Capítulo 2: ¿Seguro que es buena idea?
Para Rose, el sonido de los cascos de los caballos solía ser bastante relajante, aunque en esta ocasión, debido a lo que estaba observando, no lo relajaba en absoluto. El príncipe podía escuchar claramente los susurros de Carter y su hijo, como si estuvieran hablando en voz alta, a pesar de que ellos creían estar siendo discretos.
—Padre, ¿cuánto tiempo cree que resistirá el muchacho antes de que venda nuestro territorio y la ciudad? —preguntó el hijo con lo que el príncipe solo pudo imaginar como una sonrisa maliciosa.
Aunque no pudo ver la sonrisa del hijo del exbarón, Rose sí distinguió el brillo de malicia que parpadeó por unos segundos en los ojos de Carter. El exbarón no era particularmente bueno ocultando sus verdaderas emociones, o al menos no para alguien que, desde su nacimiento, había sido entrenado para percibir tales cosas. Después de todo, según su padre: "Aunque traje la paz al mundo, di igualdad absoluta ante mi ley y todos viven bien y con dignidad... siempre habrá idiotas inconformistas, es la naturaleza humana misma".
—Este joven es... ciertamente único, por lo que he visto, pero no creo que dure mucho tiempo. No hemos logrado que nadie pase más de un año en esas tierras abandonadas por Su Majestad —dijo Carter con su tono más altivo.
—Jejeje —el hijo del barón no pudo evitar reír mientras miraba hacia atrás, solo para encontrarse con la mirada vacía en los ojos plateados de su nueva víctima, lo que lo hizo estremecerse y volver la vista hacia su padre—. Da algo de miedo, padre —comentó antes de sacudir la cabeza. No importaba que diera miedo, al final sería solo otro de los muchos idiotas que venían a convertirse en el señor de la ciudad y terminaban yéndose con el rabo entre las piernas o, en el peor de los casos, terminaban quemados en una hoguera.
Carter simplemente entrecerró los ojos y frunció el ceño, molesto porque su hijo, un caballero bastante fuerte en esas tierras, se estremeciera ante la simple mirada del joven que cabalgaba detrás de ellos en lo que, sin duda, era un corcel mucho mejor que los suyos.
Aun así, no le dio mucha importancia al asunto. Una mirada fría y muerta no garantizaba el éxito, pues no cualquiera podía convertirse en un señor de la ciudad, y menos en una tan destruida como la suya. Después de todo, los había hambreado lo suficiente como para que incluso se comieran entre ellos de ser necesario. Varios idiotas que intentaron convertirse en el señor de la ciudad en el pasado ya habían sido devorados.
Claro, se había convertido en un arma de doble filo: si no hubiera sido por la agresividad de esos aldeanos, no habrían tenido que vender sus tierras ni abandonar su palacio. Sin embargo, ese mismo comportamiento salvaje y aberrante les proporcionaba grandes ingresos, ya que una ciudad, por muy destruida que estuviera, valía más que cien monedas de oro.
—Jejeje —con eso en mente, Carter no pudo evitar reír a carcajadas mientras espoleaba a su caballo para ir más rápido. Después de todo, cuanto antes llegaran, antes podrían cumplir con su rutina habitual.
[Son idiotas, ¿verdad?] preguntó Desmos en la mente de su mejor amigo. Claramente, esos idiotas necesitaban lecciones muy, pero muy importantes sobre sutileza.
—Completamente —confirmó Rose, quien no necesitó leer sus mentes para saber qué demonios pensaban; eran completamente transparentes a pesar de estar de espaldas a él.
Tras dos horas más de viaje, el grupo por fin arribó a una ciudad. Rose no pudo evitar observarla con suma atención. No entendía por qué, pero incluso el simple hecho de ver el trigo creciendo le provocaba una extraña sensación en el estómago.
—¿Qué piensa? Este territorio es bastante hermoso, ¿verdad? —preguntó Carter, quien había disminuido la velocidad para situarse a su lado.
No obstante, Rose no le dedicó ni una sonrisa ni se dignó a mirarle; simplemente se limitó a asentir con la cabeza.
—Bien, vamos. Primero entraremos a la ciudad, y después de mi anuncio, este territorio será suyo —dijo Carter con una sonrisa algo forzada.
Un nuevo asentimiento bastó para que Carter se adelantara de nuevo, mientras Rose continuaba su minuciosa observación del entorno. No le costó mucho darse cuenta de que este lugar era incluso peor que el pequeño pueblo donde él y Carter se habían encontrado.
"¿Seguro que es buena idea, Des?" preguntó Rose a su mejor amigo en el mundo.
[Viendo lo que veo... no... pero no podemos dar marcha atrás] comentó la lanza, que, si tuviera rostro, haría una mueca de desprecio. Demonios, esta gente estaba en los huesos.
"Empieza a planear cómo vamos a salir de esto", le exigió; después de todo, él había sido quien los había metido en ese lío.
Después de un viaje de aproximadamente quince minutos, finalmente arribaron a la pequeña ciudad de Sedona. Esta se encontraba protegida del exterior por una muralla, algo precaria, de unos tres metros de altura, hecha de tierra compactada. Sobre la entrada principal, una tabla de madera mostraba el nombre de la ciudad: Sedona.
El interior de la ciudad superaba con creces sus peores previsiones iniciales. Si esto fuese la capital, sería el arrabal del arrabal del arrabal. El hecho de que Carter y su hijo se limitaran a espolear sus caballos para acelerar el paso, sin mostrar la menor reacción, le dejó absolutamente claro que ellos eran los responsables de la decadencia del lugar.
Lo único en lo que se asemejaba a las grandes urbes era en su centro: una calle ancha, de unos cinco o seis metros de extensión, flanqueada por casas de piedra y madera. Sin embargo, estas construcciones estaban tan deformadas y torcidas que resultaba un auténtico milagro que aún se mantuvieran en pie.
Solo el contemplarlas le provocó un fuerte dolor de cabeza. Era obvio que este lugar estaba a un mal día de convertirse en un maldito pueblo fantasma. De hecho, ya lo era, ¡demonios! Podía sentir cómo su poder se intensificaba, y no le agradaba. Como hijo de la diosa de los fantasmas, él se fortalecía en lugares con almas en pena, y en ese momento, sentía una una cantidad obscena de poder fluía por sus venas.
Naturalmente, al ver la expresión de Carter, el joven no pudo evitar sonreír, especialmente al notar que este llevaba su mano hacia la lanza en su espalda. —Amigo mío, no son más que un montón de plebeyos. Si no te gusta cómo nos miran, puedes echarlos. No son más que mera gentuza.
—Parece ser que la confianza que el gran emperador depositó en ti estuvo... mal fundada —dijo Rose con una voz tan gélida que Carter no pudo evitar estremecerse.}
La sonrisa de Carter se tensó aún más, pero optó por el silencio, adelantándose de nuevo hasta que se detuvieron ante un castillo de piedra y ladrillo.
—Amigo mío, aquí es donde vivirás. Un castillo alto, seguro y cómodo. Debería cumplir tus expectativas, ¿no es así? —dijo Carter.
—Mis expectativas ahora mismo son empalarte por el trasero hasta que la punta te salga por la tráquea —replicó Rose con sequedad.
A pesar de todo, el castillo era en realidad bastante atractivo; no obstante, solo destacaba bajo estándares rurales, pues para los estándares del imperio, era más bien mediocre, quizás rozando lo decente.
Supuso que los altos y aparentemente resistentes muros del lugar servirían perfectamente como fortaleza mientras lograba estabilizar la situación, facilitando su defensa contra los civiles hasta que pudiera guiarlos de nuevo a la prosperidad.
Claro, podría matar a Carter y a su hijo en ese mismo momento, pero para ser brutalmente honesto, estaba más seguro de que, de hacerlo, la gente solo vería en él la imagen de un tirano reemplazando a otro. Así que, aunque cada parte de su cuerpo y sus demonios gritaban que lo empalara y usara su cuerpo como estandarte, su lado racional decidió no hacerle nada por el momento.
—Eres bastante grosero, ¿te lo han dicho? —dijo Carter, con el ceño fruncido, sin entender por qué este joven era tan diferente a todos los que habían venido antes que él. —Como sea, esta es la medalla que te acredita como un barón. Ahora es tuya.
Tras decir esto, simplemente le entregó al joven una medalla de bronce del tamaño del puño de un niño pequeño. En ella estaba grabado el símbolo de la ciudad y la palabra "bronia".
—Este documento lo acredita como el próximo barón, solo necesita firmarlo —y con esas palabras, Carter le entregó un pergamino.
Naturalmente, Rose no lo firmó de forma irreflexiva; lo leyó detenidamente, prestando atención incluso a la letra más pequeña. No encontró nada particularmente extraño, lo cual era una prueba más de que Carter no esperaba que viviera mucho tiempo. Aun así, supuso que simplemente firmaría y daría el asunto por completamente zanjado.
—Jajaja, barón... eh, ¿cuál era tu nombre?
—Rose —dijo el joven con calma.
—¿Te llamas Rosa en inglés? —preguntó Carter, completamente desconcertado. ¿Qué clase de padre le ponía ese nombre a su hijo? —Un nombre muy bonito —se retractó tan pronto como el inconfundible sonido del filo de la lanza cortando un muro llegó a sus oídos. Ni siquiera sabía por qué él no había desenfundado su arma en ningún momento. —¡Felicidades, Barón Rose! A partir de este momento, eres un noble.
Fin del capítulo.
