El suelo seguía empapado de sangre. El aire era una pasta densa, saturada con el hedor metálico de la muerte y el ozono de la magia residual.
Aiko permanecía firme frente al cuerpo caído de su compañero. Su espada negra goteaba sangre fresca y su piel palpitaba con venas oscuras, exhalando una niebla tóxica impulsada por una mirada de pura locura protectora. A escasos metros, Kenta, Daichi y Haru estaban al borde del colapso. Sus cuerpos apenas se sostenían en pie, devastados por la paliza física que habían sufrido durante los minutos de anulación y por el terror de enfrentar a esa guerrera demoníaca.
Y entonces, en medio del silencio tenso, resonó una risa.
Fue suave al principio. Un gorgoteo débil, ahogado en sangre. Pero poco a poco fue creciendo, volviéndose más fuerte, más ronca, profundamente perturbadora.
Ryuusei se movió.
Su cuerpo, que segundos antes había colapsado bajo la tortura de su propia Regeneración Dolorosa, aún yacía sobre el asfalto. Se apoyó torpemente sobre un codo, su pecho subiendo y bajando con un esfuerzo agónico. Quienes lo observaban pudieron ver, con horror fascinado, cómo los músculos de sus brazos y piernas se anudaban y destejían bajo su piel rota, moviéndose como serpientes bajo la carne para reconstruir los tendones cercenados y cerrar definitivamente las heridas. Sus labios, manchados de un rojo oscuro, se curvaron en una sonrisa torcida, empapada en su propia sangre.
—¿Pensaron… que esto bastaba para acabar conmigo? —Su voz no era un grito de guerra, sino un susurro gutural y cínico que heló la sangre de los presentes.
Aiko giró la cabeza hacia él de inmediato. La ferocidad animal en sus ojos se atenuó, reemplazada por una preocupación genuina. La niebla tóxica a su alrededor disminuyó. —Ryuusei…
Él se incorporó con una lentitud exasperante. Sus piernas temblaron al soportar su peso, y era evidente que cada fibra de su ser le ardía. Su sistema nervioso aún palpitaba por la sobrecarga del trauma regenerativo, pero la adrenalina, sumada a una fuerza de voluntad monstruosa, lo obligó a ponerse de pie. Era una exhibición brutal de su dominio absoluto sobre el dolor.
—No pienso… caer todavía —dijo, enderezando la espalda.
Su presencia cambió. Ya no era el combatiente acorralado. El aire a su alrededor descendió varios grados.
Daichi, apoyando todo su peso en el asta de su lanza dorada, lo miró con una mezcla de incredulidad y terror puro. —No puede ser… ¿cómo sigue en pie después de ese shock? ¿Qué clase de monstruo…?
Kenta apretó los dientes. Aferró su única guadaña restante con las pocas fuerzas que le quedaban, sintiendo cómo la desesperación le inyectaba un último, patético empujón de adrenalina. —No lo sé… pero tenemos que cortarle la cabeza antes de que se recupere por completo.
Ryuusei captó el murmullo y soltó una risa irónica, un sonido seco y afilado como vidrio roto pisado. —Intenten… pero esta vez… no habrá tregua.
Ryuusei se enderezó completamente. Su cuerpo estaba cubierto de los jirones de su abrigo, pero su sonrisa bajo la máscara resquebrajada se ensanchó.
Aiko, aún en postura defensiva, lo observó con duda, sin bajar su espada. —Ryuusei… déjame terminar con ellos.
Él giró el rostro hacia ella. Su mirada, visible a través de las grietas de la cerámica, era fría y absolutamente serena. —Aiko… vete.
—¿Qué? —La voz de la chica perdió su eco demoníaco, sonando de pronto cargada de una sorpresa y un miedo casi infantil—. Pero tú…
—Regresa a la mansión. Ve una serie, descansa… Yo me encargaré de la basura —Su voz fue una orden tajante, desprovista de cualquier espacio para la negociación. Una lealtad profunda y la certeza inquebrantable de su propia letalidad brillaron en sus ojos—. No voy a fallar otra vez. No necesito que te arriesgues más por mí.
Aiko dudó un segundo, sus ojos blancos escudriñando las heridas recién cerradas de él. Pero al ver la frialdad absoluta en su expresión, supo que discutir era inútil; la orden de su Heraldo era ley. Aceptó con un asentimiento mudo. Su forma oscura y escamosa comenzó a disolverse como humo al viento. Con una última mirada de advertencia, cargada de odio puro hacia Daichi y Haru, dio un paso atrás hacia las sombras de un callejón y desapareció por completo, dejando tras de sí un silencio mucho más pesado e intimidante que su monstruosa presencia.
Ryuusei suspiró. Giró el cuello lentamente hasta que un crujido escalofriante resonó en la calle vacía. La piel de su garganta se tensó, acomodando las vértebras. —Bien… —murmuró, su voz destilando una crueldad calma y quirúrgica, libre de furia, movida solo por el deseo de aniquilar—. Ahora podemos divertirnos de verdad.
Kenta no soportó la presión psicológica. Con un grito desgarrador que desgarró su garganta, se lanzó hacia adelante. La sangre de su propio rostro y la desesperación de saberse perdido se mezclaron en ese último asalto. —¡MUERE, DESGRACIADO!
La hoja de su guadaña cortó el aire con una velocidad letal, apuntando directamente a decapitar a Ryuusei. Pero él no esquivó. No retrocedió. No lo necesitaba.
Ryuusei levantó su mano desnuda. En el instante exacto en que el filo mortal iba a tocar su cuello, sus dedos enguantados atraparon la hoja de la guadaña. El Toque de la Entropía estalló desde su palma. No hubo hechizos ni gritos. Solo el sonido de la materia muriendo. El acero reforzado de la guadaña comenzó a oxidarse instantáneamente bajo su agarre. El metal brillante se ennegreció, se llenó de herrumbre en milisegundos y el filo se desmoronó en una nube de polvo naranja. En menos de un segundo, el arma letal de Kenta se redujo a una pila de escoria inútil que se escurrió entre sus dedos.
Kenta quedó paralizado por el shock, sus ojos muy abiertos, su mente incapaz de procesar cómo su arma había sido borrada de la existencia con un simple toque.
Esa fracción de segundo de parálisis fue su fin. Ryuusei se movió con una velocidad aterradora. Su mano derecha, formando una garra rígida como el hierro, se disparó hacia adelante y se hundió profundamente en el estómago de Kenta, justo por debajo de las costillas.
El crujido de la carne rasgada y el cartílago cediendo fue nauseabundo. Kenta abrió la boca en un grito sordo, sus ojos saliéndose de sus órbitas. Ryuusei retorció su muñeca dentro del abdomen del guerrero, buscando a ciegas. Kenta sintió la agonía absoluta de sus órganos siendo estrujados. Con un tirón brusco, frío y sádico, Ryuusei retiró el brazo. Arrancó un amasijo de vísceras ensangrentadas y las dejó caer al asfalto con un sonido húmedo y pesado.
—Vaya, Kenta… —susurró Ryuusei, sacudiendo la sangre de sus dedos con una calma que hacía que la atrocidad fuera aún peor—. Siempre pensé que tendrías más agallas.
Kenta cayó pesadamente sobre sus rodillas. Sus manos temblorosas intentaron inútilmente contener el torrente de sangre y vida que se derramaba por su vientre abierto. Su piel palideció al instante, adquiriendo el tono de la cera fría. Se desplomó de lado, ahogándose en su propia sangre, con la mirada vacía.
A unos metros, Haru observó la carnicería con el rostro desencajado por el terror. Con su único brazo sano, levantó su arco. Ya no había magia, solo el puro instinto de supervivencia. Disparó su última flecha con la energía que le restaba a su cuerpo mutilado.
Ryuusei ni siquiera intentó usar su Aura. Dejó que la flecha impactara. La punta de acero se hundió profundamente en su hombro izquierdo, perforando la carne y deteniéndose contra el hueso. Ryuusei apenas se inmutó. Inclinó la cabeza, observando la flecha clavada como si fuera un insecto curioso. —Interesante… —murmuró. Acto seguido, su Regeneración Dolorosa se activó. El tejido muscular comenzó a empujar violentamente el acero hacia afuera. Ryuusei apretó la mandíbula, soportando la punzada de agonía autoinfligida mientras la herida expulsaba la flecha y se cerraba en un parpadeo, tragándose el dolor como un peaje rutinario—. Pero insuficiente.
Llevó su mano derecha a la cintura y desenvainó una de sus Dagas Ancestrales. La hoja vibró. Ryuusei canalizó su energía en el arma y el espacio a su alrededor se agrietó. Desapareció.
El salto espacial cobró su precio: Ryuusei reapareció a espaldas de Haru, sintiendo una punzada de vértigo y un tirón violento en los músculos de las piernas por la inercia del teletransporte ciego, pero su impulso asesino no se detuvo.
Haru ni siquiera vio el destello. Solo sintió la hoja. Con un tajo bajo, limpio y horizontal, la daga de Ryuusei cortó la única pierna que le quedaba a Haru, cercenando el fémur limpiamente desde el muslo.
El grito de agonía del arquero rasgó la noche. Haru cayó de bruces contra el suelo, la sangre brotando en torrentes pulsantes de su muñón. Ahora era apenas un torso arrastrándose, totalmente inmovilizado, un testigo forzado de su propia carnicería. Ryuusei caminó pausadamente y se paró sobre él. La daga goteaba sangre fresca en la penumbra.
—Sabes, siempre pensé que hablabas demasiado, Haru —dijo Ryuusei, agachándose. Agarró a Haru por el cabello y le obligó a levantar el rostro—. Tu voz siempre fue una molestia.
Con un movimiento rápido e indolente, Ryuusei le abrió la boca a la fuerza y le rebanó la lengua de un solo corte. Haru intentó aullar de dolor, pero solo logró soltar un gorgoteo ahogado, ahogándose en el líquido caliente. Sus ojos estaban desorbitados, inyectados en sangre, llenos de un terror mudo e inexpresable mientras miraba a su agresor y luego al cadáver eviscerado de Kenta.
Daichi, aún de pie apoyado en su lanza, estaba paralizado. La luz dorada de su propia energía rudimentaria continuaba curando mecánicamente sus costillas rotas, manteniéndolo lúcido para presenciar el horror. Su mente se estaba fracturando. Esto ya no era un combate ideológico ni una batalla por la supervivencia. Era una masacre personal y enfermizamente sádica.
—Ryuusei… esto no es… ¡Esto no es una lucha! —gritó Daichi, su voz quebrándose, temblando de pánico y repulsión—. ¡Es tortura!
Ryuusei giró lentamente hacia él. Sus ojos, visibles en la penumbra de su máscara destrozada, estaban completamente vacíos de emoción. Parecía un hombre aburrido discutiendo el clima. Una sonrisa asomó en sus labios, la sonrisa de un niño que ha encontrado una forma novedosa y cruel de desarmar a un insecto.
Caminó hacia Daichi con pasos lentos y rítmicos. Al pasar junto a Haru, pisoteó el brazo cercenado del arquero sin siquiera mirar hacia abajo. El sonido del hueso molido bajo su bota se mezcló con el denso olor a vísceras expuestas que ya dominaba la calle.
—No te preocupes, Daichi… —dijo Ryuusei, deteniéndose justo delante de él, a escasos centímetros de la punta dorada de la Lanza del Juicio. Bajó la voz hasta convertirla en un murmullo íntimo e infernal—. A ti te dejaré para el final.
Daichi tragó saliva, incapaz de levantar el arma. —Quiero que veas el resultado de su patético intento de detenerme —continuó Ryuusei, señalando con la daga los restos de sus amigos—. Quiero que veas cómo se desangran lentamente. Y quiero que, mientras agonizan, sepas que tú no pudiste hacer absolutamente nada para salvarlos.
Ryuusei se inclinó ligeramente hacia adelante, su rostro a centímetros del de Daichi. —Y luego… me reiré de ti mientras te desvaneces. El Heraldo Bastardo no permite finales felices.
Daichi sintió un escalofrío profundo que congeló su espina dorsal, un frío que no tenía nada que ver con el dolor físico de sus heridas. Era el terror absoluto de la derrota moral y espiritual. Comprendió, demasiado tarde, que Ryuusei no solo quería arrancarles la vida; quería erradicar su esperanza, destruir su propósito y obligarlo a presenciarlo todo antes de apagar su luz para siempre.
La masacre había terminado. Ahora, en el silencio roto solo por los gorgoteos de Haru, comenzaba la ejecución.
