Cherreads

Chapter 68 - Capitulo 67

[Sivelle]

—¡Au! ¡Au! ¡Madrina, espera...!

Paf.

El sonido de la mano abierta resonó en el jardín ya medio destruido, y por primera vez desde que Rhaella apareció como un proyectil suicida, el caos… era doméstico.

—¡¿En qué estabas pensando?! —la voz de mi madre, la duquesa, estaba cargada de hielo puro, aunque curiosamente ninguno salió disparado—. ¿Atacar un jardín Vyrenthal? ¿Frente a niños? ¿Frente a él?

Paf.

—¡Madrina, por favor! —Rhaella se dobló un poco hacia adelante, llevándose una mano a la espalda—. ¡Me duele! ¡Me duele de verdad!

—Te duele poco —respondió mi madre sin el menor remordimiento— para el desastre que acabas de causar.

No pude evitar soltar el aire por la nariz.

Clásico.

A unos pasos de distancia, Liana y Joren sostenían a Neyreth, que estaba claramente al límite. Sudaba, la respiración irregular, el cuerpo tenso como si aún esperara otro ataque. Joren lo sujetaba por los hombros, firme pero cuidadoso, mientras Liana mantenía una mano en su espalda.

—Respira —le decía ella—. Ya terminó. Estás a salvo.

Yo sabía que esa "demostración intensa" que acababa de hacer… no era nada.

Nada comparado con lo que vi en el bosque.

Y aun así, había sido suficiente para congelar medio jardín, levantar un tornado de Icefire y partir el maná como si fuera tela mojada.

Levanté la vista justo cuando mi padre avanzó unos pasos.

El duque alzó una mano.

Solo una.

Y el hielo respondió.

Las capas congeladas comenzaron a retirarse como si obedecieran una coreografía perfecta: el suelo recuperó su color, los árboles soltaron la escarcha sin romper una sola rama, las púas se replegaron, el aire dejó de cortar. Era… elegante. Preciso.

Impresionante.

Miré a mi padre de perfil.

Su rostro estaba serio, concentrado… pero lo conocía demasiado bien. Sus labios temblaban apenas, como si estuviera luchando contra una sonrisa que no debía mostrar.

Se tragó saliva.

Lo vi.

Estaba emocionado.

Siempre lo estaba cuando veía buena magia. Pero esto… esto era distinto. Desde el bosque, desde que Neyreth volvió a existir frente a nosotros, mi padre parecía más vivo. Más feliz.

—Increíble… —murmuró para sí mismo, creyendo que nadie lo oía.

Yo sí.

Volví a mirar a Rhaella justo cuando ella intentaba enderezarse.

—Madrina, ya, en serio —se quejó—. Me duele la espalda, el orgullo y creo que algo más se rompió además de mi espada.

Paf.

—Eso es por la espada —dijo mi madre—. Y esto…

Paf.

—¡Auch!

—…por no pensar.

Rhaella se llevó ambas manos a la espalda y me lanzó una mirada suplicante.

—Sivelle, dile algo.

—No —respondí sin dudar—. Te lo ganaste.

—Traidora.

—Imprudente.

Mi madre suspiró, pero aún no había terminado.

—Y cuando tu padre se entere de esto… —añadió con voz peligrosamente calmada.

Rhaella se congeló.

—No —dijo lentamente—. No, no hace falta llegar a eso.

—Claro que hace falta —respondió mi madre—. Porque tú no viniste a "saludar".

Rhaella apretó los dientes.

—Vine a confirmar algo.

Eso me hizo alzar una ceja.

—¿Confirmar qué? —pregunté.

Rhaella se giró, por fin mirando hacia Neyreth.

Sus ojos rojos se suavizaron.

—Después de la reunión —dijo—. En la que tú estuviste… y los demás involucrados en el incidente del bosque.

Sentí un nudo en el estómago.

—En los informes —continuó— apareció un nombre nuevo. "Eiren". Uno de los pilares defensivos.

Mi madre frunció el ceño.

—Rhaella…

—Y supe —la interrumpió— que ese chico estaba aquí.

Me miró directamente.

—Así que vine a verlo.

Silencio.

—Y en cuanto lo vi —añadió, con una sonrisa pequeña, honesta— supe que eras tú.

Neyreth alzó un poco la cabeza, confundido.

—¿…yo?

Rhaella parpadeó.

—¿Eh?

Me adelanté un paso.

—Rhaella —dije con cuidado—. Él… no recuerda todo.

Ella frunció el ceño.

—¿Cómo que no…?

Se quedó callada.

Miró a Neyreth otra vez. Más despacio. Más atenta.

—…espera —murmuró—. No me miras como antes.

Mi madre cerró los ojos un segundo.

—Luego hablaremos de eso —dijo—. Con calma. Y sin explosiones.

Rhaella suspiró.

—Genial —masculló—. Vine a ver a mi primo perdido y casi lo mato.

—Casi —corregí.

Me encogí de hombros.

—Y eso porque fue amable.

Rhaella soltó una risa nerviosa.

—Siempre fuiste exagerado, Ney...

Se detuvo.

Me miró.

—…Eiren.

No sonrió esta vez.

—Supongo —dijo más bajo— que tengo muchas cosas que escuchar.

Mi madre finalmente bajó la mano.

—Y muchas explicaciones que dar —añadió.

Rhaella asintió.

—Sí, madrina.

Luego miró a Neyreth una vez más.

—Pero me alegra —dijo—. De verdad.

***

El sol ya estaba más bajo cuando todo se calmó de verdad.

Había pasado tiempo. No sabía decir cuánto exactamente, pero lo suficiente para que el jardín dejara de sentirse como un campo de batalla y volviera a parecer… un jardín Vyrenthal, aunque con cicatrices nuevas y memorias más viejas removidas.

Rhaella estaba de rodillas sobre el césped.

Literalmente.

Con la espalda recta, los dientes apretados y varios bloques de hielo perfectamente tallados descansando sobre sus manos extendidas. No pequeños. No simbólicos. Bloques de verdad. Fríos. Pesados.

—Esto es tortura —murmuró entre dientes.

—Esto es disciplina —respondió mi madre sin mirarla, sentada con una calma aterradora en una silla cercana—. Y te estás moviendo.

Rhaella gimió apenas y volvió a tensarse.

Yo estaba sentada a un lado, observándola con una mezcla peligrosa de lástima y satisfacción.

Se lo merecía.

Había escuchado todo.

Todo lo que se podía escuchar.

El incidente de hace diez años.

Cómo Neyreth sobrevivió cuando todos lo dieron por muerto.

El ataque años después que lo dejó al borde de la muerte.

La amnesia.

Liana y su familia encontrándolo y cuidándolo.

El regreso.

El bosque.

Saltamos, deliberadamente, la parte de la Orden.

Había límites. Incluso para ella.

Rhaella había permanecido en silencio casi todo el tiempo. Demasiado silencio para alguien como ella.

Hasta que explotó.

—…No —dijo al fin, mirando al cielo—. No. Esto es demasiado.

Mi madre alzó una ceja.

—¿Demasiado qué?

—¡Demasiada aventura para diez años! —exclamó Rhaella—. ¡Diez! ¡Yo me lesioné el hombro una vez y lo sigo contando como tragedia personal!

Neyreth, Eirene, estaba recostado unos metros más allá, en una camilla improvisada. Un mago curativo revisaba su pulso, su respiración, el flujo de maná. No tenía heridas visibles; era su condición física lo que preocupaba. El desgaste. El despertar.

Dos meses en coma no eran poca cosa.

Él giró un poco la cabeza hacia Rhaella, con una sonrisa cansada.

—Lo siento —dijo—. Supongo que… me excedí.

—¡¿Excederte?! —Rhaella lo miró con indignación—. ¡Te moriste, sobreviviste, te atacaron, te borraron la memoria, regresaste con un dragón y ahora casi destruyes un jardín entero!

Hizo una pausa.

—Y eso sin contar lo que claramente no nos están diciendo.

Mi madre carraspeó.

—Concéntrate en el hielo.

Rhaella apretó los labios.

—Sí, madrina…

Hubo un momento de silencio.

Luego Rhaella habló más bajo.

—No tenía forma de saber lo de la amnesia —dijo—. De verdad no la tenía.

Neyreth asintió despacio.

—Lo sé.

Ella lo miró con atención renovada.

—Pero fue… bueno verte —añadió—. Después de creer que estabas muerto diez años.

Sonrió de lado.

—Además —continuó—, estás más guapo.

Yo ahogué una risa.

—Rhaella… —advirtió mi madre sin voltear.

—¡Es verdad! —se defendió ella—. No hay forma de negarlo.

Miró a Neyreth de arriba abajo, evaluándolo sin pudor.

—Y no me mires así, Sivelle. Tiene gran parte de la hermosura de mi madrina.

Silencio.

Pesado.

—…Eso fue un halago —añadió rápidamente—. A ti. A las dos. Un cumplido sincero. De corazón.

Mi madre se levantó.

Rhaella palideció.

—Ah. Maldición.

Mi madre se detuvo frente a ella.

—¿Sabes cuál es el problema, Rhaella?

—¿Mi lengua? —intentó.

—Tu impulsividad —respondió—. La misma que te hizo atacar sin confirmar. La misma que casi provoca una tragedia.

Rhaella bajó la mirada.

—Sí, madrina.

—Y aunque agradezco —continuó mi madre— que hayas venido por preocupación…

Le dio un golpe más en la espalda. Seco. Controlado.

—…eso no te exime.

—¡Auch! —Rhaella se encogió—. ¡Eso dolió más que los bloques!

—Bien.

Yo suspiré y me levanté, acercándome a Neyreth.

—No mires —le dije en voz baja—. Solo respira.

Él obedeció.

—¿Siempre es así? —preguntó.

—Solo cuando alguien intenta matarte sin avisar —respondí.

Rhaella nos miró de reojo.

—Oigan… —dijo—. Aun así…

Hizo una pausa, seria por primera vez.

—Me alegra que estés vivo.

Neyreth la miró.

Y aunque no recordaba todo…

—Gracias —dijo.

Rhaella sonrió.

Mi madre fue la primera en romper el silencio que quedó después de las risas cansadas y los suspiros largos.

—Rhaella —dijo con voz medida—. Dime algo con sinceridad.

Rhaella, todavía de rodillas y con los bloques de hielo sobre las manos, alzó la vista con cautela.

—Si es para que me caiga otro golpe, al menos avise.

—¿Quién más sabe de Neyreth? —preguntó mi madre—. O, para ser más precisa… ¿quién más sospecha?

Rhaella parpadeó.

—¿De él como él? —señaló vagamente hacia Neyreth—. ¿O de todo?

—De su identidad —aclaró mi madre—. De que no está muerto.

Rhaella negó despacio con la cabeza.

—Nadie.

Mi padre, que había estado escuchando en silencio, levantó ligeramente una ceja.

—¿Nadie? —repitió—. ¿Ni siquiera dentro de tu orden?

—No —respondió Rhaella con firmeza—. Yo lo supuse sola.

Acomodó un poco los hombros, soportando el peso del hielo.

—Mi sub-capitán no participó en la incursión al bosque del Este —continuó—. Así que no tuve información directa. Solo los informes oficiales… los de los sub-capitanes de las otras tres órdenes.

Hizo un gesto de desagrado.

—Y esos informes eran… incompletos.

—Convenientes —añadí.

Rhaella asintió.

—Exacto. Pero aun así… —miró a Neyreth— cuando leí el nombre "Eiren" y vi las descripciones… algo no cuadraba.

Mi madre la observó con atención.

—¿Y el rey?

Rhaella hizo una mueca.

—Eventualmente se enterará —dijo—. Siempre lo hace.

—Lo sé —respondió mi madre con calma—. Por eso planeo anunciar su regreso en el banquete real.

Hubo un breve silencio.

—¿En un mes? —preguntó Rhaella.

—En un mes.

Rhaella ladeó la cabeza, pensativa.

—No es mala idea —admitió—. Oficial, público, imposible de ocultar después.

Sonrió de lado.

—Aunque prepárate para los rumores.

—Siempre los hay —respondió mi madre sin inmutarse.

—Sí, pero esta vez serán peores —insistió Rhaella—. Más cuando te vean a ti.

Mi madre alzó una ceja.

—¿A mí?

—Diez años —dijo Rhaella—. Diez años sin aparecer en reuniones políticas, eventos oficiales, ni siquiera encuentros sociales importantes.

Hizo un gesto amplio.

—La duquesa Luneth Vyrenthal reapareciendo de pronto, con un hijo que oficialmente estaba muerto… eso va a arder más que cualquier incendio provocado.

—Nunca me importaron los rumores —dijo mi madre con sencillez.

—Lo sé —respondió Rhaella—. Pero igual van a existir.

Yo crucé los brazos.

—Entonces que hablen.

Rhaella sonrió.

—Esa es la actitud Vyrenthal que recordaba.

Se quedó callada un segundo.

Luego frunció el ceño.

—Pero… —añadió— hay algo que no entiendo.

Mi madre la miró.

—¿Qué cosa?

Rhaella respiró hondo.

—¿Por qué no nos lo dijiste antes?

El aire pareció tensarse un poco.

—Casi un año —continuó— desde que saliste del norte a buscarlo.

Miró directamente a mi madre.

—Si nos lo hubieras dicho… habría movilizado a toda la Guardia de las Cadenas Rojas. Lo habríamos buscado, protegido y traído a salvo.

—Lo sé —respondió mi madre sin dureza—. Precisamente por eso no lo hice.

Rhaella parpadeó.

—¿Qué?

—Quería discreción —dijo mi madre—. La mayor posible.

Mi padre asintió lentamente.

—Mover una orden entera habría llamado demasiada atención.

—Exacto —continuó mi madre—. No se lo dije a nadie.

Rhaella abrió los ojos con sorpresa.

—¿A nadie?

—A nadie —repitió—. Ni a mis padres. Ni a mis suegros.

—¿Ni siquiera…? —Rhaella dudó—. ¿A los tuyos?

—Tampoco.

Rhaella soltó el aire despacio.

—Eso es… extremo.

—Era necesario —respondió mi madre—. Solo una persona lo sabía.

—¿Quién? —preguntó Rhaella.

—La marquesa Arianne —dije yo.

Rhaella me miró.

—¿Ella?

—Sí —asintió mi madre—. Sabía que salí a buscarlo. Nada más.

—¿No sabe que ya lo encontraste? —preguntó Rhaella.

—No —respondió mi madre—. Aún no.

Rhaella negó lentamente con la cabeza.

—Vaya… —murmuró—. Eso sí es jugar a largo plazo.

Miró a Neyreth una vez más.

—Supongo que ahora todo va a cambiar.

—Sí —dijo mi madre—. Pero esta vez, con él aquí.

Rhaella apretó los labios, luego sonrió con resignación.

—Bueno —dijo—. Al menos ahora sé que no estoy loca por haberlo reconocido.

Mi madre la miró de reojo.

—No —admitió—. Pero sigues castigada.

Rhaella gimió.

—Por supuesto que lo estoy.

Yo no pude evitar sonreír.

—Y tú —dijo, girando la cabeza hacia mí—. ¿Cómo vas con tus estudios?

Parpadeé.

—¿Mis estudios?

—Sí —insistió—. Academia, evaluaciones, rangos… esas cosas aburridas pero necesarias.

Solté un suspiro corto.

—Están en pausa.

Rhaella alzó una ceja, claramente interesada.

—Eso no suena a algo que dirías sin una buena razón.

—Porque la hubo —respondí—. Mi madre me envió un informe.

Mi madre no intervino, solo escuchó.

—¿Un informe? —preguntó Rhaella.

—De dónde estaba Neyreth —continué—. Y junto con eso… una orden directa.

Rhaella sonrió lentamente.

—Ah.

—"Ve por él" —imité el tono serio de mi madre—. Sin retrasos.

—Clásico —murmuró Rhaella.

—Él estaba en el Este en ese momento —seguí—. Con el conde Vion.

Kyle levantó la cabeza un segundo, como si confirmara mentalmente el recuerdo, y luego volvió a lo suyo.

—Así que fui —dije—. Ya sabes el resto.

Rhaella dejó escapar una risa breve.

—Bosque del Este, mujer de negro, bestias alteradas… y Neyreth haciendo cosas imposibles.

—Exacto —respondí—. Después de eso, no hubo forma de volver a la academia como si nada.

—Tiene sentido —asintió Rhaella—. Pero ahora que él está aquí…

—Ahora tengo que regresar —terminé por ella—. No puedo seguir posponiéndolo.

Rhaella me observó con atención.

—Entonces… —dijo— ¿en qué nivel estás ahora?

Me crucé de brazos.

—Me evaluaron.

—Por supuesto que lo hicieron.

—Y me colocaron en el rango de Custodios.

Rhaella chasqueó la lengua.

—Nada mal.

—No es el rango final —añadí—. Cuando me gradúe, harán otra evaluación.

—¿Crees que subas?

—Probablemente —respondí con calma—. Dependerá de qué tanto control demuestre… no solo poder.

Rhaella sonrió de lado.

—Siempre tan responsable.

La miré con ironía.

—No necesito preguntarte en qué rango estás tú.

Rhaella levantó la barbilla, orgullosa, a pesar de seguir con los bloques de hielo sobre las manos.

—Capitana de orden —dijo—. Y no por caridad.

—Nunca lo dudé —respondí.

—Oh, créeme —añadió—. Muchos sí.

Hizo una mueca.

—"La heredera del Ducado Notch", decían. "Claro, seguro le regalaron el puesto".

—Idiotas —murmuré.

—Completos —asintió—. Así que tuve que demostrarlo.

—¿Cómo? —pregunté, aunque ya tenía una idea.

Rhaella sonrió con evidente satisfacción.

—A golpes.

—Por supuesto.

—Uno por uno —continuó—. Evaluaciones, duelos, simulacros reales.

Flexionó un poco los dedos bajo el hielo, haciendo crujir los bloques.

—Les pateé el trasero a todos esos idiotas.

No pude evitar reír.

—Elegante como siempre.

—Gracias —dijo con falsa modestia—. Fue agotador, pero necesario.

—¿Y ahora te respetan? —pregunté.

—Ahora me obedecen —respondió—. Que es mejor.

Miró los bloques de hielo y suspiró.

—Aunque admito que esto —levantó ligeramente las manos— es un precio alto por la curiosidad.

Mi madre la miró sin compasión.

—Te metiste sin permiso en una residencia ducal —dijo—. Espiaste. Provocaste una reacción mágica.

—Solo un poco —protestó Rhaella.

—Casi causas un desastre —añadió mi padre.

—Pero fue emocionante —dijo Rhaella.

—Otro bloque —advirtió mi madre.

—¡No, no, ya entendí! —se quejó—. Silencio absoluto.

La observé un momento.

Capitana joven. Poderosa. Castigada como una niña.

Sonreí.

—Cuando vuelva a la academia —dije—, tal vez nos crucemos en una evaluación conjunta.

Rhaella me miró, ojos brillantes.

—Eso me gustaría.

—Pero esta vez —añadí— intenta no atacar por sorpresa.

Rhaella rió.

—No prometo nada.

—Oye —dijo Rhaella de pronto, ladeando la cabeza—. Ya que estamos hablando de rangos…

La miré.

—¿Sí?

—¿En qué nivel está Neyreth?

Parpadeé una vez.

Luego giré la mirada casi al mismo tiempo que mi madre hacia donde estaba él.

Neyreth seguía sentado en el banco de piedra, con el sanador mágico arrodillado frente a él, terminando de trazar los últimos sellos luminosos sobre su pecho y brazos. Estaba sudando, el cabello pegado a la frente, pero su respiración ya era más estable. Liana estaba cerca, vigilando cada gesto del sanador con atención quirúrgica.

—Buena pregunta —murmuré.

Rhaella sonrió, interesada.

—Lo digo en serio. Porque con lo que vi hace rato… —hizo un gesto amplio con la cabeza, señalando vagamente el jardín medio rehecho— eso no fue precisamente nivel bajo.

—No —admití—. No lo fue.

Me crucé de brazos, pensativa.

—El problema —continué— es que ahora que lo pienso… no tengo la menor idea.

Rhaella abrió los ojos con sorpresa.

—¿Cómo que no tienes idea?

—Literalmente —respondí—. Ninguna.

—Vamos, Siv —dijo—. Tú siempre sabes estas cosas.

—Esta vez no —negué—. Porque Neyreth no encaja bien en los parámetros normales.

Mi madre no intervino. Solo escuchaba.

—Mira —dije, levantando una mano—. Técnicamente, los rangos son ocho.

Rhaella asintió.

—Sí, sí, eso lo sé.

—Despertar —empecé—. Gente que apenas siente el mana.

—Niños, aprendices —añadió Rhaella.

—Luego Canalizadores —seguí—. Ya pueden mover mana de forma consciente.

—Básico —asintió.

—Modeladores —continué—. Los que ya dan forma real a la magia.

—Ahí es donde empieza lo divertido.

—Después vienen los Dominantes —dije—. Control sólido, combate real, variaciones propias.

—Muchos soldados buenos se quedan ahí —comentó.

—Quinto rango: Custodios —dije, señalándome con el pulgar—. Donde estoy yo ahora.

Rhaella sonrió.

—Nada mal.

—Luego Maestros —añadí, mirándola a ella—. Que es donde estás tú.

Rhaella infló un poco el pecho, orgullosa, aun con los bloques de hielo en las manos.

—Requisito mínimo para sub-capitanes y capitanes —dijo—. Aunque muchos nunca deberían haber llegado ahí.

—Después vienen los Arcontes —seguí—. Gente que ya no solo domina su magia, sino que la impone al entorno.

—Monstruos —murmuró Rhaella.

—Y finalmente —terminé— Anclas.

Rhaella silbó bajo.

—Los que sostienen regiones enteras con su presencia mágica.

—Exacto —asentí.

Hubo un breve silencio.

—Entonces… —dijo ella despacio— ¿dónde lo pondrías?

Miré de nuevo a Neyreth.

El sanador retiró las manos, suspiró aliviado y dijo algo en voz baja que no alcancé a escuchar. Liana asintió y le agradeció. Neyreth levantó un poco la vista, claramente agotado, pero consciente.

—Sinceramente —dije—, ahora mismo no lo sé.

Rhaella frunció el ceño.

—¿Ahora mismo?

—Sí —respondí—. Porque acaba de despertar de casi dos meses en coma. Su cuerpo todavía se está adaptando. Su mana también.

—Pero lo que mostró… —insistió.

—Lo que mostró —la interrumpí— no fue su estado normal.

Rhaella me observó con atención.

—¿Entonces?

—Si lo analizo solo por lo que vi en el bosque —continué—, lo pondría en Custodios.

—¿Como tú?

—Como yo —asentí—. O incluso rozando Maestro.

Rhaella abrió la boca.

—¿En serio?

—En serio —respondí sin dudar—. Pero eso fue en condiciones extremas. Herido.

Exigiéndose más de lo que debía.

—Eso suele bajar el rendimiento, no subirlo —señaló.

—Con Neyreth no siempre funciona así —dije con una pequeña sonrisa torcida.

Rhaella soltó una risa.

—Claro que no.

—Ahora mismo —continué—, está inestable. Su control todavía no es constante. Así que evaluarlo hoy sería injusto… y peligroso.

Rhaella apoyó la espalda contra el banco, pensativa.

—Entonces, básicamente…

—Básicamente —dije—, Neyreth es una incógnita.

—Eso suena a problemas —sonrió ella.

—Siempre lo ha sido —respondí.

Rhaella miró de nuevo hacia él.

—Bueno —dijo—. Sea lo que sea… no es un simple Dominante.

—No —negué—. Eso seguro que no.

Neyreth levantó la cabeza justo en ese momento, como si hubiera sentido que hablábamos de él.

—¿Qué? —preguntó, con voz cansada—. ¿Por qué me miran así?

Rhaella sonrió con inocencia exagerada.

—Nada —dijo—. Solo decidiendo en qué categoría de desastre entras.

Él suspiró.

—Genial.

Yo sonreí.

—Descansa —le dije—. Ya tendremos tiempo de poner etiquetas después.

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