El silencio que siguió a la muerte de Laila Valmorth no fue de paz, sino de una tensión estática, como el aire antes de una tormenta eléctrica. John se quedó de pie junto a la cama, observando cómo el último aliento de la matriarca se disolvía en la opulencia de la habitación. Sus manos, que minutos antes habían presionado la vida fuera de ella, ahora descansaban inertes a sus costados, extrañamente firmes.
La puerta se abrió de golpe. Un guardia de élite de la familia, un hombre corpulento de rasgos afilados y uniforme negro, irrumpió en la estancia seguido por dos médicos. El guardia escaneó la habitación: la almohada en el suelo, la sangre negra en las sábanas y a John, impasible, mirando el cadáver.
—¡Señor John! —bramó el guardia, acercándose para comprobar el pulso de Laila, aunque era evidente que ya no había nada que hacer—. ¿Por qué no activó la alarma? ¿Por qué no llamó a los médicos cuando empezó la crisis?
John giró la cabeza lentamente. Sus ojos, habitualmente llenos de inseguridad o ebriedad, estaban vacíos, oscuros como pozos sin fondo.
—Ella me lo pidió —mintió John con una frialdad que heló la sangre de los presentes—. Dijo que estaba cansada de las agujas y los tubos. Quería morir mirando a un hijo suyo. Quería irse con dignidad, no como un experimento de laboratorio.
El guardia frunció el ceño, incrédulo. Conocía a Laila Valmorth; la mujer se aferraba al poder y a la vida con garras de acero. La idea de que aceptara la muerte pacíficamente era absurda. Sin embargo, al mirar a John, vio algo nuevo. Una autoridad que no emanaba de un rango, sino de alguien que ha cruzado una línea moral de la que no se regresa.
—Entiendo... —murmuró el guardia, decidiendo no indagar más por el momento—. Debemos notificar a Lord Constantine y a Lord Hiroshi de inmediato. Están en camino desde el Valle, pero esto... esto cambia todo.
—Envíenles una carta urgente —ordenó John, dándole la espalda al cuerpo—. Díganles que su madre ha muerto. Y que preparen la ceremonia de sucesión. Constantine es el nuevo líder de la familia Valmorth. Es lo que ella decretó antes de partir.
El guardia asintió y comenzó a dar órdenes por su radio. Mientras los médicos cubrían el cuerpo, el guardia se detuvo en el umbral de la puerta y se giró, con una mueca de duda.
—Señor John... una pregunta más. Con la matriarca muerta y Constantine al mando, ¿cuál es el estatus de la fugitiva?
—¿Hitomi? —preguntó John.
—Sí. La traidora. ¿Seguimos gastando recursos en buscarla o la borramos de los registros familiares y la desheredamos formalmente? Al fin y al cabo, su huida causó esto.
John sintió una punzada de ira en el pecho. Recordó a Hitomi, pequeña, asustada, siempre intentando encajar en un mundo que la quería usar como batería. Recordó que ella, al igual que él, era una víctima de la obsesión de Laila.
John dio un paso al frente, acortando la distancia con el guardia hasta invadir su espacio personal. El guardia, un veterano de guerras encubiertas, retrocedió instintivamente ante la presión que emanaba el joven.
—Cuidado con tus palabras —susurró John, y su voz vibró con una amenaza latente—. Ella no es una "traidora". Ella es Hitomi Valmorth. Es mi hermana. Y sigue siendo parte de esta maldita familia, te guste o no. No porque se haya ido a buscar su propio camino la vamos a tirar a los perros. Si escucho a alguien más llamarla "traidora" o sugerir que la deshereden, me aseguraré de que sea lo último que diga en esta mansión.
El guardia tragó saliva, asintió rápidamente y salió de la habitación, dejando a John solo con el fantasma de sus acciones.
Los días pasaron envueltos en una neblina de nieve y luto protocolar. La noticia de la muerte de Laila Valmorth corrió por el inframundo criminal y aristocrático como un reguero de pólvora. Para el mundo exterior, había muerto una filántropa reclusa; para el mundo real, había caído una de las reinas del tablero global.
La mañana del 5 de enero de 2020, el invierno danés cubrió la propiedad con un manto blanco y sepulcral. Desde temprano, la larga avenida de entrada a la mansión se convirtió en un desfile de poder obsceno. Autos de lujo blindados, limusinas negras con banderas diplomáticas no oficiales y convoyes de seguridad privada empezaron a llegar.
No eran simples invitados. Eran la sangre extendida de los Valmorth. Primos lejanos que controlaban corporaciones en Asia, tíos que gobernaban sindicatos en Europa del Este, sobrinos prodigio que lideraban laboratorios genéticos en América.
Entre ellos destacaban las delegaciones de las familias aliadas y rivales, aquellos que orbitaban el trono de los Valmorth esperando una señal de debilidad.
Ahí estaban los Von Drachen de Alemania, con sus trajes grises impecables y sus implantes cibernéticos apenas visibles bajo la piel, mirando a los sirvientes con desdén calculador. Llegaron también los representantes del Clan Kurogane, silenciosos, moviéndose como sombras, con los ojos siempre atentos a los detalles que nadie más veía. Y los fanáticos de la Dinastía Belmonte, con sus rosarios de cuentas de hueso y cicatrices orgullosas en las manos.
Todos se congregaron en la Sala del Trono Familiar, un inmenso salón con estandartes rojos y negros.
Cuando las puertas principales se abrieron, Constantine Valmorth entró. Vestía un traje ceremonial, su presencia era abrumadora. Caminaba con la certeza de un dios de la guerra. A su lado, Hiroshi caminaba con una tablet en la mano, revisando datos, con la frialdad de una máquina.
Al ver a Constantine, el murmullo de la sala cesó de golpe. Como si una fuerza invisible los obligara, todos los presentes —primos, tíos, aliados y rivales— doblaron la rodilla o inclinaron la cabeza profundamente. Era una señal de respeto absoluto, pero también de miedo. El León había muerto, pero el nuevo León parecía aún más hambriento.
Todos estaban allí. Excepto uno.
Mientras arriba se celebraba la hipocresía del poder, en las entrañas de la mansión, John Valmorth buscaba la única verdad que le quedaba.
Bajó las escaleras hacia el sótano, ignorando el frío y la humedad. Llevaba una botella de whisky caro, pero no había bebido ni una gota. Entró en la celda de Alistar. El viejo maestro ciego estaba sentado en su jergón, percibiendo la agitación en el aire.
John cerró la puerta y se dejó caer contra ella, deslizándose hasta el suelo. El peso de los últimos días, la actuación constante, la mentira, el asesinato... todo se rompió.
—Lo hice, Alistar —sollozó John, su voz quebrándose como cristal—. Ella está muerta. Y yo... yo no siento paz.
Alistar giró su rostro cicatrizado hacia el sonido. No necesitaba ojos para ver el dolor del chico.
—¿Te dijo la verdad antes de irse? —preguntó Alistar con suavidad.
John asintió, aunque el ciego no podía verlo, y las lágrimas comenzaron a brotar sin control.
—Nunca fui su hijo... —confesó entre gemidos—. Me lo dijo, Alistar. Me lo escupió en la cara. Soy el hijo de una sirvienta a la que ella mandó matar. Soy un bastardo nacido de una infidelidad. Toda mi vida... todos esos años tratando de que me mirara, tratando de ser un "buen Valmorth"... y para ella solo fui un perro callejero que permitieron entrar a la casa. Nadie me quiso. Nadie en esta maldita mansión me ha querido nunca. Solo tú... y Luigi.
John se arrastró por el suelo hasta abrazar las piernas del hombre encadenado. Lloró con la fuerza de un niño abandonado, aferrándose a la tela sucia de los pantalones de Alistar. El viejo guerrero, limitado por sus cadenas, logró bajar una mano callosa y acariciar la cabeza de John.
—Shhh... tranquilo, hijo —susurró Alistar. A pesar de su ceguera, sus sentidos agudizados por años de oscuridad captaron algo en la energía de John. No era la energía de un niño roto, sino la vibración inestable y poderosa de una 5ta generación que había despertado a través del trauma—. Puedo sentirlo, John. Ya no eres el mismo. Tu aura... ha cambiado. Es más densa, más oscura, pero más real.
John levantó la cara, con los ojos rojos e hinchados. —No quiero ser el de antes, Alistar. No quiero ser el bufón borracho. Pero tampoco quiero ser como ellos. Quiero que esto pare. Quiero que me ayudes.
Alistar sonrió tristemente, mostrando dientes rotos. —Te ayudaré, John. Porque eres el único que tiene el corazón de Torben. Pero debes saber algo: lo que está pasando allá arriba es solo el comienzo. He escuchado los pasos, los murmullos de los guardias. Esos "parientes" que han venido hoy... los Von Drachen, los Kurogane... no han venido a llorar a Laila. Han venido a repartirse el cadáver del imperio. Van a pelear por casarse con Constantine, por manipular a Hiroshi. Se avecina una guerra civil, John.
John se secó las lágrimas con rabia. —Lo sé. Vi cómo los miraban. Odian a los mestizos. Odian todo lo que no sea "puro". Si Constantine consolida su poder con esas familias, gente como tú, como los sirvientes, serán exterminados.
Alistar se inclinó hacia adelante, tanto como las cadenas se lo permitieron.
—Entonces, te pregunto, John Valmorth... ¿de verdad quieres cambiar? ¿O solo quieres sobrevivir?
—Quiero cambiar —respondió John sin dudar.
—Entonces deja de llorar y empieza a pensar como un rey —sentenció Alistar, su voz adquiriendo un tono de mando—. Si odias lo que ellos representan, si odias que te traten como un bastardo... entonces quítales la corona. Hazte líder de la familia, John.
John se quedó paralizado. —¿Yo? ¿Líder? Constantine me mataría con una mano. Hiroshi me destruiría antes de que pudiera parpadear.
—La fuerza bruta no lo es todo —dijo Alistar—. Tienes algo que ellos no: eres invisible para ellos. Te subestiman. Y tienes un poder que aún no comprendes. Piénsalo, John. El trono no se pide. Se toma.
John salió del sótano con la mente hecha un torbellino. La idea de Alistar era una locura, un suicidio... pero era la única salida que no implicaba huir como un cobarde.
Subió a su habitación, tratando de componer su rostro para el banquete fúnebre. Apenas cerró la puerta de su cuarto, escuchó tres golpes secos y rítmicos.
Abrió. Era Hiroshi.
El hermano mediano no entró. Se quedó en el marco de la puerta, con esa expresión inescrutable que lo caracterizaba. No llevaba luto; vestía un traje azul oscuro, clínico.
—¿No vas a bajar al banquete? —preguntó Hiroshi—. Los Von Drachen están preguntando por el "hermano díscolo". Tienen una hija que quieren presentarte.
—No tengo estómago para fingir, Hiroshi —respondió John, intentando cerrar la puerta.
Hiroshi puso una mano en la puerta, deteniéndola sin esfuerzo aparente. —Es curioso que hables de estómago. Hace unos días, revisé el cuerpo de madre antes de que la embalsamaran.
El corazón de John se detuvo un instante. —¿Y?
—Los médicos dijeron que fue un colapso pulmonar por la sangre negra. Y es cierto, en parte —dijo Hiroshi, bajando la voz, sus ojos fijos en los de John como láseres—. Pero encontré petequias en sus ojos y marcas de presión en el rostro. Y, curiosamente, en la basura del ala oeste, encontré una almohada con un patrón de manchas de sangre muy particular. Sangre que fue forzada a salir, no tosió libremente.
John sintió el sudor frío en su espalda. Hiroshi lo sabía.
—El único que estaba con ella eras tú, John —concluyó Hiroshi.
John sostuvo la mirada de su hermano. Sabía que si flaqueaba ahora, estaba muerto.
—La almohada era para limpiar la sangre que ella escupía —dijo John, mintiendo con una calma que sorprendió incluso a Hiroshi—. Estaba sufriendo, Hiroshi. Se ahogaba. Hice lo que pude para confortarla.
Hiroshi ladeó la cabeza, analizando los microgestos de John. Hubo un silencio largo, tenso.
—Ya veo —dijo finalmente Hiroshi—. Digamos que te creo. Pero te daré un consejo de hermano, John: no me culpes a mí ni intentes jugar conmigo. Si esa información sale a la luz, Constantine te ejecutará en la plaza pública. Y yo no lo detendré. Mantén tu perfil bajo. No hagas olas. Y tal vez sobrevivas a esta transición.
—No me amenaces, Hiroshi —respondió John, dando un paso adelante, sus ojos brillando levemente—. Y no me culpes abiertamente de algo que no puedes probar sin manchar el nombre de la familia. Si Constantine se entera de que mamá fue asesinada bajo tu vigilancia de seguridad, tú también caerás.
Hiroshi sonrió levemente, una sonrisa sin alegría. —Touché, hermanito. Touché.
Hiroshi se retiró, caminando por el pasillo con elegancia, dejando a John temblando de adrenalina. La guerra había comenzado en las sombras.
John sabía que no tenía mucho tiempo. Hiroshi era una bomba de tiempo. Necesitaba aliados, y necesitaba contactar a la única persona que podía cambiar la balanza de poder: Hitomi.
Esperó a que la mansión estuviera sumida en el estupor del alcohol tras el banquete. Llamó a través del sistema de servicio interno a una persona específica.
Minutos después, una niña pequeña, delgada y de ojos grandes y asustados entró en la habitación. Era Helly, una mestiza de 14 años que trabajaba en las cocinas. John la había defendido hacía unos días cuando un capataz intentó golpearla por romper un plato. Desde entonces, ella lo miraba como si fuera un dios.
—¿Señor John? —preguntó ella con voz temblorosa.
—Cierra la puerta, Helly —dijo John, arrodillándose para estar a su altura. Sacó un sobre sellado con lacre rojo, pero sin el escudo oficial de los Valmorth—. Necesito que hagas algo muy peligroso por mí.
—Lo que sea, señor. Usted salvó mi mano —dijo la niña con firmeza.
—Necesito que te vayas de aquí. Esta noche. La mansión se va a convertir en un infierno para los mestizos ahora que mamá murió y Constantine manda. Tienes que ir a Canadá.
—¿Canadá? —Helly abrió los ojos desmesuradamente—. Pero... eso está muy lejos.
—Lo sé. Pero allí está mi hermana, Hitomi. Según Alistar, está con un hombre llamado Ryuusei Kisaragi. Debes encontrarla y darle esta carta. Es de vida o muerte, Helly. En esta carta le explico todo lo que está pasando, la verdad sobre nuestra madre y... —John dudó un segundo— y le pido perdón.
John sacó un fajo de billetes y un pasaporte falso que había robado de la caja fuerte de Hiroshi años atrás.
—Toma esto. Vete al puerto. Busca los barcos de carga que van a Halifax. Cuando llegues a la frontera o si alguien te detiene en el camino, diles que eres una enviada personal de John Valmorth. Diles mi nombre con orgullo. Nadie de las familias menores se atreverá a tocarte si creen que trabajas para mí en una misión secreta.
Helly tomó la carta y el dinero, apretándolos contra su pecho. Vio la desesperación en los ojos de John, pero también vio esperanza.
—Lo haré, señor John. Le juro por mi vida que entregaré esta carta a la señorita Hitomi.
—Vete, Helly. Corre y no mires atrás.
La niña asintió, hizo una reverencia rápida y salió de la habitación, desapareciendo en los pasillos de servicio como un fantasma.
John se acercó a la ventana y miró hacia la noche nevada. Había puesto en marcha su primera jugada. Había salvado a una mestiza y había enviado un mensaje a la Singularidad. Ahora, solo le quedaba sobrevivir a la cena de mañana, donde tendría que mirar a la cara a los asesinos de su espíritu y sonreír.
—Que empiece el juego —susurró John.
