa suavidad que aún me descoloca—. Hace un par de días, cuando volviste a quedarte dormido… hablamos entre todos.
Parpadeé.
—No… no lo recuerdo.
—Lo sé —asintió—. Por eso te lo cuento ahora. No es algo urgente, pero sí importante. Familiar.
Liana se acomodó un poco más cerca de mí, sin decir nada. Solo estuvo ahí.
—Hace un par de días —continuó Luneth—, cuando volviste a quedarte dormido… hablamos entre nosotros.
Asentí despacio.
—De acuerdo.
Ella respiró hondo.
—Ya te habrás dado cuenta —dijo— de que durante el invierno… no sentiste el frío como lo haría alguien normal.
—Sí —respondí—. Pensé que era por la magia. O por mis nodos.
—Eso es lo que creíste —dijo—. Y no estás del todo equivocado… pero tampoco estás en lo correcto.
Incliné un poco la cabeza.
—Explícame.
Luneth entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Tú, tu padre Nareth, Sivelle, los mellizos… y yo —empezó— pertenecemos a un linaje puro.
Parpadeé.
—¿Puro… como en…?
—No —me interrumpió de inmediato—. No como estás pensando. No hay cruces entre primos, ni hermanos, ni nada parecido. Eso no tiene nada que ver con esto.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Bien.
—Cuando hablamos de linaje puro —continuó— hablamos de una línea mágica que no se ha fragmentado. Ha habido muchos cruces, muchas uniones… pero siempre siguiendo una sola raíz.
Liana asintió levemente.
—Una continuidad —añadió—. No aislamiento.
—Exacto —confirmó Luneth—. Y en ambas familias —la mía… y la de tu padre—, esta es la primera generación con sangre completamente pura.
Me quedé en silencio.
—Eso… —murmuré— suena importante.
—Lo es —respondió ella—. Porque la sangre pura no es solo un concepto genealógico. Afecta al cuerpo. A la magia. A cómo interactúan entre sí.
Miré mis manos.
—¿Y eso explica… el frío?
—Sí —dijo—. Al menos en parte.
Se inclinó un poco hacia mí.
—Quienes poseen sangre pura y afinidad con el hielo… pueden ser parte del hielo.
Alcé la mirada de golpe.
—¿Parte…?
—No lo sienten como algo ajeno —explicó—. El frío no los rechaza. No los daña. No los invade. Simplemente… está.
Liana habló entonces:
—Por eso no reaccionas como alguien sin magia… ni como alguien con magia que aún siente el frío.
—Pensé que era resistencia —dije—. Algo que había ganado.
—No es algo que se gane —respondió Luneth con suavidad—. Es algo que se despierta.
Guardé silencio unos segundos.
—¿Y Sivelle? —pregunté.
Luneth sonrió apenas.
—Sivelle… y los mellizos —dijo— poseen ambas sangres puras mezcladas.
Parpadeé otra vez.
—¿Ambas?
—Mi linaje —continuó— y el de tu padre no comparten la misma raíz. Son sangres puras distintas.
—Y cuando se mezclan… —empezó Liana.
—…no se anulan pero se sobrepone ante la otra y se potencian.
Sentí un escalofrío que, irónicamente, no fue de frío.
—Eso significa —dije despacio— que…
—Que sus habilidades con la magia de hielo son únicas —confirmó—. Más precisas. Más profundas. Más eficientes que las de otros miembros de ambas familias.
Miré hacia donde Sivelle estaba sentada con Nareth, riendo por algo que Joren acababa de decir.
—¿Y yo? —pregunté.
Luneth me sostuvo la mirada.
—Tú también.
Tragué saliva.
—Pero… yo no crecí aquí. No entrené como ellos.
—Y aun así —dijo— desarrollaste tus habilidades.
—Incluso con el sello —añadió Liana.
Asentí.
—Eso… sí.
—Y está bien —continuó Luneth—. No fue un error. Sobreviviste. Aprendiste. Te adaptaste incluso sin haber despertado tu magia por completo.
—Entonces… —dije— ¿qué está mal?
Luneth dudó un segundo.
—Nada —respondió—. Pero hay cosas incompletas.
Señaló mi pecho suavemente.
—Tu sangre es una mezcla. Más fuerte. Más intensa.
—Y por eso —añadió Liana— requiere control.
Exhalé despacio.
—¿Los nodos…?
—No son la raíz del problema —dijo Luneth—. Te ayudaron, sí. Te dieron estructura. Te permitieron usar lo que tu cuerpo no sabía manejar aún.
—Pero no es la forma correcta —añadió—. No para lo que tú eres.
Me llevé una mano a la nuca.
—Creí que soportar el frío… venía de ahí.
—No del todo —respondió ella—. Viene de haber despertado tu magia.
Hizo una pausa.
—Tus nodos ayudaron a canalizarla… pero no a armonizarla.
—¿Y eso explica… —murmuré— por qué siempre termino inconsciente?
Luneth asintió.
—Estás forzando algo que debería fluir.
—Como usar una armadura para sostener el cuerpo —añadió Liana— en lugar de fortalecer los músculos.
Me quedé callado un largo rato.
—Entonces… —dije al fin— ¿qué debería haber hecho?
—Nada distinto a lo que hiciste —respondió Luneth con firmeza—. Hiciste lo que pudiste con lo que tenías.
Sus ojos se suavizaron.
—Pero ahora… ya no estás solo. Y ya despertaste.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
Luneth sonrió. Una sonrisa distinta. Decidida.
—Cuando te recuperes —dijo— aprenderás el método de la familia.
—¿Cuál?
—El mismo que usó Sivelle para controlar su mezcla —asintió—. Para no enfermar. Para no perder el conocimiento cada vez que usa su magia.
Miré a Sivelle otra vez.
—¿Ella…?
—No fue inmediato —dijo Luneth—. Le tomó tiempo. Mucho control. Mucha disciplina.
Liana apoyó una mano sobre la mía.
—Y luego —añadió— podrás acoplar ese método a tus nodos.
Mis ojos se abrieron un poco más.
—¿Eso es posible?
—Probablemente —respondió Luneth—. Y si lo logras…
—Podrías ser más fuerte de lo que ya eres —dijo Liana—. Pero, más importante…
—Podrás controlar tus habilidades —terminó Luneth—. Evitar resultados no deseados. Evitar que tu cuerpo colapse.
Exhalé lentamente.
—Así que… —murmuré— todo este tiempo pensé que había encontrado la solución… cuando solo era un parche.
—Uno ingenioso —corrigió Luneth—. Pero temporal.
Me recliné un poco en la silla.
—Supongo que eso explica muchas cosas.
Luneth me miró con atención.
—¿Te molesta?
Negué despacio.
—No —respondí con sinceridad—. Me alivia.
Levanté la vista hacia el jardín, hacia los niños riendo con el dragón-lobo.
—Pensé que estaba roto —dije—. Que simplemente… no podía más.
Luneth tomó mi mano.
—No estás roto, hijo —dijo—. Solo estabas despertando sin guía.
Apreté sus dedos con cuidado.
—Entonces… aprenderé.
Ella sonrió.
—Eso esperaba oír.
Algo… no estaba bien.
Al principio pensé que era el aire. Una presión distinta, como cuando el clima cambia sin avisar. Pero no, no era eso.
Era el maná.
Lo sentí antes de verlo. Una alteración mínima, casi imperceptible, como una vibración fuera de ritmo. El jardín seguía igual: risas, voces, el crujir leve de las hojas. Y aun así… algo se había tensado.
El maná se volvió más luminoso.
No luz. No exactamente.
Era como si el mundo respirara más hondo.
Mis ojos se fijaron en un punto, entre dos árboles, a varios metros de distancia. Allí flotaba una mota diminuta, apenas visible. No brillaba como magia común. No pulsaba.
Era maná condensado.
Mi nuca se tensó de golpe.
Mis instintos, esos que nunca aprendí, solo desarrollése encendieron como una alarma rota.
Entonces todo ocurrió a la vez.
Sentí el maná colapsar, concentrarse en un solo punto, como si algo invisible lo estuviera comprimiendo. Y justo después...
Una presión helada rodeó mi cuello.
No manos. No cuerdas.
Algo peor.
Me levanté de golpe.
Mis nodos se encendieron violentamente, enviando una punzada de dolor que me recorrió la columna, pero no me detuve. El hechizo salió instintivo, crudo, sin forma elegante: dirigí la descarga exacta al punto donde había sentido la condensación.
—¡Neyreth! —alcancé a escuchar a Luneth.
Dos explosiones retumbaron casi al mismo tiempo.
La primera: mi magia, estallando el aire con un rugido de hielo comprimido.
La segunda: donde yo había estado sentado segundos antes.
La mesa se partió. Astillas volaron. El suelo se hundió.
El jardín entero estalló en caos.
—¡Ataque! —gritó alguien.
Miya y Mariela reaccionaron al instante. Sus manos se alzaron, y el viento rugió alrededor de los niños, formando una barrera compacta que los empujó hacia atrás, lejos del centro. El dragón-lobo gruñó, profundo, salvaje, colocándose frente a ellos con el lomo erizado y los colmillos al descubierto.
Sivelle ya estaba de pie.
El duque Nareth y la duquesa Luneth se movieron al mismo tiempo que ella, el aire a su alrededor cristalizándose. El frío descendió como una marea contenida.
—¡¿Dónde?! —exigió Nareth.
Keny y Kyle encendieron sus llamas casi por reflejo, el fuego ardiendo vivo alrededor de sus brazos, sus miradas clavadas en la dirección donde había lanzado el hechizo.
Pero entonces...
Algo se movió.
Demasiado rápido.
Detrás de mí.
Mis nodos respondieron antes que mi mente. Giré el flujo y hice estallar hielo desde mi espalda, una detonación corta pero brutal. Al mismo tiempo, clavé el pie contra el suelo y púas de hielo surgieron en abanico, rasgando la tierra.
Con un movimiento de mi mano, el jardín se convirtió en un campo de hielo. El césped desapareció bajo una capa cristalina, los árboles se cubrieron de escarcha, el aire se volvió cortante.
Otra vibración.
A la derecha.
Choqué mis manos con fuerza. El sonido fue seco, metálico. Luego apreté los dedos como si estuviera rompiendo algo invisible entre mis palmas.
El hielo explotó.
Fragmentos afilados salieron disparados en todas direcciones, formando una muralla caótica que se interpuso entre mi familia, los niños y cualquier cosa que se moviera allí dentro.
Entonces lo sentí.
Justo frente a mí.
Algo descendía. Rápido. Letal.
Directo a mi torso.
No pensé.
Dejé que mis instintos tomaran el control.
Púas de hielo brotaron desde todo mi cuerpo, atravesando el espacio inmediato como una explosión defensiva. Al instante siguiente, estallaron, y el aire fue absorbido hacia el centro.
Un tornado de hielo se formó alrededor de mí.
Giraba con violencia, arrancando hojas, fragmentos de suelo, restos de magia dispersa. Todo lo que entraba… quedaba atrapado.
Y entonces.
Encendí mi tercera variación.
Icefire.
El frío cambió.
El tornado de hielo se incendió.
No con fuego normal. Era azul pálido, blanco en los bordes. El hielo ardía mientras congelaba, una contradicción imposible. La temperatura cayó de golpe. El sonido se apagó, como si el mundo estuviera siendo sellado.
Todo lo que estuviera dentro de ese tornado… no saldría ileso.
Sentí resistencia.
Algo luchaba.
De pronto..
Un corte limpio.
El tornado se partió en dos, la rotación colapsó, el Icefire se dispersó en fragmentos ardientes que se apagaron al tocar el suelo.
—¡Diablos! —escuché una voz femenina—. ¡Mi espada!
Di un paso atrás, aún en guardia.
—Está bien, está bien —dijo la misma voz, ahora más clara, más cerca—. Me rindo, me rindo.
El hielo se asentó.
El maná volvió a su flujo normal.
Frente a mí, emergiendo entre la escarcha rota y el suelo congelado, estaba una mujer joven.
Cabello rojizo, recogido de forma descuidada, mechones sueltos cubiertos de escarcha. Ojos rojos intensos, brillantes incluso sin magia activa. Su abrigo estaba dañado, y en su mano sostenía lo que quedaba de una espada… o lo que había sido una.
Me observaba con una mezcla de fastidio y asombro.
—Vaya —murmuró—. Sí que exageras cuando te asustas.
Escuché inhalaciones contenidas detrás de mí.
—No puede ser… —susurró Luneth.
—¿Ella…? —Sivelle dio un paso al frente, entrecerrando los ojos.
Nareth frunció el ceño, incrédulo.
—Capitana…
La mujer suspiró y alzó una mano en señal de paz.
—Relájense, duque, duquesa —dijo—. Si quisiera hacerles daño, no habría avisado… tanto.
Sivelle dejó escapar una risa incrédula.
—¿Estás loca? ¡Casi matas a medio jardín!
La mujer sonrió de lado.
—Vamos, Sivelle. Solo estaba probando algo.
Mi corazón seguía golpeando con fuerza.
—¿Quién… eres? —pregunté, sin bajar la guardia.
Ella me miró entonces directamente.
Sus ojos se afilaron.
—Ah… —dijo despacio—. Así que tú eres.
Se enderezó, clavó la espada rota en el suelo y se llevó una mano al pecho.
—Mi nombre es Rhaella. Rhaella Notch, herdera del Ducado Notch.
—Tambien soy la Capitana de la Guardia de las Cadenas Rojas —anunció.
El silencio que siguió fue denso.
