Desde un rincón oscuro, donde la luz intermitente de un farol roto apenas lograba penetrar, Aiko cruzó los brazos. La sangre de Daichi brillaba bajo la pálida iluminación, un charco espeso que se extendía lentamente por el asfalto agrietado.
—Bueno, al menos ahora tienes algo que hacer con tu vida —murmuró ella. Su tono carecía por completo de juicio; no había horror ni reproche, sino la aceptación fría y clínica de una ejecución necesaria.
Ryuusei permaneció inmóvil en el centro de la calle. Observó sus manos enguantadas, manchadas con la sangre de quien alguna vez consideró un aliado. No sintió la euforia de la victoria. Tampoco el peso asfixiante de la culpa. Solo quedaba un vacío sepulcral, una tranquilidad mecánica que se había convertido en su nuevo motor. Era una ausencia de humanidad mucho más aterradora que cualquier explosión de furia.
A unos metros de distancia, Haru cayó de rodillas. Su arco temblaba en sus manos mientras su mirada permanecía clavada en el rastro oscuro que marcaba la supuesta muerte de su amigo. —¿Por qué…? —consiguió articular. La pregunta escapó de sus labios como un sollozo ahogado por la desesperación—. ¡Éramos un equipo!
Ryuusei giró lentamente el rostro hacia él. La nada que se reflejaba en los orificios de su máscara de cerámica fue la respuesta más cruel que Haru podría haber recibido. No había una venganza personal en sus actos, ni un odio pasional; solo la necesidad quirúrgica de erradicar un obstáculo.
El aire se tornó pesado, denso, cargado con el hedor del ozono y la muerte inminente. Kenta, un luchador curtido por mil batallas, supo al instante que las palabras ya no servían. Apretó los dientes, tragándose el miedo, y desenfundó sus Guadañas Gemelas. El metal oscuro de las hojas reflejó un destello letal. —¡No vas a dar un paso más, bastardo! —rugió Kenta, asumiendo una postura de combate ofensiva.
Ryuusei no retrocedió. En un movimiento fluido y silencioso, guardó sus pesados martillos y extrajo de su cinturón sus armas más traicioneras: las Dagas Ancestrales. Las hojas de las dagas emitían un zumbido sordo, vibrando con una energía espacial que distorsionaba ligeramente el aire a su alrededor.
Y entonces, el Heraldo desapareció.
No fue un movimiento rápido; fue una ruptura literal en el tejido del espacio. Kenta abrió los ojos de par en par. Ryuusei reapareció a espaldas de Kenta. El cambio brusco de presión atmosférica le revolvió el estómago y un latigazo de inercia le tensó el cuello. Apretó los dientes y lanzó una estocada doble hacia los riñones de su excompañero.
Kenta, reaccionando por puro instinto de supervivencia, giró sobre sus talones y cruzó las astas de sus guadañas para bloquear. Las armas chocaron en un estallido de chispas deslumbrantes. El impacto hizo retroceder a ambos. —¡Haru, ahora! —gritó Kenta.
Haru, saliendo de su estupor, tensó su arco al máximo. Una energía carmesí, violenta y crepitante, envolvió la flecha. —¡Muere! —bramó, soltando la cuerda. El proyectil rasgó el aire con un silbido ensordecedor, apuntando directamente a la nuca de Ryuusei.
Ryuusei sintió la vibración del aire a sus espaldas. No tenía tiempo para un segundo salto espacial continuo sin arriesgarse a un colapso cinético. Giró sobre sí mismo, guardó una de las dagas en un parpadeo y canalizó su poder más destructivo hacia su palma libre. —Llamas del Ocaso —susurró.
Un torrente de fuego negro, espeso como la brea y frío como el vacío, brotó de su mano. El fuego no iluminó la calle; pareció tragarse la luz a su alrededor. La flecha carmesí de Haru impactó contra el muro de llamas negras y fue devorada al instante, desintegrada sin dejar rastro de ceniza.
Pero Kenta no le dio respiro. Aprovechando la distracción, se lanzó hacia adelante, sus guadañas girando en un torbellino diseñado para desmembrar. Ryuusei invocó su Aura de Resistencia. Una barrera translúcida y caótica se solidificó a milímetros de su piel. Las cuchillas de Kenta impactaron contra el escudo invisible con una fuerza demoledora. Ryuusei fue empujado hacia atrás por la transferencia cinética, sus botas dejando dos surcos humeantes en el asfalto. Sentía cómo el Aura drenaba su energía física a pasos agigantados; era un muro perfecto, pero lo estaba agotando.
Ryuusei apagó el Aura de golpe. En la fracción de segundo en que Kenta perdió el equilibrio por la falta de resistencia, Ryuusei materializó uno de sus Martillos de Guerra en su mano derecha. Con un movimiento brutal, golpeó el asta de la guadaña izquierda de Kenta. No fue un golpe para romper, sino para aniquilar.
El Toque de la Entropía despertó. Una energía negruzca y purulenta se propagó desde el martillo hacia el arma de Kenta. El metal reforzado comenzó a oxidarse y descascararse a una velocidad antinatural. En menos de un segundo, la guadaña se convirtió en polvo muerto, deshaciéndose entre los dedos de Kenta. —¡¿Qué demonios?! —gritó Kenta, retrocediendo aterrorizado, mirando el mango pulverizado en su mano.
Antes de que Ryuusei pudiera asestar el golpe final con el martillo, una risa estridente y maníaca resonó desde las sombras. Aiko emergió de la oscuridad. Su figura había perdido cualquier rastro de la científica calculadora. Su Espada del Heraldo Negro estaba envuelta en un aura repulsiva, y sus ojos, completamente blancos, brillaban con una locura homicida. Había entrado en su estado Berserk.
—¿Les molesta si me uno a la fiesta? —preguntó Aiko, con una mueca caníbal que dejaba a la vista sus dientes apretados. Sin esperar respuesta, se lanzó contra Haru. La velocidad de la chica era monstruosa. Haru apenas tuvo tiempo de levantar su arco para bloquear el tajo descendente. La madera crujió violentamente y Haru fue arrojado al suelo por la pura fuerza del impacto, rodando para esquivar un segundo corte que partió el asfalto en dos.
El campo de batalla era un caos absoluto. Ryuusei avanzaba implacablemente hacia un Kenta desarmado a medias, mientras Aiko desataba una carnicería contra Haru.
Pero justo cuando la balanza parecía inclinarse hacia la aniquilación total de los supervivientes... el aire cambió. Una explosión de luz, no fría ni tecnológica, sino de una energía cálida, cegadora y dorada, inundó la calle. Las sombras proyectadas por las Llamas del Ocaso retrocedieron bruscamente.
Daichi estaba de pie. Su cuerpo, que minutos antes había yacido con heridas letales, estaba inmaculado. La piel se había regenerado por completo, cerrando la herida de su garganta sin dejar ni una cicatriz. Sostenía su Lanza del Juicio con ambas manos, y sus ojos brillaban con un fulgor dorado que transmitía una paz aterradora.
Kenta se quedó sin aliento, dejando caer ligeramente su única guadaña. —No puede ser… ¿Cómo sigues vivo?
Daichi sonrió. Era la calma de un guerrero que había mirado el abismo y había decidido escupirle. —No voy a caer tan fácil, Ryuusei. No hoy.
Ryuusei detuvo su avance. Apretó el mango de su martillo. La energía que emanaba Daichi era abrumadora, una fuerza vital llevada a un extremo grotesco. En un parpadeo de luz, Daichi desapareció de su posición. Su velocidad era ahora un desafío directo a las Dagas de Ryuusei. Reapareció frente al Heraldo, su lanza descendiendo como un relámpago celestial.
Ryuusei apenas tuvo tiempo de cruzar sus Dagas Ancestrales para bloquear la estocada. El impacto fue titánico. La onda expansiva reventó los cristales de los edificios cercanos. Ryuusei sintió cómo los huesos de sus antebrazos crujían bajo la presión divina; el impacto lo levantó del suelo y lo arrojó varios metros hacia atrás.
Aterrizó con pesadez, tosiendo sangre por la conmoción interna. —Tienes más fuerza de la que recordaba —murmuró Ryuusei, limpiándose la sangre negra de la comisura de los labios.
Daichi no gastó saliva. Elevó su lanza apuntando al cielo nocturno. El suelo bajo sus pies comenzó a agrietarse, flotando en pequeños fragmentos debido a la gravedad alterada por su inmenso poder. La luz dorada crepitó con una violencia indomable, acumulándose en la punta del arma como un sol naciente. —Esto termina aquí. Voy a borrarte, Ryuusei. ¡A ti y a tu oscuridad! —rugió Daichi, mientras la energía alcanzaba su punto crítico—. ¡Lanza del Juicio Final!
Ryuusei levantó la vista. El área de efecto de esa técnica era colosal. Si usaba sus Dagas para teletransportarse, la onda de choque expansiva lo alcanzaría en el borde del salto y lo desintegraría. Su Aura de Resistencia se rompería como cristal barato ante semejante cantidad de energía. Las Llamas del Ocaso no serían lo suficientemente rápidas para devorar la luz.
Estaba atrapado. A menos que cambiara las reglas de la existencia misma.
Ryuusei soltó un suspiro pesado, dejó caer sus martillos a sus costados y cerró los puños. —Zona de Equilibrio.
Una cúpula grisácea, opalescente y silenciosa estalló desde el pecho de Ryuusei, expandiéndose a la velocidad del sonido hasta cubrir toda la calle, los edificios adyacentes y a todos los presentes. En el instante en que la cúpula se estabilizó, el mundo murió.
El color desapareció, dejando todo en un tono cenizo. El zumbido constante de la energía se apagó de golpe. La deslumbrante luz dorada de Daichi, que amenazaba con destruir la cuadra entera, parpadeó cómicamente y se apagó, dejando su lanza como un simple trozo de acero pesado. El aura oscura y venenosa de Aiko se esfumó, haciéndola tropezar, de repente consciente de la pesadez de su propio cuerpo.
Ryuusei miró sus Dagas Ancestrales. El brillo espacial había desaparecido. Ahora eran solo dos pedazos de hierro inerte. Sus poderes se habían reducido al 0% absoluto.
Una cuenta regresiva se activó en la mente fría de Ryuusei: Dos minutos con cuarenta segundos.
Daichi miró su lanza, confundido, sintiendo cómo sus músculos, antes llenos de vitalidad divina, ahora pesaban como plomo. Ryuusei no perdió ni un milisegundo. Soltó las dagas, inútiles sin su magia, y se abalanzó hacia adelante con la velocidad cruda de un humano desesperado. Esquivó la punta inerte de la lanza de Daichi, acortó la distancia y conectó un rodillazo brutal directamente en el plexo solar de su enemigo. El impacto fue seco y carente de magia. Daichi soltó todo el aire de sus pulmones, escupiendo saliva, y cayó de rodillas, asfixiado.
2:20... —¡Desgraciado! —rugió Kenta, asimilando la situación. Corrió hacia Ryuusei empuñando su única guadaña. Ryuusei se giró, pero sin su Aura y sin teletransportación, sus reflejos eran puramente mortales. La hoja curva de la guadaña le alcanzó el hombro, rasgando el abrigo y cortando profundamente la carne. La sangre caliente y roja (no negra, no mágica) brotó a borbotones. El dolor fue agudo y terrenal. Ryuusei soltó un gruñido, agarró el asta de la guadaña de Kenta con su mano herida, ignorando el corte, y le propinó un cabezazo directo en el tabique nasal. El cartílago de Kenta crujió asquerosamente y el guerrero trastabilló hacia atrás, cegado por las lágrimas y la sangre.
1:50... Haru, comprendiendo que la magia había desaparecido, soltó su arco inútil. Sacó un cuchillo de combate de su bota y se lanzó a la pelea cuerpo a cuerpo. Era un tres contra uno, y sin regeneración activa, cada herida que Ryuusei recibía era permanente mientras durara la Zona.
Haru apuñaló el costado derecho de Ryuusei. La hoja se hundió varios centímetros entre las costillas. Ryuusei gritó. Un grito genuino de dolor humano. Agarró la muñeca de Haru, girándola hasta dislocarla con un crujido sordo, y luego le conectó un gancho de izquierda que lo mandó contra un coche abandonado.
1:15... Daichi se había recuperado del asfixia. Usando el mango de su lanza como un bastón (Bō), golpeó a Ryuusei en la parte posterior de las rodillas, haciéndole perder el equilibrio. Kenta aprovechó y le propinó una patada en las costillas que lo hizo rodar por el asfalto gris. La calle se había convertido en una pelea de taberna, sucia, jadeante y miserable. Los cuatro hombres estaban cubiertos de sudor, polvo y sangre, respirando con dificultad.
Ryuusei se levantó a duras penas, sujetándose el costado sangrante. Sentía que se desvanecía. Si moría en la Zona de Equilibrio, moría para siempre. Kenta y Daichi atacaron al unísono. Ryuusei bloqueó el golpe de lanza de Daichi con su antebrazo, sintiendo cómo el hueso se fisuraba por el impacto, y usó el impulso para esquivar la guadaña de Kenta. Ryuusei atrapó el cuello de Daichi en una llave de estrangulamiento y usó el cuerpo de su enemigo como escudo humano. Kenta tuvo que frenar su ataque en seco para no decapitar a su amigo.
0:30... Ryuusei apretó la garganta de Daichi con todas las fuerzas que le quedaban a su cuerpo magullado. Daichi forcejeaba, golpeando débilmente los brazos de su captor. Kenta soltó la guadaña y se abalanzó con los puños desnudos, golpeando el rostro enmascarado de Ryuusei una y otra vez. La máscara de cerámica se agrietó, pero Ryuusei no soltó el agarre.
0:10... Daichi dejó de moverse, perdiendo el conocimiento por la falta de oxígeno a su cerebro humano. Ryuusei lo dejó caer al suelo como un fardo.
0:05... Kenta, exhausto, lanzó un último puñetazo torpe. Ryuusei lo esquivó apenas y le dio un golpe en la laringe que dejó a Kenta de rodillas, buscando aire desesperadamente.
0:00.
La cúpula opalescente tembló y estalló en un millón de fragmentos de energía que se disolvieron en el viento. Los colores regresaron. El zumbido de la magia inundó la calle de nuevo.
Para Kenta, Haru y el inconsciente Daichi, la vuelta de la energía fue un alivio celular. Pero para Ryuusei... fue la puerta directa al infierno.
En el preciso instante en que la Zona cayó y sus poderes volvieron al cien por ciento, su pasiva maldita despertó. La Regeneración Dolorosa registró el hombro rajado, las costillas golpeadas, el antebrazo fisurado y la puñalada en el costado. Y decidió curarlo todo al mismo tiempo.
Ryuusei no tuvo tiempo de prepararse. El proceso de sanación masiva golpeó su sistema nervioso como una descarga eléctrica de un millón de voltios. Los músculos rasgados de su hombro se tejieron a sí mismos con una violencia brutal. El hueso de su antebrazo se soldó a la fuerza. La herida del cuchillo en sus costillas expulsó la sangre coagulada y se cerró en un segundo, sintiéndose como si le hubieran vertido plomo fundido en las entrañas.
—¡AAAAAAAAAAAAGH! —El alarido de Ryuusei rasgó la noche. Fue un sonido que no parecía humano, desgarrado desde lo más profundo de su garganta.
Cayó de espaldas contra el asfalto, convulsionando violentamente. Sus manos arañaban su propio pecho, su cuerpo se arqueaba mientras la agonía de estar completamente sano cortocircuitaba su cerebro. Estaba físicamente intacto, pero el trauma neurológico del dolor lo dejó paralizado, jadeando, con los ojos en blanco bajo la máscara rota, incapaz de mover un solo dedo. Había ganado la pelea física, pero su propio poder lo había derrotado.
A escasos metros, la luz dorada de Daichi, que yacía en el suelo, comenzó a brillar de nuevo, curando lentamente su garganta magullada y despertándolo. Kenta y Haru, sintiendo cómo sus propias reservas de energía volvían a fluir, se pusieron de pie, magullados pero capaces.
Vieron a Ryuusei retorciéndose en el suelo, completamente vulnerable. Daichi se levantó, agarró su lanza, que volvía a irradiar esa luz de juicio final, y caminó lentamente hacia el Heraldo caído. —Todo tu poder... toda tu aniquilación, y terminas destruyéndote a ti mismo —murmuró Daichi, alzando la punta dorada justo por encima del pecho de Ryuusei—. Se acabó, bastardo.
La lanza descendió con toda la intención de perforarle el corazón.
¡CLANG!
Un estruendo ensordecedor de metal contra metal hizo vibrar los cimientos de los edificios. Una lluvia de chispas negras y carmesíes iluminó la escena. La lanza de Daichi fue desviada con una fuerza brutal, casi arrancándosela de las manos.
Aiko estaba de pie frente al cuerpo paralizado de Ryuusei. Ya no era simplemente una guerrera en modo Berserk. Con el regreso de la magia, la oscuridad que había estado contenida durante los casi tres minutos de la Zona de Equilibrio explotó. Su piel estaba surcada por gruesas venas negras que parecían bombear bilis y sombras en lugar de sangre. Sus ojos eran dos pozos de vacío infinito.
—¡No vuelvan a tocarlo! —rugió. Su voz sonaba distorsionada, como si dos entidades hablaran al unísono, gutural y cargada de una sed de sangre primitiva.
El suelo comenzó a derretirse bajo sus botas debido a las toxinas condensadas que emanaban de su cuerpo. Se agachó en una postura defensiva, cubriendo a Ryuusei con su propia silueta monstruosa. —No lo entienden, ¿verdad? —susurró Aiko. Su sonrisa era asimétrica, mostrando dientes que parecían demasiado afilados—. Ustedes creían que él era el monstruo. No han visto absolutamente nada.
El aire se volvió irrespirable. La toxina oscura se expandió como una espesa niebla a nivel del suelo, marchitando cualquier hierba que creciera en las grietas del asfalto. —Él es mi única familia —declaró Aiko, alzando su espada negra, apuntando a los tres hombres exhaustos—. Y si intentan acercarse... voy a despellejarlos vivos y los ahogaré en su propia sangre.
Daichi, Kenta y Haru retrocedieron un paso, tosiendo por el aire envenenado. Habían sobrevivido al vacío de la entropía y a la paliza en la zona de anulación, solo para darse cuenta de una verdad aterradora: la batalla no había terminado. Acababan de cambiar a un verdugo metódico y roto... por un demonio protector desatado. Y este nuevo infierno, gobernado por la rabia y las toxinas, prometía ser mucho más doloroso.
