La Mansión Valmorth siempre había tenido una acústica particular. Era una estructura diseñada para intimidar, con techos abovedados que tragaban la calidez y pasillos de mármol que devolvían el eco de los pasos como si fueran sentencias de muerte. Sin la presencia autoritaria de Constantine ni la mirada analítica de Hiroshi, la casa se sentía como un leviatán dormido, respirando polvo y secretos antiguos.
John Valmorth, el menor de los herederos, se encontraba de pie en el centro del Salón de los Espejos. En su mano sostenía su teléfono. La pantalla iluminaba su rostro, mostrando una lista de contactos que haría temblar a cualquier moralista: organizadores de eventos clandestinos, traficantes de licores prohibidos y chicas de las casas más exclusivas de Europa.
La tentación era un veneno dulce. Podía hacerlo. Podía llenar ese silencio sepulcral con música electrónica a todo volumen, con risas artificiales de cien mujeres hermosas y con ríos de alcohol que borraran la humillación de su derrota contra Ryuusei que aún no podía olvidar después de tantas semanas. Podía ser el "Pequeño Príncipe Desastre" una noche más. Era fácil. Era lo que todos esperaban de él.
Pero entonces, al levantar la vista hacia uno de los espejos, no vio su propio reflejo. Por una fracción de segundo, la mente traicionera y culpable de John superpuso otra imagen sobre el cristal: el rostro amable y barbudo de Luigi.
El recuerdo fue un golpe físico. Recordó una tarde de invierno, años atrás, cuando John tenía diez años y se había raspado las rodillas intentando impresionar a su madre. Laila ni siquiera lo había mirado, pasando de largo con sus tacones resonando fríamente. Fue Luigi, el "mestizo", el sirviente glorificado, quien lo levantó, le limpió las heridas y le dijo: "El dolor es solo información, joven amo. Pero llorar no te hace débil, te hace humano".
Luigi había sido decapitado por Misuri. Su cabeza había rodado por el suelo sucio como basura. Y John no había hecho nada.
John apagó el teléfono con un movimiento brusco y lo guardó en su bolsillo. El silencio volvió acaer sobre él, pero esta vez no lo llenó con ruido. Lo llenó con una resolución dolorosa.
—No más —susurró, y su voz quebró la quietud—. Ya no quiero ser el bufón de esta corte. Si Luigi me está mirando desde algún lugar... no quiero que sienta vergüenza.
Esa noche, John no bebió. Se sentó en la oscuridad, sintiendo cómo la soledad le roía los huesos, prometiéndose a sí mismo que al amanecer sería un hombre nuevo. Un Valmorth digno.
La mañana siguiente trajo consigo una luz grisácea y una atmósfera pesada. La mansión olía a enfermedad; un aroma dulzón y metálico que bajaba desde las habitaciones superiores donde Laila yacía.
Cuando John entró en el comedor, el servicio se tensó. Las sirvientas bajaron la mirada, esperando los gritos habituales o las quejas sobre la temperatura del café. Un anciano mayordomo, cuyas manos temblaban ligeramente, se acercó para servirle. En su nerviosismo, derramó unas gotas de té caliente sobre el mantel de lino inmaculado.
El viejo John habría estallado. Habría volcado la mesa. Pero el nuevo John, el que llevaba el fantasma de Luigi sobre el hombro, se quedó quieto. Miró las manchas de té y luego miró las manos aterrorizadas del anciano.
—No importa, Alfred —dijo John, usando el nombre del sirviente por primera vez en años—. Déjalo así. Siéntate un momento. ¿Has desayunado?
El mayordomo lo miró con los ojos desorbitados, como si John hubiera empezado a hablar en lenguas muertas. —Amo John... yo... no puedo...
—Es una orden —dijo John, pero su tono fue suave—. Descansa. Yo me serviré solo.
Ese pequeño acto, insignificante en el gran esquema del poder global, hizo que algo se rompiera dentro de John. Se dio cuenta de lo fácil que era no ser un monstruo. Se pasó el día recorriendo la mansión, no como un vigilante, sino como un hijo preocupado. Intentó entrar a ver a su madre varias veces, pero los médicos, pálidos y sudorosos, le negaban el paso, diciendo que la "Señora Laila" estaba en un estado demasiado volátil.
La impotencia lo llevó a buscar respuestas en el único lugar donde la verdad no estaba maquillada: el subsuelo.
Necesitaba entender de dónde venía. Si quería cambiar, tenía que saber quién había sido su padre, Torben Valmorth. Laila siempre lo pintaba como un hombre débil que murió por su falta de ambición, pero John empezaba a sospechar que la historia de los ganadores estaba llena de mentiras.
Bajó a las cocinas y preparó una bandeja él mismo. Carne de primera calidad, pan suave y fruta fresca. Cuando se dirigía a las escaleras del sótano, Yusuri, el fiel y letal sombra de la familia, lo interceptó.
—¿Para quién es el festín, John? —preguntó el, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados. Sus ojos de depredador recorrieron la bandeja.
—Para los perros de caza —mintió John sin pestañear. Su corazón latía con fuerza, pero mantuvo la compostura—. Han estado aullando por la ausencia de Hitomi. Necesito que se callen o mamá se pondrá peor.
Yusuri lo estudió un segundo, buscando la mentira, pero al final se encogió de hombros. —Que coman, entonces. Pero no bajes demasiado, John. Hay cosas en la oscuridad que tienen más hambre que los perros.
John asintió y descendió. A medida que bajaba, el aire se volvía frío y húmedo. El lujo de arriba desaparecía, reemplazado por piedra desnuda y moho. Al llegar a la celda más alejada, encontró a Alistar.
El antiguo maestro de armas, ahora ciego y roto, estaba encadenado a la pared. Su estado era deplorable, una burla cruel a la dignidad humana. Sin embargo, cuando John entró, Alistar levantó la cabeza.
—Hueles a duda, chico —dijo Alistar con voz rasposa—. Y a carne asada. Una combinación extraña.
—Soy John —dijo él, dejando la bandeja en el suelo húmedo y sentándose frente al prisionero sin importarle ensuciarse los pantalones de diseñador—. Come. Nadie te va a golpear hoy.
Mientras Alistar devoraba la comida con manos temblorosas, John lo observaba con una mezcla de piedad y desesperación.
—Alistar... tú conocías a mi padre. A Torben. Mamá siempre dice que fue un fracaso, pero... necesito saber si hubo algo bueno en él. Porque si solo tengo la sangre de Laila y la debilidad de un fracaso, no sé quién soy.
Alistar se detuvo. Se limpió la boca con el dorso de la mano y sus cuencas vacías parecieron enfocarse en el alma de John.
—Torben Valmorth... —suspiró el ciego—. Tu madre lo llamaba débil porque él tenía algo que ella nunca entendió: empatía. Torben fue quien redactó la Ley de los Mestizos. Él creía que el poder de los Valmorth no debía medirse por la pureza de la sangre, sino por la lealtad y el talento. Quería acabar con las purgas internas. Quería que gente como Luigi, como yo, como tú... tuviéramos un lugar seguro.
Los ojos de John se llenaron de lágrimas. —¿Él quería eso?
—Sí. Pero en esta familia, la bondad es una sentencia de muerte. La facción de tus abuelos y tu madre lo destrozaron políticamente antes de que muriera. Pero él te amaba, John. Siempre decía que tú tenías un corazón que la mansión aún no había logrado congelar.
John sintió un calor en el pecho que no había sentido nunca. Tenía un legado. Tenía un padre que habría estado orgulloso de su intento de cambio.
—Gracias, Alistar —dijo John, poniéndose de pie—. Necesitaba escuchar eso. Pero... hay algo más. Mamá está muriendo. Vomita sangre negra a litros. Los médicos no saben qué es.
La expresión de Alistar cambió de nostalgia a terror.
—¿Sangre negra? —preguntó—. ¿Empezó justo después de que Hitomi cruzara el océano?
—Sí. ¿Qué significa?
—Significa el fin, John. Es el Vínculo Primigenio. Laila ató su fuerza vital a la de Hitomi mediante un ritual oscuro cuando ella nació. Hitomi era su batería, su fuente de juventud y poder. Al escapar y rechazar su destino de Sexta Generación, Hitomi rompió el lazo. La energía ha rebotado. Laila se está pudriendo por dentro porque ya no puede alimentarse de la luz de su hija.
John palideció. —¿Podemos salvarla? ¿Si traigo a Hitomi de vuelta?
—No —sentenció Alistar—. El rechazo espiritual ya ocurrió. Aunque traigas a Hitomi encadenada, Laila morirá en cuestión de horas o días. Su cuerpo ya es un cadáver; solo que su orgullo se niega a aceptarlo. Vete, John. Si Yusuri te ve aquí hablando de esto, te colgará a mi lado.
John subió las escaleras con el peso del mundo sobre sus hombros. Su madre iba a morir. Su padre había sido un héroe trágico. Él, John Valmorth, tenía la oportunidad de tomar las riendas, de honrar la memoria de Torben y cambiar la familia desde adentro.
"Puedo hacerlo", pensó. "Puedo ser el líder que Torben quería".
Al llegar al piso superior, el caos reinaba. Las sirvientas corrían con toallas ensangrentadas. Un grito ahogado salió de la habitación principal.
—¡CONSTANTINE! —era la voz de Laila, un alarido gutural y desesperado.
John corrió hacia la puerta. Dos guardias de élite, mujeres altas y armadas, le bloquearon el paso.
—Señor John, no puede pasar. La señora está delirando.
—¡Es mi madre! —gritó John, y esta vez no hubo duda en su voz. Empujó a las guardias con una fuerza física y mental que las tomó por sorpresa. Entró en la habitación y cerró las puertas tras de sí, poniendo el seguro.
El olor era atroz. La habitación, decorada con sedas blancas y oro, parecía un matadero. Laila Valmorth estaba en el centro de la cama inmensa. Su piel, antes de porcelana, estaba grisácea y translúcida. Venas negras se marcaban en su cuello y brazos como raíces venenosas.
Al ver entrar a alguien, Laila extendió una mano huesuda. Sus ojos, nublados por la muerte inminente, brillaron con esperanza.
—¿Constantine? —graznó—. ¿Hijo mío? ¿Has vuelto?
John se acercó lentamente, sintiendo cómo se le rompía el corazón. Se sentó al borde de la cama y tomó la mano fría y manchada de sangre de su madre.
—No, mamá. Soy yo. Soy John.
Laila parpadeó, tratando de enfocar. Al reconocerlo, la esperanza en su rostro se desvaneció, reemplazada por una mueca de decepción que hirió a John más que cualquier golpe físico. Retiró su mano de la de él como si hubiera tocado algo sucio.
—John... —susurró con desprecio—. Por supuesto. El inútil... siempre presente cuando no se le necesita.
John tragó saliva, aguantando las lágrimas. —Mamá, por favor. Estoy aquí contigo. Alistar me dijo lo del Vínculo. Sé que te estás yendo. Pero quiero que sepas que voy a cambiar. Voy a ser fuerte. Como papá quería.
Al escuchar la mención de Torben, Laila soltó una risa húmeda que terminó en un acceso de tos. Sangre negra brotó de sus labios, manchando el camisón de seda.
—Torben... ese idiota sentimental —escupió Laila, recuperando un último aliento de veneno—. Escúchame bien, John. Constantine debe liderar. Tú... tú solo debes obedecer y casarte con quien te digamos. Necesitamos alianzas fuertes para limpiar la mancha de tu existencia.
John sintió un frío glacial. —¿La mancha de mi existencia? Mamá... ¿por qué? ¿Por qué siempre me odiaste tanto? ¿Por qué me mirabas con asco cuando era niño? Solo quería que me abrazaras. Solo quería ser tu hijo.
Laila lo miró fijamente. En sus ojos ya no había locura, solo una crueldad lúcida y final.
—¿Quieres la verdad, niño? —susurró ella, y su voz sonó como vidrio molido—. Te odiaba porque cada vez que te miraba, veía la traición. Veía la debilidad de Torben.
—¿De qué hablas?
—Tú no eres mi hijo, John.
El tiempo se detuvo. El reloj de péndulo en la esquina dejó de sonar. El corazón de John se saltó un latido, luego dos.
—¿Qué...? —la palabra salió como un susurro estrangulado.
Laila sonrió, mostrando sus dientes manchados de negro. —Naciste de una infidelidad. Tu amado padre, el "noble" Torben, se revolcó con una Valmorth de bajo nivel. Una sirvienta. Una cualquiera que limpiaba los pisos de esta mansión. Cuando ella quedó embarazada, Torben vino a mí, llorando, suplicando perdón. Me trajo al bastardo y me pidió que lo criara como si fuera mío para evitar el escándalo.
John empezó a temblar. Todo su mundo, toda su identidad, se desmoronaba ladrillo por ladrillo.
—¿Y... mi madre? —preguntó, con la voz rota—. ¿Dónde está ella?
—La maté —dijo Laila con una naturalidad aterradora—. Esa misma noche. Mandé a que le cortaran la garganta y tiraran su cuerpo al mar. Me daba asco. Me dabas asco tú. Pero... —Laila hizo una pausa, y por un segundo, su expresión se suavizó, volviéndose grotescamente maternal—. A pesar del asco... te crié. Te di mi apellido. Te di una vida de príncipe. Y creo que, al final, a mi manera retorcida, me encariñé contigo, John. Eras como una mascota fea que uno aprende a tolerar. Pero nunca, nunca olvides que no eres uno de nosotros. Eres el hijo de una muerta y un traidor.
John se quedó inmóvil. Las lágrimas corrían por su rostro, pero ya no eran de tristeza. Eran de una agonía pura, absoluta.
Toda su vida había intentado complacer a esta mujer. Toda su vida había pensado que él era el problema, que él no era lo suficientemente bueno. Pero la verdad era mucho peor: él era un recordatorio viviente de un pecado, criado por la asesina de su verdadera madre. La mujer que tenía enfrente no era su madre; era el monstruo que le había robado todo antes de que él tuviera siquiera uso de razón.
—No soy tu hijo... —repitió John, y algo oscuro nació en su pecho. La promesa de ser "bueno" se incineró en ese instante. La bondad de Torben no había salvado a su madre biológica. La bondad no servía en esta casa.
Laila comenzó a toser de nuevo, convulsionando violentamente. Sus pulmones se estaban llenando de fluido negro. Ella buscó aire, sus manos arañando las sábanas, sus ojos buscando ayuda en John.
—Ayúdame... —gorjeó ella—. Llama a... los médicos...
John se puso de pie lentamente. Miró a la mujer que agonizaba. Vio a la asesina. Vio a la tirana. Y vio el fin de su propia inocencia.
—No —dijo John.
Con movimientos mecánicos, como si estuviera en un sueño, tomó una de las grandes almohadas de plumas de la cabecera. Era suave, blanca, inmaculada.
—Tú mataste a mi madre —dijo John, con la voz vacía—. Tú me mentiste cada día de mi vida. Me hiciste sentir menos que basura, cuando la única basura en esta habitación... eres tú.
Laila abrió los ojos con terror al ver la almohada descender. Intentó levantar las manos, intentó gritar, pero estaba demasiado débil.
John presionó la almohada sobre el rostro de Laila.
El cuerpo de ella se arqueó. Sus manos golpearon débilmente los brazos de John, arañando su chaqueta, buscando clemencia. Pero John no cedió. Se inclinó sobre ella, aplicando todo su peso, toda su frustración, todo el dolor de un niño que nunca fue amado.
Debajo de la almohada, escuchaba los sonidos ahogados. Escuchaba cómo ella intentaba respirar y solo tragaba su propia sangre maldita. John lloraba mientras lo hacía. Lloraba desconsoladamente, sollozos que sacudían su cuerpo, mezclando el acto de asesinato con un duelo profundo por la vida que nunca tuvo.
—Muérete... muérete... muérete... —sollozaba John, apretando más fuerte.
Pasaron dos minutos eternos. Los golpes cesaron. El cuerpo bajo él dejó de luchar. Hubo un último espasmo, y luego, la quietud absoluta.
John retiró la almohada. Laila Valmorth yacía muerta, con los ojos abiertos y vidriosos, fijos en la nada. La sangre negra manchaba la almohada blanca como tinta derramada sobre la nieve.
John retrocedió, respirando agitadamente. Se miró las manos. No había sangre en ellas, pero sentía que estaban manchadas para siempre. La compasión que había buscado al inicio del día se había transformado en esto: un parricidio necesario.
Se limpió la cara con la manga de su chaqueta. Se arregló el cabello frente al espejo del tocador, viendo a un extraño devolverle la mirada. Ya no era el John que quería hacer fiestas. Ya no era el John que quería ser bueno. Era un huérfano, un bastardo y un asesino.
Caminó hacia la puerta, le quitó el seguro y la abrió. Las sirvientas y los guardias lo miraron con ansiedad.
—Mi madre ha muerto —dijo John. Su voz era plana, carente de cualquier vibración humana—. Se ahogó con su propia sangre. Avisen a mis hermanos.
Y mientras caminaba por el largo pasillo, alejándose de la habitación de la muerte, John Valmorth supo que la única forma de sobrevivir en este mundo era dejando de sentir. Si el amor era una mentira, entonces abrazaría el odio. Y su primer objetivo estaba claro: encontraría a Hitomi. No para entregarla, sino porque ella era la única culpable de que todo esto hubiera salido a la luz. O tal vez... porque ella era la única familia real que le quedaba, aunque él aún no supiera si quería abrazarla o destruirla.
