Cherreads

Chapter 210 - Humo en los Ojos

El silencio que siguió a la columna de energía fue casi ofensivo. El cráter de cincuenta metros de diámetro, con sus bordes convertidos en cristal humeante por el calor infernal de la cuarta generación, parecía una herida abierta en la carne misma del mundo. La fina llovizna que volvía a caer siseaba al tocar las superficies incandescentes, levantando columnas de vapor blanco que se mezclaban con el humo grisáceo que aún brotaba de los ojos de Charles Blake.

El chico estaba recostado contra los restos de un roble centenario, partido por la onda expansiva. Su pecho subía y bajaba con dificultad. De sus lagrimales ascendía un hilo constante de humo, como si sus nervios ópticos se hubieran convertido en mechas de vela. Sus manos, grotescamente hinchadas y de un púrpura casi negro, descansaban inertes sobre su regazo; las venas parecían a punto de reventar bajo la piel.

John Valmorth, el actual líder de los mestizos y usuario de la 5ta generación, caminó con paso firme hasta quedar frente al chico. En su mano derecha sostenía "El Segador de Almas", su arma ancestral, cuya hoja negra parecía devorar la escasa luz de la madrugada. Con la mano izquierda, John rebuscó en el bolsillo interior de su gabardina destrozada y sacó una lata metálica abollada. La abrió con un crujido seco y se la ofreció a Charles.

—Tómatelo —dijo, arrodillándose y acercando la lata a los labios del chico—. Tu cuerpo quemó todo el azúcar que tenías solo para no morir en el intento.

Charles levantó la mirada con esfuerzo. Sus ojos inyectados en sangre parecían dos brasas apagándose.

—Señor John… —la voz le salió como papel de lija—. Ya no puedo más. Mi cabeza da vueltas como un tambor roto. Hice mi parte, ¿verdad? Déjeme dormir… aunque sea un rato. No quiero seguir sintiendo este fuego en las venas.

John no insistió con palabras. Simplemente inclinó la lata y dejó que el líquido frío bajara por la garganta del muchacho. El efecto fue inmediato: un leve color regresó a las mejillas cenicientas de Charles, pero su espíritu seguía en otra parte.

—Escúchame, Charles —continuó John, mirándolo a los ojos—. Nuestra familia ha dominado este mundo desde las sombras durante siglos. Mis padres, Torben y Laila, aplastaron a la facción de nuestro tío Valerius porque eran implacables. Usaban el miedo como moneda. Pero tú… tú eres diferente.

John señaló el cráter de cristal humeante.

—Tú no necesitas conspirar, Charles. Eres una fuerza de la naturaleza. Eres un chico tímido que se esconde detrás de bromas y miedos porque, en el fondo, estás aterrorizado de la monstruosidad que habita en tu interior. Pero hoy, ese monstruo nos está salvando a todos. Eres una persona increíblemente fuerte, Charles Blake. Aún no lo sabes, y tu mente trata de convencerte de que eres débil para protegerte de la responsabilidad, pero tu poder cuenta otra historia. Confía en tu pulso. Confía en que no eres un monstruo, sino el escudo que Ryuusei y el mundo necesitan hoy.

Charles procesó las palabras en silencio. Miró sus manos destrozadas. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió el impulso de hacer una broma para aliviar la tensión. El miedo se había ido. Solo quedaba un vacío frío y calculador.

De pronto, un sonido nauseabundo rompió el momento.

Desde el fondo del cráter, la masa carbonizada que alguna vez fue Constantine Valmorth comenzó a moverse. Carne rasgándose, huesos recomponiéndose a la fuerza. La quinta generación trabajaba al límite de lo biológicamente posible, pero cada célula que regeneraba le costaba años de vida. La degradación de la longevidad ya había empezado su cuenta regresiva.

La figura que emergió ya no era un aristócrata. Era un demonio sin piel en gran parte del rostro, músculos expuestos al aire frío, ojos sin párpados brillando con locura pura. A su alrededor flotaban fragmentos de cristal y roca como un enjambre de meteoritos.

—¡JOHN! —rugió Constantine, la voz distorsionada por la tráquea al aire—. ¡MALDITO TRAIDOR! ¡OSAS DESAFIAR EL CANON DE LOS CUATRO! ¡TE VOY A ARRANCAR LA COLUMNA VERTEBRAL Y LA USARÉ DE CORBATA!

Charles escuchó las palabras de John. Las procesó lentamente. Miró sus manos hinchadas y moradas. Ya no sentía el impulso de hacer una broma nerviosa para aliviar la tensión. El miedo se había evaporado, dejando en su lugar un vacío frío y calculador. Su respiración se estabilizó.

De repente, un sonido nauseabundo interrumpió la lección.

Desde el fondo del cráter, la masa carbonizada que era Constantine Valmorth comenzó a moverse. El sonido de la carne rasgándose a sí misma, de los huesos fracturados reacomodándose a la fuerza, llenó el aire. La 5ta generación de Constantine estaba trabajando a un nivel que rozaba la herejía biológica. Sin embargo, este nivel extremo de regeneración tenía un precio terrible. La degradación de la longevidad, una maldición temida entre los usuarios más poderosos, estaba cobrando su peaje. Con cada célula que se dividía a la fuerza, Constantine perdía años de vida útil.

La figura que emergió del fondo del cráter ya no era el aristócrata impecable. Era un demonio de carne viva, sin piel en gran parte del rostro, con los músculos expuestos al aire frío y los ojos desprovistos de párpados, brillando con una furia demente. Su control sobre la gravedad estaba desbocado, haciendo que pedazos de cristal y rocas flotaran a su alrededor como un enjambre de meteoritos.

—¡JOHN! —rugió Constantine, su voz distorsionada por tener la tráquea expuesta—. ¡MALDITO TRAIDOR! ¡OSAR DESAFIAR EL CANON DE LOS CUATRO! ¡TE VOY A ARRANCAR LA COLUMNA VERTEBRAL!

John se puso de pie, recogiendo a "El Segador de Almas". La guadaña emitió un zumbido sordo, resonando con el aura asesina de su portador.

—Parece que mi hermano no sabe cuándo rendirse —murmuró John, preparando su postura de combate.

A su lado, la tierra crujió. Charles Blake se estaba poniendo de pie.

Sus rodillas temblaban, pero su rostro era una máscara de piedra. Ya no había rastro del chico asustadizo que corría en círculos. No había quejas sobre su sudadera rota. Sus ojos, aún humeando, se fijaron en Constantine con una frialdad que hizo que incluso John sintiera un escalofrío. Charles había apagado sus emociones. Era una bomba humana, lista para detonar.

—Hagámoslo —dijo Charles secamente, con la voz carente de toda entonación.

Constantine no esperó. Con un grito desgarrador, lanzó una onda de gravedad pura que arrancó la mitad del bosque que los rodeaba, enviando una avalancha de árboles centenarios y rocas masivas directamente hacia ellos.

La batalla que siguió fue grotesca, una carnicería visceral que no tenía nada de honor ni elegancia.

John fue el primero en chocar. Usando la agilidad sobrehumana de su 5ta generación, se deslizó por debajo de los árboles voladores, impulsándose con la hoja de su guadaña. El arma ancestral, nacida del odio y el deseo de liberación de John, tenía una propiedad única: las heridas que causaba ignoraban la regeneración celular.

Constantine levantó una barrera gravitatoria condensada como un muro de acero invisible. John impactó contra ella, la fricción entre la guadaña y la gravedad generando chispas azules que iluminaron la noche.

—¡Eres una vergüenza para el linaje de Michael Valmorth y Misuri! —escupió Constantine, apretando el puño para comprimir a John.

Pero antes de que la gravedad aplastara a su hermano, una sombra se interpuso en el flanco derecho de Constantine. Era Charles. No había gritado, no había advertido su presencia. Simplemente estaba allí.

Con sus manos hinchadas y sangrantes, Charles no apuntó de lejos. Se acercó a medio metro, agarró la barrera gravitatoria invisible con sus propias manos desnudas, ignorando cómo la presión le despellejaba las palmas, y clavó su mirada humeante en los ojos expuestos de Constantine.

—Boom.

La explosión fue a quemarropa. No fue una onda expansiva amplia; Charles canalizó todo su poder crudo hacia adentro, en un espacio de centímetros. La explosión térmica destrozó la barrera de gravedad e impactó directamente en el torso de Constantine.

El crujido de las costillas de Constantine rompiéndose sonó como madera seca partiéndose. La fuerza del estallido arrancó el brazo izquierdo del líder Valmorth desde el hombro, arrojando una lluvia de sangre negra sobre el cristal del cráter. Constantine aulló de dolor, pero en su locura, usó su muñón para golpear a Charles en el rostro con un aumento de masa gravitacional.

Charles salió despedido rodando por el barro, escupiendo varios dientes y con la nariz completamente fracturada. Su pómulo estaba hundido. Pero el chico no se quejó, no bromeó, no lloró. Se levantó de inmediato, con la mandíbula colgando en un ángulo antinatural, y volvió a cargar hacia adelante, cojeando pero implacable.

John aprovechó la abertura creada por Charles. Giró su guadaña en un arco perfecto y cortó transversalmente el pecho de su hermano. La hoja negra rasgó la carne, cortando músculos y cartílagos. A diferencia de sus otras heridas, esta no burbujeó ni intentó sanar. La sangre fluyó libremente, manchando el suelo lúgubre.

—¡GAAAAAH! —Constantine retrocedió, trastabillando.

En su desesperación, el tirano perdió toda cordura. Elevó ambas manos hacia el cielo oscuro. Una esfera negra, del tamaño de una canica pero con la masa de una montaña, se formó entre sus palmas. Era un agujero negro microscópico, el ápice destructivo de su 5ta generación. El aire fue succionado hacia la esfera, los árboles restantes fueron arrancados de raíz y atraídos hacia el centro de gravedad absoluto.

—¡SI YO CAIGO, ESTE LUGAR SERÁ NUESTRA TUMBA! —gritó Constantine, la sangre brotando de su boca.

John clavó la guadaña en el suelo para no ser succionado, sintiendo cómo sus propios huesos amenazaban con salir de su cuerpo por la presión.

—¡Charles! —gritó John—. ¡Si esa cosa toca el suelo, estamos muertos!

Charles Blake estaba a diez metros de distancia. Su cuerpo estaba roto. Sus pulmones silbaban al respirar, su visión era casi nula por el humo que emanaba de sus propios ojos cocinados, y sus brazos le pesaban como si estuvieran hechos de plomo. Sabía que si usaba su poder una vez más a esa magnitud, su propio cuerpo se apagaría por completo. Podría morir.

Pero recordó las palabras de John. Confía en que no eres un monstruo, sino un escudo.

Charles dejó de resistirse a la succión del agujero negro. Dejó que la gravedad lo arrastrara hacia Constantine. Mientras volaba por el aire, acercándose a una muerte segura, juntó sus dos manos mutiladas e hinchadas frente a su pecho.

Levantó ambos dedos índices y bajó los pulgares, imitando la forma de una pistola doble, apuntando directamente al agujero negro miniatura y al rostro de Constantine que estaba justo detrás.

Las pupilas de Charles se volvieron de un blanco nuclear puro, tan brillante que proyectó sombras alargadas en todo el valle. Toda la energía de su 4ta generación, cada caloría restante en su cuerpo, cada latido de su corazón, se concentró en la punta de esos dos dedos morados.

Charles no susurró esta vez. Con sus cuerdas vocales desgarradas y sus pulmones al límite, soltó un rugido que superó el estruendo de la gravedad.

—¡BOOOOOOOM!

Fue el fin del mundo localizado.

Dos rayos gemelos de energía cinética, calor puro y fuerza fundamental salieron disparados de sus dedos. Impactaron directamente contra el agujero negro en miniatura. Las dos fuerzas —la succión absoluta de la 5ta generación y la expansión infinita de la 4ta generación— colisionaron.

El destello cegó a todos los seres vivos en kilómetros a la redonda. El impacto sobrecargó la anomalía gravitatoria, haciéndola colapsar sobre sí misma antes de estallar hacia afuera. La onda expansiva aplastó la tierra a tres metros de profundidad, desintegrando todo a su paso.

Constantine recibió el impacto de lleno. La explosión le arrancó la mitad inferior del cuerpo, evaporando sus piernas y destrozando sus órganos internos más allá de lo que cualquier regeneración podría salvar. Salió despedido como un trozo de carbón y se estrelló brutalmente contra los cimientos de piedra de la mansión, dejando un rastro de destrucción.

Charles, cuyo cuerpo había actuado como conducto para esa monstruosidad, no pudo soportar el retroceso. Sus brazos cayeron flácidos a sus costados, sus ojos se cerraron por fin, dejando de humear, y su cuerpo entero se apagó como un interruptor cortado. Cayó al vacío, golpeando el lodo endurecido boca abajo, completamente desmayado, en un coma profundo inducido por el agotamiento absoluto.

Había cumplido. El tímido Charles Blake había vencido al miedo.

John, habiéndose refugiado detrás de un muro de piedra que su guadaña había clavado en la tierra, se sacudió los escombros de encima. Tosió polvo y sangre. Miró el cuerpo inerte de Charles a lo lejos y asintió con una reverencia silenciosa.

Luego, su mirada se fijó en la figura destrozada de su hermano mayor.

John caminó hacia los cimientos de la mansión. El cielo del este empezaba a tornarse de un azul profundo, anunciando el inminente final de la noche más larga de sus vidas. El amanecer estaba cerca.

Constantine estaba apoyado contra la piedra fría. Solo quedaba la mitad superior de su cuerpo. Sus intestinos se derramaban sobre los escombros, y su rostro era una máscara de carne quemada y hueso. Su factor de regeneración había llegado a su límite; la degradación de su longevidad había consumido todas sus reservas celulares. Ya no sanaba. Se estaba muriendo, lenta y dolorosamente.

John se detuvo frente a él. La furia había desaparecido, reemplazada por una melancolía gélida. Levantó su bota y la apoyó pesadamente sobre el pecho destrozado de su hermano, inmovilizándolo. Levantó su mano derecha, endureciendo los músculos de sus dedos en forma de lanza, listo para atravesar la caja torácica de Constantine, arrancar su corazón y terminar con la pesadilla de una vez por todas.

—Se acabó, Constantine —sentenció John, con la voz carente de emoción.

Pero cuando John estaba a punto de hundir su mano en la carne de su hermano, Constantine levantó débilmente su único brazo restante, el derecho. Sus dedos temblorosos y ensangrentados agarraron suavemente la muñeca de John. No había fuerza en ese agarre. No había magia de gravedad, ni arrogancia. Solo era la mano de un hermano mayor muriendo.

Constantine tosió una bocanada de sangre negra. Su único ojo intacto, vidrioso y desenfocado, no miraba a John, sino que miraba más allá de él, hacia el horizonte del este.

—Espera... —susurró Constantine, su voz siendo apenas un siseo áspero, como el viento entre las hojas muertas—. Un momento más... quiero ver el amanecer.

John detuvo su mano. Sintió un nudo inesperado en la garganta. La solicitud era tan patética, tan humana, que paralizó al asesino que llevaba dentro. Retiró ligeramente la presión de su bota del pecho de su hermano y siguió la mirada de Constantine hacia las montañas lejanas, donde una fina línea de oro y naranja empezaba a cortar la oscuridad de la noche.

Estuvieron en silencio durante unos minutos, rodeados por la destrucción de su imperio. El viento de la madrugada traía consigo el olor a tierra mojada, a pino y a cenizas. La luz del sol naciente comenzó a bañar los escombros de la mansión Valmorth, tiñendo el cristal del cráter de tonos cálidos, un contraste cruel para la masacre que había tenido lugar.

—Mira lo que hicimos, John... —murmuró Constantine, con una sonrisa torcida y sangrante en sus labios destrozados—. Mira nuestra grandeza.

John apretó los dientes, manteniendo la mano lista para atacar si su hermano intentaba alguna jugarreta final. Pero sabía que no lo haría.

—Tú causaste esto —respondió John, con frialdad—. Tú y tu obsesión con la pureza de la sangre, con el Canon de los Cuatro. Pisoteaste a los mestizos. Asesinaste a los nuestros.

Constantine cerró el ojo por un segundo, la respiración silbándole en el pecho perforado.

—No... yo no lo causé. Nosotros solo... heredamos el veneno. —Constantine tosió, su cuerpo sufriendo un espasmo de dolor—. Nuestros padres... Torben y Laila. Recuerdo cuando éramos niños. Recuerdo las historias de cómo triunfaron desde las sombras. Las discusiones eternas entre las facciones. Cómo masacraron políticamente y físicamente a la facción de nuestro tío Valerius para llevar esa maldita corona de líderes. Papá siempre decía que la victoria de los Valmorth se cimentaba en la crueldad absoluta.

John bajó ligeramente la mirada, recordando también. Su madre, Laila Valmorth, una mujer temible de la 6ta generación, y su padre Torben, forjaron a sus hijos para ser armas, no familia. Sabía bien que, en esta dinastía, las mujeres Valmorth eran intrínsecamente más fuertes y despiadadas que los hombres. Hitomi era el vivo reflejo de esa supremacía.

—Ellos ganaron su guerra —dijo John, con la voz endurecida—. Pero nos dejaron este infierno a nosotros.

Constantine soltó una risa seca que se transformó en un quejido agónico.

—Ellos construyeron un trono sobre cadáveres... y esperaban que nos sentáramos en él juntos. Qué estupidez. Hiroshi está muerto... cortado por su propio orgullo. Tú eres el traidor que destruyó la casa. Hitomi... nuestra hermanita de la 6ta generación, la más fuerte de todos nosotros, huyó de este lugar porque era demasiado inteligente para quedarse a ver cómo nos matábamos. Y yo... yo me muero en el lodo, asesinado por un chico de sudadera y por mi hermano menor.

La luz del sol se hizo más fuerte, iluminando el rostro destrozado de Constantine. Las sombras de la noche se disiparon por completo, revelando la magnitud de la devastación. El legado de Torben y Laila, siglos de historia, de secretos oscuros, de matrimonios arreglados para mantener el linaje intacto y de guerras de facciones, yacía reducido a polvo y escombros.

—¿Valió la pena, John? —preguntó Constantine, su voz apagándose poco a poco, sus signos vitales fallando rápidamente—. ¿Todo este derramamiento de sangre para demostrar que los mestizos merecen vivir? La Asociación de Héroes vendrá a limpiar lo que queda. Nosotros, la facción central... estamos extintos.

John miró el horizonte, sintiendo el calor del primer rayo de sol en su rostro ensangrentado. Pensó en su propia boda de ayer, en cómo su vida había sido una mentira diseñada para encajar en el molde. Pensó en Ryuusei, en Hitomi, en Charles desmayado en el barro, y en la rebelión que apenas comenzaba.

—Sí —respondió John, su voz firme y sin rastro de duda—. Valió la pena. Porque de estas cenizas, construiremos algo que no necesite de un líder que se alimente del miedo de su propia sangre. El linaje de los Valmorth de la vieja era muere aquí, contigo.

Constantine lo miró una última vez. Su ojo ya no reflejaba furia, ni superioridad. Solo había un vacío cansado, la resignación de un rey que comprende, demasiado tarde, que su reino siempre fue una ilusión de cristal.

—Entonces... hazlo —susurró Constantine, dejando caer su mano sobre los escombros. El último aliento de vida escapaba de sus pulmones—. Termina con el Canon.

John no dudó más. La misericordia también era una forma de respeto.

Con un movimiento fluido y letal, John hundió su mano endurecida directamente en el pecho de Constantine, quebrando las últimas costillas intactas. Sus dedos encontraron el corazón de su hermano, que apenas latía de forma irregular, y con un tirón violento y seco, se lo arrancó.

Constantine Valmorth emitió un último suspiro inaudible. Su cuerpo se tensó por una fracción de segundo y luego se relajó por completo, desplomándose sin vida contra los cimientos de piedra. El tirano de la 5ta generación, el líder de la facción central, había muerto.

John retiró la mano, cubierta de la sangre de su propia familia. Dejó caer el órgano inerte al suelo, donde se mezcló con el barro. Se limpió la mano en su pantalón desgarrado y miró hacia el cielo. El sol había salido por completo, brillando sobre un nuevo día.

La guerra dentro de la familia Valmorth había terminado.

John caminó de regreso hacia donde estaba Charles, lo cargó sobre su hombro sano, recogió su guadaña y se adentró en el bosque, alejándose de la mansión en ruinas antes de que los equipos de limpieza de la Asociación de Héroes llegaran.

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