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El Jefe Final que no quiere ser Derrotado

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Synopsis
En una escuela donde pasar desapercibido era su única forma de existir, Aoi Mizuchi nunca pensó que destacarse sería su mayor problema. Todo cambia cuando entra a Eidralys, un videojuego de inmersión total capaz de crear avatares basados en los rasgos reales de sus jugadores. Allí, Aoi descubre una afinidad inusual con las criaturas del mundo: aves, bestias y monstruos hostiles responden a su presencia de formas que el sistema no debería permitir. Mientras su avatar comienza a llamar la atención dentro del juego, en el mundo real su nombre empieza a circular entre rumores, foros y miradas curiosas. Jugadores, clanes y observadores buscan a la chica que parece romper las reglas… sin saber que ella solo quiere jugar en paz. A su alrededor, el mundo reacciona. El sistema registra anomalías. Y algunas personas comienzan a notar que ciertas conexiones no son casualidad. En El jefe final que no quiere ser derrotado, lo extraordinario no nace del poder, sino del vínculo. Porque a veces, el mayor cambio no ocurre cuando alguien quiere conquistar un mundo… sino cuando el mundo empieza a responderle.
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Chapter 1 - Capítulo 1 Dos caras de la misma escuela

La escuela siempre estaba llena de gente.

Pasillos abarrotados, voces superpuestas, pasos que no se detenían nunca.

 

Y aun así, Aoi caminaba por ellos como si no estuviera allí.

 

No porque lo evitaran.

No porque lo rechazaran.

 

Simplemente… porque nadie lo veía.

 

Aoi Mizuchi no era bajo ni especialmente alto, su cuerpo delgado pasaba desapercibido entre los uniformes idénticos. El cabello negro, largo para los estándares escolares, caía desordenado sobre su rostro, ocultando casi por completo sus facciones. Usaba lentes rectangulares de marco oscuro que, sumados a su postura encorvada, le daban un aire apagado, como si estuviera siempre intentando reducir su presencia al mínimo.

 

Bajo esa apariencia descuidada, su rostro era sorprendentemente fino. Rasgos suaves, piel clara, labios delicados… pero nada de eso se notaba. El cabello y los lentes se encargaban de borrar cualquier detalle que pudiera llamar la atención.

 

Y Aoi no hacía nada por evitarlo.

 

Caminaba con la mochila colgada de un solo hombro, los ojos bajos, avanzando entre la multitud como una sombra más.

 

Se detuvo frente a su casillero y lo abrió con movimientos tranquilos, casi automáticos. A su alrededor, la vida escolar seguía su curso habitual.

 

—¿Viste el nuevo torneo del juego?

—Dicen que ahora es completamente inmersivo.

—El consejo estudiantil anunció algo para hoy.

 

Aoi escuchaba sin escuchar.

 

Para él, ese murmullo constante era como el sonido del viento: estaba ahí, pero no exigía atención.

 

Cerró el casillero y se giró para seguir caminando.

 

Y entonces chocó con alguien.

 

No fue fuerte.

No fue dramático.

 

Solo un pequeño impacto de hombro contra hombro.

 

—Ah— lo siento —dijo una voz apresurada.

 

La chica dio un paso atrás y lo miró… y recién entonces parpadeó, dándose cuenta de algo.

 

—Ah… —repitió—. No te había visto.

 

Aoi se quedó quieto un segundo.

 

—No… no pasa nada —respondió en voz baja.

 

Ella asintió, algo incómoda, y siguió su camino.

 

Aoi la observó alejarse apenas un instante. No había enojo ni tristeza en su expresión, solo una aceptación silenciosa.

 

Así era su lugar en ese mundo.

 

—Sala del consejo estudiantil—

 

En el otro extremo del edificio, el ambiente era completamente distinto.

 

—Presidenta, los documentos ya están listos.

—Bien, déjenlos sobre la mesa.

—¿Y la reunión con los clubes?

 

Reika Kanzaki avanzaba por el pasillo del consejo estudiantil con paso firme. Era alta, de figura estilizada, con el uniforme perfectamente ajustado y sin una sola arruga fuera de lugar. Su largo cabello, de un tono oscuro con reflejos azulados bajo la luz, caía ordenado por su espalda, siempre bien cuidado.

 

Su rostro era hermoso de una forma clara y directa. Ojos afilados, seguros, que parecían evaluar todo a su alrededor. No necesitaba levantar la voz para imponerse; su sola presencia bastaba para que el ambiente se ordenara.

 

Las conversaciones bajaban de volumen cuando pasaba. Las miradas la seguían con respeto, a veces con admiración.

 

—La reunión será después de clases —dijo Reika—. No quiero retrasos.

 

—¡Sí, presidenta!

 

Entró a la sala del consejo y cerró la puerta tras de sí. El espacio era amplio y luminoso, con grandes ventanales que daban al patio central. Reika dejó su carpeta sobre la mesa principal y, por un breve instante, se permitió soltar el aire que llevaba contenido.

 

Miró por la ventana.

 

Desde ahí se veían los estudiantes cruzando el patio, formando grupos, riendo, discutiendo, existiendo.

 

—Todo funciona —murmuró—. Así debe ser.

 

Para Reika, la escuela era un sistema que debía mantenerse en equilibrio. Cada rol cumplido, cada engranaje en su lugar.

 

Ella estaba en el centro de ese sistema.

 

O al menos, eso creía.

 

Aoi entró al aula minutos después y tomó su asiento habitual, junto a la ventana, en una esquina donde nadie lo molestaba… ni lo buscaba.

 

Apoyó el mentón en la mano y observó el cielo despejado.

 

Pensó, vagamente, en sus hermanas.

En el paquete que debía llegar esa tarde.

En algo nuevo que estaba por comenzar, aunque todavía no podía ponerle nombre.

 

Reika, al mismo tiempo, revisaba la agenda del día sin notar que, bajo el mismo techo, caminaba alguien cuyo rostro jamás había visto con atención.

 

Dos estudiantes.

Dos mundos.

 

Dos caras de una misma moneda que aún no había sido lanzada al aire.

 

Y ninguno de los dos sabía que, cuando ese mundo cambiara,

Aoi ya no podría volver a pasar desapercibido.

 

—Casa de Aoi—

 

La casa estaba en silencio cuando Aoi llegó.

 

Dejó los zapatos en la entrada, colgó la chaqueta en el respaldo de la silla y caminó directo a su habitación sin encender más luces de las necesarias. El sol de la tarde entraba por la ventana, tiñendo el cuarto de un tono cálido y tranquilo.

 

Su habitación era simple.

Demasiado ordenada para alguien de su edad.

 

Un escritorio junto a la ventana, una estantería con libros y videojuegos, la cama perfectamente hecha. No había pósters ni adornos llamativos. Todo parecía… funcional. Como si Aoi hubiera decidido, inconscientemente, no dejar demasiadas huellas de sí mismo.

 

Apoyó el paquete sobre el escritorio.

 

Era una caja negra, elegante, sin logos visibles. Solo una pequeña etiqueta con su nombre escrito a mano.

 

Aoi frunció ligeramente el ceño.

 

—…esto no es normal —murmuró.

 

Sin abrirla, tomó su teléfono y marcó el contacto que ya sabía de memoria.

 

La llamada fue respondida casi de inmediato.

 

La pantalla se dividió en dos.

 

—¡AOI! —dijeron dos voces al mismo tiempo.

 

En la mitad izquierda apareció Hina Mizuchi, la mayor. Tenía el cabello largo, de un castaño claro, recogido de manera descuidada en una cola alta. Sus ojos vivaces contrastaban con las ojeras leves de alguien que dormía poco, y vestía ropa cómoda de universidad, con una sudadera amplia y auriculares colgándole del cuello.

 

En la mitad derecha estaba Kaede Mizuchi, apenas un año menor que Hina, pero completamente distinta. Su cabello negro, corto y bien arreglado, enmarcaba un rostro sereno y afilado. Usaba lentes de montura fina y una camisa clara, y su expresión era calmada… aunque sus ojos brillaban con clara anticipación.

 

—Llegó, ¿cierto? —preguntó Hina, inclinándose hacia la cámara.

 

Aoi miró la caja y luego a la pantalla.

 

—Sí… llegó —respondió—. ¿Qué es esto?

 

Kaede sonrió primero.

 

—Ábrelo.

 

—No —dijo Aoi sin pensarlo—. Primero explíquenme por qué me mandaron algo así sin decir nada.

 

Hina soltó una pequeña risa.

 

—Porque si te lo decíamos, ibas a decir que no.

 

Aoi suspiró.

 

—Hina…

 

—Aoi —interrumpió Kaede con voz suave—. Queremos que lo pruebes. Solo eso.

 

Aoi las observó en silencio unos segundos. Conocía ese tono. Cuando Kaede hablaba así, ya lo tenían todo decidido.

 

—¿Probar qué? —preguntó finalmente.

 

Hina alzó una ceja, claramente emocionada.

 

—Un casco de realidad virtual inmersiva de última generación. No, espera… más que eso.

 

—Es un prototipo —añadió Kaede—. Muy pocos existen.

 

Aoi miró la caja con desconfianza.

 

—¿Un casco…? ¿De dónde sacaron algo así?

 

—Conexiones universitarias —respondió Hina encogiéndose de hombros—. Y suerte.

 

Kaede asintió.

 

—Pero no es solo la inmersión total lo importante —continuó—. Este sistema es distinto.

 

Aoi apoyó una mano sobre el escritorio.

 

—¿Distinto cómo?

 

Las dos hermanas se miraron entre ellas a través de la pantalla. Hina sonrió con una mezcla de orgullo y picardía.

 

—El casco no te deja "crear" un avatar como en otros juegos —dijo—. No eliges cara, cuerpo ni rasgos.

 

Aoi frunció el ceño.

 

—¿Entonces?

 

Kaede habló.

 

—El sistema analiza tu cuerpo y tus facciones reales —explicó—. No copia tu apariencia exactamente… pero crea un avatar basado en quién eres físicamente.

 

Aoi sintió un leve escalofrío.

 

—¿Basado… en mí?

 

—En ti —confirmó Kaede—. En tu estructura, tu rostro, tu forma de moverte.

 

Hina apoyó la barbilla en la mano.

 

—Digamos que el avatar es… tu versión dentro del juego.

 

Aoi guardó silencio.

 

Miró la caja otra vez.

 

—No me gusta eso —dijo finalmente—. Suena invasivo.

 

—Lo es —respondió Kaede sin rodeos—. Pero también es lo que lo hace especial.

 

Hina sonrió con amplitud.

 

—Además —añadió—, tú no tienes nada que perder, hermanito.

 

Aoi levantó la mirada.

 

—Eso no es verdad.

 

Kaede inclinó ligeramente la cabeza.

 

—Solo queremos que entres —dijo—. Pruébalo una vez. Si no te gusta, lo dejas.

 

—No te estamos pidiendo nada imposible —agregó Hina—. Solo… entra al juego.

 

Aoi las miró a ambas.

 

Las conocía demasiado bien.

 

Sabía que, cuando lo miraban así, no estaban pidiendo.

Estaban esperando.

 

—…una vez —cedió al final—. Solo una.

 

Hina levantó los brazos en señal de victoria.

 

—¡Sabía que dirías que sí!

 

Kaede sonrió, satisfecha.

 

—Gracias, Aoi —dijo—. En serio.

 

Aoi suspiró y apoyó la mano sobre la caja negra.

 

No lo sabía aún.

 

Pero en ese instante, sin abrirla siquiera,

acababa de aceptar el primer paso hacia un mundo

donde ya no existiría la posibilidad de pasar desapercibido.

 

—Ingresando al juego—

 

Aoi cerró la puerta de su habitación con cuidado.

 

El paquete seguía sobre el escritorio, intacto. Durante unos segundos lo observó en silencio, como si esperara que desapareciera por sí solo. Luego suspiró y se sentó frente a él.

 

—…una vez —murmuró, repitiéndose la promesa.

 

Abrió la caja.

 

Dentro, el casco descansaba suspendido en una base acolchada. Su diseño era limpio, elegante, sin cables visibles ni botones innecesarios. Parecía más una pieza médica que un dispositivo de entretenimiento. Al tocarlo, sintió una leve vibración, casi como un pulso.

 

Se lo colocó con cuidado y se recostó en la cama.

 

[Conexión iniciando… ingresando a Eidralys]

 

El mundo se apagó.

 

No hubo cuenta regresiva.

No hubo transición brusca.

 

Simplemente… dejó de sentir su cuerpo.

 

Y luego—

 

Luz.

 

Aoi abrió los ojos.

 

Estaba de pie.

 

No sobre una plataforma ni en un vacío digital, sino sobre un suelo de piedra clara, cálida bajo los pies. El aire era fresco, real, con un leve aroma a hierba y agua. Frente a él se extendía una ciudad amplia, de arquitectura elegante, con torres blancas, calles empedradas y puentes que conectaban niveles distintos.

 

El cielo era de un azul profundo, demasiado perfecto para ser falso.

 

—…esto… —susurró.

 

Nunca había sentido algo así.

 

No había retraso, ni sensación de "pantalla". Cada respiración era natural. Cada movimiento, exacto.

 

Una ventana translúcida apareció frente a él.

 

[BIENVENIDO, JUGADOR

 

Por favor, ingresa tu nombre.]

 

Aoi parpadeó.

 

—¿Nombre…?

 

Pensó apenas un segundo.

 

No tenía motivos para ocultarse.

No aquí.

 

Escribió sin dudar:

 

Aoi

 

La ventana se desvaneció.

 

[Registro completado. Bienvenido al mundo.]

 

Aoi dio un paso adelante.

 

Y el mundo respondió.

 

El sonido de las fuentes, el murmullo distante de otros jugadores, el viento moviendo estandartes y árboles… todo era demasiado real. Demasiado presente.

 

—Esto es… increíble —murmuró.

 

Un nuevo panel apareció a su lado.

 

[ESTADÍSTICAS DEL JUGADOR]

 

Aoi lo abrió, curioso.

 

No había números exagerados ni atributos desbalanceados. Todo parecía… normal. Hasta que sus ojos se detuvieron en una sección específica.

 

[HABILIDADES INNATAS]

 

—¿Innatas…?

 

Leyó la primera.

 

Afinidad Natural

 

Permite establecer lazos con criaturas del mundo.

Restricción: No puede aplicarse a entidades de nivel superior al del usuario.

 

Aoi frunció el ceño.

 

—¿Lazos… con monstruos?

 

Antes de que pudiera procesarlo del todo, notó algo más.

 

Había una segunda habilidad.

 

Pero estaba… borrosa.

 

No tenía nombre.

No tenía descripción.

 

Solo un espacio en blanco, como si el sistema mismo no pudiera mostrarla.

 

—¿Qué…? —intentó seleccionarla.

 

Nada.

 

—Raro…

 

No alcanzó a pensar más cuando sintió algo distinto.

 

Miradas.

 

Aoi levantó la cabeza.

 

Los jugadores a su alrededor se habían detenido.

 

No uno.

No dos.

 

Todos.

 

Algunos caminaban y se frenaban en seco. Otros simplemente giraban la cabeza. Conversaciones se apagaban lentamente, una tras otra.

 

—¿…? —Aoi dio un paso atrás, incómodo—. ¿Hice algo?

 

Entonces escuchó una voz familiar.

 

—Aoi.

 

Giró la cabeza.

 

—¡Hina! ¡Kaede!

 

Ambas caminaban hacia él entre la multitud.

 

Hina llevaba una armadura clara, con detalles dorados y un gran escudo a la espalda. Su cabello era similar al de la vida real, aunque más largo y brillante, y sus ojos parecían más intensos. El símbolo de paladín flotaba discretamente junto a su nombre.

 

Kaede, a su lado, vestía ropas largas de tonos azules y blancos, con runas bordadas que brillaban suavemente. Su cabello era el mismo, corto y ordenado, pero sus ojos tenían un matiz más profundo, casi irreal. Un bastón delicado descansaba en su mano: maga.

 

—¿Entraste bien? —preguntó Hina, sonriendo.

 

—Sí… creo —respondió Aoi—. Esto es increíble.

 

Cuando habló, algo fue distinto.

 

Su voz.

 

Era más suave.

Más clara.

 

Aoi parpadeó.

 

—…¿así sonaba siempre?

 

Hina y Kaede se quedaron quietas.

 

Completamente inmóviles.

 

—... —Hina abrió la boca… y la cerró.

 

Kaede lo miró de arriba abajo lentamente, con una expresión que mezclaba sorpresa genuina y algo que Aoi no supo identificar.

 

—¿Qué pasa? —preguntó Aoi, incómodo—. ¿Hice algo mal?

 

Hina fue la primera en reaccionar.

 

—No… no, no —dijo, llevándose una mano a la boca—. Solo que…

 

Kaede apartó la mirada un segundo, respiró hondo… y luego sonrió.

 

—Ven —dijo—. Aoi, ven con nosotras.

 

—¿A dónde?

 

—Solo… confía.

 

Lo tomaron suavemente de las manos y lo guiaron fuera de la plaza central, hasta una tienda cercana con grandes ventanales. En su interior, un espejo de cuerpo entero reflejaba a los jugadores que entraban.

 

Hina lo colocó frente a él.

 

—Mira —dijo.

 

Aoi levantó la vista.

 

Y se quedó sin palabras.

 

La persona reflejada en el espejo no era el chico apagado que conocía.

 

Cabello largo y claro, con suaves ondas que caían sobre los hombros. Ojos grandes, de un azul profundo, enmarcados por pestañas delicadas. Un rostro fino, armonioso, de rasgos tan suaves que era imposible no confundirlo.

 

Un cuerpo esbelto, elegante, claramente femenino.

 

—...…

 

Aoi dio un paso atrás.

 

El reflejo hizo lo mismo.

 

—No… —susurró—. Esto… esto no soy yo.

 

Hina se apoyó en la pared, claramente divertidísima.

 

—Bueno —dijo—. Técnicamente… sí lo eres.

 

Kaede lo miró con calma.

 

—El sistema no crea algo que no exista —explicó—. Solo interpreta lo que ya está ahí.

 

Aoi llevó una mano a su rostro. Sintió su piel. Su cabello.

 

Era real.

 

—… —su mente se quedó en blanco—. ¿Por qué… todos me miraban?

 

Hina rió.

 

—Porque, Aoi —dijo—, acabas de entrar al juego como una chica increíblemente bonita.

 

Aoi cerró los ojos.

 

—…quiero desconectarme.

 

Las dos hermanas se miraron… y sonrieron al mismo tiempo.

 

—No —dijeron al unísono.

 

Y sin saberlo aún,

ese fue el primer instante en que Aoi entendió

que este mundo no le permitiría esconderse.

 

—El primer lazo—

 

Aoi no recordaba cuánto tiempo había pasado frente al espejo.

 

Solo recordaba la sensación.

 

No era miedo.

No era vergüenza.

 

Era algo peor.

 

Desorientación.

 

—…esto no soy yo —repitió, con la voz quebrándose apenas.

 

Hina y Kaede intercambiaron una mirada rápida. La gente empezaba a detenerse fuera de la tienda. No por curiosidad del espejo… sino por quien estaba frente a él.

 

—Hina —susurró Kaede—. Esto ya es demasiado.

 

Aoi no se dio cuenta cuando Hina lo tomó del brazo.

 

—Eh— ¿qué…?

 

—Nos vamos —dijo ella sin darle opción—. Ahora.

 

—¿A dónde?

 

—Fuera de la ciudad —respondió Kaede, ya caminando—. Antes de que esto se vuelva un problema.

 

Aoi apenas reaccionó cuando lo arrastraron fuera del edificio. Sentía las miradas clavándose en su espalda, los murmullos apagándose a su paso, la incomodidad creciendo como un peso invisible.

 

—¿Por qué… todos…? —intentó decir.

 

—Porque destacas —respondió Hina sin rodeos—. Mucho.

 

—Exterior: bosque del inicio—

 

Salieron por la puerta principal de la ciudad inicial. El sonido cambió de inmediato. El murmullo urbano quedó atrás, reemplazado por el viento entre los árboles y el canto lejano de criaturas.

 

Aoi respiró hondo.

 

Una.

Dos.

Tres veces.

 

—…lo siento —dijo al final, bajando la mirada—. No esperaba…

 

—Nada de disculpas —interrumpió Kaede—. Esto no es culpa tuya.

 

Hina se cruzó de brazos y lo miró de arriba abajo, evaluándolo con ojo crítico.

 

—Pero sí necesitamos hacer algo con eso —añadió—. No puedes andar así por el mundo.

 

—¿Así…?

 

Hina abrió su inventario y lanzó algo al aire.

 

Una luz suave envolvió a Aoi.

 

El atuendo cambió.

 

Ahora llevaba una ropa de combate ligera: una túnica corta de tonos claros con detalles naturales, ceñida sin ser provocativa, diseñada para moverse con libertad. Botas resistentes, guantes finos y una capa corta que caía con elegancia por su espalda.

 

No era una armadura pesada.

No era ropa común.

 

Era… hermosa.

 

Aoi se quedó inmóvil.

 

—…eso no ayuda.

 

—Sí ayuda —corrigió Kaede—. Ahora al menos parece intencional.

 

Hina sonrió, satisfecha.

 

—Y te queda increíble.

 

Aoi quiso protestar.

Pero no pudo.

 

El aire del bosque era distinto. Más real. Más calmado.

 

Su respiración se estabilizó.

 

—Gracias… —dijo al final—. Creo que ya… estoy mejor.

 

—Bien —respondió Kaede—. Entonces probemos algo.

 

Aoi levantó la mirada.

 

—¿Qué cosa?

 

Kaede señaló el panel flotante que Aoi aún no había cerrado.

 

—Tu habilidad.

 

Aoi dudó.

 

—¿La Afinidad Natural?

 

—Exacto.

 

Avanzaron un poco más entre los árboles. El terreno descendía suavemente hasta un claro abierto. Allí, algo se movió entre las ramas.

 

Un ave descendió y se posó sobre una roca.

 

No era un pájaro común.

 

Tenía el tamaño de un pequeño halcón, plumas grises con destellos azulados y ojos agudos que observaban con inteligencia. No parecía agresivo, pero tampoco asustado.

 

Un panel apareció.

 

[Criatura detectada

Tipo: Ave salvaje

Nivel: 1]

 

Aoi sintió algo extraño en el pecho.

 

No una orden.

No una imposición.

 

Una… afinidad.

 

—Creo que… puedo hacerlo —murmuró.

 

Dio un paso adelante.

 

El ave inclinó la cabeza, observándolo.

 

Aoi extendió la mano con cuidado.

 

—Tranquilo… no te haré daño.

 

Algo se activó.

 

No hubo destello violento ni efecto exagerado. Solo una luz suave, natural, como si el entorno respondiera a su intención.

 

El ave batió las alas una vez… y luego se acercó.

 

Se posó en su brazo.

 

[Lazo establecido]

 

Aoi contuvo el aliento.

 

—Lo… lo logré.

 

Hina aplaudió.

 

—¡Eso fue rápido!

 

Kaede sonrió, genuinamente impresionada.

 

—No lo forzaste —observó—. Eso es raro.

 

Un nuevo mensaje apareció.

 

[Nombra a tu compañero]

 

Aoi miró al ave. Sus ojos brillaban con curiosidad.

 

—…Lyn —dijo sin pensarlo.

 

El ave emitió un pequeño sonido agudo, como aceptando.

 

[Lyn ha sido registrado]

 

Una luz envolvió a ambos.

 

Nivel aumentado

Aoi ha subido a nivel 2

 

Aoi sintió el cambio. No poder… sino conexión.

 

—Subí… de nivel —dijo, sorprendido.

 

Hina sonrió.

 

—Y acabas de hacer algo que muchos jugadores tardan horas en lograr.

 

Kaede observó a Lyn elevarse y dar una vuelta sobre ellos.

 

—Este mundo ya reaccionó a ti, Aoi —dijo—. Y esto… —miró el ave— es solo el comienzo.

 

Aoi levantó la vista, siguiendo el vuelo de Lyn contra el cielo.

 

Por primera vez desde que entró al juego,

no pensó en esconderse.

 

Y sin saberlo,

acababa de dar el primer paso

en un camino del que ya no habría regreso.