La lluvia caía con la furia de un océano que hubiera decidido ahogar al mundo. En el patio principal de la mansión Valmorth —antiguo monumento al poder y la arrogancia de Torben y Laila Valmorth— ya solo quedaba un paisaje de lodo rojo, cráteres humeantes y fragmentos de mármol que parecían huesos rotos. El aire olía a ozono quemado, tierra mojada y sangre.
El sonido de la carne reconstruyéndose a sí misma era obsceno, un chasquido húmedo acompañado de tendones que se estiraban y huesos que volvían a encajar. Charles Blake, usuario de la cuarta generación —Cúspide del Poder Crudo y Fundamental—, terminó de conectar su cabeza a su cuello con un crujido final. Se levantó tambaleante, escupiendo un gargajo de lodo y sangre. Sus ojos, normalmente evasivos y casi tímidos, estaban desorbitados por un pánico que nunca había sentido en toda su vida.
Nunca le habían arrancado la cabeza. Y definitivamente nunca había esperado que doliera tanto volver a ponérsela.
A pocos metros, Constantine Valmorth terminaba su propia regeneración. Los huesos de su mandíbula se recolocaron con un chasquido seco y elegante. La piel perfecta de su rostro volvió a cubrir el cráneo como si nada hubiera pasado. A diferencia de Charles, Constantine no parecía asustado. Parecía ofendido. Como un dios al que un mortal hubiera escupido en los zapatos. La lluvia ni siquiera lo rozaba: a cinco centímetros de su piel, las gotas se desviaban por un campo gravitatorio invisible, manteniéndolo seco, impecable y eternamente superior.
Charles, en cambio, era un desastre andante. Su sudadera favorita —la gris con capucha que había comprado con el 40 % de descuento en una liquidación— pesaba como una armadura de plomo y chorreaba una mezcla repugnante de sangre y barro.
—Genial… —murmuró con ironía amarga, tirando de la tela empapada—. Justo lo que necesitaba: que mi única prenda decente termine pareciendo el souvenir de una zona de guerra. Si sobrevivo, juro que le pediré factura al destino.
Constantine lo miró con un desprecio que podría haber congelado el mismo infierno. Levantó una mano y dos cadenas de acero reforzado levitaron del suelo, vibrando con el poder absoluto de su Soberanía de Gravitón.
—¿Te das cuenta de lo patético que eres, mestizo? —su voz cortó la tormenta como un látigo—. Hasta el cielo llora por tu muerte inminente. Esta lluvia apagará tu fuego inútil antes de que siquiera roce mi piel. Aquí, bajo la tormenta, mi gravedad es la única ley que importa. Tu energía… es solo vapor.
Charles parpadeó, frotándose el agua de los ojos con el dorso de la mano.
—Disculpe, señor Valmorth… me entró agua en el oído cuando mi cabeza rodó por el patio. ¿Dijo fuego? Porque yo no uso fuego. Uso detonaciones. Pero claro, para un tipo que cree que el mundo gira a su alrededor, supongo que todos los poderes menores se ven igual.
—¡Silencio! —rugió Constantine.
Las cadenas salieron disparadas como serpientes negras. Charles soltó un grito ahogado y se lanzó al suelo, resbalando sobre el barro con la gracia de quien nunca quiso estar ahí. Las cadenas destrozaron el muro detrás de él, lanzando esquirlas de piedra.
El chico gateó desesperado, pero no gritó pidiendo piedad como antes. En cambio, entre dientes, masculló:
— la próxima vez que Ryuusei me diga "acompáñanos a una aventura con una maldita familia loca", le respondo que SE JODA
Constantine aumentó el radio gravitatorio. De pronto, el mundo entero se volvió plomo. La gravedad se multiplicó por cincuenta. Charles sintió que sus rodillas cedían con un chasquido doloroso y su cara se hundió en el lodo.
—No puedo respirar ¡Ayuda! —susurró contra la tierra—. Señor Valmorth, en serio… ¿podemos declararlo empate técnico? Yo me voy a casa, usted se queda con su ego intacto, todos felices.
—No hay empates con los Valmorth —respondió Constantine, caminando lentamente hacia él, zapatos impecables aplastando la hierba muerta—. Solo sumisión… o muerte. Y tú ya me has aburrido lo suficiente.
Charles sintió el terror verdadero. La presión le aplastaba los pulmones. Intentó activar su Detonador Digital, pero apenas levantó el dedo índice cuando una gota de lluvia cayó directamente sobre la chispa. Se oyó un patético "pfft" y un hilillo de humo negro.
Constantine soltó una risa fría.
—¿Eso es todo? ¿La supuesta Cúspide del Poder Crudo se apaga con una llovizna? Qué decepción.
Charles miró su dedo mojado. Tenía frío. Tenía hambre. Tenía miedo. Y, sobre todo, estaba harto.
El pánico extremo se convirtió en combustible. El Aura de Chispas se activó. Miles de micro-detonaciones blancas brotaron de su piel. Cada gota que tocaba su cuerpo se convertía en una bomba termobárica instantánea.
¡PUM-PUM-PUM-PUM-PUM!
El patio se llenó de explosiones de vapor a presión extrema. La fuerza combinada actuó como un ariete invisible que destrozó la prisión gravitatoria. Charles salió disparado hacia el cielo como un cohete defectuoso, gritando mientras giraba sin control.
—¡¿Cómo demonios se frena esto?! —aulló, más frustrado que aterrado—. ¡Física, te odio!
Cayó de espaldas sobre el techo de un cobertizo de jardinería, rompiendo tejas y soltando un quejido seco.
—Mi pobre espalda… —murmuró, frotándose la espalda baja—. Si sobrevivo, me voy a dormir por tres días seguidos
Pero ya había entendido la mecánica. El agua era incompresible. El vapor ocupaba 1.600 veces más volumen. No necesitaba fuego. Necesitaba presión.
Constantine levitó, rodeado de un aura negra de gravedad pura.
—Pura suerte de imbécil —siseó—. Veamos si tu vapor detiene esto.
Con un gesto, arrancó cincuenta toneladas de la fachada oeste de la mansión. El bloque de mármol y concreto flotó sobre él, bloqueando la lluvia, y lo lanzó contra Charles como un martillo celestial.
El chico levantó la vista. La sombra del edificio lo cubrió por completo.
¡CRAAASH!
El cobertizo desapareció bajo miles de kilos. El polvo y el barro formaron una nube asfixiante.
Constantine sonrió, sacudiéndose una mota imaginaria de la solapa.
—Basura eliminada.
Pero entonces, bajo los escombros, se escuchó un sollozo ahogado.
Charles estaba atrapado en un hueco entre vigas cruzadas, inmovilizado. No podía mover los brazos. No podía generar chispas. El pánico lo devoraba.
"Me voy a morir aquí", pensó, hiperventilando. "Y lo peor es que nunca le conté a Ryuusei que le robé aquel sándwich de atún la semana pasada. Morir por un sándwich… qué forma tan patética de pasar a la historia."
A través de una grieta vio a Constantine acercándose con la cadena lista para rematarlo.
Charles cerró los ojos. Odiaba pelear. Odiaba el ruido. Pero odiaba más sentirse inútil. Recordó los entrenamientos. Recordó la habilidad que se negaba a usar porque le daba miedo perder el control.
Abrió los ojos. Sus pupilas se volvieron blanco cegador.
THE OBSERVER'S GAZE: CELESTIAL FRAGMENTATION
El tiempo se detuvo. Cada gota de lluvia en un radio de treinta metros quedó suspendida en el aire. Y entonces, diez mil gotas detonaron simultáneamente.
No fue una explosión. Fue un muro de aniquilación térmica y acústica. El aire se rasgó. La luz blanca cegó el patio entero. El campo gravitatorio defensivo de Constantine se deshizo como papel mojado.
El líder Valmorth gritó —un sonido agónico que quedó ahogado por el trueno—. Su cuerpo salió despedido, girando sin control, mientras la onda expansiva le destrozaba el traje, le quemaba la piel y le fracturaba varias costillas. Chocó contra la fuente central, partiéndola en dos.
Los escombros que aprisionaban a Charles salieron volando pulverizados.
El chico quedó de rodillas en el barro, respirando agitado. Sus ojos aún brillaban con ese blanco sobrenatural y venas oscuras latían en sus sienes.
—No… no quería llegar a esto… —murmuró, frotándose los ojos para apagar el brillo—. Me duele la cabeza como si hubiera aprobado un examen de física cuántica a la fuerza.
En la fuente rota, el agua burbujeaba. La regeneración de quinta generación trabajaba frenética. Constantine se levantó, tosiendo sangre negra, los ojos inyectados en ira pura.
—¡TE VOY A DESOLLAR VIVO! —bramó—. ¡VOY A COMPRIMIR TUS ÁTOMOS HASTA QUE NO QUEDES NI EN LOS RECUERDOS!
La gravedad colapsó. Todo empezó a flotar hacia el cielo. Constantine estaba perdiendo el control, creando una anomalía que amenazaba con convertirse en un agujero negro localizado.
Charles supo que era ahora o nunca.
Se puso de pie, zapatillas hundidas en el barro. Juntó las palmas y extendió ambos índices hacia el suelo lodoso que los separaba. No usaría la lluvia. Usaría la conductividad del terreno mismo.
Su rostro se volvió inexpresivo, una máscara de concentración letal que contrastaba con todo lo que había mostrado hasta entonces.
—Señor Valmorth… usted me llamó sabandija. Tiene razón. Soy cobarde. Pero las sabandijas sabemos una cosa que los dioses nunca aprenderán: cómo sobrevivir bajo la suela de quien nos pisa. Y usted… está parado justo encima de mi punto de fuga.
Cerró los puños, dejando solo los índices apuntando hacia abajo. El brillo blanco viajó por sus brazos hasta las yemas.
ZERO POINT VERDICT: THE SILENT CATASTROPHE
No gritó. No hubo "boom".
En el punto exacto bajo los pies de Constantine, la tierra simplemente dejó de existir. Durante un microsegundo se formó una esfera negra de vacío absoluto.
Y luego el silencio se rompió.
Una columna titánica de energía blanca y cruda erupcionó desde el subsuelo. Atravesó el campo gravitatorio como si no existiera. Subió cientos de metros, partiendo las nubes de tormenta y evaporando la lluvia en un radio de un kilómetro.
Constantine fue engullido. Lanzado hacia la atmósfera como un meteoro al revés. La onda de choque aplanó el jardín y derribó las paredes exteriores del ala este.
Charles salió despedido por el retroceso y se estrelló contra el tronco de un viejo roble. Cayó al barro, exhausto. Su sudadera estaba quemada en los bordes. Su reserva de cuarta generación, casi vacía.
El pilar de luz se desvaneció.
Segundos después, un cuerpo carbonizado cayó del cielo con un golpe húmedo. Constantine Valmorth seguía vivo —la tenacidad de la quinta generación era absurda—, pero destrozado. Piel negra, costra humeante, respiración silbante.
Charles, apoyado contra el roble, lo miró con un ojo entreabierto.
—Gané… —susurró con una sonrisa torcida y dolorida—. Creo que hoy me he ganado al menos dos sándwiches extra. Si es que Ryuusei no me mata primero por arruinarle la mansión.
Pero la paz duró lo que dura un suspiro.
Pasos firmes se acercaron entre el humo y la llovizna que volvía a caer.
Charles levantó la mirada, el terror regresando a su cuerpo agotado.
Entre la bruma emergió John Valmorth. Traje desgarrado, postura regia, ojos fijos en el cuerpo humeante de su hermano. En su mano derecha llevaba el Segador de Almas, la guadaña ancestral cuya hoja oscura absorbía la luz y emitía un zumbido grave que resonaba en los huesos.
John se detuvo al borde del cráter de cristal fundido. Observó la destrucción masiva y luego miró a Charles, aún tirado contra el árbol.
—Vaya… —dijo con una sonrisa genuina de sorpresa y respeto—. Tienes mi respeto, chico. Cuando te dije que te divirtieras con él, no imaginé que lo convertirías en carbón tú solo. Eres mucho más aterrador de lo que pareces.
Charles tragó saliva, labios temblando.
—Señor John… ya no me queda energía ni para calentar agua para un ramen instantáneo. Si va a matarme, hágalo rápido, por favor. Tengo mucho sueño y muy poca dignidad restante.
