Cherreads

Chapter 197 - El Veneno, la Velocidad y la Mentira

El despertar no fue violento, como solían serlo sus mañanas en la Mansión Valmorth. No hubo gritos de instructores, ni el sonido de campanas de servicio. Hubo, en cambio, un olor a antiséptico mezclado con pino y madera vieja.

Hitomi abrió los ojos lentamente, esperando el dolor habitual en las costillas o el ardor en sus pulmones por el frío de la huida. Pero no había nada. Solo una extraña ligereza. Se incorporó en la camilla, palpando su costado bajo la gruesa manta de lana. Las heridas profundas que los mercenarios le habían causado días atrás eran ahora solo cicatrices rosadas, casi invisibles.

—Increíble... —susurró, pasando sus dedos por la piel sanada.

A su lado, sentado en el suelo de madera de la cabaña médica, estaba Sylvan. El niño mudo jugaba concentrado con unos bloques de construcción de plástico, ajeno —o fingiendo estarlo— a la milagrosa recuperación que había facilitado.

La puerta se abrió y entró Amber Lee. La mujer traía una bandeja con té caliente y unas galletas de avena. Sus movimientos eran elegantes pero distantes, siempre cubiertos por capas de ropa a pesar de la calefacción, y sus manos, enfundadas en guantes de cuero negro que parecían una segunda piel.

—Veo que la bella durmiente ha decidido volver al mundo de los vivos —dijo Amber, dejando la bandeja en una mesa auxiliar—. Tienes una constitución fuerte, "Janet". O tal vez Sylvan te ha tomado mucho cariño. Normalmente, sus curaciones toman dos sesiones. Contigo fue en una sola noche.

Hitomi se tensó al escuchar su nombre falso. "Janet". Tenía que recordar ese nombre. Si descubrían que era una Valmorth, la hermana de John y la hija de la mujer que Ryuusei despreciaba, la echarían a la nieve o la matarían allí mismo.

—Gracias... a los dos —dijo Hitomi, tomando la taza. El calor le devolvió el color a las mejillas—. Amber, ¿verdad? Y Sylvan. No sé cómo pagarles esto.

Amber se cruzó de brazos, mirando al niño. —No me agradezcas a mí. El pequeño es quien hace el trabajo pesado. Por cierto...

Amber se inclinó hacia Sylvan, bajando la voz. —¿No dijiste nada, verdad, pequeño? ¿Kaira no te sacó información sobre nuestra invitada?

Sylvan levantó la vista de sus bloques. Sus grandes ojos, que a veces parecían contener galaxias enteras, miraron a Amber. Hizo un gesto rápido con la mano, negando con la cabeza, y luego se llevó un dedo a los labios en señal de secreto absoluto.

—Buen chico —sonrió Amber, aunque la sonrisa no llegó a sus ojos—. Kaira ha estado rondando. Intentó entrar en su mente hace una hora, pero Sylvan sintió su presencia psíquica y salió corriendo antes de que ella pudiera leerle un solo pensamiento. Ese niño es un detector de telepatas con patas.

Hitomi sintió un escalofrío. —¿Kaira? ¿Tienen un lector de mentes aquí?

—Tenemos de todo en la Base Genbu —respondió Amber secamente—. Lectores de mentes, hombres que corren más rápido que el sonido, y cosas peores. Por eso te dije que este no es un lugar seguro para civiles.

Pasaron las horas. La recuperación de Hitomi fue total. Su cuerpo de Sexta Generación, aunque ella intentaba ocultar su potencial, absorbía la energía del entorno y la comida con voracidad. Para la tarde, el encierro en la cabaña médica comenzaba a sentirse asfixiante. Necesitaba ver dónde estaba. Necesitaba saber cuán cerca estaba de Ryuusei.

—Amber —llamó Hitomi cuando la mujer volvió para chequear sus signos vitales—. Ya me siento bien. De verdad. ¿Podría... podría dar un pequeño recorrido? Solo para estirar las piernas. Prometo no molestar a nadie.

Amber suspiró, ajustándose los guantes con un movimiento nervioso. —Janet, esto no es un parque turístico. Es una base paramilitar de operaciones encubiertas. Hay soldados de la Alianza del Norte patrullando el perímetro exterior, y el círculo interno está protegido por gente que no hace preguntas antes de disparar.

—Por favor —insistió Hitomi, poniendo su mejor cara de inocencia—. Solo quiero ver el cielo. Llevo días viendo madera y nieve por la ventana. Además... si Ryuusei Kisaragi es el líder aquí, me gustaría ver qué ha construido.

La mención de Ryuusei hizo que Amber se tensara. La mujer de cabello oscuro miró hacia la puerta y luego al reloj en su muñeca.

—Está bien. Pero será breve. Y será de noche —concedió Amber—. Hay mucho movimiento logístico ahora. Se espera la llegada de un VIP desde Japón en unos días. Un delegado importante que viene a negociar con Ryuusei. No queremos que se crucen con una civil no autorizada y piensen que nuestra seguridad es un chiste.

La noche cayó sobre los bosques de Canadá como un manto pesado y helado. La Base Genbu, iluminada por reflectores potentes y luces de seguridad rojas, parecía una bestia dormida en medio de la nada.

Amber le dio a Hitomi un abrigo grueso de estilo militar, tres tallas más grande, y juntas salieron de la cabaña médica. El aire frío golpeó el rostro de Hitomi, pero para ella, acostumbrada a los inviernos de Dinamarca, fue una caricia familiar.

Caminaron por los senderos despejados de nieve. Amber iba un paso adelante, guiándola lejos de los barracones principales y de los hangares donde se escuchaban ruidos de soldaduras y mecánicos trabajando en vehículos blindados.

—Ese es el Hangar 1 —señaló Amber, apuntando a una estructura masiva de concreto—. Ahí es donde Sergei Volkhov guarda sus "juguetes". Si valoras tus tímpanos, no te acerques cuando están probando los cañones sónicos.

—¿Y Ryuusei? —preguntó Hitomi, buscando con la mirada alguna estructura que gritara "líder".

—Él vive en el sector central. El Nido del Dragón, lo llamamos algunos —dijo Amber con un tono indescifrable—. Pero últimamente no sale mucho. Desde lo de Rusia... ha estado muy concentrado. O muy obsesionado. Depende de a quién le preguntes.

Siguieron caminando hacia una zona más oscura, cerca de los generadores auxiliares. El suelo estaba resbaladizo por el hielo negro. En un momento, Hitomi pisó mal. Su bota resbaló y, por instinto, extendió la mano para sujetarse de la persona más cercana.

Su mano buscó el brazo de Amber.

—¡Cuidado! —el grito de Amber fue agudo, casi de pánico.

Antes de que los dedos de Hitomi pudieran tocar la tela de la chaqueta de Amber, la mujer se apartó con una velocidad y brusquedad que casi hicieron que Hitomi cayera al suelo de verdad. Amber retrocedió dos metros, respirando agitadamente, llevándose la mano enguantada al pecho como si ella fuera la que hubiera estado en peligro.

Hitomi se quedó congelada, recuperando el equilibrio sola. —¿Amber? Lo siento... solo iba a caer...

Amber la miró desde la oscuridad. Sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y tristeza profunda.

—No me toques —dijo Amber, y su voz tembló—. Nunca me toques, Janet. Ni a mí, ni a mi ropa, ni a mi piel.

—¿Por qué? —preguntó Hitomi, confundida. Había visto a gente con poderes extraños en la mansión Valmorth, pero el rechazo físico de Amber era visceral.

Amber levantó su mano derecha, cubierta por el guante de cuero. Lentamente, se quitó el guante. Bajo la luz pálida de una farola lejana, Hitomi vio la mano de Amber. Era hermosa, de piel pálida y dedos largos, pero las venas que la recorrían no eran azules. Eran de un violeta brillante, pulsante, tóxico.

Alrededor de los dedos de Amber, el aire mismo parecía distorsionarse, y la nieve en el suelo bajo su mano comenzó a derretirse y sisear, volviéndose negra.

—Soy una Tercera Generación —explicó Amber, volviendo a ponerse el guante rápidamente—. Pero mi mutación fue... agresiva. Mi cuerpo produce neurotoxinas y ácidos biológicos constantemente. Mi piel es veneno, Janet. Mi sudor, mis lágrimas, mi aliento si estoy muy cerca... todo es letal. Si me hubieras tocado sin el guante, tu piel se habría necrosado en segundos. Por eso siempre llevo esto. Por eso nadie me toca.

Hitomi sintió una oleada de compasión. En la mansión Valmorth, el poder era motivo de orgullo. Aquí, parecía una maldición solitaria.

—Lo siento mucho, Amber —dijo Hitomi sinceramente—. No lo sabía. Debes sentirte muy sola.

Amber soltó una risa seca, sin humor. —La soledad es el precio de ser un monstruo útil. Vamos. El recorrido terminó. Tienes que volver a la cabaña y prepararte para irte mañana al amanecer.

Regresaron en silencio. Cuando llegaron a la puerta de la zona médica, Amber se giró hacia Hitomi.

—Mañana te pondré en un transporte de suministros que va hacia la ciudad más cercana. Desde ahí, estás por tu cuenta. Es lo mejor que puedo hacer por ti.

Hitomi negó con la cabeza, plantándose firme en la nieve. —No puedo irme, Amber.

—¿Disculpa?

—No puedo irme mañana —repitió Hitomi, y esta vez su voz tenía el peso de la desesperación—. Necesito hablar con Ryuusei. Necesito que me escuche. No soy solo una chica perdida, Amber. Tengo información. Tengo... tengo razones para creer que los Valmorth están planeando algo grande, y él es el único que puede protegerme.

—¿Los Valmorth? —Amber entrecerró los ojos—. ¿Qué sabes tú de ellos? Escucha, Janet, mencionar ese nombre aquí es como invocar al diablo. Ryuusei tiene una vendetta personal contra esa familia. Si le dices que estás involucrada, no te dará té y galletas.

—Correré el riesgo. Solo necesito cinco minutos con él. Por favor, Amber. Si me voy de aquí, estoy muerta.

Amber dudó. Vio la verdad en los ojos de la chica encapuchada. Pero antes de que pudiera responder, una voz femenina y sarcástica cortó el aire nocturno.

—Vaya, vaya. ¿Así que la "invitada" tiene exigencias?

De las sombras, cerca de los barracones, salieron dos figuras. Una era Kaira, una mujer de aspecto juvenil pero con una mirada que te hacía sentir desnudo mentalmente. A su lado, como una montaña silenciosa, estaba Bradley Goel. El estaba allí parado, relajado, con las manos en los bolsillos, pero su presencia era abrumadora.

Amber se interpuso ligeramente entre ellos y Hitomi. —Kaira. Bradley. ¿Qué hacen aquí? Les dije que yo me encargaba de la chica.

—Sí, y lo estás haciendo fatal —respondió Kaira, mascando un chicle—. "Janet" lleva demasiado tiempo aquí. Y mis sensores de mentiras están pitando como locos. Hay algo raro en su mente, Amber. Es borrosa. Como si alguien le hubiera enseñado a poner barreras psíquicas básicas. O como si tuviera miedo de que sepamos su verdadero nombre.

Kaira dio un paso adelante, sus ojos brillando levemente.

—Así que, "Janet", ¿por qué tanta urgencia en ver al jefe? ¿Eres una espía de la Asociación? ¿Una asesina enviada? ¿O tal vez una fanática loca?

Hitomi retrocedió, subiéndose la capucha. Su corazón latía a mil por hora. —No soy ninguna espía. Solo necesito ayuda.

—Bradley —dijo Kaira, aburrida—. Duérmela.

—¡Espera! —gritó Amber.

Hitomi vio a Bradley a diez metros de distancia. Vio cómo sus hombros se tensaban imperceptiblemente. Intentó activar su propia energía de Sexta Generación para defenderse, para correr, para hacer algo.

Pero el mundo no funciona a la velocidad de Bradley Goel.

No hubo sonido. No hubo viento. No hubo un borrón de movimiento.

En un instante, Bradley estaba a diez metros. En el siguiente microsegundo, estaba detrás de Hitomi.

Hitomi sintió un golpe seco y preciso en la base del cuello. No dolió. Simplemente, su cerebro recibió la orden de apagarse. Sus rodillas cedieron, y el mundo se fue a negro antes de que pudiera siquiera procesar que el hombre se había movido.

Bradley sostuvo el cuerpo inconsciente de Hitomi antes de que tocara la nieve, cargándola con la facilidad con la que uno carga una muñeca de trapo.

—¿Era necesario eso? —reprochó Amber, corriendo hacia ellos.

—Era necesario —dijo Kaira, encogiéndose de hombros—. Estaba alterada. Y Bradley es rápido. Nadie vio nada, ¿verdad?

Bradley no respondió, solo miró a Amber con una expresión neutral y asintió levemente.

—¿Cómo supiste que estábamos aquí? —preguntó Amber, furiosa—. Sylvan no habla. Y tú no puedes leer su mente si él no quiere.

Kaira sonrió con picardía, sacando un paquete de galletas de chocolate de su bolsillo. —Sylvan es poderoso, sí. Pero sigue siendo un niño. Y a todos los niños les gustan las galletas con chispas de chocolate extra grandes.

Amber suspiró, frustrada. —¿Lo sobornaste?

—Intercambio de bienes y servicios. Le di el paquete entero, y él bajó sus defensas mentales lo suficiente para proyectarme una imagen: "Janet" quería quedarse para ver a Ryuusei.

Amber miró a la chica inconsciente en los brazos de Bradley. —¿Y ahora qué?

—Ahora la llevamos a la Sala de Interrogatorios del Nivel 3 —dijo Kaira, perdiendo su tono de broma—. Alguien que llega de la nada, herida por mercenarios de alto nivel, que se recupera en tiempo récord y que exige ver al líder de la organización paramilitar más buscada del mundo... no es una "turista perdida", Amber.

—Ella mencionó a los Valmorth —admitió Amber en voz baja, casi arrepintiéndose al instante.

Los ojos de Kaira se abrieron de par en par. Bradley, por primera vez, mostró una reacción: frunció el ceño.

—¿Sabes algo de ella? —preguntó Kaira.

—Dijo que tiene información sobre ellos.

Kaira miró el cuerpo de Hitomi con una nueva mezcla de sospecha y respeto.

—Entonces Bradley hizo bien. Si tiene información sobre los Valmorth, Ryuusei querrá escucharla. Pero no en una cabaña médica acogedora. La escuchará atada a una silla hasta que estemos seguros de que no lleva una bomba encima.

—Llévala, Bradley —ordenó Kaira—. Y avisa a seguridad. Nadie entra ni sale del bloque de prisioneros hasta que Ryuusei decida qué hacer con ella.

Bradley asintió y desapareció en la oscuridad con Hitomi, moviéndose a una velocidad normal para no llamar la atención, pero con la amenaza latente de su poder lista para estallar.

Amber se quedó sola con Kaira bajo la luz de la farola.

—Ryuusei no ha salido de su cuarto en dos días —comentó Amber, preocupada—. Está... extraño. Desde que llegamos a Canadá, se ha vuelto más recluso.

—Está entrenando —dijo Kaira, mirando hacia el edificio central—. O está planeando cómo destruir el mundo. Con él nunca se sabe. Pero sea lo que sea, esta chica "Janet" acaba de convertirse en su problema. Espero que tenga buenas respuestas, porque si Ryuusei baja al interrogatorio de mal humor... Dios la ayude.

More Chapters